Archive for 31 agosto 2007

Antes y Después de la CUT

agosto 31, 2007

 

Las dos semanas recién transcurridas han terminado bien para el Gobierno y no serán indiferentes para la agenda de los próximos meses. La Concertación encuentra, caído del cielo, un motivo para unirse: el ministro sentado en el banquillo. La oposición, en cambio, que había hecho esfuerzos por dar señales de unidad, se abrió en dos… el Gobierno toma las riendas de la discusión nacional sobre la equidad y las desigualdades. La Moneda logró encauzar este debate en un consejo de muy amplia y llamativa representatividad” (Oscar Guillermo Garretón, martes 28 de agosto, La Segunda)

Cuando el descenso en las encuestas comenzaba a mostrar cierto nivel de estabilización, el paro convocado por la CUT parece haber marcado el punto de partida de un nuevo e insufrible periodo de incertidumbre para el cuarto gobierno de la Concertación… los representantes de los sectores más izquierdistas de la coalición de gobierno se olvidan que solos no son en absoluto mayoría, y que el equilibrio que la Concertación ha proyectado desde el retorno a la democracia se rompe, cuando una parte de sus propios partidarios se revela contra el orden que ha hecho posible su viabilidad. Aunque el descontento reflejado por las movilizaciones de la CUT no deja de ser una victoria parcial y prestada, sus repercusiones han reforzado la posición electoral de la centro-derecha chilena… la misión, para quienes desean “desalojar” a la Concertación de una vez por todas, está en consolidar la imagen de desorden y agotamiento…” (Carlos Salas Lind, Viernes 31 de agosto, La Segunda)

 ¿Alguna duda?

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¿CUÁL ES LA IDEA?

agosto 30, 2007

Movilizaciones de la CUT

Me desperté esta mañana con el reporte final de las movilizaciones convocadas por la CUT el día de ayer. Casi 700 detenidos, decenas de carabineros heridos, un senador cacheteado, violentos disturbios en el centro y en las poblaciones, barricadas y saqueos nocturnos. La marcha no autorizada por el Gobierno fue, sin embargo, respaldada por el Partido Socialista. El aglutinador común de todas las organizaciones sociales que participaron fue la consigna “no al neoliberalismo”.

Dejando de lado la discusión acerca de las bondades o perversiones del modelo (que a mi juicio ha demostrado empíricamente más de las primeras), la manifestación que presenciamos no fue sólo una expresión de legítima indignación frente a las desigualdades existentes en el país, sino además un ejemplo notable de la irresponsabilidad y la poca seriedad con que abordamos “lo público”.

Comencemos: Se quiso aglutinar a todos los descontentos para que el rugido se escuchara más fuerte. Claro, organizarse es un placer. Pero fueron tantos los sectores y tan disímiles las demandas, que finalmente a la opinión pública no le quedó claro qué solución proponían los líderes del malón. Sólo quedó en evidencia que los tipos estaban encabronados. Estos petitorios omnicomprensivos, delirio de las organizaciones de izquierda, pecan de escasa sabiduría política (las batallas hay que pelearlas de a una) y terminan pareciendo rabietas repetitivas y caprichosas (no me gusta, no me gusta, no me gusta).  

Aparte de la estrategia errada, este tipo de manifestaciones pierde todo atisbo de legitimidad popular cuando la gente inocente termina llorando por efecto de las bombas lacrimógenas, arrancando de sus trabajos para regresar sana y salva a casa, soportando que los mismos de siempre destruyan y le roben a sus propios vecinos. Es una historia demasiado conocida, ya nada bueno se construye sobre eso. Nada. Ni la más justa de las reclamaciones sindicales. Al final del día, las personas decentes y trabajadores valoran la paz. Y condenan la violencia. Y a los que incitan a ella. Y a los que la amparan.

Finalmente, nos encontramos frente a la máxima expresión de irresponsabilidad política: Los partidos de gobierno que se comportan de manera populista y no asumen su lealtad. Pero no todo es culpa de ellos. La Presidenta no ejerce liderazgo y no define una hoja de ruta. No sabemos qué opina realmente del modelo, que por una parte alicienta con su equipo económico, y por la otra parece aportillar desde otros ministerios. A río revuelto, ganancia de pescadores.

