Archive for 27 noviembre 2007

Crítica a artículo de Tironi

noviembre 27, 2007

 

Suelo estar de acuerdo con Eugenio Tironi. No desconozco que al tipo le gusta acomodar la evidencia a su propio punto de vista u objetivo comunicacional, pero al menos es de aquellos que aporta, a veces sustantivamente. Pero hoy en su columna habitual en El Mercurio llevó su tendencia acomodaticia al extremo, sosteniendo que la democracia chilena se las ha arreglado perfectamente con dos coaliciones (una siempre en el gobierno, la otra siempre en la oposición), y no necesita ni necesitará bisagras ni terceros referentes para alcanzar acuerdos. Obviamente su crítica tiene nombre y apellido, pero carece de fundamento real. Las bisagras existen en muchísimos regímenes políticos no sólo para arbitrar las diferencias a veces insalvables entre las coaliciones más grandes, sino a veces para tender los puentes necesarios para el entendimiento. Por otra parte, los terceros referentes pueden contribuir a oxigenar sistemas políticos congelados, y se validan en su esfuerzo por representar a aquellos que no quieren más de lo mismo. Finalmente, me parece demasiado optimista sostener que “la sociedad civil ya está sentada a la mesa” y “no quiere que la clase política recupere, mediante componendas, el monopolio de los acuerdos estratégicos“. No sé en qué minuto eso dejó de pasar en Chile. Creo que Tironi y yo vivimos en países distintos. Si nos llegáramos a encontrar en el mismo, le recomendaría a la pasada que releyera la entrevista de Edgardo Boeninger que él mismo cita para fundamentar su tesis, ya que el ex ministro y senador DC es enfatico al señalar que “ya vamos para 20 años en que la oposición ha estado fuera del Gobierno, y uno no concibe una democracia donde la oposición esté condenada per sécula a ese estado“. Pero a Tironi no parece complicarle mayormente que esta estructura siga indefinidamente en el tiempo, mientras la Concertación esté en La Moneda y la Alianza en la oposición. Quizás cuando estemos desfalleciendo de anemia política y de atrofiamiento de la clase dirigente, Tironi se percatará (aunque no lo diga publicamente) que la renovación no siempre se produce internamente y que el aire fresco tiene que entrar por alguna parte. Es cierto, ni Flores ni Zaldívar son buenos ejemplos de sangre nueva, pero hoy por hoy, todo lo que imprima algo de vértigo e incertidumbre al sistema es una buena noticia. El Estado corre menos riesgo de ser capturado cuando sus fiscalizadores más empecinados vienen de adentro. Pero es entendible que eso no sea una buena noticia para todos…

IZQUIERDO V/S MÜLLER

noviembre 23, 2007

 

El diario La Tercera se convirtió esta semana en el campo de batalla (de las ideas) entre dos destacados columnistas del medio. En una esquina, mi estimado José Miguel Izquierdo, cientista político del Instituto Libertad y la Universidad Diego Portales, que golpeó este lunes con “La estrategia de Lavín”. En la otra esquina, respondió el jueves el Director de BenchMark y de Ciencia Política de la Universidad del Desarrollo, Gonzalo Müller, con “Sobre la estrategia de Lavín”. Mientras el primero criticó fuertemente al ex alcalde UDI por la irrupción del “bacheletismo-aliancismo”, el segundo sale en su defensa sin contemplaciones. Mi intención no es terciar en esta disputa editorial ni mucho menos, pero creo importante reflexionar sobre los argumentos de uno y otro, en forma desapasionada.

En primer lugar, estoy de acuerdo con la tesis central de la columna de Izquierdo: Lavín acuña el término porque “le sale del fuero interno” y no porque obedezca a un diseño consciente sobre “qué es mejor” para su sector. Desde este punto de vista, “el lavinismo ha entrado en términos equívocos en la discusión sobre la estrategia más conveniente para la Alianza” Eso no significa que en el fondo sea una buena o una mala idea, pero es evidente que confunde al electorado propio. El dato que agrega Izquierdo no es menor: El indicador de aprobación pública de la coalición opositora estaba estabilizado (en forma casi imperceptible) al alza, pero después de la entrada en escena de Lavín vuelve a caer. Por muy mala que sea la estrategia del desalojo, torpedearla de esa forma genera desorientación. Creo que la siguiente afirmación resume el punto: “…haberse planteado en una posición de liderazgo sin base coalicional, considerando la compleja realidad política que atraviesa el oficialismo, es un error“. Al margen, me permito discrepar con José Miguel en la calificación de Cristina Bitar (“una fiel seguidora de Lavín con aproximación militante“), ya que esa misma tarde en su columna de La Segunda, Bitar le quitó piso político a la propuesta lavinista de buscar un acuerdo político para el Transantiago dentro de la Ley de Presupuesto.

