Archive for 28 agosto 2008

EL ERROR ESTRATÉGICO DE LOS MAPUCHES

agosto 28, 2008

Estimados, transcribo columna de opinión que me acaba de publicar el diario electrónico El Mostrador (www.elmostrador.cl). Nace de las conversaciones que tuve en un programa de TV con el werkén Ricardo Inalef, y busca enfocar el problema desde una perspectiva distinta:

“En 2006, los estudiantes secundarios que aplanaron las calles en demanda de una mejor educación, contaron con la simpatía mayoritaria de los chilenos. Su protesta fue percibida como original, independiente y pacífica. Incluso, muchos “pingüinos” en toma dedicaron su tiempo a remodelar sus alicaídos establecimientos. En cambio, frente a las movilizaciones estudiantiles de 2008, la actitud de la opinión pública cambió drásticamente. Las motivaciones de unos y otros no diferían sustancialmente, pero los segundos cometieron el error de híper ventilarse: intentaron imponer su visión con escupos y jarrones de agua.

El actual episodio de violencia en la Araucanía demuestra que las comunidades mapuches radicalizadas están cometiendo el mismo error estratégico. No han comprendido que las armas y los atentados incendiarios son recursos políticos menos efectivos que la seducción de la opinión pública. Las personas no comulgan con reclamaciones que no surgen de un relato atractivo capaz de sumar voluntades a la causa. Y no estamos hablando sólo de marketing político, sino de la habilidad comunicacional necesaria para obtener los resultados deseados.

El mejor aliado que podría tener el pueblo mapuche es la propia ciudadanía, una vez que haya sido sensibilizada con su drama ancestral. Espantar al espectador con escenas de brutalidad nocturna es la clave de la derrota. No se trata sólo hechos ilegales, sino además profundamente ilegítimos ante las personas comunes y corrientes. La lógica de “todos son mis enemigos” conduce al aislamiento total. La potencia simbólica de la palabra “justicia” se desvanece.

La reivindicación de las tierras de las etnias originarias es un tema complejo, que requiere una especial disposición al diálogo. Si las organizaciones mapuches continúan transmitiendo su resentimiento generacional en cada instancia de discusión, todo lo que se construya estará teñido de odio. Si los representantes del Estado no penetran en la mentalidad de un pueblo que lleva el sentimiento de opresión en la sangre, toda solución caerá en tierra infértil. El desarrollo de empatías es fundamental para el éxito de este proceso.

El camino puede iniciarse también en la propia institucionalidad. En 2005, el líder del Consejo de Todas las Tierras, Aucán Huilcamán, estuvo a punto de competir en las elecciones presidenciales. ¡Qué bien le habría hecho a Chile poner el tema indígena sobre la mesa desde la perspectiva de uno de sus protagonistas! En las próximas municipales, el PPD llevará un número importante de candidatos a alcaldes y concejales de distintos pueblos originarios. No cabe duda que la participación en estos espacios contribuye a generar confianzas entre los distintos mundos.

Llama la atención que, en momento en los cuales nos quejamos ante el desprestigio de la actividad política, no seamos capaces de darnos cuenta que precisamente cuando falla la política arrecia la violencia. Cuando no somos lo suficientemente abiertos para encontrar puntos de acuerdo y generosos para ceder en nuestras posiciones, la deliberación pública degenera en diálogo de sordos. Y en casos como éste, la riqueza de diversidad cultural termina siendo desaprovechada.”

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“El Político” (Héctor Soto)

agosto 25, 2008

Sintonizando con la clásica conferencia de Max Weber sobre “El Político y el Científico”, y el debate que existe entre POLITICS y POLICY (la “política” y las “políticas públicas”), les dejo esta ilustrativa columna de opinión de Héctor Soto publicada en la última revista Capital:

“Para el cinismo de esta época, el único político que debería cantar victoria es aquel que habiéndolo hecho mal es reconocido, aplaudido, reelegido o coronado como gran estadista una y otra vez. No tendría gran mérito hacerlo bien y ser apreciado por la ciudadanía en función de los resultados. La gracia por la inversa estaría menos en ser que en parecer.

Alan García podría entregar experiencias interesantes a este respecto. A pesar de haber hecho uno de los peores gobiernos de la historia del Perú, García volvió al Palacio Quemado hace dos años y, para que se vea que en la política no todo está escrito para siempre, ahora está haciendo un gobierno que ha inducido a muchos observadores a hablar con entusiasmo de un supuesto “milagro peruano”.

Su caso es también notable porque es el único político del Apra que ha llevado dos veces a su partido al poder. Es cierto que la segunda lo pudo hacer porque su candidatura representó el mal menor para el centro y la derecha peruanos. La otra alternativa era Ollanta Humala. Pero sería una pequeñez no reconocer que el presidente tiene conexiones fuertes con el Perú profundo, que es un político de muchos recursos, que a veces puede ser un encantador de serpientes y que si de algo sabe –y sabe mucho– es de política. De política entendida no como la ciencia del diseño e implementación de políticas públicas eficientes, sino como ese arte un poco oscuro que consiste en tocar, con la astucia de los zorros pero también con la convicción de los misioneros, la tecla justa en el momento preciso.

