Archive for 31 enero 2009

DESTERRAR EL ODIO

enero 31, 2009

¿Alguna vez han leído el diario El Siglo? Su última edición trata de “…la aangre que salpica a la derecha“, añadiendo que “no contentos con detenerlos, torturarlos, asesinarlos y hacerlos desaparecer para justificar lo inexplicable, desatan una nueva operación mentira, que demuestra la desesperación culpable del pinochetismo” en alusión a las denuncias de presuntas víctimas que no serían tales por parte de la diputada Karla Rubilar. Me provocó un profundo impacto, ya que por ingenua o insensible que haya sido la estrategia de la joven parlamentaria RN, es difícil sostener un argumento semejante sin estar alimentado de un odio tan grande que sea capaz de nublar la razón. Rubilar tiene 31 años y ni siquiera votó en el plebiscito de 1988, y constituye el mejor ejemplo de una nueva generación en la derecha sin vínculos políticos con el régimen militar. Pero para El Siglo, ella también es parte de una siniestra conspiración que se regocija en el sufrimiento ajeno.

Por eso quiero dejarlos con la columna que en el mismo diario escribe el abogado comunista Eduardo Contreras, titulada GENTES DE MAL VIVIR. Más allá de reparar el el sugerente título, tómense el trabajo de leerla para tratar de comprender el estado de ánimo que debe gobernar a una persona para escribir las siguientes líneas, ricas en desprecio pero tan pobres en fraternidad, pródigas en compromiso ideológico pero escuálidas en objetividad. Saquen sus propias conclusiones. En negritas los pasajes más impresionantes :

“Mediodía en el “Kaleuche” en El Tabo con un grupo de amigos y desde una mesa cercana nos mira insistentemente una vieja cuica y fea, parecida a la Regginato, a la que acompaña un momio de triste figura. Se retiran y desde una prudente distancia alzan levemente la voz y aluden a “los desaparecidos que están apareciendo”. Dos de mis amigos se levantan y les siguen para representarles su cobardía y su infamia. La pareja pinochetista entra presurosa a su lujoso 4×4 gris placa BT WS 71.

Son un símbolo de un menguado sector del país. Esta gente de la derecha dura y más de uno del tibio centro político con nostalgias anticomunistas de verdad me parecen gente de mal vivir y mal pensar, hipocritones, cobardicas, incultos, grises. Alguien diría gente de mala clase.

El deleznable espectáculo protagonizado por la diputada de Renovación Nacional Karla Rubilar, que al fundar una “denuncia” en  relación a los detenidos desaparecidos en las afirmaciones de un asesino de la laya del “Mamo” Contreras y de un supuesto abogado  Gómez se retrata de cuerpo entero y retrata a su sector.

Para la derecha el jefe de la DINA es una personalidad respetable, su palabra vale, confían en ella y sobre esa base construyen otro episodio de  esta operación de inteligencia en marcha que sin duda ha sido montada por los aparatos especializados de ya sabemos quienes. Una campaña en todo caso destinada al fracaso por más que la apoyen individuos como Sebastián Piraña.

Sólo los propios torturadores que  secuestraron opositores  a la dictadura, o imbéciles sin remedio – como los del episodio de El Tabo – pueden hacerse eco de las canalladas de la derecha en relación a las víctimas de violaciones a los derechos humanos perpetradas por “los valientes soldados”.

Pero hay otro tipo de casos. Por ejemplo, a propósito de un eventual acuerdo electoral, un especimen como Iván Moreira ha dicho que “el pacto de la Concertación con el comunismo es pactar con el diablo”. No escuchábamos algo así desde los discursos del dictador.

Y no está de más a este propósito recordarle a los olvidadizos que el Partido Comunista de Chile es el único partido político que en este país jamás ha contemporizado o participado de algún tipo de gobierno dictatorial. Por supuesto, excluyo de esta afirmación a las organizaciones políticas de muy reciente creación.

Fue el PC el que hizo el mayor aporte, en  todo sentido, en la lucha por terminar con la dictadura militar. De modo que no es sólo que “no hay problema en pactar con los comunistas”, como desaprensivamente ha dicho alguno, sino que debieran sentirse orgullosos y honrados quienes logren acuerdo con el partido de Recabarren, Neruda, Víctor Jara, Gladys y Volodia, el destacamento político que más ha aportado a la democracia en Chile y que no negoció transiciones en embajadas extranjeras.

Vergüenza ajena se siente también cuando se escucha y lee la tarupidez de quienes rinden tributo a Hermógenes Pérez, el antidiluviano colaborador de El Mercurio que encuentra izquierdoso hasta al propio Piñera. Un picapiedra que desbordó estutilcia desde el periódico golpista celebrando cada crimen de Pinochet.