Para la Concertación, el efecto cohesionador de la agenda sobre equidad duró menos que un candy. Mientras Navarro interpone su querella (rozando lo caradepalo, porque nadie le va a responder a la señora que perdió su almacén a causa de la movilización que él auspició), otros esconden la cabeza como avestruces. La Alianza, otra vez sin hacer absolutamente nada, se beneficia de los condoros del rival. Y para los convocantes… bueno, decirles que se echa de menos más que nunca una izquierda de calidad, bien articulada políticamente, con vocería legítima y medios de comunicación del siglo XXI, para interpretar el clamor de los excluidos de manera seria y responsable. Soñar no cuesta nada…  

LA AGENDA EQUIDAD

agosto 28, 2007

 

La Iglesia puso la música. Y ahora todos están condenados a bailarla. Para la Concertación, qué duda cabe, es un respiro: Cuando hablamos de desigualdad, estamos en su cancha. La Alianza observa impasible cómo se le escapó de las manos el golpe de gracia. Yo tengo mis ideas y ya las expuse en la columna sobre el Calentamiento Social. Veamos qué han escrito en la última semana algunos destacados columnistas al respecto:  

Si queremos avanzar, tenemos que cambiar la cancha en la que estamos jugando. En lugar de ver el problema en la desigualdad, deberíamos verlo en la falta de movilidad social, porque, nos guste o no, nunca vamos a mejorar sustancialmente los niveles de desigualdad, a pesar de que mejoremos nuestro ingreso per cápita. Pero sí podemos permitir que las personas suban y bajen en la escala social, que es finalmente lo que importa, porque termina con la sensación de injusticia. De hecho, al poner el énfasis en la desigualdad, caemos en una trampa, porque una de las soluciones preferidas que aparecen es la mayor protección laboral, cuyo efecto no buscado es la generación de privilegios y estancos que disminuyen la movilidad” (Juan Carlos Eichholz, lunes 20 de agosto)

La solución, por muchos esfuerzos que se haga por ocultarla, postergarla o negarla, consiste en reconocer participación real a los trabajadores en las utilidades de las empresas, incorporándolos al destino de cada centro productivo y asociándolos al capital. Mientras se siga considerando al trabajo un mero insumo o una mercadería susceptible de adquirirse al más bajo precio posible, la caridad no podrá abrir un espacio a la justicia social…No se trata de desconocer o lesionar los derechos de los empresarios, ni de deslegitimar al capital, ni de introducir factores que desquicien el funcionamiento al interior de las empresas. Se trata, simplemente, de reconocer que el trabajo es un factor productivo y de que, como tal, tiene derecho a participar de los beneficios que se generan con su aporte. Finalmente, es posible que se afecte, transitoriamente, la velocidad de nuestro crecimiento económico. Pero ello es despreciable ante el nivel de seguridad, armonía social y estabilidad política que se lograría a corto plazo” (Pablo Rodríguez Grez, lunes 20 de agosto)

“…para generar y preservar un clima de cooperación y confianza se requiere que las personas sientan que son parte de una comunidad que las acoge y valora, que sus necesidades básicas están razonablemente cubiertas, y que si se esmeran, podrán acceder a una mejor calidad de vida. Confianza y cooperación se traducen en capital social. La evidencia disponible muestra que a mayor capital social, mayor crecimiento económico, actual y futuro… Acojamos el llamado de la Iglesia y construyamos los acuerdos necesarios para profundizar y completar ahora la red de protección social, incorporando la garantía de un ingreso familiar mínimo y la revisión del sistema de prestaciones laborales con el propósito de incentivar el empleo productivo” (Juan Villarzú, sábado 25 de agosto)

…quizá el Consejo deba también reflexionar acerca de las bases sociales de la reciprocidad. Hay una amplia literatura (toda la relativa a capital social, desde luego) que muestra que las sociedades mejoran su bienestar cuando estimulan distintas formas de asociatividad entre sus miembros. Esto incluye desde políticas urbanas hasta incentivos para la asociatividad política y sindical. Las lealtades mutuas -sobre las que se erige la equidad- requieren condiciones sociales que las sustenten. Esas condiciones las hemos abandonado en nuestro país. Es hora de volver a ocuparnos de ellas… Después de todo, y aunque nos cueste reconocerlo, en una democracia que se toma en serio a sí misma -y que no se concibe simplemente como un remedo del mercado- hay que construir y financiar prácticas en las que cada uno sea, siquiera en el mínimo, el guardián de su prójimo” (Carlos Peña, domingo 26 de agosto)

Despido este post agradeciendo las más de 1.100 visitas que ha recibido POLÍTICA PARA PRINCIPIANTES en estas escasas semanas de vida.