A lo mejor no tenemos a alguien así en la política chilena. Pero a lo mejor ese alguien es ni más ni menos que Patricio Aylwin. El ex presidente sabe poco, muy poco, de economía, pero nadie en Chile podría darle lecciones de política. Es más: en este plano la cátedra la imparte él. No hay político en nuestro país que puede decir que jugó un rol tan decisivo como el suyo en los dos momentos que dividieron las aguas de la historia chilena del siglo XX. Uno fue el derrumbe del sistema político en 1973. El otro, la recuperación de la democracia el año 1989.

Un político que logra estar en la línea de fuego de ambos acontecimientos no es sólo alguien con buena elasticidad muscular y política. También es alguien que se las ingenia o tiene el talento natural para estar donde debe estar. En este caso específico, para estar al lado de las mayorías y tener un cuento cívico, un discurso le dicen ahora, verosímil y convincente. Tan convincente, de hecho, que el primer convencido es sin duda el propio ex presidente.

En este talento, por más que la ciencia política se devane los sesos y por más que las tecnocracias crean que el buen gobierno se reduce a un aséptico asunto de concepción de políticas públicas bien orientadas y sensatas, los políticos son insustituibles. Necesarios e insustituibles.

Invitados de piedra a la escena pública, por lo general despreciados, especialistas en todo y al mismo tiempo en nada, turbios a la hora de la maquinación o el complot pero diáfanos en los pocos momentos de encuentro de los países con la Historia, los políticos de envergadura, los estadistas, no sólo saben poner la vela donde sopla el viento y encarnar las aspiraciones colectivas en un momento dado. También saben darle un sentido colectivo, una urgencia épica, a las causas que abrazan. Y por eso se ganan el derecho a situarse al centro en la foto colectiva.

¿Cuánto de política, entendida en estos términos, sabrán los próximos candidatos presidenciales? Respecto de Lagos, obviamente, la pregunta está de más. El ex presidente, hay que reconocerlo, lo hizo bien en estos dominios. Su gobierno fue una lección respecto de que -más allá de las prioridades y agendas de una administración- el ejercicio del poder supone un ethos y una cierta majestad pública que no viene incluida en el cargo de presidente. A Lagos le fallaron las políticas públicas –la redistribución, la energía, el Transantiago, la educación– pero la política no le falló.

El caso de Insulza es más dudoso porque, sin desmerecer su enorme experiencia de gobierno, el riesgo en que constantemente está incurriendo el ex ministro es entender la política como pura negociación. Sin duda que es eso. Y sin duda también que es algo más.

Queda el nombre de Piñera. Está claro que es un político de inteligencia amplia y que fue un gran senador. Pero hasta ahora, estando bien rankeado en las encuestas, no ha logrado desplegar ante el país su proyecto político y los alcances de su relato. Tampoco ha logrado poner su liderazgo a las alturas del futuro. Su gente, en todo caso, dice que la campaña todavía no comienza. El tiempo sin embargo ya está corriendo y en esto los ciclos son distintos. Como lo saben Frei y Bachelet, una cosa es llegar a la presidencia y otra un tanto distinta es entrar a la Historia.”

“El fin de la Odisea” (Leonidas Montes)

agosto 22, 2008

Estimados, reproduzco a continuación columna de opinión del Decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfó Ibáñez, publicada ayer jueves en La Segunda. Está muy buena la analogía mítica – literaria:

“Homero nos narra, en la Ilíada y la Odisea, las andanzas de Ulises. Todo partió con la épica lucha de diez años contra Troya. Después de la victoria, sigue la Odisea: el regreso de Ulises a su hogar en Itaca. Es una larga aventura navegando por el Mediterráneo. Esta etapa también duró diez años. Después de todo, Ulises, cansado y más viejo tras sus asombrosas peripecias durante veinte años, logró volver junto a su querida Penélope.


La historia de la Concertación tiene algunas similitudes con la trama homérica. Ha sido un largo y aventurado viaje de casi veinte años. Y podemos distinguir dos períodos de diez años: la Ilíada (Aylwin, Frei) y la Odisea (Lagos, Bachelet).


La Ilíada de la Concertación se inicia con la recuperación de la democracia. Las elecciones le dieron 55% a Patricio Aylwin. La alegría y el entusiasmo llegaron a las playas de Troya. Era la joven, prometedora y colorida imagen
del arco iris. La Concertación iniciaba una larga batalla de reconstrucción de la democracia. Fue una verdadera lucha, llena de esperanzas y dificultades (sólo recuerde el boinazo del 93).