Con respecto a la respuesta de Müller, comienzo destacando sus aciertos. Cuando Izquierdo habla de inconsistencia con su trayectoria, Müller destaca la coherencia de Lavín. Y yo estoy con el segundo, porque sencillamente veo en Lavín la misma actitud de siempre: Fue el primero en hablar del “gobierno de los mejores” y de “abandonar las peleas políticas para resolver los problemas de la gente”. Carlos Peña ya se encargó de subrayarlo en términos bastante menos benevolentes, pero no contradictorios: El bacheletismo aliancismo es una pirotecnia más, asimilable al bombardeo de las nubes o la nieve en el centro de Santiago. Puede ser inconsistente con el pacto e incluso con su propio electorado (que representa al segmento más frustrado con la Concertación), pero no con su trayectoria. Sin embargo, hay dos afirmaciones de Müller que merecen ser diseccionadas. Dice que Lavín no divide a la Alianza, sino por el contrario, la beneficia. Creo que no hay “por el contrario”, ya que en la práctica la divide y al mismo tiempo puede beneficiarla, del mismo modo que en 2005, cuando los candidatos de la coalición compitieron por separado y sus votos sumados superaron los de Bachelet. El columnista, en todo caso, es demasiado optimista (o parcial, como él mismo acusa a Izquierdo) al sostener que la estrategia de Lavín “no hace sino fortalecer a la Alianza porque permite a los ciudadanos ver a diferentes interlocutores con los cuales identificarse“, especialmente a los nuevos electores que “buscan una opción de cambio, pero quizás más moderada“. Uno, ampliar la base política no recae solamente en liderazgos transitorios sino que por lo general obedece a una estrategia consciente, a un diseño institucional definido y a un proceso de transacción ideológica que la Alianza no está haciendo. Dos, no veo que Lavín esté utilizando un espacio moderado que antes no haya ocupado otro actor de la misma centroderecha, para qué hablar de RN durante los noventa y del mismo Sebastián Piñera, por lo tanto es más acertado hablar de reubicación antes que de extensión. Tres, no existirán “nuevos electores” si el partido de Lavín se sigue oponiendo a la cualquier reforma electoral.

Eso es todo, cumplo con desahogarme.  

Crítica a artículo de Huneeus

noviembre 21, 2007

 

Aprovecho mi propio medio de comunicación para publicar la carta que mandé ayer por la tarde a La Tercera. En síntesis, se trata de una crítica al artículo del director del CERC, Carlos Huneeus (La Tercera, martes 20 de noviembre), por su errada interpretación de los resultados electorales estudiantiles. Para Huneeus, la proliferación y el éxito de movimientos universitarios ajenos a los partidos políticos es un llamado de atención a éstos para que vuelvan a tomarse dicho espacio. De lo contrario, augura, tendremos partidos débiles y una democracia cada vez más frágil. Mi opinión parte del mismo supuesto pero llega a la conclusión exactamente opuesta: Los partidos ya no son capaces de interpretar a las nuevas generaciones, las que se ven en la obligación de crear nuevos referentes que sigan participando en “lo público”. En resumen, lo último que necesitamos es que los actuales partidos, desvencijados y desprestigiados, vuelvan a la Universidad. Por el contrario, necesitamos que las nuevas expresiones que germinan en esos pasillos se transformen luego en el recambio político que tanto necesitamos para Chile:   

