CREO EN EL ESTADO TODOPODEROSO

El mensaje presidencial del 21 de Mayo fue una profesión de fe. Pero no en Dios, sino en la capacidad ilimitada del Estado para transformar positivamente la vida de las personas. Ciertamente, un asunto controvertible. No voy a negar que la “herramienta estatal” ha sido tremendamente efectiva, en algunos lugares y en ciertas condiciones, para conducir procesos políticos, sociales y económicos en pos del desarrollo. Los tigres asiáticos, sin ir más lejos, desoyeron varias recomendaciones del Consenso de Washington y le asignaron un rol protagónico al aparato público en el gran salto que dieron entre los ’80 y los ’90.

En Chile tampoco podemos desconocer la importancia histórica y actual del Estado en la configuración de las actuales condiciones de vida materiales. En todo caso, no pretendo hacer una tesis sobre eso. La gran discusión ideológica sobre el rol y el tamaño del Estado podría ser relegada a segundo plano, si constatamos que en la práctica se trata de un sector público poco eficiente, y que a estas alturas podría estar achanchado e incluso desmotivado. Si le creemos al Instituto Libertad (que hace días señaló que el Gobierno había cumplido aproximadamente un 20% de las promesas realizadas el pasado 21 de Mayo de 2007), entonces sacamos poco con seguir reverenciando al Leviatán. Si le entregaremos tantas y tan importantes atribuciones, lo mínimo es que las cumpla correctamente.

En el programa del líder conservador inglés David Cameron hay un enfoque distinto que podría ser altamente interesante de debatir en Chile: El rol creciente de la sociedad organizada y responsable, que administra tareas públicas con financiamiento estatal. Muy en esta línea, en Independientes en Red hemos señalado que nuestro sueño hacia el Chile 2020 es precisamente un país que confíe en las personas. ¿Por qué? Quizás porque creemos en la capacidad de los seres humanos de transformar el mundo que les ha sido dado. Es idealista, cómo no. No es realista, dirán algunos, a la luz del estado de la civilización latinoamericana, siempre paternalista y populista. Pueder ser, pero lo importante es explicar con todas sus letras que se trata de una visión un tanto distinta de la escuchada ayer en Valparaíso.

En todo caso, soy un convencido de que ambas pueden coexistir. Un mejor Estado (no necesariamente más grande) y unas personas más empoderadas es una buena combinación para empezar. Ambos “credos” deberían ser integrados en una estrategia nacional de desarrollo amplia, comprehensiva y consensuada entre los diversos sectores. Esa puede ser la gran diferencia entre un país con estrechos horizontes electorales y un Chile de primera categoría. ¿Quién será el valiente que asuma ese costo, más allá de la retórica?

Sin duda, ayer escuchamos buenas noticias. En el ámbito educacional y en salud, por ejemplo. Y a pesar de que en el paquete político la Presidenta perdió estatura y habló para la galería y los aplausos, no puedo sino coincidir con su visión sobre la voluntariedad del sufragio y las alternativas que le quedan a la autoridad para poner la píldora del día después a disposición de la comunidad. En todo caso, son todas medidas de corto plazo, destinadas más que nada a terminar de buena manera este accidentado mandato.

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