¿UN NUEVO RELATO PARA LA DERECHA CHILENA?

agosto 27, 2007

 

Hoy lunes abrimos con un artículo de mi viejo camarada independiente, actualmente estudiando en el LSE, el sociólogo e ingeniero comercial Daniel Brieba. Con su lucidez habitual, nos ayuda a profundizar en un tema que venimos conversando hace un buen rato:  

La derecha chilena está a la deriva. Desde que la Concertación se apropió ideológicamente del liberalismo económico y el devenir histórico devaluó el gobierno de Pinochet, la Alianza sufre una radical falta de un relato unificador, de la capacidad de contarnos- y contarse- una historia convincente que nos explique de dónde venimos, dónde estamos y a dónde queremos ir, y por qué. No es capaz, en suma, de dotar de sentido su accionar político y con ello energizar a militantes y seducir a electores. Sin un relato fundacional que trascienda los ofertones de campaña y la “imagen” del candidato, es difícil ganar consistentemente elecciones y casi imposible sustentar un actuar político coherente y disciplinado que trascienda personas y que pueda liderar el cambio en una nación y llevarla al desarrollo. Por lo tanto, si la Alianza quiere constituirse en una alternativa de gobierno de mediano y largo plazo, y además agregarle valor a la actividad política y ser una contribución al desarrollo del país, debe imperiosamente trabajar por construir ese relato. Tanto la Alianza misma, como el sistema democrático chileno en su conjunto, ganarían con ello.

Ahora bien, ¿en qué consiste ese relato? Miremos para ello a la Concertación. Para ésta su relato ha sido, hasta aquí, la recuperación de la democracia y el desarrollo de Chile. La lucha contra la dictadura y la victoria en el Plebiscito marcan la épica fundacional de la Concertación en cuanto coalición política, su “pasado glorioso” y la base misma de su legitimidad política; por su parte el desarrollo de Chile, su modernización inclusiva, han marcado su propuesta hacia el futuro. Por el contrario, la Alianza ha estado a la deriva: en 1999 buscó llevar la discusión hacia “los problemas reales” de la gente; después la UDI habló de la “selección nacional” para derrotar la pobreza; el 2005 se centró en la desigualdad y la delincuencia, mientras Piñera hablaba del humanismo cristiano y de dar un salto al desarrollo para el Chile del 2010. El problema no son estas propuestas en sí, sino la falta de un discurso que las articule y les dé algo que a la derecha le falta al por mayor: credibilidad. La misma variación en los temas, frente a una Concertación que una y otra vez apuesta por sus credenciales democráticas y por su capacidad de entregar desarrollo con inclusión social, la hace aparecer sin una agenda clara, sin una identidad propia y dispuesta a encarnar cualquier causa que sea capaz de reportarle votos.

Desde un punto de vista analítico, creo que un relato, para ser políticamente efectivo, debe contar con cuatro características esenciales. Lo primero es su capacidad de darle un sentido al devenir histórico del país y al rol que (en este caso) la Alianza juega en él. La conexión pasado-presente-futuro debe ser plenamente coherente. Es por ello, dicho sea de paso, que la defensa de la dictadura (pasado) no es coherente con un compromiso irrestricto con la democracia (a futuro). Segundo, debe ser un relato trascendente a la contingencia actual. Esto le da al relato su capacidad aglutinadora- pues se actúa por una idea permanente, no por un candidato o circunstancias particulares-, a la vez que es esencial para su credibilidad, pues no puede estar al servicio de los intereses particulares o coyunturales de nadie. Los relatos no se construyen a la medida del candidato del momento. Tercero, debe ser coherente con la identidad de los que lo encarnan y propagan. Por último, y por evidente que suene, debe ser auténtico, es decir, sostenerse en los valores y convicciones profundas de aquéllos que lo harán propio. Sólo esto le da potencia y lo hace un discurso vivo. En resumen: sentido histórico, trascendencia, coherencia y autenticidad. El fin último es construir un relato creíble que le dé sentido a la acción política de los partidarios y que entregue una visión de futuro atractiva a los electores. Debe energizar a los primeros y seducir a los segundos.

El meta-relato concertacionista que vimos arriba, dicho sea de paso, ha cumplido con todos los requisitos. Su vocación democrática es totalmente legítima porque son la fuerza que luchó contra la dictadura (coherencia histórica); su apego a su visión modernizadora se ha mantenido aun bajo fuertes presiones populistas por soltar la billetera (trascendencia); su vocación por la inclusión social no se cuestiona porque proviene de una coalición de centroizquierda (credibilidad); y, por cierto, los miembros de la Concertación creen que ellos garantizan democracia y desarrollo inclusivo mejor que nadie (autenticidad). La crisis actual de este relato, por cierto, es harina de otro costal.

Ahora, considerando todo lo anterior, ¿Qué discurso atractivo, que sea además históricamente convincente, trascendente, coherente y auténtico, puede proponer una derecha con un pasado pro-dictadura, eternamente elitista y probadamente conservadora? Creo que es posible construir un relato suficientemente atractivo electoralmente en el corto a mediano plazo, con los activos intelectuales e históricos con los que ya cuenta la derecha, entre los cuales están los siguientes:

 

  • Su vocación por la libertad individual, heredada de sus raíces liberales.