O cuando se escucha y lee a  quienes desde el centro y la derecha, en sugestiva coincidencia y fieles unos y otros a las directrices de Washington, tratan de entorpecer la próxima visita oficial de la presidente Bachelet a La Habana.

Compiten algunos DC del ala más conservadora con RN y la UDI en un trasnochado afán excluyente sin percibir que la historia va en sentido contrario, como lo muestra la propia circunstancia que la visita de Michelle Bachelet no es aislada. Otros varios mandatarios latinoamericanos han visitado y visitarán por estos días la gloriosa tierra cubana. Mal que les pese a los sujetos que sólo piensan en su ombligo o en su billetera.”

Link: http://www.elsiglo.cl/noticia.php?id=4392&sec=6&subsec=0&area=agencia&num=65

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LA IDEA DE INCENTIVAR EL VOTO

enero 29, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada hoy jueves 29 de enero en La Tercera)

La propuesta de crear incentivos económicos a la participación electoral es bienintencionada, pero adolece de varias complicaciones. Seguramente sus promotores están sinceramente preocupados por las voces que anticipan que el voto voluntario traerá un descalabro democrático. Por lo mismo comencemos desmintiendo a los agoreros del pesimismo: Que el voto sea un derecho no significa que la ciudadanía se desligue de los procesos eleccionarios. El ejemplo más recurrente que citan los partidarios del voto obligatorio es el venezolano, donde la bajísima participación habría dado origen al fenómeno populista de Chávez. Pero curiosamente, en dicho país, las recientes elecciones locales tuvieron un nivel de concurrencia a las urnas del 65%. En EEUU, Obama fue capaz de movilizar a millones de jóvenes con un sistema de inscripción y voto voluntario, superando el 60% de participación. En España, Alemania y Francia los índices oscilan entre el 70% y el 80%, todos con voto voluntario. En Chile, con voto obligatorio, bajamos del 60% en las últimas municipales. No parece que el problema radique exclusivamente en la voluntariedad del voto.

Apoyar el voto voluntario no nos exime de buscar formas de aumentar los niveles de participación electoral. Hablar de incentivos, y no de obligaciones, es coherente con ese esfuerzo. Aunque para el pensamiento liberal clásico la no-participación, como expresión de la autonomía individual, está dentro de los márgenes de la normalidad democrática, el desafío de las sociedades liberales del siglo XXI es reconocer que la participación electoral es un bien público en el cual se hace necesario invertir. Mientras más alta sea, más legítimos serán sus resultados y mayor será la percepción de pertenencia al sistema, lo que a su vez redunda en paz social. La pregunta que debiera unir a liberales y republicanos es cómo invertir en compromiso cívico sin coartar la libertad individual.

Los incentivos correctos son institucionales y no necesariamente socioeconómicos. El diseño de escenarios electorales es determinante: Si los ciudadanos son llamados a votar en elecciones cuyo resultado puede influir en sus vidas, o si sienten que su voto puede hacer la diferencia y decidir la contienda, entonces la participación tenderá a crecer. El sistema binominal es un incentivo negativo ya que predispone un empate que genera poca motivación. Lo mismo podríamos decir de las barreras a la entrada para nuevos movimientos o partidos, de la selección de candidatos entre cuatro paredes, o de la reelección indefinida de parlamentarios que capturan feudos electorales. Hoy, el mejor incentivo es perfeccionar la competencia política. Otras reformas novedosas pueden ser trasladar las elecciones a mitad de semana (para no rivalizar con el domingo de descanso y dedicación familiar) o habilitar locales de votación mixtos (para evitar problemas prácticos de padres y madres en la concurrencia a las urnas).

El argumento a favor de los incentivos económicos no es descabellado: Si queremos recibir ciertos beneficios del Estado suena razonable que el mismo Estado nos exija un mínimo de compromiso con su propia subsistencia, expresada en su vigor democrático (condicionar el otorgamiento de crédito fiscal para estudios universitarios quizás sea un ejemplo sensato), pero finalmente los cuestionamientos son mucho mayores: Exigir el voto para gozar de ayuda estatal atenta contra el mismo espíritu del sufragio libre, genera diferencias inconstitucionales en el acceso a las prestaciones públicas y deja de focalizar el gasto social en los objetivamente más desaventajados.

