EL CUENTO DEL PACTO SOCIAL

 

El diario La Tercera titula su editorial de hoy miércoles 10 de octubre con la advertencia “Un Pacto Social no se improvisa“, y desnuda luego una serie de deficiencias de fondo y forma en la convocatoria de la Presidenta Bachelet. Las de fondo tienen relación con la falta de precisión en el contenido del pacto, las de forma con las debilidades del liderazgo del gobierno para encabezar esta cruzada pretendidamente transversal. Estoy de acuerdo con ambas prevenciones. Sostener que el pacto social consiste sencillamente en aprobar el presupuesto de la nación para el año 2008, y aceptar sin chistar las iniciativas del ejecutivo en materia educativa, previsional y seguridad ciudadana, es un abuso del lenguaje. Un pacto social no ha sido nunca eso. Históricamente, el pacto nace como reacción del mundo moderno ante la arbitrariedad de origen y de ejercicio del monarca. Tuvo como objetivo “rayar la cancha” al enumerar una serie de derechos y deberes ciudadanos, previamente consensuados por éstos o por sus representantes, con un carácter evidentemente más político que social. El giro de Dios al contrato, parafraseando a Mariano Grondona, fue esencial para el surgimiento del liberalismo. Pero entendemos que la Presidenta no se refiere a ese tipo de pacto.

            Pero si no podemos traer a colación a Hobbes, Locke o Rousseau, al menos podemos interpretar el pacto social como lo han entendido todos los teóricos políticos contemporáneos. Esto es, desde la perspectiva de la justicia, que aborda el problema de la desigualdad en la distribución del poder político, económico y sociocultural: ¿Cuánta desigualdad puede permitirse una sociedad para llamarse a sí misma “justa”? ¿Son “justos” los resultados desiguales de un procedimiento teóricamente igualitario, o sólo son “justos” si los resultados no son brutalmente desiguales? Esas, y no otras, son las preguntas determinantes para medir la justicia en una sociedad. Y no veo a ningún actor político haciéndolas en Chile. Esas son, en el siglo XXI, las preguntas que hay que responder “socialmente”, a través del instrumento más idóneo (pacto, plebiscito, comisiones de trabajo, talleres de reflexión, discusión parlamentaria, etc.) para fijar los márgenes de desigualdad permitidos en Chile. Todo lo demás es música. El mismo John Rawls propone mecanismos relativamente concretos para medir estas variables (ejemplo: las desigualdades sólo son justas si, en la medida de que los de arriba suben, los de abajo suben en la misma proporción)

            Pero aparte de insustancial y ontológicamente errado, el llamado del gobierno a alcanzar un nuevo pacto social es un volador de luces que no refleja ninguna voluntad real de convocar a todos los actores políticos y sociales. ¿Qué pacto social puede surgir en medio de un clima de desconfianza recíproca y paupérrima calidad del debate público, donde todos parecen estar más preocupados de su agenda personal antes que de consensuar grandes orientaciones país? Y como lo hemos sostenido en otras ocasiones, es precisamente el gobierno el primer responsable de generar esas confianzas y subir el nivel de la discusión. Y es tremendamente difícil que lo hagan si están más preocupados por la supervivencia política de su coalición, y por el eventual “desalojo” que sufrirán el año 2010 si no empiezan a hacer bien la pega. El problema consiste en que “hacer bien la pega” para muchos funcionarios del gobierno y dirigentes de la Concertación, es sinónimo de acordarle a la gente que la derecha perdió el plebiscito del ’88 apoyando a Pinochet, que no tiene un real compromiso con la democracia y los derechos humanos, y que defiende a los ricos y a los grandes intereses económicos. De esta manera consiguen el legítimo objetivo primario: Mantener el poder. Pero entonces no estemos llenándonos la boca con un pacto social cuyas condiciones previas nadie está dispuesto a implementar, salvo Lavín y quizás, la propia Bachelet. Total, en Chile no existe reelección.  

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