  • Su vocación por la sociedad civil, entendida como “cuerpos intermedios” (en la usanza católica) entre el individuo y el Estado, heredada de sus raíces conservadoras

  • Su fe en la descentralización del gobierno, que conlleva un potente impulso democrático

  • Su profunda vocación modernizadora, y su deseo de convertir a Chile en un país desarrollado

  • Su valoración del orden público

  • Su valoración del trabajo, la superación y la responsabilidad personal

  • Su creencia (esperemos sincera) en la igualdad de oportunidades, con todo lo que ella implica en educación, discriminación laboral, de género, etc.

  • Su pasión por la familia como elemento unitario de la sociedad

  • Su apego a la idea de la Nación como fuente de unidad, deber y orgullo

 

Estos elementos podrían formar el sustento de un relato en lo medular del discurso. Estas son todas creencias auténticas de la derecha y que son plenamente coherentes con su identidad actual e histórica. No necesitan de gimnasia verbal ni de creatividad conceptual para ser conectadas con el ADN de la derecha chilena. Por ello mismo, sirven de materia prima para conformar un relato trascendente, que vaya más allá de una u otra elección. Pueden (y debieran) ser defendidas con convicción por cualquier militante del sector. Trascendencia, credibilidad y autenticidad estarían cubiertos. Pero, ¿qué hacer con la coherencia histórica? ¿Cómo soslayar el hecho de que los votantes concertacionistas, incluso los más moderados, tienen problemas de conciencia al votar por una coalición que apoyó a Pinochet? Aquí hay dos opciones. La primera es la que tomó Lavín en su momento, y que es tratar de soslayar el problema e invitar mirar hacia delante. Pero un evento traumático que fracturó a Chile y define nuestra identidad como nación no puede ser tirado al lado tan fácilmente. Mucho mejor para la Alianza, me parece, es reconocer el legado de progreso económico y social de los últimos 20 años (1990-2010), y proponer un proyecto político que construya sobre aquél legado; es decir, apropiárselo, tal como la Concertación se apropió del liberalismo económico. Al recoger la herencia de la Concertación como propia, se “blanquea” el pasado aliancista: Pinochet seguirá en el trasfondo, pero si estamos de acuerdo en el Chile que todos hemos construido desde entonces, y creemos que éste es motivo de orgullo, entonces nos une el pasado reciente aun si no lo hace el pasado más lejano. Los últimos 20 años son la base desde la cual seguir construyendo. Es a partir del legado de la Concertación, y no en contra de éste, que la Alianza puede plantear un futuro que seduzca al centro político.

A partir de ello, la Alianza puede pasar a señalar que el Chile del 2010 es muy distinto al de 1990, y que eso mismo obliga a un nuevo modelo de desarrollo para Chile, a un nuevo pacto político y social. Puede invitarnos a entrar a la fase 2.0 del progreso, a la vez que  puede tratar de convencernos de que la Concertación se encuentra para dicha tarea agotada política, moral e ideológicamente. El futuro es mostrar el camino a un Chile más próspero y más inclusivo al que se llega con una mayor democracia por medio de la descentralización en serio, con una mayor seguridad con el combate a la delincuencia, con políticas económicas generadoras de trabajo, con políticas sociales que pongan a la familia en su centro, con un Estado orientado a servir al ciudadano en vez de imponerle burocracia, con políticas que premien el emprendimiento, etc. Todo esto, al mismo tiempo que se empata a la Concertación en todo lo que signifique protección social- una cancha donde ésta tiene ventajas naturales.

Una Alianza que enfatice el valor del trabajo, de la seguridad en las poblaciones, de las soluciones locales (descentralización), del emprendimiento, de la libertad de elección, del gobierno centrado en el ciudadano, de la familia como núcleo de la sociedad al cual potenciar, de Chile como nuestro hogar y proyecto común, es una Alianza que está proponiendo algo distinto a la Concertación. Puede diferenciarse de manera positiva apelando a estos principios y valores en cada medida particular que se proponga. Se trata no sólo de “policies” particulares- aunque esto es importante- sino que de construir un mundo simbólico, un Chile imaginario y colectivo que sea atractivo y al cual se perciba que las políticas particulares que se adopten están contribuyendo.