Link: http://papeldigital.info/lt/edicion.html?20090129010042

Voto Voluntario es Igual a Más Democracia (Ena Von Baer)

enero 27, 2009

Siguiendo con la línea de este blog, decididamente partidaria del voto voluntario, transcribimos columna publicada hoy martes 27 de enero en El Mercurio. Con nuestra amiga Ena tenemos diferencias en materia de inscripción automática, pero en esta batalla estamos en el mismo bando:

“Según la encuesta del Centro de Estudios Públicos, la razón mayoritaria de los no inscritos para no participar en las elecciones es que no les interesa la política (43,8%). De hecho, el creciente desinterés de los chilenos por la política no se refleja sólo en la caída de la participación electoral, sino que también en la disminución de la identificación con algún sector; de acuerdo con el mismo sondeo, un 50% de los ciudadanos no se identifica con ningún conglomerado político. Adicionalmente, sólo un 8% de los ciudadanos confía en los políticos. Frente a este cuadro hay dos posibilidades: obligar a los ciudadanos a participar en los procesos electorales, independientemente de si les interesa o no, o generar los incentivos para que los partidos políticos sean los forzados a convocar a los ciudadanos.

La participación electoral depende de los costos y beneficios que perciben los ciudadanos respecto al acto de votar. Los costos dependen de lo difícil que sea informarse y de los arreglos institucionales en relación con la inscripción y el acto mismo de votar. Los beneficios varían según la convicción respecto a la importancia de participar en los procesos democráticos y de lo crucial que sientan los ciudadanos que es cada elección en particular.

Ambos factores dependen fuertemente del trabajo de los partidos políticos. Son ellos los que tienen la tarea de bajar los costos de información de los ciudadanos respecto a la elección y también son los responsables de hacer propuestas programáticas atractivas y diferenciadoras que aumenten el interés de los ciudadanos por participar. En un escenario de voto obligatorio, dado que los ciudadanos son un mercado cautivo, los incentivos de los partidos para hacer este trabajo bajan en forma importante. Esto significa que están obligados a votar por alguien, aunque ninguna de las alternativas los entusiasme. En tanto, en el contexto del voto voluntario, los partidos tienen el incentivo de romper la indiferencia ciudadana entusiasmando a los votantes con sus planteamientos, para que concurran a votar. La pregunta es entonces dónde queremos poner el peso de la prueba: ¿en los partidos o en los ciudadanos?

Desde otra perspectiva se ha planteado que el voto obligatorio aumenta la participación electoral y, por lo tanto, mejora la calidad de la democracia y la legitimidad de los resultados electorales. Si bien la primera aseveración es correcta, la segunda es rebatible. La literatura muestra que cuando el voto no es obligatorio, las personas que están más informadas y tienen una intensidad de preferencia mayor van a votar. Por su parte, las menos informadas y para las que el resultado electoral es indiferente se quedan en sus casas. En tanto, cuando el voto es obligatorio, las personas menos informadas y desinteresadas concurren al lugar de votación, pero votan al azar. Eso significa que el resultado electoral se distorsiona. Por lo tanto, el voto obligatorio no mejora necesariamente la calidad de la democracia y menos la legitimidad del resultado electoral.

Por otra parte, los resultados de la encuesta del CEP muestran que la segunda razón por la que las personas no se inscriben en los registros electorales es porque si lo hacen, los obligan a votar (19,3%). Por lo tanto, al aprobar el voto voluntario, estaríamos rebajando los costos de los ciudadanos para participar de los procesos electorales. Además, aunque sólo un 5,8% de los no inscritos da una razón relacionada con el sistema de inscripción para no participar, la inscripción automática sería un avance respecto a la reducción de costos para los ciudadanos. Sin embargo, en relación con este punto, también es importante implementar un sistema que resguarde un padrón limpio y legítimo.

Finalmente, la mayoría de los ciudadanos -sobre el 80%, según la Encuesta de Inscritos y No Inscritos de Libertad y Desarrollo- prefiere el voto voluntario. Establecer entonces el voto obligatorio iría en la línea de una democracia que obliga a sus ciudadanos a ser libres.”

Link: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/01/27/voto-voluntario-es-igual-a-mas.asp

LAS 5 “P” DEL LIBERALISMO LATINOAMERICANO

enero 24, 2009

por Daniel Brieba

 