En ese entonces existía una épica, un sentido de lucha en este proceso de democratización. Había una inspiración tras la carta de navegación de la Concertación. La figura de Patricio Aylwin es un fiel reflejo de ello. Lo siguió Eduardo Frei. Pero quizá después de 10 años de lucha, llegamos al fin de la Ilíada de la Concertación. Eso sí, no se necesitó de un caballo de Troya. Pinochet fue detenido en Inglaterra. Este episodio puede considerarse un punto de quiebre. Incluso algunos plantearon que al fin se había cumplido la transición.


Así comienza la segunda etapa, la Odisea: el largo viaje de regreso. Es el período de las aventuras de Ulises navegando por aguas turbulentas. Aquí surgen algunos inconvenientes. Ricardo Lagos fue elegido después de una peligrosa tormenta. Durante su gobierno se escucharon algunos cantos de sirenas. Y pasamos, casi en estado bipolar, de un
Lagos autoritario a una Bachelet acogedora. Este cambio de marea ocasionó nuevas amenazas a la travesía. Desde las profundidades surgieron los cíclopes políticos. Estos monstruos mitológicos fueron bautizados como díscolos. Y en lo poco que queda, las aguas se ven crispadas y revueltas.


Se ha debatido si en la Concertación existen dos
almas. La respuesta políticamente correcta es decir que dentro de la coalición gobernante existen varias. Lo cierto es que este gobierno se ha debatido entre sus dos almas. Una entiende el mercado, y lo valora. Otra no lo entiende, y desconfía. Un sector progresivo cree en la iniciativa individual. Otro, en la mano dura de un poderoso Estado fiscalizador. Nos debatimos en esta dualidad irreconciliable. Y así el bote de la Concertación navega, con inesperados giros de timón, de un lado para otro.


A casi un año de las próximas elecciones presidenciales, después de casi veinte de navegación, la metáfora de la épica de Ulises parece pertinente. La Concertación termina su larga travesía. La revista The Economist ya mencionó un giro
del péndulo político hacia la derecha en Latinoamérica. Y Chile fue citado como ejemplo. La fatiga después del viaje es evidente.


Pero esta última etapa ha sido también dolorosa para la Concertación. Al terminar con el histórico subsidio electoral a la DC, Pepe Auth dio una poderosa señal de bienvenida al cruel mercado de la política. Ya casi no quedan figuras
como la de un emblemático Edgardo Boeninger, símbolo moral de esa épica de recuperación de la democracia.


En lo que queda de esta navegación, muchos miembros de aquella homérica Concertación hoy reman para su lado. Ya no existe una épica en la Concertación que los una. Más bien parece el síndrome
del desembarco. Y quién sabe si Penélope se encontrará tejiendo.

“¿Una nueva derecha en América Latina?” (Raúl Ferro)

agosto 20, 2008

Estimados, paso a reproducir columna de opinión que llegó a mis manos (gentileza de Gonzalo Bustamante), que si no me equivoco proviene de la hermana república argentina, más específicamente del sitio web de CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina):

“La activa agenda sudamericana del candidato de centro derecha a la presidencia de Chile, Sebastián Piñera, ha dado mucho que hablar. Primero, en su gira al Perú, por la molestia que causó en la cancillería chilena, que enfrenta un diferendo limítrofe con su vecino del norte que fue recientemente presentado en la Corte Internacional de La Haya. Ahora, su gira a Colombia y Ecuador, en la que no disimuló en absoluto su admiración por el estilo de gobierno de Álvaro Uribe.

A esta agenda se suma una cena que lo reunirá con el Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, y con el alcalde de Lima, Luis Castañeda, quien se perfila como uno de los candidatos más fuertes para las próximas elecciones presidenciales peruanas, que se celebrarán en el 2011.

La hiperkinesia viajera de Piñera tiene dos lecturas. La primera, y más obvia, es la importancia que el candidato –que actualmente encabeza las intenciones de voto, aunque aun falta un año y medio para las elecciones— le está dando una gran importancia a las relaciones con los países vecinos con vistas a un eventual triunfo a fines del 2009. Una dimensión regional que ninguno de los cuatro presidentes de la Concertación mostró durante sus respectivas campañas.

La otra lectura, más especulativa, se refiere al acercamiento de Piñera a sus pares ideológicos. Esto es especialmente cierto en los casos de Uribe, Macri y Castañeda. Es interesante que esto suceda.

Hace algún tiempo comentábamos en esta columna sobre la falta de contrapeso de la centroderecha latinoamericana frente al alud de gobiernos de izquierda que se desplegó por el continente en el último ciclo electoral. Las propuestas de la centroderecha eran excesivamente conservadoras, imbuidas en muchos casos de contenido religioso y muy alejadas de la realidad de la sociedad latinoamericana de hoy. Ello, frente a una centro izquierda que, salvo contadas excepciones, había adoptado en América Latina y el mundo una parte importante de la propuesta económica de la centro derecha. Sólo en México, con el PAN, y en Colombia, con Uribe, la centro derecha mantenía el liderazgo y el protagonismo.

