Archive for 27 diciembre 2007

AJEDREZ EN LA CIMA DEL PODER

diciembre 27, 2007

 

Desde un tiempo a esta parte, especialmente desde que Adolfo Zaldívar fue amenazado por convivencia en el PDC y Carlos Cantero renunció a RN, los medios de comunicación han gastado litros de tinta y largos minutos de televisión para explicar lo que según ellos es un verdadero cambio en el mapa político. Estos episodios, sumados al nacimiento de ChilePrimero (al amparo de la dupla Flores – Schaulson, exiliada a su vez del PPD), serían expresiones contundentes de un reordenamiento de piezas en el ajedrez del poder. No queremos pecar de soberbia y seguir tratando a los editores de incompetentes, pero echamos de menos profundamente un análisis político que vaya más allá de la farándula de lo inmediato, del horizonte de la próxima elección presidencial, de la absurda contradicción entre disciplina castrense y narcisismo personalista.

Es evidente que los nuevos “díscolos” han encontrado un nicho. Tarde, pero lo han encontrado. Se acaban de percatar que los partidos chilenos adolecen de escasa credibilidad y su desprestigio es creciente. Hoy, el voto de un senador independiente vale oro puro en un escenario legislativo incierto, con una autoridad presidencial debilitada dispuesta a todo tipo de concesiones, y una sociedad civil un tanto incómoda con el congelamiento del sistema político. En ese sentido, la apuesta de la nueva bancada (Flores, Bianchi, Cantero & Zaldívar) es legítima y razonable. A río revuelto, ganancia de pescadores. Nadie lo sabe mejor que Hugo Chávez.

Es evidente también que los dirigentes de los partidos políticos, especialmente de la Concertación, están “dando la hora”: Tapar el sol con un dedo (o con una expulsión) no va a convencer a los chilenos de que no son agencias de empleo, de que no han perdido la pasión por el servicio, de que no buscan prebendas personales, de que su único interés no es perpetuarse en el poder. Esa es una batalla perdida y que sólo puede volver a ganarse a través de una profunda reestructuración ideológica y ética que, presumo, no están dispuestos a acometer para no arriesgar sus actuales posiciones.

Pero lo que no es tan evidente es que algunos de los políticos desterrados vaya a tener éxito en su cruzada personal o grupal. Y no porque salirse del camino establecido sea perderse en la oscuridad, no porque la independencia sea sinónimo de soledad. Sino porque, en el fondo, representan lo mismo y a los mismos de siempre. Que Schaulson y Zaldívar despotriquen contra sus ex aliados no entrega ninguna garantía de que ellos no hicieron (y no hacen) lo mismo. De hecho, haciendo un recuento de la trayectoria de todos estos personajes nos encuentramos con una coincidencia: Todos están revolviendo el gallinero de la política desde finales del régimen militar y han chapoteado en el mismo charco de vicios y virtudes que el resto. La misma coincidencia que encuentro en los probables candidatos presidenciales: Lagos fue candidato a senador en 1989, Piñera fue electo senador en 1989, Lavín fue candidato a diputado en 1989, Alvear fue ministra desde 1991 e Insulza se incorporó a la cancillería en 1990 antes de asumir como subsecretario 4 años más tarde. ¿Conclusión? No hay nada nuevo bajo el sol. Pero no hay que alarmarse, somos de los que creemos que la alternancia es suficientemente fuerte para ventilar el aire que se pone espeso.

En Europa jubilaron a principios de los noventa a toda una generación que había monopolizado el poder por bastante tiempo (Mitterand, Tatcher, Kohl, González), y la reemplazaron por savia nueva (Blair, Cameron, Reinfeldt, Aznar, Rodríguez Zapatero, Sarkozy), lo mismo que debería hacer Chile en el mediano plazo. Obviamente, no estamos sosteniendo que sea un problema “de edad”, sino de la necesaria renovación y frescura que debe suceder al estancamiento y el moho. Por todo esto no creemos que la solución pase por invertir en la “disidencia”. No se trata de desconfiar “a priori” de sus intenciones (no lo hacemos), sino de entender que ellos no representan la sangre nueva que Chile necesita, esa dosis de prudencia y locura, de amores y humores, de osadía y generosidad, de modernidad y cultura global, de sueños y conversaciones sobre lo humano y lo divino, de fragilidad y liderazgo, de ojos que brillan, se emocionan, arden, convocan. Todo lo demás, es ajedrez en la cima del poder. Es cambiar un peón por otro. Es mover el alfil y sacar la torre. Es estrategia, fría y calculadora, que no tiene nada que ver con interpretar a la inmensa mayoría que no se siente representada por coalición alguna, que se siente ajena, desafectada y desvinculada de lo público. La gente común y corriente mira este espectáculo patético con menos interés que el que pone en las portadas de Las Últimas Noticias. Y los diarios siguen gastando ríos de tinta…

Ojalá que nos equivoquemos. Ojalá que les vaya bien. Ojalá que les vaya a bien a todos los de “corazón puro”. Tenemos nuestras razones para mantener el escepticismo…     

“Bienvenido al Club, Adolfo” (Jorge Schaulson, Revista Qué Pasa)

diciembre 24, 2007

 

“En menos de doce meses la Concertación se apresta a batir todo un récord: por segunda vez expulsar a uno de sus fundadores. Hace justo un año yo me encontraba exactamente en el lugar que hoy ocupa Adolfo Zaldívar, siendo objeto de la ira de una cúpula dirigente que reemplazó el diálogo por la represión, la tolerancia y la diversidad por la uniformidad y la disciplina forzada.