 

Algunos diferenciadores

Concertación

Alianza

Centralismo

Regionalismo, descentralización

Burocracia

Agilidad

Avance lento

Avance decidido

Delincuencia

Orden público

Dependencia

Autonomía, responsabilidad, superación

Individuos

Familias

Lucha de clases

Unidad nacional, proyecto compartido

 

Estos no son más que algunos lineamientos, algunos ladrillos con los cuales construir un relato que llene de sentido, energía y dirección el actuar de la derecha chilena. Por supuesto, la naturaleza del relato dependerá de las opciones políticas que este sector tome en su seno. Una derecha moderna, “a la española” o “a la inglesa”, requerirá mucho más tiempo y un trabajo mucho más profundo. No me queda claro que haya una voluntad de ir hacia allá; al menos la UDI se siente mucho más cerca del neoconservadurismo estadounidense que de derechas europeas más cercanas al centro. Pero si se optase por el camino de las centroderechas europeas, una renovación programática profunda sería necesaria. Esta debiera incluir, a lo menos, el alejarse explícitamente de la figura de Pinochet; abrazar en serio un agenda de igualdad de oportunidades; y perderle el miedo a realidades incontestables del mundo moderno- a las negociaciones laborales, a la diversidad cultural, a los temas ambientales, a la participación ciudadana. En todos estos temas la Concertación se halla más cómoda que la Alianza, y mientras lo siga estando, el electorado de centro difícilmente podrá darle de manera consistente sus preferencias- y sus afectos- a ésta.

LA BUENA CUOTA

agosto 22, 2007

 

Hemos presenciado por los medios la arremetida gubernamental por posicionar nuevamente el tema de “género” en la agenda pública. Esta vez se trata de reflotar un viejo anhelo de las mujeres concertacionistas: Establecer una ley de cuotas que establezca un piso mínimo de participación femenina en política, específicamente, en la escena parlamentaria.

Aunque en el pasado fui enemigo de todo este tipo de fórmulas, debo reconocer que he ido paulatinamente asumiendo una posición más pragmática y menos dogmática. Sobretodo después de escuchar el tono y los argumentos de la Ministra del Sernam, Laura Albornoz. Comencemos por el problema base: ¿Es justo asegurar escaños en el Congreso por el hecho de ser mujer? ¿No deberíamos, en función de la igualdad ante la ley y los principios democráticos, dejar que la ciudadanía decida de acuerdo al mérito de los candidatos? Creo que el gobierno ha contestado acertadamente a esta pregunta: Las mujeres han sido objeto de situaciones injustas, cultural y estructuralmente, a lo largo de casi toda la historia de Chile. Para “nivelar” la situación, la sociedad utiliza instrumentos de “discriminación positiva”, que por definición son transitorios. Por lo demás, existen desventajas objetivas de la mujer a la hora de postular a cargos públicos: Su menor acceso a financiamiento de campaña, y la compatibilidad de roles entre la vida familiar y laboral.

Teniendo esto en cuenta, me parece que la iniciativa se justifica. Pero las dificultades se presentan en los detalles: ¿Se le garantiza a las mujeres un número determinado de cupos en el Congreso, o se les exige a los partidos llevar un porcentaje mínimo de candidatas? La respuesta debe ser, obviamente, la segunda. Es la ciudadanía la que finalmente decide quien llega a ser su representante. La ley de cuotas solo afecta a los partidos a la hora de designar candidatos, y no asegura su elegibilidad. Pero el efecto positivo se produce igual sin distorsionar la voluntad popular, ya que con más candidatas deberían ser electas más parlamentarias. La discusión radica ahora en el piso mínimo… La presidenta Bachelet propuso un 40%, pero la cifra resulta un tanto exagerada para opositores y oficialistas. A mi juicio, tienen razón. Y si la idea es que esta iniciativa se transforme en ley y no sólo en un grito de guerra del Sernam, hay que ser políticamente razonable y acceder a bajar ese piso a alrededor del 30%. Una última complicación tiene que ver con la exigibilidad u obligatoriedad de la norma: ¿Qué ocurre cuando un partido no llega a presentar un número de candidatas equivalente al porcentaje mínimo establecido por ley? ¿Queda descalificado de las elecciones? Evidentemente que no. La solución funciona a la inversa. El espíritu de la norma es incentivar la participación femenina en política, y por lo tanto están previstos mayores incentivos (económicos) para las candidatas. Los partidos que no cumplen el requerimiento, sencillamente se quedan sin derecho a ese plus que otorga el gobierno a nombre de la sociedad chilena.

Sumando y restando, se trataría de una norma que favorece las condiciones de entrada de la mujer a los cargos de representación, pero no asigna obligatoriamente cupos por razones de género. Podríamos alegar que los jóvenes merecen la misma consideración. Y los pueblos originarios. Y los dirigentes de los trabajadores y de los empresarios. Y así sucesivamente. Pero la idea no es crear un modelo parlamentario corporativista. Es, por ahora, remediar la escandalosa diferencia que vemos en nuestras cámaras: Sólo el 15,8% de los diputados y sólo el 5,2% de los senadores son mujeres, en circunstancias que el padrón electoral le asigna a éstas una proporción del 52,4% del universo. Varios países del mundo y de la región han implementado medidas similares, y su resultado en general ha sido alentador.