La consolidación de Piñera como candidato en Chile, los éxitos de Uribe en la pacificación y el crecimiento económico en Colombia y la proyección como líder político de Castañeda desde la alcaldía de Lima, están creando una masa crítica interesante que podría significar el fortalecimiento de la centro derecha en Sudamérica, con una propuesta más liberal y cercana a la realidad de la gente.

Si esto sucede, sería beneficioso para la democracia en la región. América Latina necesita avanzar hacia la consolidación de bloques con peso específico suficiente que puedan enriquecer el debate y las propuestas para la sociedad. En ese sentido, la centro izquierda ha hecho hasta ahora un mejor trabajo que la centro derecha, paradójicamente acercándose al centro. Es hora que la centro derecha haga lo mismo.

Por supuesto que la nueva ola que parece encarnar Piñera tiene muchas imperfecciones aun. Por un lado, la fascinación que genera Uribe es un arma de doble filo. Sus éxitos innegables no deben hacer olvidar que su gestión no ha sido muy loable en lo que se refiere a fortalecimiento y desarrollo institucional. Todo lo contrario. Su personalismo es a veces preocupante.

El otro riesgo es que esta nueva centro derecha, muy inspirada en la eficiencia y los tecnicismos de la administración privada, subestime las dificultades de la administración de la cosa pública. La capacidad de gestión pura y dura, con su poca inclinación a la paciencia, no es suficiente y hasta puede ser contraproducente. Pero aquí hay algunas luces. La gestión de Castañeda en una ciudad tremendamente compleja como Lima ha mostrado tanto capacidad técnica como criterio político. Es un buen comienzo.”

DOLORES ARGENTINA

agosto 18, 2008

Tal como lo hicimos con Obama hace unas semanas, les dejo este video promocional de la campaña de Cristina Fernández en Argentina para encender los corazones al iniciar la semana. Claro, la señora ha perdido peso específico ultimamente, pero aun así vale la pena fijarse en el mensaje, bastante parecido al que transmitió Bachelet en 2005. En lugar de la banda, los argentinos ocupan el sillón.

CARTA A MI GENERACIÓN

agosto 12, 2008

En el marco del Día Internacional de la Juventud, la comunidad online “Chile con Todos” (www.chilecontodos.cl) me publicó la siguiente columna, que comparto con ustedes a continuación:

Llegué al mundo en la primavera de 1979, y asumo, como todos, que formo parte de una generación. Con frecuencia me pregunto cuáles serán los rasgos distintivos de la mía. Parafraseando a Doris Lessing, no somos los jóvenes idealistas de los sesenta, no vivimos la maldad de los setenta ni la fría codicia de los ochenta. Somos, en cambio, los vástagos de un régimen militar por nacimiento e hijos de la democracia por adopción. No sabemos realmente de qué hablamos cuando condenamos o justificamos el golpe, y éramos todavía púberes (sino apenas unos niños) cuando llegó “la alegría”. Nuestros temores y nuestros regocijos están todavía a la vuelta de la esquina de los recuerdos. Nuestra adolescencia quedó atrás, nuestra juventud todavía no ha caducado. Y como a muchos otros de mi generación, me intriga descubrir si compartimos un ADN común o somos fragmentos irreconocibles a la deriva histórica de los tiempos. Me intriga descubrir el sentido y la misión de los nuestros, si es que existe. ¿Cuál es nuestra lucha, cuál nuestra causa, cuál nuestro desvelo? ¿Cuál, en una sola frase, es el sueño de nuestra generación? ¿Peleamos por un mundo más justo, por la paz entre los pueblos, por las libertades ciudadanas? ¿Dónde estamos acostumbrados a trazar la línea que marca el fin de la indiferencia y el comienzo del compromiso? ¿Cuánto espíritu comunitario resultó damnificado para afirmar nuestra individualidad?

 Recuerdo una conversación que tuve con Mauricio Rojas, el diputado chileno del parlamento sueco que suele visitarnos para contar su espeluznante historia de reconversión del marxismo al liberalismo. Él, como muchos otros, fue un soldado de la izquierda en el período más ideológico que ha transitado Chile. A los 20 años le dijeron que sobre los hombros de su generación recaía la responsabilidad de torcer el curso de la humanidad sobre la tierra, de reescribir la historia, de construir un Hombre nuevo. Una responsabilidad mesiánica, tejida entre la profecía y el trabajo colectivo. Y mientras nos ponemos de acuerdo en lo autodestructiva, alienante y falaz que resultó esa causa, no puedo dejar de envidiar sanamente la mística y el romanticismo que destila su voz.