Aun cuando los pretextos puedan ser diferentes, el instrumento es el mismo: Los Tribunales Supremos, una especie de travestismo judicial, cuyos integrantes son en su mayoría funcionarios públicos serviles y dependientes de los acusadores, al estilo de lo que fue nuestra Corte Suprema en tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet; y cuyas resoluciones resultan tan predecibles como aquellas que emitían los “jueces” durante las purgas de Stalin.

En todos estos casos, al igual que entonces, siempre hay un documento, una declaración, un gesto que sirve de excusa a los inquisidores para denunciar y estigmatizar a su víctima. En mi caso fue una entrevista en El Mercurio y en el de Adolfo Zaldívar un pacto con la derecha totalmente inexistente, una invención. Luego surgen las voces de los “leales” al partido que proclaman a los cuatro vientos los pecados del hereje (traidor, vendido, apóstata). Este sólo puede optar entre el arrepentimiento o la hoguera. Los demócratas de ayer devienen en los represores de hoy, y los camaradas y compañeros de tantas luchas en enemigos mortales a los que hay que liquidar a toda costa sin importar la verdad.

Me pregunto qué pasó con la Concertación del arco iris, la de la impronta libertaria, la de la ética, la del estilo renovado, que nació como la máxima expresión de la sociedad civil; la que fundamos, junto con Adolfo Zaldívar, para derribar los muros de la intolerancia y terminar con los discursos crueles y castigadores. La Concertación que se comprometió con Chile a hacer una política diferente y ajena a los vicios que destruyeron la convivencia y la democracia.

¿Cómo explicar el silencio cómplice de tantos, que ocultando su vergüenza y desilusión no se atreven a alzar su voz, sometidos como están a la dictadura de los cupos?

¿Cómo entender la paradoja de que todo esto ocurra justamente durante la administración de Michelle Bachelet, que llegó al poder predicando un gobierno ciudadano y terminó en brazos de los viejos tercios, operadores y mercaderes del poder en la sombra?

Sorprende particularmente la ingratitud del gobierno frente a alguien como Adolfo Zaldivar, que jugó un papel clave en la elección de la Presidenta, luchando con tesón y con éxito al cerrarle el paso a los cantos de sirena de Sebastián Piñera hacia el electorado democratacristiano. Impacta el contraste, inimaginable hace unos cuantos meses, con la Alianza por Chile que hoy aparece más tolerante que la Concertación y no se le pasa por la cabeza tomar medidas contra Joaquín Lavín que no sólo se declara aliancista-bacheletista, sino que se muestra dispuesto a aceptar un cargo de ministro de Estado.

El origen de la metamorfosis radica en la fusión que a lo largo del tiempo se ha ido produciendo entre su “establishment” y el aparato del Estado y que ha culminado en una total y absoluta simbiosis. La Concertación actual no existe sino dentro del Estado y para administrarlo. Sus líderes actúan como si la Concertación ya no les perteneciera a los ciudadanos que le dieron vida, sino a los operadores encargados de repartir las pegas y como si su finalidad última ya no es servir a Chile, sino conservar el poder y garantizar el usufructo del aparato público; los partidos no son agentes del cambio sino verdaderas agencias de empleos.

Esto es lo que yo definí como la ideología de la corrupción, hoy más extendida que nunca. En aquella época, no sabíamos de la magnitud de la crisis de EFE, ni existían antecedentes sobre las asesorías brujas en Gendarmería, no conocíamos todas las ramificaciones del escándalo de los planes de empleo, ni de Publicam y, ciertamente, el desastre de Transantiago no aparecía en el radar.

Esta “ideología” pone como un valor superior y obligatorio la lealtad al grupo, por sobre los principios. En este contexto, todo aquel que con un juicio crítico o actitud disidente amenace la integridad del “aparato” ¡debe ser exorcizado! Porque se vive para conservar el poder y ello se logra por medio de su uso y abuso, descalificando moralmente al adversario y no ganando la batalla de las ideas.

Aquí no hay espacio para la crítica ni la autocrítica. Tampoco se sanciona a los corruptos ni a los ineptos si es que son “de los nuestros”. Y, al igual que como ocurre con los nostálgicos del régimen militar, cada vez que hay un fiasco, un fracaso o un robo, en vez de reconocerlo es preferible hacer un llamado a defender la maciza obra de la Concertación. Ello explica también que un hombre intrínsecamente decente y honorable como René Cortázar haya preferido faltar a su palabra empeñada y continuar en su cargo pese a reconocer su propio fracaso; porque lo más importante no es defender la fe pública sino evitar un problema político para la coalición.

A Zaldívar, a mí y a otros nos pueden expulsar pero por desgracia para los autores de la felonía somos parte de un club de millones de chilenos leales al espíritu fundacional de la Concertación, que se han autoexcluido en señal de protesta y rebeldía, como queda de manifiesto al examinar las encuestas donde, por primera vez desde 1988, sólo el veinte por ciento de los chilenos se siente identificado con ella. Razón suficiente como para que los responsables de este desastre -los presidentes de los partidos- renuncien a sus cargos. Sin embargo, y al igual que la famosa orquesta del Titanic, ellos continúan caminando inexorablemente hacia el abismo, con paso firme, cortando cabezas con sus “corvos acerados”, bajo la ilusión de que utilizando las platas del cobre podrán comprar las conciencias de los ciudadanos y respiran aliviados soñando con cuatro años más en el poder.”

