ARGENTINA DE CRISTINA

 

Vengo llegando de la hermana república argentina. Aunque fui especialmente a ver el partido de Chile, me di el tiempo de inmiscuir mis narices en la contingencia política. Como muchos sabrán, en un par de semanas eligen nuevo presidente. Y Néstor Kirchner recorre el país haciendo campaña por su Cristina, la más segura vencedora. Y aunque varios medios han llamado la atención acerca de la estrategia impúdica de la primera dama (que utiliza su cargo y los gastos reservados de su investidura para financiar su fiesta electoral), al parecer los argentinos no se lo reprochan mayormente, ya que se empina por sobre los 40 puntos en los sondeos de intención de voto. Le sigue, muy atrás, la socialista Elisa Carrió y el justicialista disidente Alberto Rodríguez Saa (hermano del ex presidente por un día Adolfo Rodríguez Saa), con algo más de un 10% cada uno. Quedan definitivamente rezagados el ex ministro de economía de Kirchner, Roberto Lavagna, y el candidato de Mauricio Macri, Ricardo López Murphy. En resumidas cuentas, Cristina tiene la opción incluso de ganar en primera vuelta.

            Mi humilde opinión es que Argentina sigue dando bote en materia política. Es cierto que, al igual que lo ocurrido en Chile con Bachelet, Cristina Fernández representa una especie de vanguardia cultural en un país igualmente machista y recambio generacional dentro de una casta dirigente igualmente anquilosada. Pero fuera de eso (y de un envoltorio estéticamente más apetecible que el de nuestra primera presidenta), no hay mucho más donde buscar. El peronismo sigue siendo ese espectro nacionalista fascistoide-izquierdoso de mucha palabrería y poca sustancia ideológica, como ya advirtió Ignacio Walker hace un par de años (y que casi le cuesta su nombramiento como canciller de los últimos años de Lagos). Pero en un país tan curioso como “la” Argentina, que ve la realidad siempre desde una perspectiva tan genial como distorsionada, este hecho parece estar atado a su destino y a su forma de ser. Tan consustancial como es la relación entre la Concertación y la identidad cultural del Chile post Pinochet, tan mediocre como aspiracional.

            Para redondear este punto citaré un pasaje de un escritor y periodista argentino que me quedó dando vueltas en estos días… “Cualquier psicólogo que pusiera el edificante discurso público argentino al lado de los ominosos anatemas privados obtendría un diagnóstico claro sobre la sociedad que los produce: esquizofrenia aguda. Después llega la realidad, esa incorruptible, que no será la única verdad pero puede siempre más que las frases hechas, y revela que la patria de las mieses, la de todos los climas del mundo y el pueblo maravilloso, ha dejado de ser el éxito de los tiempos en que la concentración de recursos naturales per cápita determinaba la riqueza para transformarse en uno de los fracasos más estentóreos del planeta apenas la capacidad de trabajar en equipo, de respetar reglas y de establecer contratos basados en la confianza mutua se tornó decisiva. La tan reivindicada identidad nacional es pues el otro yo del doctor Merengue escondido en cada ciudadano argentino, cuyo lomo es sistemáticamente masajeado por un monólogo presidencial logorreico y autista, que discurre sobre “las cosas que nos pasaron a los argentinos” como si las consecuencias estuvieran desunidas de sus causas y los orígenes del fracaso de este país fuesen un misterio” (del libro Kirchner & Yo de Fernando A. Iglesias)

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