Medidas como estas, bien discutidas y bien consensuadas, son los pasos que contribuyen a mejorar la calidad de nuestro sistema político, haciéndolo más participativo e integrador.      

REFLEXIONES SOBRE EL CALENTAMIENTO SOCIAL

agosto 21, 2007

 

La semana pasada asistí al Seminario de Un Techo para Chile titulado “El Calentamiento Social en Chile“. Llegué para las exposiciones finales  del ex Ministro de Hacienda Nicolás Eyzaguirre, el presidenciable de la Alianza Sebastián Piñera y el obispo Cristián Precht. Debo decir que me desilusionó (como a muchos de los organizadores del evento con los cuales hablé) la actitud de Eyzaguirre. Su exposición estuvo plagada de comentarios ácidos contra Piñera, abusando de la posición de quien no tiene nada que perder pero mucho que ganar por empañar al rival. De Piñera, el rigor técnico de siempre, pero con números y fórmulas racionales no se motiva a una audiencia que se indigna desde el alma frente a la injusticia social. Por lo demás, el tercer hombre más rico de Chile tiene un problema de credibilidad mayúsculo cuando trata de mostrarse escandalizado frente a la desigualdad socioeconómica.  Finalmente, contra todo pronóstico, me hechizaron las palabras de Precht. Fue el único que salió de la polémica del salario ético y se centró en las causas del “calentamiento social”, esa progresiva y silenciosa indignación de aquellos que no se sienten parte del crecimiento económico. Deslizó, como una intrusa, la palabra “cohesión social”. Y creo que ahí está el meollo del asunto.

El calentamiento social no se produce exclusivamente por las diferencias de ingreso familiar. La última CASEN revela que la pobreza dura en Chile retrocede al año 2006 a un 13,7%. El problema, a mi juicio, es otro: Es la falta de una unidad de destino para los chilenos, es la alarmante desintegración de los vínculos comunitarios a manos de un modelo que potencia al individuo – consumidor. Es, como bien señaló Precht, la falta de un sentido de pertenencia, de un aglutinador social.

Políticamente hablando, se puede trabajar en este sentido. Los discursos contemporáneos (no sólo en la derecha, sino también en la izquierda) apelan a la protección de la identidad nacional como vehículo de cohesión social. Esto no quiere decir nacionalismo ni chauvinismo ni patrioterismo. Quiere decir que siempre es necesario hacer una mirada introspectiva para descubrir cuáles son los valores comunes que nos definen como pueblo, como sociedad, como cultura. Sentir “orgullo” por quienes somos es un camino. Influye en el estado anímico y contribuye al espíritu de cuerpo

No estoy sosteniendo que basta con una campaña publicitaria estilo “Vamos chilenos” para detener el calentamiento social. Eso es tapar el sol con un dedo. Mi propuesta no es distinta a la que ya hemos escuchado: Urge un nuevo pacto social que establezca en qué medida todos somos parte del destino de nuestro país y todos nos hacemos responsable de sus triunfos y derrotas, sin exclusión. En la práctica, se traduce en políticas públicas que apunten al empoderamiento ciudadano, esto es, a la redistribución no sólo del poder económico, sino además político y social. Se traduce en políticas urbanísticas que apunten a la integración, en políticas educacionales que apunten a apreciar la diversidad, en políticas sociales focalizadas, eficientes, transparentes y participativas, en reformas políticas que incorporen a las minorías y a las nuevas generaciones a la democracia. En resumen, el calentamiento social se combate con toda acción que contribuya a “hacer parte” a TODOS los habitantes de esta larga y angosta franja de tierra, del nuevo Chile que estamos viviendo.

BELISARIO

agosto 20, 2007

Me resisto a personalizar las críticas políticas, pero creo que esta vez el peso de los hechos supera mi ambición por la eterna abstracción. La semana pasada presencié por televisión el discurso que mejor encarna el paupérrimo nivel de la política chilena. Aunque podemos pasar un buen rato discutiendo acerca de lo inconducente de la herramienta de interpelación en un sistema presidencial (los ministros no responden políticamente ante la Cámara de Diputados), y acerca de lo poco y nada que los actores del espectáculo entienden por “preguntar” y “responder”, lo que más llama la atención es sin lugar a dudas una de las más aplaudidas intervenciones del Ministro del Interior, Belisario Velasco:

“…este mismo Transantiago es el que figura en la campaña del señor Joaquín Lavín, que también tenía contemplado el Transantiago. Aquí está el documento. Y no sé la forma de implementarlo que ustedes tenían. Como sabían que no iban a ganar, no se preocuparon mayormente. En definitiva, ustedes hacen algunas frases. Pero les ganamos un plebiscito; les hemos ganado catorce elecciones; les ganamos dos segundas vueltas, y están acostumbrados a perder, señor diputado… ¡Ustedes no tienen un programa, señor diputado! ¡Por eso no van a ser nunca gobierno en Chile, porque la gente no les cree!”