¿Es el liberalismo como corriente filosófico-política una sola en el mundo, o será por el contrario un nombre vago que alberga proyectos políticos muy distintos bajo el mismo paraguas? Este fue el tema de una notable conferencia a la que tuve la suerte de asistir recientemente acá en Oxford, cuyo primer panel conversó sobre las distintas formas en que el ‘liberalismo’ ha sido entendido y practicado en Estados Unidos, Europa y América Latina. Por cierto, en ninguna parte el liberalismo es un concepto fácil de definir. De hecho, Pierre Rosanvallon lo llamó ‘un concepto cacofónico’, lleno de voces opinando simultáneamente sobre lo que el liberalismo debiera ser. Notó que ‘conservadurismo’ o ‘socialismo’ también tienen este problema, pero que el liberalismo- siendo el primero y más antiguo entre estos grandes nombres- es ‘la madre de los conceptos cacofónicos’, el más suelto de todos, y que por lo mismo muy pocas organizaciones políticas exitosas han sido construidas a partir de él. El conservadurismo y el socialismo, en cambio, históricamente se definieron en parte como una respuesta al liberalismo, y por lo mismo han sido más fértiles en la creación de movimientos políticos que se autodefinen bajo sus respectivas banderas. En mi opinión esto es un punto no menor: cuando se piensa en construir un partido que se declare ‘liberal’, la amplitud y cacofonía del concepto pueden ser una seria limitante para comunicar correctamente lo que se quiere transmitir con ello: ¿Liberalismo político (y qué es esto exactamente)? ¿Económico? ¿Cultural? ¿Todas las anteriores?

 

Esta duda es especialmente relevante en el contexto latinoamericano, donde Lawrence Whitehead expuso la tesis de que en nuestro continente, las distintas ‘piezas’ del pensamiento liberal generalmente han trabajado de manera independiente y des-sincronizada, y no como parte de un proyecto político-filosófico mayor. En efecto, los principales agentes históricos del liberalismo latinoamericano habrían sido grupos profesionales atados a particulares aspectos de éste de particular importancia para su profesión: los abogados han promovido el constitucionalismo y el estado de derecho; los periodistas, la libertad de expresión; los economistas y ciertos empresarios, la liberalización económica; los profesores, la educación secular; y los políticos, la democratización. Cada uno de estos grupos, sin embargo, no ha tenido mayor interés en promover los otros aspectos mencionados que no le atañen directamente, a la vez que ha modificado y adaptado las fórmulas liberales traídas de afuera a sus propios intereses. Normativamente hablando, por supuesto, el liberalismo es una totalidad; pero esto, para Whitehead, no pasa de ser una aspiración en América Latina, cuyo liberalismo sigue siendo fragmentario: sus valores son disputados, sus instituciones son sólo módicamente efectivas y penetrativas, y sus normas están débilmente conectadas a estas instituciones. Más aun, el liberalismo, lejos de ser un proyecto hegemónico de modernidad (como sí lo ha sido en Estados Unidos y buena parte de Europa Occidental), es y ha sido históricamente un proyecto en continua disputa con alternativas igualmente poderosas: el nacionalismo, el autoritarismo, la religión, el populismo, la intervención estatal en la economía, entre otras.

 

No obstante lo anterior, Whitehead también enfatizó la precocidad y persistencia del liberalismo latinoamericano, cuyas primeras constituciones post-Independencia eran sumamente liberales y avanzadas para su tiempo, aboliendo la esclavitud, las castas, estableciendo la separación de poderes, etc., si bien Estados nacionales mínimamente efectivos y capaces de imponer el imperio de la ley sólo se consolidaron a fines del siglo XIX (Chile por cierto es una de las excepciones). Entre 1930 y 1980, aproximadamente, el liberalismo económico retrocedió bajo el modelo económico de industrialización a través de la sustitución de importaciones. Por lo mismo, la combinación de democracia plena y mercados libres (los dos pilares más elementales del proyecto liberal) ha existido en América Latina sólo en los últimos 25 años aproximadamente, y sigue siendo una combinación socialmente precaria, en continua disputa y riesgo de revertirse. No obstante, es la combinación más común en los países latinoamericanos actuales. Por ello, Whitehead concluyó diciendo que nuestro liberalismo podía resumirse en ‘5 Pes’: precoz, prevalente, precario, periférico, pero persistente.

 

En mi opinión, la cancha está abierta para su consolidación, y mirado globalmente, pocas veces han existido condiciones históricas más favorables para ello. El obstáculo más inmediato será por cierto la crisis económica y sus consecuencias sociales, que en el peor de los casos podrían hacer colapsar varias democracias (precariamente) liberales de la región o bien hacerlas volver a sus viejos hábitos interventores e inflacionarios. Pero en un continente en que la ciudadanía nunca había estado tan ampliamente distribuida como ahora, pero que al mismo tiempo sigue plagado por enormes problemas de orden y desigualdad, construir un proyecto político liberal coherente, amplio, inclusivo y progresista es el mayor desafío para los políticos y las sociedades latinoamericanas del siglo XXI.

 

No Place for Grinch

enero 22, 2009

por CMC (corresponsal en Washington DC)

Parto por señalarles que mi intención no es convertirme en columnista de este blog (no me da ni siquiera para escritor-político “principiante”), y que estoy sólo cumpliendo con un favor para mi amigo personal (el editor de este medio), por lo que no tendrán que cargar con el peso de leer mis poco talentosas líneas nunca más. La simple coyuntura de estar acá en “DC” por mis estudios fue aprovechada (sin retribución monetaria…) por uno de los autores del blog para pedirme que escribiera un poco sobre lo que fue mi experiencia en el Día D del desembarco de Barack Obama en Washington.

