THE POLITICAL BRAIN (Biblioteca QP)

Aunque ya había publicado en este blog una columna sobre la racionalidad y la emocionalidad política, no puedo dejar de postear el artículo que la última edición de la Revista Qué Pasa (del 7 de diciembre) incluye en su clásica sección Biblioteca QP en la página final, firmado en forma conjunta por Rodrigo Hinzpeter y quien les habla (escribe):

LA EMOCIÓN A LA URNA 

¿Qué determina la preferencia del elector ante la urna? ¿Lo que piensa frente al programa del candidato, o lo que siente frente a su mensaje? Veamos qué papel juega la emoción a la hora de decidir el futuro político de las naciones

No es común encontrar en la literatura política una obra que se atribuya tal cercanía al mundo de la neurociencia y la psicología. Quizás por eso llama la atención el enfoque que Drew Westen le da al problema de cómo funciona la mente del elector promedio. A partir de una serie de estudios y un pormenorizado análisis de las campañas políticas norteamericanas de los últimos 50 años, el autor construye una línea argumental convincente: La experiencia demuestra que las elecciones se juegan en el “mercado de las emociones” y no en el “mercado de las razones”.

La provocación no es menor, ya que relaciona directamente este fenómeno con la sostenida tendencia de las elecciones presidenciales que somete a los demócratas ante los republicanos. Mientras los primeros, sostiene Westen, identifican mucho mejor al electorado en cuanto a los issues o temas programáticos, los segundos saben hablarle directamente al corazón de los ciudadanos. Y en ese dilema estratégico, siempre ganan los segundos.

Los números avalan la teoría: Mientras sólo un demócrata ha logrado su reelección desde F.D.Roosevelt, todos los republicanos (menos uno) han asegurado la suya. Y precisamente el único caso sobresaliente de los presidentes demócratas es quien mejor utilizó en sus campañas el elemento afectivo: Bill Clinton. En su propaganda para la televisión en 1992, Clinton relata en primera persona que se trata de un ciudadano sencillo oriundo de la pequeña localidad de Hope, Arkansas, que cumple el sueño americano al vencer la pobreza y la adversidad. Nos cuenta con pena y orgullo su historia familiar, nos involucra en su intimidad para que sepamos cómo conoció a Hillary, nos transmite la emoción que sintió cuando estrechó la mano de Kennedy siendo apenas un adolescente.

El contraste entre esta franja presidencial y la de John Kerry en 2004 puede ser sutil, pero es profundo y revelador. La autobiografía de Kerry nos presenta un destacado estudiante de Yale, un valiente soldado acreedor de múltiples condecoraciones por su actuación en Vietnam, un exitoso fiscal y un eximio senador que está presente en las discusiones más relevantes. El mismo sorprendente contraste se manifiesta en el debate entre Al Gore y George W. Bush en 2000: Mientras el entonces vicepresidente demócrata hace gala de todos sus conocimientos técnicos en materia de seguridad social, con una batería incontrarrestable de datos y números, el entonces gobernador tejano pregunta si acaso Gore “inventó la calculadora”, y agrega que para él la preocupación son las personas y no las estadísticas. Queda de manifiesto que en algunos casos el arma es la racionalidad y en otros la emocionalidad política.

La tesis de libro no desestima totalmente la importancia o la influencia de los aspectos programáticos, pero ciertamente los relega a un tercer plano. Así, el elector tiende primero a privilegiar sus sentimientos hacia el sector político del candidato, luego hacia los atributos o la personalidad del candidato, y sólo después entra a diferenciar según políticas o propuestas en alguna materia de su interés. La recomendación del autor, ante este panorama, apunta al tipo de liderazgo: “No puedes cambiar la estructura de la mente de los electores, pero puedes cambiar la forma de comunicarte con ellos”. Lo que reclama, en el fondo, es un acercamiento menos intelectual y más emocional a los problemas cotidianos de los electores. Cuando afirma que “no se trata de moverse a la derecha o a la izquierda, sino de mover al electorado”, apela a la capacidad del candidato de empalmar con el sueño de cada ciudadano.

Los estudiosos de la ciencia política sostienen que en escenarios de creciente volatilidad y frustración política, sentido de urgencia en la alternancia, y crisis en la gestión y conducción del gobierno, los electores tienden a privilegiar el eje racional “Liderazgo – Capacidad” por sobre el eje afectivo “Empatía – Cercanía”. Es muy probable que tengan razón, pero este libro llega a tiempo para enseñarnos que no es políticamente prudente poner todos los huevos en una misma canasta.

Frase destacada: En política, cuando la razón y la emoción colisionan, la emoción triunfa invariablemente.

Lo recomendamos a: Candidatos presidenciales, a sus equipos de campaña y asesores estratégicos y en general a todos los comunicadores sociales.   

Una respuesta to “THE POLITICAL BRAIN (Biblioteca QP)”

  1. ALBERTO ESCALONA ENCINA Says:

    Creo que la razón es la llamada a liderar el ranking. Es tarea fácil, pero sólo los inteligentes podrán lograrlo y, en la política chilena, son muchos los llamados a ser inteligentes pero pocos los escogidos. Basta que Piñera, el el caso chileno, elimine algunas palabras y frases de su vocabulario y ¡¡¡zaz!!!… ganará más votos que en toda la campaña del 2009…
    En todo caso también se puede decir que no los políticos, sino que las ideologías, son las que tienen acento emocional o no. La izquierda se ha caracterizado por este lenguaje emocional… la derecha no… mejor dicho no tiene siquiera ideología… solamente es un grupo práctico llamado a hacer las cosas… Al final del día, las políticas deben planificarse, adoptarse decisiones y echarlas a funcionar… nada más…

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