 Los hombres no deciden qué tiempos habitarán la tierra. Sólo deciden qué hacer en su propio tiempo. No tiene sentido lamentarnos por no haber participado en cruzadas épicas de otras épocas. Lo que sí podemos lamentar es el desperdicio de nuestras propias horas y días jóvenes en las redes de la apatía y el hedonismo. Que se me entienda bien: No acuso a mis pares de nihilismo. Muchos de ellos contribuyen silenciosamente a cambiar el mundo, y dedican lo mejor de sus esfuerzos a mejorar la calidad de vida de las personas. Con orgullo puedo decir que fue mi generación la que penetró en los campamentos, sin sotana ni Estado, a combatir la pobreza en sus reductos más inexpugnables. Son miles y miles de jóvenes los que hoy participan activamente en proyectos sociales cada vez más grandes y mejor organizados. El voluntariado ha reemplazado hoy en día lo que alguna vez fue la militancia activa en política. Esta última, qué duda cabe, ha caído en desgracia. Y la culpa no es sólo de la actual clase dirigente que se resiste a compartir el poder, también es de los tiempos que corren. Ha sido una transición cómoda para la mayoría de nosotros, aunque es sabido que los períodos más abúlicos son casi siempre los de mayor estabilidad. Y la estabilidad es deseable, por supuesto. La vida diaria es mejor sin violencia ideológica, sectaria e irracional. Pero cosa distinta es no sentir ningún tipo de responsabilidad en la construcción de lo público. Gozamos de demasiados beneficios que en su momento costaron sangre y sudor, pero para nosotros son datos dados, y a veces olvidamos que muchos valores merecen nuestra defensa permanente y entusiasta. La emergencia funciona como el mejor de los incentivos a la participación. En todo caso, no somos tan ingenuos para creer que es toda la juventud la que históricamente se ha movilizado para generar los cambios. En la práctica se trata casi siempre de un puñado de quijotes armados de convicción, que arrastran al resto y marcan la pauta a seguir.

 

Por ahí escuché que la causa de nuestros tiempos es que cada uno tenga derecho a pelear su causa. Pero ¿estamos realmente dispuestos a dar la vida para que el del lado diga lo que tiene que decir? Es la causa de la diversidad, dicen otros. Podría ser la causa del pluralismo: La ausencia de proyectos absolutos o totalitarios ha educado a nuestra generación en un clima de tolerancia que admite poca comparación histórica. El aprecio a la diversidad es un rasgo generacional que vale la pena profundizar. Implica que nuestras múltiples luchas paralelas pueden coexistir en paz. Y más importante aún, es indicio de nuestro respeto a la dignidad del ser humano, sin importar su condición sexual, país de origen o militancia política. Nuestra revolución transita por esa vía, que aunque poco sensacionalista, es tan noble como aquella que se convocó en nombre de la libertad o la igualdad.

Pero si tenemos algo entre manos, ¿qué nos impide plasmar esa nueva forma de entender el mundo en nuestro propio país? ¿Por qué seguimos de brazos cruzados esperando que sean otros los que actúen? Si tenemos la capacidad de mirarnos a la cara sin rencor ni resentimiento, sin mochilas afectivas que nos aten a la dicotomía de los “buenos” y los “malos”, si confiamos en transformar a Chile en un país de hermanos desterrando el odio y la mediocridad ¿Qué esperamos para hacernos cargo? ¿Cuánto tiempo dejaremos pasar antes de transformarnos en protagonistas de nuestro propio tiempo? Seamos, como canta Pedro Aznar, una brisa ligera que se vuelva huracán.

 

 

 

 

ELECCIONES MUNICIPALES ¿MÁS DE LO MISMO?

agosto 8, 2008

En su edición pasada, Revista Capital inauguró la sección “Cara & Sello”, que básicamente consiste en un debate entre integrantes de Independientes en Red. En la oprtunidad contrastaron sus visiones sobre la supuesta crisis económica los economistas Axel Christensen y José Ramón Valente. En la edición que salió hoy (del 8 al 21 de agosto) fue el turno de los abogados sub 30  Juan José Ossa y quien escribe. El tema: Las municipales 2008. A continuación reproduzco mi columna:

Las elecciones que se avecinan no constituirán hito alguno en el derrotero democrático de Chile. No existe un relato en torno al poder local, no se avanza en renovación y tampoco generará efectos determinantes en la presidencial del próximo año. Los comicios de octubre representan más, y mucho más, de lo mismo. Nunca habíamos tenido tantos candidatos a alcaldes y concejales. Pero pocas veces tan poca sintonía con los aspirantes a los cargos públicos.

¿Qué discurso innovador están desarrollando los partidos en relación al modelo de administración comunal? Ninguno. Ya ni de los presupuestos participativos se acuerdan. Tampoco hemos escuchado nada en relación a los indicadores de gestión, a la flexibilidad de la planta municipal o a la participación vinculante de los vecinos en las decisiones, temas dormidos desde hace un buen tiempo en el Congreso. En vez de encandilarse con el estilo Uribe, la Alianza podría seguir con mayor seriedad la experiencia de renovación del Partido Conservador inglés y su vocación localista. Si así lo hiciera, podría ganar una batalla en la cual la Concertación, por su genética centralista, no puede dar la pelea.