Viernes de discursos…

diciembre 21, 2007

Si el hombre no se hubiera lanzado a la constante e incesante búsqueda de lo imposible, no habría conseguido ni siquiera lo que hoy es posible, decía Max Weber. Por eso, de ahora en adelante, los viernes repasaremos los discursos más inflamantes de la historia contemporánea. Aquellos que marcaron época e invitaron a soñar con lo imposible. Aquellos que ponen la piel de gallina. Y como no podría ser de otra forma, partiremos con el Dr. King…

INSCRIPCIÓN AUTOMÁTICA + VOTO VOLUNTARIO

diciembre 19, 2007

 

En Chile hay 11,5 millones de personas mayores de 18 años, pero sólo 8 millones están inscritos en los registros electorales. Si a esa enorme cantidad de “no inscritos” le sumamos el 10% de abstención histórica, además de los votos nulos y blancos, obtenemos una conclusión nada alentadora: Más del 40% de los mayores de 18 años (aproximadamente 3,5 millones) se excluye de la democracia o no manifiesta preferencia alguna en las elecciones. En todo caso, las cifras no parecen tan malas si nos comparamos con el resto de Latinoamérica, que tiene un promedio de participación electoral en torno al 60%. El gran problema es que el progresivo envejecimiento del padrón electoral proyecta aun menor participación en el futuro. De los 3 millones de chilenos que tienen entre 18 y 29 años, apenas 700 mil están inscritos, y representan un escuálido 8,5% del padrón total. Pero este desinterés de los jóvenes con la democracia no siempre fue así: En el año 1988, el 36% del universo electoral lo conformaban jóvenes menores de 30 años. Es decir, en sus manos estaba el destino de nuestro país. Si queremos revitalizar nuestro sistema político y hacer parte a las nuevas generaciones de lo que ocurre en Chile, debemos revertir este fenómeno.

La primera propuesta es automatizar la inscripción en los registros electorales. Entre las respuestas más recurrentes de los jóvenes cuando se les pregunta por qué no están inscritos están “porque no han tenido tiempo” o “porque les da lata hacer el trámite“. Todos los estudios de opinión revelan que los “no inscritos” no son radicales antisistémicos. Es más, reparten sus preferencias políticas y valóricas en la misma relación de los inscritos. Dicho de otro modo, la baja participación electoral de los jóvenes está íntimamente ligada a la necesidad de cumplir una formalidad burocrática que, dados los avances de la tecnología, tiene escasa justificación. Todos los problemas técnicos y administrativos que han levantado sus detractores han sido contundentemente despejados. En síntesis, la inscripción automática amplía la base electoral, elimina las barreras de entrada a la ciudadanía e impide el envejecimiento del padrón.

El verdadero debate de fondo está en la voluntariedad u obligatoriedad del voto. Los que sostienen que el voto es un derecho exigen voto voluntario. Los que sostienen que el voto es un deber reclaman voto obligatorio. Ambos están imbuidos en concepciones nobles acerca de lo que debe ser una democracia sana. Los primeros recuerdan que el voto es una conquista histórica liberal, y que le pertenece al ciudadano la decisión de ejercer o no el sufragio en una determinada elección. Los segundos quieren combatir el individualismo de nuestro tiempo con una visión más republicana que los haga participar a todos sin distinción.

Pero este debate no se queda en el plano de las ideas, ya que el voto voluntario y el voto obligatorio tienen distintos efectos prácticos.

Con voto voluntario no sabemos si la participación aumentará o disminuirá en las futuras elecciones, aunque su eventual caída es compensada por la introducción de la inscripción automática. El voto voluntario es sensible a los incentivos: Habrá más participación en elecciones relevantes (ejemplo, presidenciales) y competitivas (cuando el ciudadano percibe que su voto “vale” para decidir). Además, es positivo para la salud democrática la responsabilidad que deben asumir los partidos y los candidatos en la estimulación de los electores para que concurran a votar, con mensajes para todos los sectores y estilos de comunicación más atractivos.

Con voto obligatorio (además de inscripción automática) sabemos de antemano que la participación electoral crecerá y se mantendrá alta, fundamentalmente porque muchos ciudadanos querrán evitar la respectiva sanción legal. El rechazo al sistema político se verá expresado en el aumento de votos nulos y blancos. En la práctica, con voto obligatorio, la pena por no acudir a las urnas se hace muy difícil de aplicar por la gran cantidad de infractores. Además hay que tener cuenta que mantener el voto obligatorio es una medida muy poco “amigable” para todos aquellos jóvenes que se verán automáticamente inscritos de la noche a la mañana.

Por todo lo anterior, estamos convencidos de que la mejor combinación para Chile es la inscripción automática y el voto voluntario. En varios países europeos se ha demostrado que no acarrea un descenso en la participación. Si en nuestro país somos capaces de darle un nuevo aire a la política, incentivando la participación electoral y ciudadana en general, no cabe duda de que transitaremos la misma exitosa senda.

EL CUENTO DE ROJAS

diciembre 18, 2007

 

El martes recién pasado recibí una cordial invitación de Sebastián Soto, director del programa legislativo de Libertad y Desarrollo, para comer con Mauricio Rojas, diputado chileno del parlamento sueco. A la cita también asistieron los miembros de las directivas de la Juventud UDI y RN, además de mis amigos sub 30 de Independientes en Red.

