“El Fin de la Derecha” (Carlos Peña)

Volvemos al amigo Peña, con su columna del Reportajes del Mercurio de ayer domingo 21 de diciembre. No pude sino recordar a un compañero de batallas políticas que hace un tiempo me dijo: “Para que a un joven no le de vergüenza votar por la derecha, hay que matar a la vieja derecha”. Peña anda en la misma. Y sinceramente, yo también. En eso, Piñera nos puede dar una mano, aun en ausencia de un discurso auténticamente político y republicano:

El principal efecto de la nominación de Piñera —para qué decir si gana— será la declinación de una parte de la derecha. Si Piñera es Piñera —si en el afán de cooptar a sus aliados no se traiciona a sí mismo—, entonces la derecha más conservadora comenzará a languidecer.

 Eso es lo que debería ocurrir.

 Desde antiguo, la derecha ha tenido varias inspiraciones; pero especialmente tres. Ha habido una derecha socialcristiana, otra de tinte liberal y otra, en fin, con carácter nacionalista y levemente corporativo. Las tres han poseído una muy marcada orientación de clase (que no es precisamente la obrera), sus grupos más relevantes gustan compartir un mito de origen (eso de que son clase dirigente) y suelen apelar a valores como el orden, el trabajo, y cosas así (aunque ellos prefieren hablar de los valores a secas, como si ese asunto fuera sencillo y claro).

El Partido Nacional alguna vez los reunió. Pero no duró mucho. Renovación Nacional lo intentó de nuevo. Tampoco duró.

 Ahora con la candidatura de Piñera, una de esas tendencias —ideológicamente más liberal, socialmente más plutocrática— hegemonizará al sector. No es de extrañar. Se trata de un viejo anhelo que, desde que empujó la candidatura de Büchi, e incluso en medio de las zancadillas que vinieron después, Piñera siempre abrigó. Si se lo mira bien (y se recuerdan las decenas de tropiezos de su vida pública), la porfía que ha exhibido no tiene otra explicación que un proyecto de largo plazo.

Hasta ahora solía creerse que el combustible de esa porfía eran la vanidad y la autorreferencia. Pero hay una lectura más digna: que en el origen haya un proyecto político mudo, que nadie pronuncia, pero que viene desde antiguo. El de subordinar a la derecha que fue prohijada por la dictadura.

Si Piñera triunfa en la competencia presidencial, es seguro que lo logrará. Y será histórico.

Si descontamos las patadas (gracias a las que accedió al poder por 17 años), la derecha ha estado casi un siglo en ayunas. Accedió a la presidencia sólo una vez desde 1920 hasta hoy. El resto del tiempo se alió con radicales o se plegó a la Democracia Cristiana.

Alguien —recordando las redes de la familia Piñera— podrá insinuar que eso es justamente lo que está ocurriendo ahora: que la derecha, a falta de un candidato xmejor, se pliega a un DC. Pero no. Piñera es de derecha. Sólo que de una derecha más modernizadora y liberal que la que se aloja en la UDI.

La UDI —uno de los raros casos de un partido prohijado en una dictadura que le sobrevive con buena salud después de casi 20 años— tiene rasgos de variada índole. Hay en él señas del viejo socialcristianismo (la UDI popular), algo de integrismo hispanista (ese que viene de Portada), y acaba de descubrir que entre todo eso y la ideología neoliberal hay afinidades. Eso es lo que explica que tenga rasgos del antiguo partido conservador (la disciplina y las creencias asociadas al catolicismo tradicional), acompañado de una confianza ciega en los mecanismos de mercado.

 Esa derecha es la que debiera declinar si Piñera —en su afán de cooptarla— no acaba confundiéndose del todo con ella.

Y lo más probable es que lo logre.

Sin Jaime Guzmán —que era capaz de ver debajo del agua y calcular los intereses de su partido hasta pasado mañana— es difícil que la UDI sepa manejar el apoyo a Piñera como una movida táctica. Si Piñera triunfa, la UDI necesitará una fuerte densidad intelectual para no retroceder estratégicamente ante ese otro sector de la derecha que es más desaprensivo con el presente y menos comprometido con el pasado. Si el éxito en los negocios es cosa seria, imagine el contagio cuando está acompañado del éxito político.

El éxito tiene lo que podríamos llamar un efecto performativo: al margen de las ideas, crea realidades por sí mismo. Por eso, si Piñera tiene éxito, la parte más conservadora de la derecha declinará.

Por supuesto este tipo de cosas —que un sector hegemonice a otro— no pasan sólo en la derecha. También en la Concertación. Sólo que en esta última ya ocurrió hace bastante tiempo. Es cosa de mirar a la DC. Sigue teniendo entusiasmo, amistad, recuerdos, abrazos, camaradas, incluso dispone de un candidato, pero después de la hegemonía socialista y pepedé, no le queda nada de vitalidad ideológica y generacional.

Algo así también le ocurrirá a esa parte de la derecha que hasta ahora había tenido la cautela —como sabiendo lo que vendrá— de pararse en la vereda situada exactamente al frente de donde estaba Piñera.”

Link: http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2008/12/21/el-fin-de-la-derecha.asp

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