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CUERVO DE LA TEMPESTAD (EN AÑO ELECTORAL)

julio 2, 2008

A nadie le gustan las malas noticias. Siempre es incómodo darlas. En el Señor de los Anillos, el siniestro Grima (Lengua de Serpiente) llamaba a Galdalf “cuervo de la tempestad”, porque su presencia estaba asociada a eventos aciagos. Pero ese es a veces el rol de la Contraloría General de la República: Declarar que no todo está bien, y que las irregularidades en la gestión pública no pueden ser pasadas por alto.

Hoy en la mañana, en el curso de Liderazgo Estratégico impartido por la Universidad Adolfo Ibáñez y al cual asisto como alumno, tuvimos la oportunidad de escuchar la experiencia de Ramiro Mendoza en sus casi 15 meses como Contralor. Para nadie es un misterio que llegó a imponer un nuevo estilo y que ha sido exitoso en su propósito de movilizar al organismo hacia una actividad fiscalizadora más exhaustiva, eficiente y  transparente. Todos los sectores políticos pueden dar cuenta de ello: La labor de Mendoza se ha hecho sentir en la administración pública del Estado central y sus reparticiones, y en las municipalidades de distinto signo partidista. Algunos han hablado de la “contralorización de la política”, refiriéndose al recurso no poco utilizado por algunos parlamentarios y dirigentes de recurrir al Contralor para que éste se encargue de sacar los trapitos del adversario al sol. A todos les gusta acusar, pero a nadie le gusta ser acusado.

En este año 2008 y el que viene, ambos electorales, el rol de la Contraloría en el escenario político no pasará desapercibido. Su intención, claramente, no es influir hacia un sentido u otro, pero inevitablemente las implicancias de sus investigaciones técnicas sonarán fuerte en los oídos de la opinión pública, especialmente con medios de comunicación generosos en calificativos. Un desorden administrativo pasa a ser una irregularidad grave y una negligencia se transforma fácilmente en falta de probidad. No es malo que elevemos el estándar de la gestión pública y lo asociemos a un imperativo ético. Todo lo contrario. Mi punto es que la corrupción se ubica entre las cuatro mayores preocupaciones de los chilenos, según las últimas encuestas, y lo que diga o deje de decir la Contraloría puede tener efectos en las urnas. Y la clase política lo sabe.

Parte de la enseñanza de este curso de Liderazgo es saber manejar los grados de tensión que se producen en un sistema, grupo u organización. Le pregunté directamente a Mendoza hasta qué punto estaban dispuestos a ser “técnicos y rigurosos” frente a prácticas políticas que, desnudadas, pueden traer virulentas reacciones por parte de sus protagonistas. Le puse el caso hipotético de un diputado o senador con arrastre electoral y poder mediático que, cansado de lo que él denominaría “abusos” de la Contraloría, arremetiera contra la legitimidad del órgano fiscalizador. Peor aún, que arremetiera contra la persona del Contralor haciendo asociaciones perversas. De ese tipo de políticos se puede esperar cualquier cosa, más aun en vísperas electorales, pero ¿Le conviene a la Contraloría entrar en ese debate? ¿Está preparada para enfrentar ese escenario? ¿Tiene planes de contingencia para acercarse a la opinión pública? ¿Tiene que salir a defenderse?

Mendoza contestó sosteniendo que sólo le preocupaba la corrección del trabajo de la Contraloría. Pero luego reconoció que la prudencia política tiene un espacio en su estrategia. Después del caso Provoste, se juntó varias veces con parlamentarios de la Concertación para explicar su punto. Recientemente preguntó, casi con candidez, si preferían que las investigaciones sobre irregularidades en municipios se mantuvieran en reserva durante la campaña de alcaldes y concejales. Obviamente los partidos se apresuraron a decir que no, que “transparencia hasta que duela”. El tema no es menor, tomando en cuenta que una denuncia ratificada por el Contralor puede ser una bomba letal para cualquier alcalde que vaya a la reelección, y un regalo del cielo para su contendor. A días antes de la elección, esto podría decidir el resultado.