Vale la pena escuchar a Rojas. Tenía pocas expectativas, pero el tipo realmente es un personaje con cuento. Les resumo: A los 18 años lo pilló el 11 de septiembre del ’73, siendo un soldado más del MIR. Como a muchos otros de su edad, lo habían convencido de que era parte de la generación que cambiaría la historia de la humanidad. Él sentía esa responsabilidad, esa convicción, ese fuego interior. Sentía que pertenecía a una causa más grande que cualquier individuo, y por lo tanto fue alienando su personalidad para ponerla al servicio de la ideología marxista. Se dio cuenta de ésto sólo años más tarde, después de haber escapado del país en 1974 y haber recalado en Suecia. Una conversación con un respetado compañero de armas, dijo, le abrió los ojos. Entendió que la derrota era inapelable, que la profecía no se cumpliría, que todavía le quedaban muchos años para vivir la vida. Se especializó en historia económica y con el tiempo se fue acercando al Partido Liberal sueco. Soportó la feroz crítica de sus amigos y familiares, pero no retrocedió. Hoy es diputado por su partido, y forma parte del exitoso proyecto de la “Alianza por Suecia” que acaba de conquistar el gobierno (2006) tras imponerse frente a la histórica y casi invencible socialdemocracia. Digo casi invencible porque la derecha apenas ha gobernado en los períodos 76-82 y 91-94 en los últimos 65 años. Y en ambas ocasiones, había ganado en escenarios de crisis económica, lo que no ocurría esta vez.

Las lecciones que Rojas reparte son de dos tipos. Las primeras tienen que ver con la médula ideológica del liberalismo económico: El Estado de Bienestar sueco, tan aplaudido por la izquierda a través del mundo, comenzó a hacer agua hace unos años atrás. No fue capaz de proveer pleno empleo y no pudo sostener la inmensa red de protección social que hasta entonces caracterizaba al modelo. Entonces, viró a la derecha. Los subsidios mutaron en incentivos, se privatizaron varias empresas públicas, se estimuló la competencia y la cultura del trabajo. Se acabaron los privilegios. Gran parte del éxito de la “Alianza por Suecia” radica en la capacidad que tuvo de presentarse como el verdadero partido de los trabajadores, y no como el partido de los ricos egoístas, como siempre se le había estigmatizado. El discurso, cuidadosamente diseñado, apeló a valores tradicionalmente acuñados por la izquierda, pero con soluciones de derecha.

La segunda lección es estratégica. Lo primero que hizo la derecha sueca fue renovar completamente (después del desastre electoral de 2002) la elite partidaria, especialmente en el Partido Conservador, el más grande de la coalición, de donde proviene el nuevo primer ministro Fredrick Reinfeldt (que asumió el poder con apenas 41 años). En segundo lugar, trabajaron arduamente el tema de la “unidad”, ya que liberales y conservadores se habían destacado por su largo historial de peleas y desaveniencias. Una serie de hitos, esencialmente comunicacionales, le dieron al pueblo sueco la inédita sensación de que la derecha era capaz de garantizar gobernabilidad.

En esta parte Mauricio Rojas interpeló al joven auditorio a revelar las “verdaderas diferencias” entre RN y la UDI. Claro, Rojas se refería a las diferencias ideológicas (las que prefirieron esconder o sencillamente no las saben), pero ellos se encargaron de ilustrar vívidamente que los problemas son de otra índole. Todo esto no hizo más que reafirmar mi convicción previa: Si las juventudes políticas chilenas continúan reproduciendo los mismos vicios y reviviendo las mismas rencillas del pasado, no nos quedará otra que seguir trabajando en la formación de nuevos referentes que sean capaces de representar realmente a los chilenos del futuro. Quizás esa es la razón por la cual se fue tan contento cuando lo fuimos a dejar al hotel y le contamos del experimento de “Independientes en Red”…  

En fin, entre tanto Sarkozy y Cameron, no está demás echar una mirada en el norte de Europa.

La Irrupción de las Responsabilidades

diciembre 13, 2007

Estimados, los dejo con una excelente columna publicada en el sitio WEB de Independientes en Red, obra de Juan Carlos Jobet, Felipe Kast y Hernán Larraín (me pregunto cómo lo habrán hecho para escribirla), y que da cuenta de un olorcillo que lleva algún tiempo en el aire y está empezando a penetrar. Si lo tomamos en serio y somos capaces de proyectar su alcance normativo, su despliegue cultural y su aplicación práctica, estaremos dando un paso decisivo en la construcción del tan anhelado nuevo relato que pide a gritos la política chilena:  

Los problemas que preocupan a los ciudadanos de sociedades crecientemente complejas como la chilena están relacionados cada vez menos con necesidades económicas y cada vez más con demandas comunitarias y vínculos sociales. Si bien Chile está lejos de ser un país rico, el crecimiento económico de las últimas décadas nos está moviendo gradualmente hacia lo que el cientista político Ronald Inglehart ha denominado las sociedades de valores postmaterialistas.

La desigual distribución de oportunidades, la crisis de confianza en las instituciones, la sensación de riesgo e incertidumbre, la discriminación social, la segregación urbana, o el aumento de las enfermedades mentales, son problemas íntimamente vinculados con nuestras relaciones humanas, con nuestra comunidad, con, a fin de cuentas, el tipo de sociedad que estamos construyendo.