En su columna del día de ayer, don Carlos Huneeus hace una serie de reflexiones con respecto a la poca relevancia que actualmente tienen los partidos políticos chilenos en el ámbito de la dirigencia universitaria, lo que ejemplifica con el caso de la FECH. El diagnóstico es acertado, y también puede verse con claridad en el caso de la FEUC, la segunda federación estudiantil más importante del país, donde el movimiento Opción independiente hizo prácticamente desaparecer a los partidos de la Concertación del mapa político, y en los últimos 5 años le ha disputado voto a voto al gremialismo el control del máximo órgano de representación estudiantil. Donde la experiencia me indica que Huneeus se equivoca rotundamente es en la interpretación de estos fenómenos. En primer lugar, me parece que la excesiva politización de los cuerpos intermedios de la sociedad no puede leerse como una virtud del sistema, ya que éstos suelen perder el norte de sus objetivos particulares. En segundo lugar, y más importante aun, es que los partidos políticos no acostumbraban a “escuchar y ayudar” a los estudiantes, como sostiene el columnista, sino muchas veces a intervenir y monitorear la dinámica de instituciones independientes. Esa práctica es la que condenan miles y miles de estudiantes cada año, y no la ausencia de los partidos en los campus universitarios. Lo que hoy presenciamos es el nacimiento de nuevas expresiones políticas en la universidad, que no necesariamente empalman con los partidos políticos actuales ni con el eje heredado del plebiscito de 1988, que cada vez interpreta menos a los jóvenes. Eso no los hace menos políticos en su discurso y en su actuar como dirigentes estudiantiles. Ellos, probablemente, serán los partidos del futuro. Y cuando les toque serlo, renovarán la política desde sus cimientos y harán su aporte sustancial a la democracia chilena

A OXIGENAR LA POLÍTICA

noviembre 20, 2007

 

Independientes en Red” publicará en los próximos días la convocatoria a un concurso que busca ideas para “oxigenar” la política chilena, y que busca, entre otras cosas, elaborar la propuesta oficial del grupo para ser presentada en el Gobierno y el Congreso. Les presento a continuación la columna que me solicitaron como marco conceptual del proyecto:

En un escenario de creciente conflictividad, al menos existe en Chile un amplio consenso: La imagen que los ciudadanos tienen de la actividad y la clase política en general sufre un progresivo deterioro, que amenaza en el mediano plazo con transformarse en una verdadera crisis de representatividad y en consecuencia, en un debilitamiento del sistema democrático. Sabemos también que es la juventud es la que más resiente este alejamiento, lo que prende las alarmas pensando en el Chile del futuro: Mientras en 1988 los menores de 30 años representaban un 36% del universo electoral, en 2006 el porcentaje de jóvenes llegaba a un escuálido 8,5% del padrón total. De los 3.194.260 chilenos que se ubican hoy entre los 18 y los 29 años, sólo 687.182 se encuentran inscritos en los registros electorales, lo que significa que sólo un 21,51% de los jóvenes está habilitado para participar en los procesos eleccionarios. 

Las razones que explican este fenómeno son múltiples. Podríamos culpar a la rigidez de la estructura de división política partidista heredada del plebiscito del SÍ y del NO, ya que se trata de un eje retrospectivo que no identifica a las nuevas generaciones. En casi dos décadas, no hay nada nuevo bajo el sol. Podríamos culpar, por qué no, al sistema binominal y al sistema de inscripción y voto, que contribuyen decisivamente al congelamiento de las coaliciones y del padrón electoral. Podríamos apuntar a la escasa rotación de líderes políticos y a la conformación de una verdadera casta que parece no tener interés en compartir el poder. Podríamos apuntar también al surgimiento de escándalos de corrupción, que delatan el relajo de nuestras autoridades en materia de probidad y transparencia. Podríamos decir que el desencanto por la política es un efecto esperable ante el retroceso de las ideologías, ante la consolidación de un modelo económico que pone énfasis en el bienestar material del individuo antes que en las aspiraciones de la comunidad, ante la ausencia de grandes causas capaces de convocar y movilizar a la ciudadanía. Podríamos hablar de las promesas frustradas, de la pérdida de los espacios públicos, de la escasez de canales de participación, de la ausencia de diálogo horizontal.