Continuemos analizando los esfuerzos por presentar “rostros nuevos”. Descontando a la mayoría de alcaldes que van por otro período (ya que el proyecto que limita su reelección también duerme), las novedades son pocas. Muchos hijos de, hermanos de, señoras y maridos de, junto a un equipo de viejos estandartes reciclados. Las pocas caras jóvenes son disciplinados militantes de las juventudes políticas dispuestos a asumir el servicio militar. El mundo independiente sigue enfrentando fuertes barreras a la entrada en una elección que por su naturaleza debería abrirse a los movimientos y liderazgos locales.

Finalmente, reconocer que la presidencialización de las elecciones municipales es un hecho insoslayable no es lo mismo que atribuirle la capacidad de definir la carrera a La Moneda. A diferencia de las municipales 2004, el candidato de la oposición no es un alcalde emblemático, el escenario económico tiende a complicarse y no se vislumbra ningún salvavidas concertacionista capaz de revertir la decadencia espiritual de la coalición. Que la Concertación gane las elecciones de octubre no asegura absolutamente nada para el próximo año.

Algunos dirán que me olvido de la crisis de las dos listas, o que paso de largo frente a los informes de Contraloría, o que no tomo en cuenta la curiosa alternativa que aglutina zaldivaristas, regionalistas y ecologistas, más uno que otro chileprimerista en busca de cupo. Como dijo un ex presidente, no es más que hojarasca que se lleva el viento. Las coaliciones siguen unidas mientras persiste su voluntad de conservar el poder, los caudillos ponen siempre a prueba la fortaleza de las instituciones y los desterrados que se visten con nuevos ropajes son fácilmente identificables por la ciudadanía. En esta elección municipal, para desgracia de la calidad de nuestra política, no hay nada nuevo bajo el sol.

¿POLÍTICA v/s VOLUNTARIADO?

agosto 6, 2008

Se ha convertido en un lugar común sostener que si bien los jóvenes no participan en política, sí lo hacen en otras instancias capaces de motivarlos. Más que actividades deportivas, religiosas o culturales, se suele hablar del voluntariado (lo que en otra época era sencillamente “acción social”) como aquella manifestación de compromiso con la sociedad que ha reemplazado a la política partidista en las nuevas generaciones. Estoy de acuerdo con esa premisa: Muchos de mis compañeros universitarios que en otras épocas habrían engrosado las filas del activismo político, hoy vuelcan su energía en el trabajo en campamentos. Pequeños políticos siguen existiendo, pero es especialmente el denominado mundo “socialcristiano” el que más ha resentido la deserción.

Las razones pueden ser muchas, y bastante obvias. La política ha caído en desgracia ante los ojos de la opinión pública. Se percibe caricaturescamente como un corrupto juego de poder e influencia, de negociación e intereses mezquinos. En cambio, el voluntariado permite entregar ayuda directa y sin más intermediario, permite mirar cara a cara a la familia beneficiaria, permite el regocijo de ver terminado el producto del trabajo después de un solo fin de semana. Esto sin mencionar que, como escuché de boca de un dirigente del mismísimo Un Techo Para Chile, el voluntariado no exige una adhesión ideológica intensa ni un desarrollo muy elaborado de las razones por las cuáles se participa. Genera además, al estilo scout, equipos que se transforman en verdaderas comunidades.

Debo reconocer que nunca me causó mucha sorpresa el argumento “el voluntariado es otra forma de hacer política”. En cierto sentido, lo compartí. Me tocó participar activamente en política universitaria codo a codo con entusiastas líderes de inspiración ignaciana. Recuerdo una noche en la cual, a pesar de estar en el mismo equipo, nos vimos obligados a sincerar nuestras diferencias. Un siempre locuaz amigo sentenció: “Nosotros (los liberales) entendemos la política como un espacio de deliberación pública entre iguales, ellos (los jesuitas) como una herramienta para superar la pobreza”. En ese momento entendí porqué la representación universitaria le hacía tan poco sentido a estos tipos que se descueraban haciendo mediaguas en invierno y verano: La política a la cual los invitábamos no satisfacía su propia concepción de la política. Así por ejemplo, la lucha por la libertad de expresión no tenía ningún sentido si aun había gente en Chile sin techo y sin abrigo.

Asumo que desde entonces creí que salir a derrotar la pobreza a sus reductos más inexpugnables era una manera alternativa de hacer política. Hoy no estoy tan seguro. Aunque en la práctica el voluntariado ha sustituido a la participación política tradicional, en el fondo apuntan a objetivos distintos y operan con lógicas prácticamente opuestas.

La política tiene por misión lidiar con el conflicto. En sociedades con intereses tan diversos, y a veces contrapuestos, la política navega entre aguas turbulentas y está obligada a entregar respuestas para casi todos los problemas. Asigna valores de acuerdo a la legitimidad que le confiere el propio sistema, siempre dinámico y participativo. Si es necesario, hace gala del monopolio de la coerción. El voluntariado aparece entonces como negación de la verdadera política. Su objeto está circunscrito a resolver un solo problema (la indigna situación en la que se encuentran los miembros menos aventajados de la sociedad), que aunque pueda ser mayúsculo, evita conscientemente tomar en cuenta los otros miles de intereses en juego. Pretende entregar una solución vertical, en la que la participación no es un valor central. Su actividad tampoco asigna valores vinculantes.