Con la renovación de la izquierda tradicional, en Chile, al igual que en el resto del mundo, el debate sobre cómo manejar la economía pasó a segundo plano. Desde entonces, las preguntas y desafíos políticos han estado moviéndose de vuelta desde la economía hacia la sociedad y sus distintas dimensiones.

Para la izquierda renovada, el Estado debe usar parte de los recursos generados por la economía de mercado para garantizar derechos a los ciudadanos. Los ciudadanos, por su parte, pueden exigir una serie de bienes y servicios que el Estado provee. En términos simples, la izquierda renovada cree en la economía de mercado y propone un Estado de Bienestar como el principal generador de bienestar social. Sin embargo, la pregunta es ¿qué hacer cuando la formula “Mercado + Estado” no es capaz, a pesar de todos sus recursos, de solucionar los desafíos sociales? Un camino, no necesariamente nuevo, es sumar un elemento básico a la fórmula: Mercado + Estado + Sociedad.

Un nuevo rol para el Estado, un nuevo rol para los ciudadanos

En países como Inglaterra y Francia, algunos líderes políticos plantean que para enfrentar los problemas sociales hay que involucrar a la sociedad misma. Para eso es necesario potenciar las responsabilidades y los deberes de la gente. Es necesario -sostienen- terminar con la idea de que la única responsabilidad social que deben cumplir los ciudadanos para poder exigir derechos es pagar impuestos.
Sugieren que para solucionar los desafíos pendientes se necesita de la participación de todos los actores sociales.

El líder del Partido Conservador inglés David Cameron, plantea que “el progreso social no es sólo una cuestión de control estatal y acción del gobierno”. Este -asegura- depende de “la responsabilidad social -las actitudes, las decisiones y las acciones diarias de cada individuo y cada organización social”. Aunque con un matiz algo distinto, Nicolás Sarkozy también sugiere un cambio en el enfoque. En su discurso al asumir la presidencia, Sarkozy propone que para “realizar la gran reforma moral e intelectual que Francia necesita” es necesario que “la sociedad se atreva a recordar a cada cual sus deberes”, que la política francesa proclame que, “en la República, los deberes son la contrapartida de los derechos”.

La realidad muestra que la sociedad no se moldea verticalmente desde el Estado. La sociedad no es un grupo de personas aisladas con un conjunto de demandas que los gobiernos deben satisfacer. La sociedad es una red de relaciones delicadas que se basan en confianza y aprecio mutuo, donde las personas se apoyan horizontalmente, donde existe un sentido de pertenencia con su entorno -la familia, el barrio, la ciudad.

Porque la sociedad es un ente complejo, los cambios deben generarse desde dentro, horizontalmente, no desde arriba. Para obtener los resultados deseados se debe entonces empoderar a las personas y sus organizaciones sociales. Para mejorar la educación hay que involucrar a los estudiantes, profesores y padres; para tener barrios más seguros involucrar a los vecinos; para terminar con la discriminación laboral trabajar junto con los empresarios; para reducir la violencia juvenil apoyarse en la familia y los medios; para conservar el medio ambiente contar con la cooperación de los automovilistas y la industria.

La idea de las responsabilidades compartidas no implica necesariamente un Estado más pequeño. El cambio de enfoque no dice relación con el tamaño del Estado sino con su rol y el de los ciudadanos. Es necesario establecer estructuras de apoyo e incentivos para que los ciudadanos tomen los problemas de su comunidad como desafíos propios y asuman iniciativas a nivel local.

Como planteó Alexis de Tocqueville, “al tratar los problemas públicos en comunidad en vez de individualmente con el Estado, los ciudadanos interactúan con sus pares, toman conciencia de cuan dependientes son unos de otros. Aumentan así las instancias de contacto e interacción y se fortalecen los vínculos sociales”.

En suma, se trata de confiar en las personas. Confiar en que son la capacidad de emprendimiento, la cooperación, la iniciativa y la creatividad de la gente lo que genera progreso social. Entender que ellas saben mejor que nadie lo que necesitan, y que cuando tienen información, oportunidades y real capacidad de influir, se involucran para encontrar la solución de los problemas.

Claro que compartir responsabilidades requiere de virtudes escasas entre quienes gobiernan: voluntad de redistribuir el poder, capacidad de evaluar el desempeño propio y las agallas para interpelar a los votantes a cumplir con sus responsabilidades sociales. La desafección generalizada de la ciudadanía con el mundo político hace evidente la necesidad de nuevos proyectos. Asimismo, la desorientación en la geografía política genera una oportunidad inédita para quien quiera llenar este vacío. Poner atención a los vínculos sociales, reconocer las limitaciones del Estado, asociar los derechos con responsabilidades, y confiar en las personas y las organizaciones, son principios que debiéramos mirar con atención”.

