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UNA SERIE DE EVENTOS DESAFORTUNADOS

septiembre 2, 2008

Como señala el título de esta película, en las últimas semanas hemos sido testigos de una sincronizada comedia de errores por parte de la clase política. Los índices de desprestigio ante la ciudadanía, que ya estaban por los suelos, amenazan ahora con caer a niveles críticos. En todo caso, no parece preocupar seriamente a nadie: La sociedad civil parece hacer su vida en paralelo. Aun así, es posible que las reiteradas expresiones de indignación de los chilenos se estén acumulando en alguna parte. Ojalá se traduzca en oportunidades para nuevos actores antes que la anemia termine por aniquilar moralmente a nuestra cosa pública.

El primer episodio tragicómico lo vimos cuando varios candidatos a alcalde sacaron su enseñanza media en cosa de horas. El rigor académico no puede competir con las expectativas del poder.

Algo después, empezaron a circular los nombres para integrar el primer superpoderoso Consejo de Transparencia. No deja de llamar la atención que los primeros en desfilar en los diarios hayan sido militantes de partidos y ex ministros de la actual administración. Es decir, se pone a los más comprometidos políticamente a fiscalizar a sus camaradas y compañeros. No me atrevería a dudar de su rectitud, pero en la política las percepciones importan: No se puede poner al gato a cuidar la carnicería.

Después del lamentable deceso del diputado Juan Bustos nos encontramos con otro episodio con mal sabor. Recién Chile se vino a enterar que los ciudadanos del distrito de un parlamentario fallecido no tienen absolutamente nada que decir cuando deja este mundo su representante. Por el contrario, son los omnipotentes partidos los encargados de designar (pensé que no les gustaba el concepto) a dedo al reemplazante. Aun así, los socialistas tuvieron ocasión de destacarse con la selección de una figura ligada a la zona, o mejor aún, un rostro joven  de mirada transparente y sed de futuro. Pero no. El elegido entre cuatro paredes fue un experimentado operador de antecedentes sombríos y retórica del siglo pasado.

No estaba frío aun el debate cuando en el Congreso un parlamentario es sorprendido negociando su voto para el proyecto de subsidio al Transantiago. Más allá de la importancia de asegurar beneficios para la propia zona, resulta impresentable que cada diputado o senador llegue a acuerdos especiales que pueden generar diferencias de trato según la habilidad de su muñeca o su capacidad de presión política. Los incentivos son peligrosamente perversos.

Y cuando parecía imposible pedir más, nos informamos del reajuste en la asignación de combustibles en la Cámara. “Necesitamos más plata para seguir cumpliendo nuestra labor legislativa”, dijeron. Lo abominable de la medida radicaba en la abierta discriminación que se abría entre ciudadanos comunes (que se ven obligados a apretarse el cinturón por el alza de las bencinas), y ciudadanos privilegiados (que no tienen necesidad de hacerlo porque deciden sobre sus propios ingresos). Menos mal echaron pié atrás. Se dieron cuenta a tiempo que se les había pasado la mano. Y algunos honestamente así lo reconocieron.

Es cierto que muchas de las penosas escenas tienen explicación. Pero se ven muy mal ante la opinión pública. Algunas se ven francamente ridículas, como la imagen de un diputado hablando solos en la sala en medio del más completo abandono de sus colegas, o las notas de prensa que sólo ponen énfasis en qué circunscripción les gustaría en caso de perder tal o cual elección, en el 2009, el 2013 o el 2117. ¿No será demasiado como para seguir hablando sólo de eventos desafortunados? ¿No podemos hacerlo un poquito mejor?

“Obama, el sueño americano y el sueño chileno” (por Patricio Navia)

septiembre 1, 2008

Les dejo esta notable y emotiva columna del Pato Navia, testigo del discurso de Obama en la Convención Demócrata de Denver:

“Rara vez uno tiene la oportunidad de presenciar momentos históricos. La percepción de los 80 mil asistentes al discurso de aceptación de Obama en Denver, de los millones de estadounidenses que siguieron el discurso desde sus casas por televisión y los millones que alrededor del mundo siguieron el evento era que estaban siendo testigos de un momento histórico: el primer negro nominado a la presidencia por uno de los dos grandes partidos estadounidenses.
Pero Obama hábilmente, reconociendo lo histórico de la ocasión y a sabiendas que su discurso bien pudiera convertirse en un referente para muchas generaciones futuras, dio vuelta el tablero. “Esta elección no es sobre mi. Es sobre ustedes.”  El político negro se convirtio en politico nacional. El hombre cuya historia y cuyo discurso han inspirado a millones nos recordó que detrás está la genteEl hombre cuya historia representa una reafirmación del sueño americano–sueño tan vilipendeado pero tan inspirador, tan estereotipado pero tan exitosamente repetido, tan difícil de lograr pero tan real para millones de personas–nos recordó que la historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Como en una bien ejecutada sinfonía, Obama mezcló dulzura y firmeza, resolución y determinación, compasión y certeros golpes políticos. Al ironizar sobre las acusaciones republicanas respecto a su condición de estrella de la farándula, Obama nos recordó sus orígenes y los orígenes de su familia.  Yo, que me dedico a estudiar esto y que he escuchado demasiado discursos en la vida como para no entender su estructura y no saber que son herramientas políticas, fui seducido por esa invitación a soñar un país y un mundo mejor, por ese llamado a asumir la responsabilidad histórica a que nos enfrentamos como país. Yo, que estuve con Hillary en las primarias, nunca me sentí tan parte de esta nación y tan partícipe del sueño americano. Nunca sentí tanta responsabilidad de dar testimonio de la realidad del sueño americano.
Cuando Obama hablaba de su familia, pensé en mi familia. En mis padres, que hace 21 años se sumaron al sueño americano y emigraron con nosotros, sus cuatro hijos, a Chicago desde un Chile que entonces era un país de enemigos con muy pocas oportunidades para aquellos que no estaban bien conectados. Cuando Obama dijo que llegó a Chicago en un auto cargando todas las pertenencias que entonces tenía al graduarse de Harvard, sentí que su sueño era mi sueño. Y que era el sueño americano.
Cuando Obama hablaba, pensé en mi padre y en mi madre que recién llegados a Chicago y sin saber inglés salían a trabajar todas las mañanas con el entusiasmo de saber que se puede empezar una nueva vida y que si se trabaja arduamente, se abrirán las oportunidades. Cuando Obama hablaba de la educación, pensé en mi hermano chico Benjamín, que todas las mañanas iba conmigo a tomar el bus amarillo que nos llevaba al high school y en su cara de sorpresa, susto y risa, cuando nuestros compañeros de bus dejaban en claro las diferencias culturales y sociales. Cuando Obama habló de la familia, pensé en mis cinco sobrinos, nacidos todos en Estados Unidos. Sus historias no son tan distintas a la de Obama. Cualquiera podría llegar a presidente de Estados Unidos. Pero mejor aún, todos podrán gozar del derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
La campaña va a ser dura y difícil. Las dudas, los temores y las descalificaciones abundarán. Pero lo que hizo Obama el jueves por la noche en Denver fue inspirador, constituyó una reafirmación del sueño americano y un compromiso con el mundo y con futuras generaciones de estadounidenses a mantener y fortalecer ese sueño de oportunidades, de igualdad de derechos y de valores democráticos.
Sólo en Estados Unidos un hombre nacido en las condiciones de Obama puede llegar democráticamente a la presidencia. El sueño americano, de inclusión social y oportunidades–debilitado en años recientes, insuficientemente amplio y marcado por la discriminación y el racismo–es una causa a defender y un objetivo por el que vale la pena luchar.
Aquellos que, además se sentirnos profundamente partícipes y beneficiaron de este sueño americano, también somos parte de otros países y otras sociedades, podemos ver en Obama una causa de inspiracion. En Chile nos merecemos líderes como Obama, que entiendan que las elecciones son sobre la gente y no sobre ellos mismos. En Chile nos merecemos un sueño chileno de igualdad de oportunidades, derechos y también responsabilidades individuales y colectivas. Los chilenos merecemos un país de oportunidades donde todos tengan igual acceso a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
El inspirador discurso de Obama confirmó mi profunda y orgullosa pertenencia a esta sociedad americana. Pero también reafirmó mi compromiso con mi otra sociedad, la de Chile, donde el sueño nacional está todavía por construir y donde la igualdad de oportunidades sigue siendo un ideal lejano pero también posible.
En estos últimos años, en Chile hemos avanzado mucho. Somos como el pueblo de Israel que, habiendo cruzado el desierto, está acampando frente a la tierra prometida, donde fluye leche y miel. Muchos han logrado cruzar, algunos temporalmente, y saben que fluye leche y miel.  Pero así como Moisés, el líder que sacó al pueblo de Egipto, no fue capaz de cruzar el río Jordán hasta la tierra prometida, nuestros líderes actuales parecen incapaces de entender y asumir el desafío. Necesitamos un sueño de país, un líder que de la señal para marchar, todos juntos, a construir un país de más derechos, más libertad, más oportunidades. Una sociedad donde todos puedan individual y colectivamente buscar la felicidad.”