 

Como también ustedes lo habrán experimentado en sus pantallas en mi querido Chilito, el bombardeo propagandístico del que he sido víctima este último tiempo me avisó de la llegada de la “Obamamanía” a DC. Sin embargo, hasta el minuto en que dejé atrás mi departamento algo antes de las 8:00 a.m. para emprenderlas rumbo al “Mall” (explanada de museos y memoriales en la que se hizo el acto) no entendía bien la histeria colectiva pro Obama.

 

Es difícil que se imaginen la cantidad de gente que salía de cada una de las casas y departamentos de esta ciudad. Parecía un llamado coordinado de emergencia (“operación daisy”) en cada uno de los edificios de DC, lo que obligaba a todos los residentes a salir en masa con gorros, chapas y otros del señor Obama. No sé cuanta gente había en el Mall. Se calcula que dos millones habrían sido testigos de lo mismo que yo. Da lo mismo la cifra exacta, lo importante es que era mucha gente, pero mucha con mayúsculas. Tal vez el evento más multitudinario al que había asistido era al partido Chile-Bolivia antes del Mundial de Francia (80.000 personas con suerte…).

 

Reconozco que las multitudes apretadas y el frío (12 grados bajo cero) no son de mi gusto, pero hoy día había algo distinto en el ambiente que llamaba a quedarse. Como ya les dije, nunca había visto tanta gente, pero también nunca había visto tanta gente feliz. Parecía que todos estuvieran de cumpleaños (claramente no había lugar para ningún “Grinch”…). Había gente que llegaba al llanto, emocionada con alguien tan lejano (un Presidente del país más poderoso del mundo), pero que a la vez parece tanto o más cercano que el vecino del frente o un pariente próximo.

 

Obama aparecía en las pantallas dispuestas en el Mall y la gente chillaba como si lo estuvieran tocando. Obama levantaba la mano saludando y la gente gritaba o lloraba como “groupie” corriendo detrás de su grupo favorito. Es difícil de describir lo que produce Obama. Nunca en mi vida, ni tan pueblerina ni tan “de mundo”, había visto algo parecido, ni cuando fui a ver a Juan Pablo II en Chile. Sin querer meterme en temas de la curia, si Maradona y otros como el escritor norteamericano Ronald Hubbard (cienciología) tienen una “religión” dedicada a ellos, Obama ya debe de estar a pasos de la suya o, por lo menos, ser nombrado “papa” o “profeta” de alguna otra.    

 

Aunque suene sobredimensionado, hoy día puede haber sido el día más importante de la vida de mucha gente. Y no lo digo ni por Obama, Biden o sus cercanos, sino que por miles de personas que veían cumplirse un sueño, como si fuera de ellos, como si ellos personalmente participaran de la asunción del fenómeno Obama o como si el nuevo gobierno realmente les perteneciera (pero no teóricamente como en muchas democracias representativas…). Nunca había visto a tanta gente orgullosa, esperanzada y feliz por alguien que ni siquiera conocen (ni muy probablemente conocerán). Era como ver a miles de mamás esperanzadas con el futuro de su hijo o a miles de hijos orgullosos por el logro de su padre.  

 

Claramente la gente ve en Obama como todo lo que quisieron ser y todo lo que soñaban para Presidente de USA…. el llamado (y trillado término) “sueño americano” ahora sí me parece que se cumplió.   

 

Aunque mucha gente ve a Obama más bien como un “sueño afroamericano”, representante de una raza humillada por esclavitud y la posterior segregación racial, creo que Obama va mucho más allá. Me parece que representa la esencia del espíritu americano, protagonista de una historia de pobreza, que sobresale a pesar de un sinnúmero de obstáculos, siendo capaz de dirigir su destino. Obama representa no sólo su historia o la del mundo afroamericano, sino que la de millones de estadounidenses. El tipo realmente inspira a la gente, blancos y negros, mujeres, hombres, gays y demases, demócratas o republicanos. En serio, emocionaba ver la emoción (valga la redundancia) en la cara de las personas en el Mall.