THE POLITICAL BRAIN (Biblioteca QP)

diciembre 12, 2007

Aunque ya había publicado en este blog una columna sobre la racionalidad y la emocionalidad política, no puedo dejar de postear el artículo que la última edición de la Revista Qué Pasa (del 7 de diciembre) incluye en su clásica sección Biblioteca QP en la página final, firmado en forma conjunta por Rodrigo Hinzpeter y quien les habla (escribe):

LA EMOCIÓN A LA URNA 

¿Qué determina la preferencia del elector ante la urna? ¿Lo que piensa frente al programa del candidato, o lo que siente frente a su mensaje? Veamos qué papel juega la emoción a la hora de decidir el futuro político de las naciones

No es común encontrar en la literatura política una obra que se atribuya tal cercanía al mundo de la neurociencia y la psicología. Quizás por eso llama la atención el enfoque que Drew Westen le da al problema de cómo funciona la mente del elector promedio. A partir de una serie de estudios y un pormenorizado análisis de las campañas políticas norteamericanas de los últimos 50 años, el autor construye una línea argumental convincente: La experiencia demuestra que las elecciones se juegan en el “mercado de las emociones” y no en el “mercado de las razones”.

La provocación no es menor, ya que relaciona directamente este fenómeno con la sostenida tendencia de las elecciones presidenciales que somete a los demócratas ante los republicanos. Mientras los primeros, sostiene Westen, identifican mucho mejor al electorado en cuanto a los issues o temas programáticos, los segundos saben hablarle directamente al corazón de los ciudadanos. Y en ese dilema estratégico, siempre ganan los segundos.

Los números avalan la teoría: Mientras sólo un demócrata ha logrado su reelección desde F.D.Roosevelt, todos los republicanos (menos uno) han asegurado la suya. Y precisamente el único caso sobresaliente de los presidentes demócratas es quien mejor utilizó en sus campañas el elemento afectivo: Bill Clinton. En su propaganda para la televisión en 1992, Clinton relata en primera persona que se trata de un ciudadano sencillo oriundo de la pequeña localidad de Hope, Arkansas, que cumple el sueño americano al vencer la pobreza y la adversidad. Nos cuenta con pena y orgullo su historia familiar, nos involucra en su intimidad para que sepamos cómo conoció a Hillary, nos transmite la emoción que sintió cuando estrechó la mano de Kennedy siendo apenas un adolescente.

El contraste entre esta franja presidencial y la de John Kerry en 2004 puede ser sutil, pero es profundo y revelador. La autobiografía de Kerry nos presenta un destacado estudiante de Yale, un valiente soldado acreedor de múltiples condecoraciones por su actuación en Vietnam, un exitoso fiscal y un eximio senador que está presente en las discusiones más relevantes. El mismo sorprendente contraste se manifiesta en el debate entre Al Gore y George W. Bush en 2000: Mientras el entonces vicepresidente demócrata hace gala de todos sus conocimientos técnicos en materia de seguridad social, con una batería incontrarrestable de datos y números, el entonces gobernador tejano pregunta si acaso Gore “inventó la calculadora”, y agrega que para él la preocupación son las personas y no las estadísticas. Queda de manifiesto que en algunos casos el arma es la racionalidad y en otros la emocionalidad política.

La tesis de libro no desestima totalmente la importancia o la influencia de los aspectos programáticos, pero ciertamente los relega a un tercer plano. Así, el elector tiende primero a privilegiar sus sentimientos hacia el sector político del candidato, luego hacia los atributos o la personalidad del candidato, y sólo después entra a diferenciar según políticas o propuestas en alguna materia de su interés. La recomendación del autor, ante este panorama, apunta al tipo de liderazgo: “No puedes cambiar la estructura de la mente de los electores, pero puedes cambiar la forma de comunicarte con ellos”. Lo que reclama, en el fondo, es un acercamiento menos intelectual y más emocional a los problemas cotidianos de los electores. Cuando afirma que “no se trata de moverse a la derecha o a la izquierda, sino de mover al electorado”, apela a la capacidad del candidato de empalmar con el sueño de cada ciudadano.

Los estudiosos de la ciencia política sostienen que en escenarios de creciente volatilidad y frustración política, sentido de urgencia en la alternancia, y crisis en la gestión y conducción del gobierno, los electores tienden a privilegiar el eje racional “Liderazgo – Capacidad” por sobre el eje afectivo “Empatía – Cercanía”. Es muy probable que tengan razón, pero este libro llega a tiempo para enseñarnos que no es políticamente prudente poner todos los huevos en una misma canasta.

Frase destacada: En política, cuando la razón y la emoción colisionan, la emoción triunfa invariablemente.

Lo recomendamos a: Candidatos presidenciales, a sus equipos de campaña y asesores estratégicos y en general a todos los comunicadores sociales.   

La Segunda Transición Chilena (por JMI)

diciembre 11, 2007

 

Les presento la versión original de la columna de opinión publicada por José Miguel Izquierdo el pasado martes 4 de diciembre en La Tercera. Las negritas son mías. La leemos y la comentamos ¿vale?

Chile necesita vivir una segunda transición. Una vez demostrado que la institucionalidad y el desarrollo fueron posibles, ahora la democracia debe probar que es capaz de hacer que los titulares del poder pierdan. Por eso, el hito que marcará esa prueba es que la centro derecha logre la mayoría.

El Presidente de la UDI, Hernán Larraín, ha llamado a formar un nuevo referente para alcanzar este objetivo. Sin embargo, es posible considerar que su propuesta será interpretada como un gérmen de autodestrucción del pacto, mientras no aclare qué mecanismo propone para definir la candidatura presidencial, no presente un valor común y no respete el interés principal de sus socios.