En fin, el diagnóstico es más o menos claro. La tarea es ahora encontrar las soluciones. Y todo indica que éstas pasan por oxigenar el sistema político. Sin desmerecer el valor la estabilidad política que ha gozado Chile en los últimos 17 años, pareciera hora de imprimirle algo de vértigo y dinamismo a nuestra democracia. Es evidente que la ciudadanía posee hoy en día mucha más información que en épocas pasadas, y “ya no comulga con ruedas de carreta”. Es una sociedad civil que exige más de sus gobernantes, que demanda ser escuchada, y que se siente con el derecho a intervenir en la toma de decisiones. En este contexto no es sustentable en el tiempo un sistema político cerrado, donde el poder lo concentran unos pocos (los mismos de siempre) y donde los ciudadanos quedan relegados al papel de consumidores que sólo pueden levantar la voz cada ciertos años en elecciones que además entregan muy pocas alternativas.

El desafío de oxigenar la política chilena requiere de toda nuestra creatividad: Las soluciones pueden estar en reformas institucionales o en cambios culturales; Pueden proyectarse en el terreno local, regional o nacional; Pueden servir para aumentar la participación directa de los ciudadanos o sus organizaciones, o bien para reforzar el accountability de nuestros representantes y la movilidad de nuestra dirigencia política; Pueden ser pensadas a través de medios convencionales o utilizando las ventajas que entrega la tecnología; Puede tratarse de grandes transformaciones o de pequeñas contribuciones que aporten en la dirección trazada. Lo importante, al final del día, es contar con más y mejores herramientas para perfeccionar nuestro sistema político, reforzar la legitimidad de nuestra democracia, entregar mayores espacios de participación y especialmente para reencantar a las nuevas generaciones con “lo público”, ya que todos los hombres son llamados a la construcción de su propia ciudad.

Racionalidad v/s Emocionalidad Política

noviembre 16, 2007

En estos días he estado revisando pasajes del libro THE POLITICAL BRAIN de Drew Westen. Su tesis central es sencilla: En política, cuando las emociones colisionan con la racionalidad, ganan las emociones. El autor basa su conclusión en un exhaustivo recorrido por la política norteamericana en los últimos 50 años, y la evidencia que acumula es robusta: Aunque la mayoría de la población se identifica más con los Demócratas en cuanto a los “issues” (análisis racional de cada uno de los temas), finalmente termina votando por los Republicanos pues éstos manejan mejor la potencialidad de los mensajes emocionales. Sólo Bill Clinton se salva del lapidario análisis, y al revisar su franja presidencial de 1992 uno entiende por qué… Se trata de un ciudadano sencillo que viene de la pequeña localidad de Hope, Arkansas, y cumple el sueño americano al vencer la pobreza y la adversidad. Cuenta su drama familiar (su padrastro alcohólico que golpeaba a su madre), cuenta cómo conoció a Hillary (cuando rechaza todas las ofertas de grandes estudios jurídicos de Wall Street para regresar a ayudar a su ciudad natal), cuenta cuando estrechó la mano de Kennedy siendo apenas un adolescente. Se mete en el corazón de la gente, todo lo contrario de lo que hace John Kerry en su franja autobiográfica de 2004. En ella, el candidato demócrata es un destacado estudiante de Yale, un valiente soldado acreedor de múltiples condecoración por su actuación en Vietnam, y un eximio senador que está en todas. La similutud entre este contraste y el que vimos en 2005 entre Bachelet y Piñera es asombrosa. Mientras la actual mandataria hacía un recorrido por su vida asociándolo a la historia de Chile, mostrándose como una persona común y corriente que llevaba a sus hijos al colegio, Sebastián Piñera presenta sus credenciales como “el mejor en todo” lo que ha hecho: En el colegio era el primero del curso, en la UC es el mejor egresado, lo que repite en Harvard, luego crea miles de empleos y es elegido el mejor senador en su período. Queda de manifiesto que en un caso el arma fue la emocionalidad y en el otro la racionalidad política. Y en esa contienda sabemos quién gana. Cuenta además un sabroso episodio del debate Gore v/s Bush en 2000, cuando el primero hace gala de todos sus conocimientos técnicos en materia de salud y seguridad social, con una batería de datos y números (mal que mal, fue vicepresidente durante 8 años), ante lo que Bush pregunta si acaso “inventó la calculadora”, y que él prefiere ponerse en el lugar de la gente y sentir sus problemas. ¿Suena parecido al contraste que hizo la prensa entre el discurso de Piñera y el de Lavín en el lanzamiento de “Chile Justo”?