Podrán alegarme que mi visión de la política está demasiado condicionada a los contextos democráticos. Tendrán razón. No pretendo hacer comparaciones sino con la más deseable de las realidades. Pero el fin de estas líneas no es sentar una tesis sobre la incompatibilidad de política y voluntariado. De hecho, creo que en los tiempos actuales funcionan como excelente complemento: Las instituciones sociales están ahí porque la política (o el Estado) ha fallado en proporcionar condiciones materiales mínimas a gran parte de la población. Pero el rol de la política, entendida en su concepto más pleno, no puede ser reemplazado por ningún tipo de ayuda social. Lamentablemente para la política, muchos de los mejores jóvenes han optado por ignorarla (o espero, postergarla) dedicándose con pasión a erradicar los campamentos. Ojalá que cumplan su tarea, y luego se hagan cargo de otros menesteres aun más complejos, que reclaman a gritos toda su atención.

 

 

 

 

 

 

“El Jarrazo” (por Juan Carlos Eichholz)

agosto 4, 2008

 

Les dejo esta columna publicada el pasado lunes 21 de julio en El Mercurio. Juan Carlos es columnista del Mercurio y parte del Directorio de Independientes en Red. Actualmente además es mi profesor en el curso de Liderazgo Estratégico de la UAI. Desde el modelo que se imparte en ese curso nacen las siguientes líneas:

 

“La historia está llena de acontecimientos puntuales que, por las circunstancias en que se dieron, se han transformado en símbolos representativos de grandes cambios. Desde los cargamentos de té arrojados al mar en la bahía de Boston y la toma de la Bastilla en París, hasta el recordado dedo de Lagos, la ministra de Defensa en un tanque y la detención de los dirigentes microbuseros, sumándose quizás ahora el jarro de agua lanzado a la ministra de Educación.

 

Y es que el agua de ese jarro puede bien transformarse en la gota que rebase el vaso. No el vaso de la indisciplina estudiantil, sino uno mucho más profundo: el de la sinrazón del Colegio de Profesores, partiendo por su presidente. Quizás como nunca antes, este acontecimiento ha servido para mostrar cuán anquilosada y vacía de argumentos es la posición de un cada vez más pequeño grupo de profesores de la educación pública.

 

Se trata de esos profesores que se niegan a verse a sí mismos como parte del problema. Esos profesores que se refugian en la seguridad de lo que saben hacer, en lugar de atreverse a innovar y ser agentes de cambio. Esos profesores que ven en la inamovilidad del Estatuto Docente su salvación más que su condena. Esos profesores que se miran a sí mismos como víctimas del sistema, y no como protagonistas de su futuro. Esos profesores que, frente a los indesmentibles malos resultados de sus colegios y a la persistente baja de matrícula, prefieren culpar a otros: a los apoderados no comprometidos, a los estudiantes indisciplinados, al ministerio lejano, a la sociedad injusta, a la ley poco protectora. Esos profesores que están ahí por obligación, y no por vocación.

 

No hay que ser clarividente para darse cuenta de que, por más leyes que se aprueben y recursos que se destinen, la calidad de la educación no va a cambiar si los profesores no cambian. Y lo que buscan los Jaimes Gajardos de este país es evitar cambiar. Esto hay que decirlo claro. E igual de claro hay que ser al afirmar que la mayor parte de los profesores del sistema público sí quiere progresar, no amparándose en falsas protecciones, sino creyendo en sus capacidades y atreviéndose a ir más allá.

 

Pero éste debe ser también un jarrazo para esos buenos profesores: que los remueva y los haga levantar la voz, para evitar ser vinculados con quienes aparecen resistiéndose a todo y sólo defendiendo su propia seguridad.

 

Ojalá sea éste el símbolo de un cambio, que comience por donde siempre debió comenzar: por los propios profesores.”

TENTACIÓN CAFETERA

agosto 1, 2008

Como suele ocurrir en el último tiempo, las pisadas de Sebastián Piñera suenan fuerte. Viajó hace poco a Colombia y sus halagüeños comentarios sobre el “estilo Uribe” llenaron rápidamente las páginas de los diarios. Varios connotados columnistas le dedicaron a esta relación sus inspiradas líneas. Partamos por Héctor Soto, quien escribe el 16 de julio en La Tercera: “…el contacto de Piñera con el Presidente Álvaro Uribe podría ser extremadamente provechoso… Junto al Presidente Calderón de México, y desde la centroderecha, Uribe está empeñado en un proyecto modernizador de largo aliento para su patria, y lo ha estado llevando a cabo no sólo con responsabilidad política, sino también con cuota de imaginación y audacia que no tienen muchos precedentes… la sensación que deja el gobierno de Uribe es la de una máquina non stop y contra el tiempo, vibrante, digitada por ideas claras y enemiga antes que nada de la autocomplacencia y el sopor…”.