Disculpadme si peco de parcialidad, pero mi sano juicio me obliga a reconocer que esta verdadera pachotada del Ministro Velasco no tiene relación alguna con el problema en cuestión, esto es, la responsabilidad del encargado del orden público nacional en la implementación de un plan de transporte que ha sido reconocido por todos los sectores como desastroso. ¿Qué velas tiene el pobre Lavín en este entierro? ¿Qué tiene que ver el plebiscito de 1988 con la humillación de la gente en el metro y la micro? Con todo respeto, creo que las expresiones de Belisario (amparadas por la ovación de los sesudos parlamentarios oficialistas) constituyen la expresión más desfachatada de la descomunal soberbia que invade a la Concertación hoy en día.

No voy a hurgar en el personaje, si se trata de un ejemplo del servidor público democratacristiano o si estamos frente a un tránsfuga de la política. Los invito a concentrarse en el texto, y a que saquen sus propias conclusiones.

HOMENAJE INDEPENDIENTE

agosto 17, 2007

Por fin es viernes. Termino la semana con un sentido homenaje al mundo independiente. Parto mostrando un video del Movimiento Opción Independiente UC, del cuál soy cofundador e ideólogo. Aunque la primera lista que llevamos a la FEUC perdió el año 2002 a manos del gremialismo, nuestros herederos encabezados por Claudio Castro lograron la hazaña tres años después. Este martes recién pasado nos juntamos a celebrar sus 6 años de existencia. También les regalo el homenaje de Plan Z a los candidatos independientes…

[youtube:”http://www.youtube.com/watch?v=3EBAev3TW70“] [youtube:”http://www.youtube.com/watch?v=vm-w9XejfOs“]

ETICA DE TERCERA GENERACIÓN

agosto 17, 2007

He estado ausente toda la semana por motivos de exceso de trabajo. Estadios, estadios y más estadios. Aún así, me hice el tiempo para asistir a un par de reuniones del naciente movimiento “Independientes en Red“. Le robo entonces a mi amigo Javier Sajuria el discurso sobre los tres tipos de éticas (que a su vez él toma del filósofo francés Francois Valleys) que han dominado la historia de la humanidad:

1. Lo Bueno y lo Malo es la línea divisoria que traza la ética de primera generación. Se trata del concepto clásico de tiempos antiguos y medievales, heredero de una aspiración religiosa o trascendente. Es, sin ir más lejos, la base de la filosofía moral cristiana. Es, sin lugar a dudas, el problema sustantivo que más veces ha atormentado al ser humano: ¿Es el hombre bueno o malo por naturaleza? 

2. Lo Justo y lo Injusto, la separación que propone la ética de segunda generación, hija de la ilustración y de la revolución francesa. Nacen los derechos individuales y el hombre pasa a relacionarse con el Estado en términos de neutralidad moral. Importa la justicia conmutativa y distributiva de los actos más que su bondad intrínseca. Se abandona el ideal sustantivo. Un procedimiento justo garantiza un resultado justo.

3. Lo Sustentable y lo No Sustentable, la denominada ética de tercera generación, la ética de nuestro tiempo, la ética de la globalización. ¿En qué consiste? En breve, es sustentable todo acto que se hace responsable de los demás. Ejemplo: Es bueno que todos puedan transportarse a sus trabajos por la mañana, es justo que todos tengan transporte para hacerlo, pero NO ES SUSTENTABLE que todos lo hagan conduciendo su propio automóvil, porque las calles colapsarían, el medioambiente sufriría y la calidad de vida empeoraría.

Valleys llama a la ética de primera generación, personal, a la segunda generación, social, mientras que a la tercera, global. Y me hace tremendo sentido. Más que nunca nuestras acciones provocan efectos en nuestro entorno, en las personas que nos rodean y en aquellas que viven a miles de kilómetros de distancia. Y obviamente no se trata sólo de cuidar la flora y fauna, sino de implementar relaciones laborales sustentables, de distribuir el poder político y económico en forma sustentable, de integrar la diversidad cultural y social de manera sustentable. Una ética de la sustentabilidad es una ética de la responsabilidad. Es hacerse cargo del mundo, es ponerle el hombro a los problemas y tener el coraje de enfrentar los desafíos. Exige sacrificio, pero asegura un mejor lugar para vivir.  No estaría nada de mal que nuestra clase política vaya internalizando estos conceptos de cara al bicentenario: Sólo si enfatizamos la necesidad de responsabilidad (a nivel ciudadano, social y gubernamental), podremos aspirar al desarrollo sustentable de Chile y de todos los chilenos.

