LOS CAPELLANES DE LA LIBERTAD

El recién aprobado reglamento que permite a las distintas confesiones religiosas acceder a los recintos castrenses y nombrar sus respectivos capellanes, es una excelente noticia para aquellos que creemos en que las sociedades democráticas contemporáneas no sólo deben garantizar la libertad de cultos, sino también la igualdad en el acceso a las instituciones públicas. Las reglas del juego deben ser imparciales para todos. Esto además posibilita la sana competencia, incluso religiosa, como alguna vez promovió John Locke en su Carta sobre la Tolerancia. Es el único camino que asegura a los distintos credos el respeto mutuo y la libre práctica de sus ritos, como diría esta vez John Rawls: Pactar tolerancia religiosa es la mejor alternativa si realmente tenemos en alta estima nuestra espiritualidad.

Durante demasiado tiempo el mundo de las Fuerzas Armadas estuvo vedado para otros credos distintos del católico. La historia entrega las explicaciones. Pero en el siglo XXI, la tradición ya no puede abusar de argumentos autoexplicativos. Nuestras autoridades han entendido el problema y han enfrentado esta situación discriminatoria e injusta. También los representantes católicos han entendido de buena forma esta necesaria apertura.

En todo caso, no podemos justificar este tipo de avances en base a razonamientos netamente cuantitativos o contingentes. No se trata de un mero reconocimiento al arrastre popular de los evangélicos o al efecto de la tragedia de Antuco. Los medios de comunicación pueden interpretarlo así, pero el discurso político no. Esta es una acción que viene a remediar una desigualdad sustantiva. Por la misma razón todas las Iglesias no católicas, e incluso no cristianas, debieran ser parte de la convocatoria. Obviamente existen razones prácticas que se oponen a este argumento (¿Para qué tener un capellán budista si no hay oficiales budistas?) y otras que tendrán que resolver las cualidades que debe tener una religión reconocida por el Estado (¿Es una cuestión numérica o debemos apelar a un catálogo de valores trascendentales? ¿Qué marca la diferencia entre una secta y una Iglesia?). Esperamos, en todo caso, que la lista sea lo más amplia posible.

No creemos que incorporar al denominado “mundo espiritual” al quehacer de nuestras instituciones públicas sea negar el carácter laico de éstas. No creemos que esto signifique un retroceso a la época en que Estado e Iglesia estaban unidos. Por el contrario, un liberalismo bien entendido no pretende erradicar el ejercicio de la Fe y sus expresiones colectivas o individuales. Un liberalismo bien entendido asume la diversidad y le confiere valor. El rol del Estado, en ese marco, es asegurar las condiciones para que las distintas concepciones del bien puedan manifestarse. Es el Derecho, en último término, el que raya la cancha y somete a todas por igual en el ámbito de lo público.

 Más aun, parafraseando a John Stuart Mill, el desafío liberal no es sólo contar con un Estado tolerante, sino con una sociedad tolerante. Y los cambios institucionales sin duda permean y pueden contribuir a los cambios culturales. Como bien señaló Alfredo Jocelyn-Holt en una entrevista reciente, una sociedad más ecuménica avanza hacia la tolerancia y el pluralismo. En nuestra capacidad adaptativa radica el éxito futuro. En nuestra capacidad inclusiva radica la riqueza cultural. En nuestra capacidad dialogante radica la prosperidad de la paz.

 

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2 comentarios to “LOS CAPELLANES DE LA LIBERTAD”

  1. vozyvoto Says:

    Acojo la observación que me hizo vía mail Axel Christiansen: Cuando pregunto si conviene tener capellán budista si no hay oficiales budistas, se me olvida mencionar a suboficiales y conscriptos. Esta norma no pretende responder sólo a las inquietudes espirituales de los que están arriba. La práctica demuestra que es todo lo contrario.

  2. 0scar vera Says:

    Es para los evangelicos importante participar en las areas donde historicamente no lo haciamos. Deberiamos participar y dejar participar a otras confesiones sin que ello signifique negar la fe. Pero hasta donde va la
    idea de no unirnos a una fe diferente. Es un debate que genera polemica
    entre liberales y conservadores.

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