El sábado 19 fue el turno de José Miguel Izquierdo: “…la centroderecha puede recoger del mandatario colombiano sus prácticas novedosas y políticas públicas sensatas. El ofrece, además, el ejemplo de un liderazgo cuya solidez fue capaz de construir una mayoría nueva… Se trata de una democracia que vive en la inseguridad y ha sido capaz de enfrentarla con eficacia… Asimismo, el liderazgo de Uribe se expande a prácticas participativas y dialogantes que demuestran que es posible gobernar con un sello ciudadano… Una característica del sistema político colombiano y que explica el éxito del Presidente Uribe es la ampliación de la base tradicional del conservadurismo colombiano, en un contexto de descrédito de los partidos políticos… Algo similar podría ocurrir en Chile si el liderazgo de Piñera, que supera el eje tradicional de alineamiento, se expresa en mayor tolerancia de parte de referentes nuevos, impulsando la transmisión de este valor a la base electoral…”

Álvaro Vargas Llosa hizo su propio análisis en el Reportajes de La Tercera del domingo 20 de julio. Básicamente le recomienda a Piñera mantener la “relación especial” que lo liga con Uribe, romper la política exterior concertacionista inclinada hacia la izquierda apostando por Colombia, adueñarse tal como Uribe del discurso de seguridad ciudadana porque “el pueblo, en materia de seguridad, es siempre de derecha”, emprender reformas estructurales, combinar tácticas de corto plazo con estrategia de largo plazo, evitar el personalismo que da la sensación de que el caudillo está por sobre las instituciones, y saber controlar las emociones en política.

Pero recién este domingo 27, por el mismo medio, leímos una opinión discordante, a cargo de Eduardo Engel, que sin eufemismos titula su columna “La Derecha que No Queremos”. Más allá de reconocer a Uribe su éxito en la batalla contra las FARC, Engel señala que “en los ámbitos más tradicionales de las políticas públicas, aquellos donde los problemas de Colombia guardan alguna relación con Chile, la evaluación del gobierno de Uribe deja bastante que desear…En política social, Uribe ha enfatizado una serie de programas asistencialistas… Uribe tampoco ha sido particularmente respetuoso de los contrapesos institucionales: eso de tener instituciones que funcionen le importa un rábano… Una vez más la derecha chilena se deja encandilar por alguna experiencia extranjera sin conocerla mayormente… Uribe es un populista de derecha, así como Chávez es un populista de izquierda. Chile no necesita populismos, ni de derecha ni de izquierda. Uno esperaría un poco más de seriedad del presidenciable RN y de su entorno…”.

Como habrán observado, la magnitud de la discrepancia es enorme. Me permito reseñar mis propias reflexiones:

Al igual que Engel, creo que el entusiasmo nubla la vista. El año pasado se puso de moda Sarkozy y todos los dirigentes de la Alianza corrieron a la prensa a recitar sus virtudes. A nadie le importó que el nuevo líder galo representara una derecha republicana que no tiene nada que ver con la derecha autoritaria, neoliberal y conservadora chilena, que el proceso político de consolidación de su partido UMP no tuviera relación con el éxito que tienen en la Alianza los outsiders (como Lavín y Piñera), o que Nicolás Sarkozy fuera un fenómeno porque encarnaba personalmente la defensa de la identidad francesa ante una desbocada inmigración. En este último aspecto, la popularidad de Álvaro Uribe se sustenta en lo mismo: Asume personalmente la misión de rechazar la amenaza externa, que en el caso colombiano es el terrorismo y el narcotráfico.

También creo, en línea nuevamente con Engel y con Vargas Llosa, que el modelo personalista es equivocado para Chile. Las instituciones son más importantes en una democracia sana. ¿Qué va a ocurrir cuando el Presidente colombiano termine su período, (pensando que no forzará una reelección inconstitucional)? ¿Qué estructura organizacional soporta su discurso? ¿Qué ideas matrices están en el fondo de sus aspavientos mediáticos? ¿Qué sucesores se han preparado para continuar su línea? ¿Han sido preparados los colombianos para asumir su parte de la responsabilidad en la construcción de un país distinto, o se han convertido en Uribe-dependientes? El verdadero líder no entrega todas las respuestas. Muchas veces apenas plantea las preguntas, las más certeras.

Pero volviendo a Soto, son tan pocos los amigos de la centroderecha en el mundo que esta amistad por supuesto que suma y no resta. Un gobierno ejecutivo capaz de “hacer la pega” con eficiencia y honestidad, por otra parte, es una aspiración de cada vez más chilenos. Y dicho eje puede ser potente en diciembre de 2009. Rescato finalmente la orientación de la columna de Izquierdo: La ampliación de la base electoral es vital para construir una nueva mayoría política. Pero tengo la impresión de que entre Suecia y Antonio Varas la idea de repartir poder no seduce tanto como salir en la foto con la cara del momento.