En fin, fuera de recomendar el libro, lo importante es tener presente que aun en escenarios de alta frustración por la mala calidad de la gestión del gobierno de Bachelet, no parece prudente apostar todas las fichas en que el eje racional “Decisión-Liderazgo-Capacidad” vaya a ser más valorado por los electores que el eje emocional “Empatía- Cercanía-Credibilidad”, como lo fue en 2005. Aunque hoy están dispuestos a votar por Piñera incluso los que no lo tragan (porque “ordenaría esta cagada” y “haría bien la pega”), nuestra hipótesis es que a medida que nos acerquemos a las presidenciales 2009 la emocionalidad política cobrará nuevos bríos, especialmente si se solucionan los errores más groseros del gobierno. Y Piñera debe trabajar su tipo de liderazgo para ese escenario.

Les recomiendo que se den una vuelta por youtube para ver los videos y hacer la comparación…

 

 

DE QUÉ SE DISCUTE QUE YO ME OPONGO

noviembre 14, 2007

 

Mi compadre Matías Reyes se quejó hace unos días porque mi blog estaba “muy cargado hacia la derecha”, lo que obviamente ofendió mis pretendidas aspiraciones de imparcialidad analítica y amarillismo. Por eso hoy voy a arremeter contra una de las actitudes más recurrentes en la Alianza por Chile: La defensa constante del “principio de soberanía” para rechazar toda iniciativa de la comunidad internacional que busque la protección, prevención y sanción de los atentados a los derechos humanos más fundamentales. El último episodio de esta teleserie fue el rechazo de la Cámara de Diputados a la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas. El ministro Viera Gallo señaló que se trataba de una situación “vergonzosa”, y estoy completamente de acuerdo con él. No hay razón alguna, como dijo, para que un país civilizado y democrático se reste a una propuesta de este tipo. Las críticas de la izquierda no se dejaron esperar: “Vimos el verdadero rostro de la derecha”, “siguen defendiendo a la dictadura militar”, “fueron cobardes porque ni siquiera se atrevieron a votar en contra, sino que se abstuvieron”.

Este bochorno se suma al rechazo que años atrás sufrió la ratificación del Estatuto de Roma, que da origen a la Corte Penal Internacional. Aunque en dicha ocasión se manifestaron reparos de forma (era necesaria una reforma constitucional), en el fondo se utilizaron todo tipo de pretextos para esquivar el bulto. El miedo más presente, obviamente, era la potencial amenaza de un órgano internacional de intervenir en casos judiciales domésticos, especialmente retrotrayéndose al período 73-90. En subsidio, arguyeron como excusa la eventual reacción negativa de los EEUU (que no han prestado su consentimiento al Estatuto, y que a mayor abundamiento presionan a los países firmantes a suscribir un artículo especial que sustrae a los norteamericanos de la jurisdicción de la Corte Penal Internacional). En el caso de la Convención Interamericana, los aspectos más espinudos radicaban en la imprescriptibilidad del delito de desaparición forzada y en la atribución de la Comisión Interamericana de DDHH para solicitar a los Estados toda información sobre presuntos detenidos desaparecidos, sin prejuzgar sobre la solicitud.

Muchos de los argumentos previamente señalados tienen cierta racionalidad. Aun despejados los fantasmas jurídicos (que muchas veces obedecen a simple desinformación, como el de la supuesta retroactividad de este tipo de tratados) y aun cuando nos aseguremos de que ninguno de estos instrumentos de Derecho Internacional “atenta contra nuestra soberanía” o pretende “volver a hurgar heridas del pasado”, lo que en verdad determina la actuación de las fuerzas políticas es su vocación por la verdad, la justicia y el respeto a los DDHH. Y la derecha chilena, en general, todavía reprueba dicho examen.  