 

Sin entrar al detalle del esperado discurso, me parece que Obama representó todo lo anterior en él. Con su talante de orador (bastante distinto al estilo frontal y sin pretensiones intelectuales de Bush) trató -como siempre- de utilizar un estilo integrador, dejando de lado divisiones y llamando a los americanos sin distinción a unirse con miras a enfrentar los difíciles momentos que están viviendo (dos guerras y la crisis más grande en casi 100 años no es poco…). Obama, en toda su campaña –y ahora no fue la excepción- trató de entablar un discurso menos categórico que sus rivales, desarrollando un diálogo más mesurado, incluyendo a todo americano, y dejando de lado la polarización y clásica “confrontación política” de derecha v/s izquierda o republicanos v/s demócratas. Como él ha repetido una y otra vez, su discurso se enfoca en lo que los une, más que en lo que los divide.

 

Eso sí, se le puede alegar que, muchas veces, no se ha hecho cargo en sus discursos de temas importantes, pero que aparentemente dividen al pueblo americano (como el aborto, etc.). Bueno, ahora tendrá que enfrentar tales problemas y otros tan trascendentales (pero poco populares) como su enorme déficit fiscal. Sin embargo, era “el” discurso inaugural que los americanos querían y necesitaban, y muy seguramente éste es el Presidente que los estadounidenses quieren y necesitan.


La pompa, ceremonia y festejos quedaron atrás, ahora este día tal vez quedará en el imaginario estadounidense como el día más emocionante de su historia reciente. Después de haber vivido este día, no me canso (literalmente no cansa) de ver una y otra vez la misma propaganda y avisos Obamaníacos que me tenían bastante disgustado hasta ayer.

ABRIENDO LA CANCHA

enero 20, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicado el miércoles 21 en La Tercera Online)

La estrategia que pone en marcha Eduardo Frei es acertada: Sacar de la primera fila a los políticos desgastados y en su lugar instalar a profesionales jóvenes de perfil independiente, en tiempos en los cuales la política tradicional es castigada por la opinión pública, es la jugada correcta. Es evidente que los partidos de la Concertación se cuadrarán con él sin mayores dramas: hoy en día Frei es la única posibilidad de mantenerse en el poder. Por eso el senador tiene carta blanca y puede jugar tranquilo a abrir la cancha prometiendo cuotas de influencia a quienes nunca la han tenido.

Sebastián Piñera parece estar haciendo lo contrario. Las aprensiones del alcalde Ossandón son legítimas y políticamente razonables. El abanderado de la Alianza se rodea de los mismos de siempre, los que al parecer no entienden que el rechazo de la ciudadanía no apunta a un color político determinado. La conformación de los comandos políticos y estratégicos puede transformarse en el error original de la campaña. Es natural que después de tantos años en la expectativa nadie quiera ser excluido, pero el candidato debiera poner en la balanza satisfacer la necesidad de protagonismo de los eternos o hacer política para ganar la elección.

El nombre que cada competidor eligió para sus grupos programáticos es revelador. Mientras Frei habla de los “Océanos Azules”, Piñera de los “Tantauco”. Bonito detalle: Ambos son símbolos de medioambientes libres de contaminación, pero mientras los océanos le pertenecen a toda la humanidad, el parque Tantauco es propiedad exclusiva de una persona. Por supuesto que se trata de una cuestión menor, pero da cuenta de una forma de entender la política. Por eso no es extraño que el candidato de la Alianza siga posando para la prensa con sus amigos empresarios (los que según la gente no pierden nunca en años de crisis), o que los nombres que suenan para la avanzada independiente sean los hijos de las grandes fortunas de este país. La calidad de todos esos nombres puede ser indiscutible, pero desde el punto de vista político es otro error.

Lo irónico es que precisamente es Piñera quien debiera encarnar no sólo alternancia, sino renovación. Es Piñera quien representa mejor a las nuevas generaciones. Es Piñera el más legitimado para reclamar ese discurso meritocrático que premia a los mejores sin importar su procedencia ideológica. Es Piñera quien puede superar el eje semántico de la dictadura y la democracia. Es Piñera quien puede exigir de regreso el Estado al servicio de los chilenos, después de años de captura concertacionista. La apertura de Frei tiene pies de barro, y en cierto sentido se aprovecha de la ingenuidad de quienes son llamados a participar: Los nodos duros de la Concertación están instalados y ramificados en el tejido público, y es altamente improbable que estén dispuestos a compartir poder. Difícilmente harían un gobierno de unidad nacional. En este escenario, el desafío de Piñera es la inclusión. Su tarea es dar señales concretas de que la diversidad es un activo al interior de su equipo, y que en él conviven distintas miradas valóricas y sociales que enriquecen su proyecto de país. Si efectivamente el abuenamiento con la UDI requería de tanto gesto (porque el gremialismo ha sido consecuente con su predicamento de que no le interesa ganar a cualquier costo), ya es hora de dar por cerrada esa teleserie. Sólo abriendo la cancha tiene posibilidades ciertas de quedarse con la elección presidencial, y en una de esas es capaz de construir una nueva mayoría social y política que supere a la derecha tradicional y le entregue gobernabilidad a Chile en los próximos años.

