LA FIESTA

Esta idea me viene dando vueltas en la cabeza desde hace unas semanas. Agradezco especialmente a Patricio Navia por su primera formulación y a Verónica Edwards por la segunda.

La economía de mercado es una fiesta. Se pasa bien, cuando se está adentro. Lo terrible es quedarse afuera. La prosperidad económica que ha vivido Chile desde el Régimen Militar no tiene muchos precedentes. Sin desmerecer el rol de las políticas sociales, lo cierto es que el crecimiento  ha permitido a muchas familias salir de la pobreza. La movilidad social es una realidad. Relativa y lenta, pero realidad al fin. Estamos mejor que antes. Pero la Concertación, o al menos su ala más izquierdista, parece avergonzarse por haber administrado el modelo capitalista durante casi 20 años. En vez de enorgullecerse por haber hecho retroceder a la pobreza de un 40% a un 13% durante sus gobiernos, se quejan incansablemente. Yo tengo mis dudas acerca de si esas quejas son parte del libreto político-electoral o son sinceras. El segundo caso es peor. He escuchado a muchos dirigentes oficialistas denostar el “modelo”, instando por un cambio radical, por un giro a la izquierda en materia económica, con menos mercado y más Estado. Pero ¿es esto lo que realmente quiere la gente? Echémos un vistazo al grueso de la población chilena, concentrada en los estratos C3 y D. Se trata de una clase media o media baja que goza en los centros comerciales (los mismos que la izquierda sataniza) y se regocija en la experiencia del consumo. Es la gran porción que ha visto como otros lo pasan “chancho” en la fiesta, y ahora quieren una tajada del pastel. Quieren entrar a la fiesta. Quieren participar del jolgorio. ¿Les vamos a decir que no? ¿Hay algo más frustrante que llegar a una fiesta y escuchar que “acaba de cerrar”? La izquierda de la Concertación no ha comprendido ese fenómeno sociológico y político, porque está llena de prejuicios. El C3 y el D quieren más mercado, y no menos. Quieren más malls, y no menos. Quieren más oportunidades para estudiar en universidades privadas, y no menos. Craso error promover el fin de la fiesta.

La segunda analogía de la fiesta se relaciona con la responsabilidad de las nuevas generaciones en lo público, por no decir, lo político. La juventud no participa porque siente que el sistema político es ajeno, que la clase política sólo actúa en beneficio propio, y que es mejor restarse de una labor tan contaminada como la política.  Pero, si nadie participa, nadie se hace responsable, y nadie actúa, la democracia fracasa. La democracia es una fiesta. Para que resulte buena, todos tienen que ponerse con algo. Alguien tiene que poner la música, otro tendrá que comprar los bebestibles, alguno pedirá permiso entre los vecinos. Todos quieren estar en la fiesta, pero no habrá fiesta si nadie se hace responsable de que ésta funcione. Estarán todos mirándose las caras en silencio y más secos que escupo de camello. Siempre lo más cómodo es no hacer nada y simplemente usufructuar del trabajo de otros. Eso es irresponsabilidad. En conclusión, aquella parte de la juventud que se resta conscientemente de lo público está indirectamente boicoteando la fiesta. Está boicoteando la democracia. Esta interpretación es útil porque deja de lloriquear para que los políticos se preocupen de los jóvenes. Le habla a los propios jóvenes para que asuman su responsabilidad en la construcción de Chile.

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