En los próximos días el Ejecutivo insistirá con la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas Contra las Desapariciones Forzadas, que como su nombre indica, no atañe sólo al continente sino que interpela a todos los Estados miembros de Naciones Unidas. Esta vez si que no hay excusas: Esta Convención respeta expresamente el régimen de prescripción de los sistemas penales internos, no crea ningún órgano internacional para el castigo de estos crímenes sino que radica la jurisdicción en los propios tribunales domésticos, constituye un Comité contra la Desaparición Forzada que examina rigurosamente toda petición de familiares de supuestos desaparecidos (y no las acepta si no se han agotado los recursos judiciales en el país involucrado) que además sólo tiene atribución para solicitar información a los Estados parte si ellos expresamente así lo estipulan al ratificar la Convención, y por si fuera poco le otorga competencia sólo sobre los delitos de desaparición forzada que se hayan “iniciado” con posterioridad a la entrada en vigencia de la Convención (evitando todas suspicacias por el carácter permanente y continuo de esta clase de crímenes). En resumen, su simple rechazo no se justifica ni jurídica ni políticamente. La Alianza debería ser la primera, para lavar sus heridas, en reponer el proyecto de ley que desde el 2006 duerme en el Senado para tipificar en la legislación penal chilena el delito de desaparición forzada, cumpliendo así con la primera condición de la Convención y dando señales políticas potentes de que ya no se trata de una derecha complaciente con los abusos, timorata y vacilante frente al Derecho Internacional, sino de una nueva derecha, moderna y democrática, que presenta sus credenciales de  verdadera integración al mundo.

LA EDAD DEL PAVO

noviembre 11, 2007

El impacto mediático de Chávez es incontrarrestable. Leí en una columna de Luis Vicente León (analista político venezolano) que se trataría de un diseño de liderazgo continental basado en la controversia. Y a río revuelto, ganancia de pescadores. No voy a discutir los alcances del éxito inmediato de esa estrategia. Pero tengo mis fundadas dudas sobre sus frutos a largo plazo.

Las imágenes del mandatario venezolano hablando pestes de Aznar, con su respectivo correctivo del Rey de España, me produjeron una inmensa pena. No por Juan Carlos, evidentemente (mi liberalismo doctrinario me impide ser condescendiente con cualquier tipo de monarquía), sino por todos aquellos ansiosos izquierdistas latinoamericanos, especialmente chilenos, que todavía están buscando la luz al final del túnel. Me explico con una conversación que años atrás mantuve con mi amigo de la Facultad de Derecho Álvaro Hernández, en los días de la lucha universitaria. Álvaro era uno de los líderes más destacados de un promisorio movimiento de izquierda extraparlamentaria. En un momento de sinceridad, abandonada la calculadora y pasadas las cervezas, me comentó que su sector estaba en búsqueda desesperada de ciertos referentes intelectuales que coparan el oceánico espacio dejado por la desahuciada teoría marxista. Entre Le Monde Diplomatique, Attac y Chomsky algo se podía armar, conversábamos. Pero todavía difuso, sin carne, sin expresiones políticas programáticas serias, modernas y convocantes, más allá de la elite. El surgimiento de la izquierda reivindicacionista en Latinoamérica parecía presagiar un combinado novedoso. Populista, cómo no, pero sabroso, pegajoso y todavía revolucionario. Pero pasan los años y veo que los líderes llamados a encabezar este proceso siguen en la pubertad. Chávez hiperventilado es el peor enemigo de todas sus buenas intenciones y de sus buenas ideas. Su actitud matonesca y prepotente empaña toda la verdad que pueda haber bajo sus palabras. No soy antiamericano, pero reconozco la legítima vitalidad del discurso del David frente al Goliat. Del mismo modo me parece interesante la exploración ideológica “bolivariana”, en la medida que podamos explicitar qué significa socialismo del siglo XXI, y cuánto podemos ganar en integración regional, no sólo en lo económico, sino además en lo político y lo cultural. Pero aparece este dictadorcillo y transforma todo en una cruzada personal. Se olvida del altruismo político de darle cuerpo a su proyecto para que siga vivo después de él, y se concentra en reformas constitucionales que, no nos engañemos, sólo aspiran a concentrar más cuotas de poder en una primera magistratura con nombre y apellido.