La tarea de forzar la alternancia implica provocar un cambio de actitud en los ciudadanos, porque es imperioso que ellos transformen la ciudadanía pasiva en una actitud inquisitiva del poder. Porque no es normal que los servicios públicos necesarios para el desarrollo de la nación queden sin recursos por la incompetencia de quienes están en el poder, es forzoso fomentar la crítica en los ciudadanos. Es imprescindible, por lo tanto, que las personas no sigan creyendo en promesas vacías y orienten sus preferencias hacia otras alternativas.

El cambio en la actitud del ciudadano debe ser impulsado y esta reorientación no podrá generarse si no es a través de definiciones programáticas y estratégicas concretas. Por lo mismo, no basta con que el ambiente político fustigue a los partidos, porque las instituciones han demostrado muy escasa habilidad para adaptarse a esas corrientes de opinión.

En este contexto se exhibe la iniciativa de ampliar la base política para formar un nuevo referente de centro derecha. En un primer estadio, apela a la capacidad de la Alianza para recoger los brazos desmembrados de la Concertación y otros movimientos. Sin embargo, mientras sus partes no logren transmitir con eficacia el ethos de la coalición y despejen la adhesión a una candidatura presidencial, su esfuerzo puede verse truncado.

La Concertación logró definir un elemento aglutinador a mediados de los 80, cual era la lucha contra el régimen militar. De hecho, la definición del candidato presidencial en esas circunstancias era, no menor, pero sí, secundario. La voluntad del pacto de derrotar a Pinochet podía llevar a un puñado de nombres a La Moneda. La situación en la segunda coyuntura transicional es distinta. La lucha está cifrada en contra de la ineficacia, la corrupción y la pérdida de bienestar de las personas. En esta oportunidad, por lo tanto, el desafío de la centro derecha está en definir en torno a qué valores invitará a votar por la Alianza y no en recoger los restos de otros. Es así, porque la urgencia de la alternancia puede ser aprovechada por otros que transmitan con mayor claridad un proyecto anclado en el futuro y ya no en defensa o crítica del pasado.

De hecho, tradicionalmente se ha entendido que las candidaturas con posibilidades de ganar se constituyen en ejes que articulan coaliciones. En ese contexto, la figura de Sebastián Piñera es la más oportuna para RN y la UDI debe respetarla si realmente su ánimo es el mantener la coalición.

Como vemos, el camino escogido por la UDI plantea un escollo para la formación de un nuevo referente a partir de lo que ya existe. Dicho de otra forma, si la UDI invita a sus socios a formar algo nuevo sin reconocer la candidatura presidencial establecida, la nueva alternativa nacerá muerta, debido a que se orientaría, necesariamente, hacia un choque posterior; el pacto entraría en contradicciones fraticidas, convirtiéndose en algo más parecido a lo que ya ha existido. De esa forma, Chile no logrará superar el desafío de la segunda transición”

“Liberal de izquierda”

diciembre 7, 2007

La semana pasada (el día 30 para ser exactos) el tradicional columnista de El Mercurio Agustín Squella publicó una columna titulada “Confusión de la izquierda“. Por la convicción que transmite, vale la pena revisarla:

Nadie puede decir con certeza qué significa hoy ser de izquierda. En lo que a Chile respecta, hay una centroizquierda -el PPD-, una izquierda -el PS- y una izquierda extraparlamentaria -el PC-, que está fuera del Parlamento no porque lo desee, sino por obra de un sistema electoral que da bastante poder a la mayoría (la Concertación), mucho poder a la primera minoría (la Alianza) y ninguno a las restantes minorías que no forman parte de esas dos coaliciones…

A inicios de los 70, acostumbrado a presentarme como “independiente de izquierda”, me gané la reprobación de mis amigos de derecha, como era natural, aunque me atraje también la desconfianza de los izquierdistas que militaban en algún partido y que veían en mi independencia una falta de compromiso revolucionario. Hoy, cuando me presento como “liberal de izquierda”, vuelvo a recibir reproches desde la derecha, como sigue siendo natural, mientras que desde la izquierda percibo el fuerte recelo que produce la palabra “liberal”. Fuerte e injustificado recelo, porque nuestra izquierda confunde “liberalismo” con “neoliberalismo”, sin percatarse de que éste no es sino una versión empobrecida de aquél. Y para qué les digo la desconfianza que causo cada vez que digo que Rodríguez Zapatero, no Chávez, representa la izquierda del siglo XXI.

Por lo demás, que el liberalismo haya sido rebajado a neoliberalismo constituye algo análogo a la degradación del trabajo en empleo, de la educación en capacitación, de la universidad en bolsa de trabajo, de la democracia en mercado del voto, y de la libertad en visi-tas al supermercado. Por no mencionar también la degradación del periodismo en funa, de la realidad en percepciones, de las percepciones en estados de ánimo, y de las encuestas en sondeos de opinión.

Hace algunas semanas tuve que salirle al paso a un panelista europeo que, refiriéndose a los procesos políticos de Venezuela, Ecuador y Bolivia, habló de “nuevo constitucionalismo latinoamericano”, una expresión tan ingenua como inexacta para describir lo que no pasan de ser intentos de concentración presidencial del poder y de reelección indefinida de mandatarios que usan las reglas de la democracia para ganar al gobierno, echándoselas luego al bolsillo cuando se trata de ejercerlo o de conservarlo.

Si ser de izquierda hoy significa venerar hasta el final la figura de Castro, preparar su relevo por la de Chávez y hacerse el desatendido ante las violaciones de uno y otro a los derechos fundamentales, ya pueden irme diciendo dónde tengo que devolver mi carné de izquierdista. Porque el de liberal, que es mucho más que un carné, no pienso devolverlo jamás.

