“La UDI, esa rareza” (Carlos Peña)

Dejé pasar unos días para decantar la información. Haremos un ciclo de tres artículos, partiendo con Carlos Peña (publicado el pasado domingo 1 de Junio en Reportajes del Mercurio), continuando con una carta de Gonzalo Rojas Sánchez aplaudiendo la entrada de Kast a la pelea y terminando con reflexiones personales sobre el futuro de la UDI y el dilema estratégico que encarna la elección que se avizora. Démosle (las negritas son mías):

“La UDI debe ser de los pocos partidos prohijados por una dictadura que, después de dos décadas, todavía gravitan en el sistema político. Basta poner en una lista a sus miembros más prominentes -Novoa, Chadwick, Coloma- para recordar que ese partido se formó al compás de los desvaríos del régimen militar.

Eso explica buena parte de sus vicisitudes tácticas y de sus balbuceos ideológicos.

Los creadores de la UDI coquetearon alguna vez con Vásquez de Mella (un tomista de hace un siglo que propugnó el corporativismo como antídoto a la democracia, y cuyas ideas Guzmán repetía a la letra en sus clases); se emocionaron oyendo a Blas Piñar (el líder de Fuerza Nueva, un grupo surgido del franquismo que en los setenta visitó un par de veces la Facultad de Derecho de la UC), y asistieron orgullosos a la ceremonia de Chacarillas (donde se hizo del autoritarismo un programa político de largo plazo).

Entonces la dictadura no tenía defectos. Y si los tenía, ahí estaban los abogados del gremialismo -la UDI de hoy- para justificarlos.

Es que por esos años la adhesión a la democracia liberal estaba todavía lejos. A lo más se la veía como una meta de largo plazo, cuya consecución, argüía Guzmán, estaba subordinada a la transformación económica.

Mientras tanto, los cuadros de la UDI se formaban en la Secretaría de la Juventud, en el Consejo de Estado, en las municipalidades.

Hacer de esos cuadros un partido político, incluso a las patadas (son los años en que al sosegado y pragmático Longueira de hoy se le llamó “el Lenin de la derecha”), fue la tarea y el gran logro de Jaime Guzmán: un político que -a pesar de los intentos de hoy por beatificarlo- era lo más alejado que quepa imaginar a eso que Hegel llamaba un “alma bella”.

Y allí donde nadie lo esperaba, ese partido tuvo éxito.

Pero ello no se debió a la virtud de su proyecto político, sino a dos o tres acontecimientos. A eso que Maquiavelo llamaba la fortuna. El primero fue el asesinato de Guzmán, que le permitió disponer de un mártir y componer así el comienzo de una hagiografía (todos los partidos de veras la tienen). El segundo fue el surgimiento de Lavín (un líder capaz de mezclar el carisma y el simplismo en dosis casi perfectas).

Esos dos acontecimientos -la tragedia y la comedia- fueron claves en el éxito de la UDI; pero justamente porque se trata de acontecimientos, de cosas que ocurren sólo de vez en cuando, lo probable es que ese éxito no dure demasiado. La gente suele morir sólo una vez, y los líderes como Lavín acaban, como ha ocurrido ya, banalizando su propio carisma.

Así entonces, la UDI -si quiere sobrevivir y no experimentar, tarde o temprano, la suerte de todos los partidos prohijados en dictadura- requiere llevar adelante algunos cambios.

El primero de todos es ideológico. La UDI hasta ahora no tiene ideas (salvo que se pueda llamar ideas a los recuerdos de su fundador). Tiene tácticas, intereses, énfasis, pero no tiene propiamente ideas. Tampoco tiene, a diferencia de los partidos con más historia, eso que los cientistas políticos llaman un cleavage, un arraigo preciso en la estructura social. La preeminencia de los intereses tácticos y la carencia de ideas fueron lo que le permitió tener de líder a un personaje como Lavín: nadie supo nunca qué pensaba ni qué haría, y a nadie tampoco le importó mientras alimentara las esperanzas de triunfo. Pero hoy Lavín no está, tampoco se avizora otro, y las ideas comienzan a mostrar su importancia.

Por supuesto, ahora Vásquez de Mella no sirve y Blas Piñar menos. Y Guzmán tampoco dejó muchas. A buscar se ha dicho.

El segundo cambio es de rostros. A la UDI le ocurre al revés de la Concertación. Mientras en la coalición de gobierno los viejos están de vuelta, en la UDI es imprescindible dar de baja a los que llevan más tiempo. Hay que llamarlos a retiro no porque sean malos o no sean confiables; es que mientras ellos estén en la primera fila, la UDI carece de eso que los sociólogos llaman estructura de plausibilidad: rostros e historias que confirmen lo que dice ser, un partido popular moderno y democrático. Desgraciadamente, hasta ahora, esas frases no calzan con los rostros que las pronuncian.

En fin, y en el largo plazo, la UDI debe ser capaz de compatibilizar el conservantismo moral que proclaman algunos de sus líderes, con los cambios de costumbres que experimenta la mayoría. Y su actual convicción democrática con el pasado de algunos de sus dirigentes. No se puede ganar al electorado defendiendo convicciones de minorías y llevando al apa un pasado de ese porte. Aunque se hagan esfuerzos por disimular, tarde o temprano se nota.

Como se ve, no son pocos los desafíos de la UDI. Y la renuncia de Hernán Larraín puede ser un síntoma de que las cosas son peores de lo que parecen: después de todo, Larraín era de los pocos dirigentes de la UDI a quien nunca se le oyó recitar a Vásquez de Mella, ni se le vio aplaudir a Blas Piñar.”

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4 comentarios to ““La UDI, esa rareza” (Carlos Peña)”

  1. PAblo Fernandez Says:

    Hay algún partido que tenga ideas???. Me refiero a ideas que los diferencias de manera clara de los demás, que les permitan construir identidad. El problema que señala Peña creo que es mas transversal a la política chilena que exclusivo de la UDI. Y lo mismo que la renovación. Lo que sucede hoy en la UDI es lo que pasa en todos los partidos (pocas renovaciones, pocas ideas). Honestamente no veo donde esta la gran novedad del asunto.
    Lo que si es mas novedoso es este aparente desorden que están viviendo. Estábamos acostumbrados al “club de amigos”, donde todo se decidía en comidas de mantel largo y conversaciones en los livings de las casas. Jamás por la prensa o en discusiones públicas.

  2. Pablo Fernandez Says:

    PD (en ánimo de viernes):En mi inmensa ignorancia busqué la traducción de cleavage: “escote”. Por un momento pensé que lo que la faltaba a la política era que volviera “La Regalona” (no conozco ningún otro cleavage que valga medianamente la pena).

  3. vozyvoto Says:

    Estimado Pablo, creo que Peña se refiere al cleavage (o sencillamente clivaje traducido al castellano) como al punto de separación entre dos fuerzas políticas. El cleavage actual es, todavía, el del plebiscito de 1988. Decir SI o NO a Pinochet se transformó en la línea divisoria de aguas de la política chilena. Eso recién está trizándose. Quizás más adelante el cleavage sea liberal / conservador en temas valóricos. I don’t know. En todo caso el escote es realmente la línea divisoria de los pechos, por lo tanto debo agradecer tu investigación.

  4. cristobal Says:

    Ven, las cosas que nos perdemos por quedarnos en la teoría!

    Y pensar que la figura mental que me llegaba a la mente al pensar en cleavage era Pinochet y Allende… Gracias Pablo, ahora al fin podré dormir tranquilo!

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