Link: http://blog.latercera.com/blog/cbellolio/entry/abriendo_la_cancha

VOTO Y VIRTUD REPUBLICANA

enero 16, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada ayer en La Tercera Online)

Entre los argumentos que se han esgrimido para justificar la obligatoriedad constitucional del voto se encuentra uno que afecta al fondo de la discusión: La participación electoral es un deber porque contribuye a reforzar los lazos de la comunidad política. El sufragio, de este modo, se convertiría en sinónimo de virtud republicana. La coerción en nombre de la democracia se justificaría por amor a la patria. El problema es que la virtud sólo puede aparecer allí donde existe la posibilidad de elegir entre distintos cursos de acción. Las conductas instintivas o predeterminadas no admiten calificación moral. Por lo anterior, es un contrasentido hablar de virtud republicana a punta de multas y sanciones. Que éstas sean luego condonadas discrecionalmente no rebate el principio. Desde este punto de vista el verdadero ejercicio de participación virtuosa está en la libre elección de quien concurre a las urnas.

Entender el sufragio como un derecho político no atenta contra la concepción republicana, en la cual los integrantes de una comunidad entregan algo propio a cambio de los beneficios de la vida colectiva. Se ha querido hacer una analogía entre el voto como deber y  la obligación de los ciudadanos de pagar impuestos. En ambos casos la maquina punitiva del Estado se pone en funcionamiento cuando las personas no cumplen. Pero más allá de eso no hay muchas similitudes. La carga tributaria tiene por objeto redistribuir hacia los más desfavorecidos, y existe un amplio consenso en que se trata de una medida orientada a la justicia y la paz social. El voto no redistribuye nada, ya que en la cámara secreta somos todos iguales. Y en lugar de pacificar, la aprobación de la inscripción automática manteniendo el voto obligatorio irritaría profundamente a parte importante de los millones de jóvenes que de la noche a la mañana se verían coaccionados a concurrir a cada elección, por intrascendente o arreglada que sea. Vaya manera de motivar. La legitimidad social de la reforma también debería ser un elemento a considerar para los politólogos que participan en este debate.

No hay inconveniente alguno en seguir hablando del voto como deber cívico o moral, pero cosa distinta es que perviva como deber jurídico. Como derecho, el voto empodera al ciudadano. Como deber, al gobernante. Como expresión de libertad, el voto conlleva responsabilidad. Como carga pública, no respondo por su buena utilización.

Por supuesto que se hace fundamental incentivar la participación electoral: Mientras más alta sea, mayor será la sensación de inclusión política y más legítimos serán sus resultados. Descuidar su salud pone amenaza la sustentabilidad del propio sistema político. Aunque para el pensamiento liberal clásico la no-participación, como expresión de la autonomía individual, está dentro de los márgenes de la normalidad democrática, el desafío de las sociedades liberales del siglo XXI es reconocer que la participación electoral es un bien público en el cual se hace necesario invertir. Lo relevante es que no se haga a costa de restringir los espacios de libertad de los ciudadanos, sino haciendo uso de las variadas herramientas institucionales con las que se cuenta. Así por ejemplo, suscribir la tesis del voto voluntario obliga a la clase política a avanzar en el diseño de escenarios electorales más competitivos, para que los ciudadanos perciban que su voto vale y puede hacer la diferencia. El empate técnico que asegura el binominal no parece ser el incentivo adecuado.

Link: http://blog.latercera.com/blog/cbellolio/entry/voto_y_virtud_republicana

Morir en Gaza (de Mario Vargas Llosa)

enero 14, 2009

A petición reproducimos la columna del escritor peruano publicada el domingo pasado en Reportajes de La Tercera. A juicio de Daniel Brieba, es de una “claridad y potencia moral excepcionales, sobre el tema mas importante del momento y acaso, pensando globalmente, de nuestra generación”:

¿Hay alguna posibilidad de que la invasión militar de Israel a Gaza “destroce la infraestructura terrorista” de Hamás -objetivo oficial de la operación- y ponga fin al lanzamiento de cohetes artesanales de los integristas palestinos que controlan la Franja sobre las ciudades israelíes de la frontera? Yo creo que ninguna y que, más bien, esta operación militar en la que, hasta el momento de escribir estas líneas, han muerto ya más de 600 palestinos, entre ellos gran número de niños y civiles inocentes, y causado millares de heridos, tendrá el efecto de una poda en la comunidad palestina de la que Hamás saldrá reforzada y muy disminuido el sector moderado, es decir, la Autoridad Nacional Palestina liderada por Mahmud Abbas.