El Domingo de la DC

diciembre 5, 2007

 

Este pasado domingo 2 de diciembre los dos principales diarios del país (en rigor, los únicos serios) le dedicaron todas sus columnas de opinión de sus respectivos cuerpos de Reportajes a la crisis interna que vive el Partido Demócrata Cristiano. Cristóbal Orrego, Carlos Peña y Max Colodro en El Mercurio; Héctor Soto, Ascanio Cavallo y Patricio Navia en La Tercera. Nunca había visto tal sincronía editorial. Veamos qué podemos sacar en limpio entre tanta palabra ilustre:

Me daré el lujo, eso sí, de excluir a Orrego desde la partida. Es cierto que juega a la perfección el rol del clásico filósofo pechoño irónico-arrogante, pero la verdad es que en este debate aporta poco, salvo su certera constatación de que el congreso ideológico DC “dio muestras de retornar a los más trasnochado de su ideología comunitaria de los años sesenta… ¡una simple involución al discurso DC más rancio, como sacado del desván de los abuelos!” y no significa un viraje a la izquierda como ha sostenido la prensa light.

Peña, en cambio, va al fondo del asunto: “Nacida para poner las ideas por delante, la Democracia Cristiana hoy día parece no tener ningunaPorque en el origen de la DC está el intento de hacer frente a la modernidad secular desde una fuerte identidad cristiana. La DC apostó siempre a cultivar los grupos intermedios y a constituir comunidades como una manera de hacer más vigorosa la vida cívica y disminuir el peso del Estado… la modernización en nuestro país se desató; pero hasta hoy día carece de toda orientación normativa. No se trata, claro está, de volver al Frei de la política y el espíritu y reclamar a estas alturas una nueva cristiandad o cosas semejantes. Pero sí es posible aprovechar la intensa tradición histórica de la DC y ponerse a pensar -¡ese sí sería un verdadero congreso ideológico!- qué aporte puede hacer la cultura cristiana a la política que vaya más allá de hacer asco a la píldora o exigir que se corrija el modelo…” Nada que agregar.

El resto de los columnistas utiliza un enfoque menos profundo pero no menos agudo. Se centran, especialmente Colodro, Cavallo y Navia, en la inexplicable (y políticamente torpe) pasividad del gobierno. El primero culpa a la Presidenta Bachelet por haber relegado a los partidos a un papel secundario desde el inicio de su campaña, confiada en que el estilo “ciudadano” sería tan eficaz para gobernar como para conseguir votos. Colodro añade “La guerra desatada en la DC y el progresivo desgajamiento de la Concertación son ya una cuestión inexorable. Lo increíble es que el gobierno ha afrontado todo esto sin diseño y sin respuesta, como si no tuviera responsabilidad alguna en esta gigantesca espiral de desaciertos… Frente a la tormenta que se ha desatado, la autoridad asume la crisis de su coalición casi como un problema ajeno, mientras paradójicamente se esfuerza por dar oxígeno nada más y nada menos que al candidato de la UDI“.

Cavallo por su parte le dedica varios párrafos a Soledad Alvear, y en definitiva termina por validarla, con miras a la definición presidencial, en su estrategia de firmeza y autoridad (a mi juicio se trata una victoria pírrica donde no caben cuentas alegres), pero aun así dispara: “Y todo, a pesar de la conducta pusilánime del gobierno, que ha reaccionado como si no se tratara de un problema suyo y como si se pudiera dar el lujo de ser políticamente correcto. Mucho de lo que dice Zaldívar apunta directamente contra el Ejecutivo, y es posible que la cobardía de La Moneda le confirme que tiene razón“.

Cerramos con “Y qué dice Bachelet“, el sugerente título de la columna de Pato Navia: “La nula influencia que tiene Michelle Bachelet sobre el conflicto al interior del PDC refleja la percepción generalizada en el PDC que este gobierno no será más de lo que ha sido. A su vez, al no inducir a sus principales ministros DC a intervenir en la crisis, La Moneda se resigna a ocupar papeles secundarios en los procesos políticos clave del resto del periodo Con guerra civil desatada en el PDC, el gobierno solo puede tomar palco. Ya que su estrategia fue negociar con quienquiera liderara el partido, Bachelet debe esperar que se dirima el conflicto. Pero como la disputa ocurre al interior de su coalición e inevitablemente salpica la capacidad de gestión de su gobierno, esa espera implica altos costos. Peor aún, ya que la estrategia de ambos bandos en disputa en la DC es ignorar a La Moneda, este conflicto constituye una tácita pero poderosa declaración sobre la irrelevancia del gobierno en disputas sobre el futuro político del país

Para finalizar, dejamos sobre la mesa la sentencia de Héctor Soto para reflexionar sobre el futuro de la DC: “Tal como van las cosas, van a perder todos… Cuando una colectividad no sabe resolver sino a tiros los conflictos entre sus facciones, cuando no consigue entregar testimonios potentes de energía y porbidad, como los que el país le ha estado pidiendo, cuando hace un congreso ideológico y no lo sabe conducir, cuando el desperfilamiento político se vuelve crónico y nadie sabe cómo ponerle atajo, es inevitable – por lo bajo – que algún costo haya que pagar. Y vamos, no es tan injusto que así sea“.