HACIA EL CENTRO: El caso del PP español

agosto 9, 2007

 

Nuevamente gracias al Ciudadano H leí hace un par de días un artículo de Anthony Giddens en el cual se refería a los desafíos de Gordon Brown, una vez pasada la novedad del New Labour de Tony Blair. Dentro de la serie de consejos que el profesor Giddens le entregaba al nuevo primer ministro inglés, me llamó la atención el primero: Apoderarse del centro político. Para nadie es un misterio que el gran acierto de la tercera vía y específicamente del liderazgo de Blair fue precisamente copar el espacio político más moderado, empujando a los conservadores hacia la derecha del eje, condenándolos a ser por largos años una minoría. Es, prácticamente, un asunto numérico: El que ocupa más espacio en el eje obtiene más votos. Y para eso no basta decir “soy de centro”, sino que se necesita una configuración adecuada del discurso para atraer a ese votante no polarizado.

Les quiero contar brevemente el ejemplo del Partido Popular español. Cuando se recupera la democracia a fines de la década de los setenta, la derecha franquista se agrupa en la denominada Alianza Popular: No obtienen ni el 10% de los votos.  En 1982 se unen a sectores liberales y de centro del disuelto partido gobernante UCD: Ascienden al 26% y se transforman en la primera oposición seria al PSOE. Aún así, sólo cosechan derrotas. En 1989 sus líderes deciden tomar cartas en el asunto, y la Alianza Popular inicia un proceso de “Refundación”, acentuando sus rasgos liberales y atenuando los conservadores: Nace entonces el Partido Popular (PP) tal como conocemos hoy. José María Aznar asume la conducción en 1990 y le toma varios años consolidar un discurso de centro y una estructura partidaria sólida y extendida en toda España. En 1996 obtienen por primera vez mayoría parlamentaria y Aznar asume la presidencia del gobierno español. En el año 2000 es reelegido con una mayoría aun mayor. Si bien en materia económica ejecuta un programa de derecha (apertura comercial, privatización y control gasto público), en otras áreas (políticas y culturales) se muestra moderado, pragmático, abierto y completamente despojado del autoritarismo franquista. A modo de anécdota y ejemplo, fueron los gobiernos del PP los terminaron con el servicio militar obligatorio. Aunque Aznar dejó la conducción de su partido el año 2003, y su sucesor Mariano Rajoy perdió al año siguiente ante el candidato socialista y actual presidente Rodríguez Zapatero, el PP es hoy en día un partido robusto y con una posición expectante frente a las elecciones generales del próximo año. Sus credenciales democráticas no se ponen en duda, su vocación europeísta es clara, y sus redes internacionales son extensas y vigorosas: Forma parte de la  Unión Internacional Demócrata (donde participa la UDI y RN) y de la Internacional Demócrata de Centro (que integra la DC chilena), además del Partido Popular Europeo. En las últimas elecciones municipales, el PP obtuvo los triunfos más simbólicos (Esperanza Aguirre obtuvo la presidencia de la Autonomía de Madrid mientras Alberto Ruiz Castellón ganó la alcaldía de Madrid), y si no fuera por el escasísimo carisma de Rajoy (frente a un taquillero Zapatero), ya podríamos anticipar la inminente derrota del PSOE. Revisando su página Web pude comprobar la tesis: “El Partido Popular es una formación de centro liberal – reformista…

¿Conclusión? El que quiere ganar, debe ocupar el centro político. Sus programas no deben ser para fanáticos ni dar en el gusto a los vociferantes. Sus agendas deben ser inclusivas y aspirar siempre a unir más que dividir. Se trata, esencialmente, de proyectos políticos que respetan los consensos básicos de la sociedad, transformando la alternancia en el poder en una experiencia no traumática. No se gana el gobierno con 49 desalojantes recalcitrantes, pero sí con 51 personas que pueden tener distintas sensibilidades dentro un paraguas ideológico común, donde caben los que estaban en la vereda contraria y los que nunca se han sentido representados. El centro es, hoy en día, el reino de los independientes, el país del sentido común. Es la mesocracia aristotélica moderna, es el pasaje a la victoria electoral, y es la única y verdadera garantía eficaz de gobernabilidad.