La desatinada de ayer sería un detalle si no fuera una constante. No es malo reírse con las salidas de libreto de algún Jefe de Estado. Son seres humanos, a fin de cuentas. Recuerdo que en Italia se armó un escándalo cuando Berlusconi le puso los cuernos a otro presidente para la foto oficial de una cumbre. Pero lo de Chávez es otra cosa: Es pura pendejería arrogante y carente de toda phrónesis, que según Aristóteles es la más esencial de las virtudes políticas. ¿Cuántas más desilusiones deberá soportar la izquierda latinoamericana antes de abandonar la edad del pavo?

LA IRRESPONSABILIDAD POLÍTICA

noviembre 8, 2007

Aunque está de moda escuchar hablar de accountability en los discursos políticos de “última generación”, lo cierto es que la realidad nos golpea con un fenómeno exactamente opuesto: La absoluta irresponsabilidad política de nuestras autoridades y representantes. Más allá de los escándalos de corrupción, las personas que se desempeñan en la alta administración pública deben rendir cuenta y responder con su cargo, si la gravedad lo amerita, por las fallas atribuibles a su propia gestión o la de sus equipos. Eso ocurre en cualquier país serio y es un elemento determinante para tener real y efectivo control sobre la gestión de recursos públicos. En Chile (como imagino debe suceder en el resto de Latinoamérica), es una quimera. Una denuncia de malversación de fondos o tráfico de influencias contra un pez gordo de un partido gobernante termina generalmente con el exterminio del denunciante, como ya le sucedió al auditor del MINEDUC Hernán Ortiz. Una decena de niños y adolescentes mueren calcinados en un centro del SENAME y nadie asume la responsabilidad del hecho, aun cuando la repartición corresponde al Ministerio de Justicia. Caradura, Fuenteovejuna. Sigamos: Se acaba de averiguar que los asesinos del carabinero Moya son ex lautaristas indultados por el Presidente Lagos hace 3 años en virtud de un acuerdo parlamentario. Unos pocos salen con hombría a defender su voto, la mayoría calla, se esconde, se hacen olímpicamente los huevones. Nadie mira a la cara a la ciudadanía con franqueza diciendo: La cagamos. Eso en Chile no existe. Nadie la caga. Y el mismo Lagos se saca los balazos con una destreza digna de Matrix, señalando por carta que todo el bochornoso fracaso del Transantiago se debe a su implementación y ¡jamás! a su diseño. Ni siquiera nos daremos el trabajo de comentar lo de Ferrocarriles del Estado.

¿A dónde vamos con todo esto? Como la irresponsabilidad individual, social y gubernamental es una práctica cultural extendida en nuestra región (fruto inevitable de un pobre mestizaje indoeuropeo, diría un antropólogo amigo), se hace urgente al menos contar con instituciones relativamente sólidas y confiables que operen en este tipo de casos. Las fórmulas pueden ser debatidas entre constitucionalistas, cientistas políticos y modernizadores del estado, pero debe empezar a conversarse hoy, porque nada me asegura que en un gobierno de otro color político no pase lo mismo. Es cierto que la Concertación está apernada y estos vicios le son menos costosos, pero cuando la sangre está a punto de llegar al río, todos se movilizan (basta recordar el acuerdo entre Lagos y Longueira ante la crisis del MOP-Gate que dio origen al Servicio Civil, órgano que entre otras atribuciones tiene por misión concursar públicamente los altos cargos de la administración pública).

Tengo claro que Chile no será Noruega ni Suiza en esta materia. Gran parte de la esencia latina es la irresponsabilidad, esa ligereza imprevisora, esa floja superstición. Pero si ya nos quedamos con la parte más gris y menos alegre del mundo latino (por clima, por música, por color), aprovechemos la seriedad que lleva consigo ese tono opaco. Esa seriedad que dio confianza a miles de inversionistas que durante una década hablaron del milagro chileno, y que hoy se desvanece ante la perplejidad y la inercia. Esa seriedad parte por recuperarse en casa, en la exigencia de estándares más altos de responsabilidad y accountability, en todos los niveles, pero especialmente en el ámbito gubernamental, porque nosotros, todos los chilenos, les encomendamos ese trabajo.