 

Para que la razón esgrimida como justificación del ataque por Ehud Olmert y sus ministros tuviera visos de realidad, Israel debería volver a ocupar Gaza con un enorme despliegue militar permanente o perpetrar un genocidio que ni siquiera los más fanatizados de sus halcones se atreverían a asumir, ni, esperemos, el resto del mundo toleraría, aunque la opinión pública internacional ha mostrado ya más de una vez una supina indiferencia en lo que respecta a la suerte de los palestinos. La verdad de los hechos es que, por más feroz que haya sido el castigo infligido por el Ejército de Israel a Gaza, y precisamente debido al sentimiento de impotencia y odio por lo ocurrido del millón y medio de palestinos que viven hambreados y medio asfixiados en esa ratonera, lo probable es que, una vez que el Tsahal se retire de la Franja y se restablezca “la paz”, las acciones terroristas se renueven con nuevos bríos y un deseo de venganza atizado por los sufrimientos de estos días.

Los defensores de los bombardeos y la invasión responden a sus críticos con esta pregunta: “¿Hasta cuándo puede resistir un país que sus ciudades sean víctimas de cohetes terroristas lanzados desde sus fronteras a lo largo de días y meses por una organización como Hamás que no reconoce la existencia de Israel ni oculta su propósito de acabar con él?”. La pregunta es muy pertinente, desde luego, y nadie que no sea un fanático o un terrorista puede justificar el acoso criminal constante de Hamás contra las poblaciones civiles de Israel. Ahora bien, si se trata de buscar las causas del conflicto es, a mi juicio, deshonesto quedarse sólo allí, en los cohetes artesanales de Hamás, y no retroceder un poco más en el tiempo para entender -lo que no quiere decir justificar, claro está- lo que sucede en ese explosivo rincón del mundo.

La victoria electoral que llevó a Hamás al poder en la Franja no fue un acto de adhesión masivo de los palestinos de Gaza al fanatismo integrista ni a las acciones terroristas sino un rechazo perfectamente legítimo de los ciudadanos a la ineficiencia y, sobre todo, a la descarada corrupción de los dirigentes de la Autoridad Nacional Palestina. Y, también, un típico acto autodestructivo al que los seres humanos, individuos o colectividades, son propensos cuando llegan a situaciones límite, de indefensión y desesperación totales.

Desde luego que la retirada de Israel de Gaza y el abandono de los 21 asentamientos de colonos que allí había, en el verano de 2005, despertó grandes esperanzas de que este gesto impulsara el proceso de paz que debería conducir a la creación de un Estado Palestino que coexistiera con Israel y le garantizase su seguridad en el futuro. No sólo no ocurrió así. Hamás se alzó con el poder y sus disputas con Al Fatah -con tiroteos y asesinatos de por medio-, por una parte, y, por otra, la política de Israel de incomunicar a Gaza y mantenerla en una suerte de cuarentena implacable, impidiéndole exportar e importar, cerrándole el uso del aire y del mar, permitiendo que sus pobladores salieran de ese gueto sólo a cuentagotas y después de trámites abrumadores y humillantes, contribuyeron al gran “fracaso económico” que hoy día los halcones de Israel exhiben como prueba de la incompetencia de los palestinos para gobernarse a sí mismos.

Me pregunto si algún país en el mundo hubiera podido progresar y modernizarse en las condiciones atroces de existencia de la gente de Gaza. Nadie me lo ha contado, no soy víctima de ningún prejuicio contra Israel, un país que siempre defendí, y sobre todo cuando era víctima de una campaña internacional orquestada por Moscú que apoyaba toda la izquierda latinoamericana. Yo lo he visto con mis propios ojos. Y me he sentido asqueado y sublevado por la miseria atroz, indescriptible, en que languidecen, sin trabajo, sin futuro, sin espacio vital, en las cuevas estrechas e inmundas de los campos de refugiados o en esas ciudades atestadas y cubiertas por las basuras, donde se pasean las ratas a la vista y paciencia de los transeúntes, esas familias palestinas condenadas sólo a vegetar, a esperar que la muerte venga a poner fin a esa existencia sin esperanza, de absoluta inhumanidad, que es la suya. Son esos pobres infelices, niños y viejos y jóvenes, privados ya de todo lo que hace humana la vida, condenados a una agonía tan injusta y tan larval como la de los judíos en los guetos de la Europa nazi, los que ahora están siendo masacrados por los cazas y los tanques de Israel, sin que ello sirva para acercar un milímetro la ansiada paz. Por el contrario, los cadáveres y ríos de sangre de estos días sólo servirán para alejarla y levantar nuevos obstáculos y sembrar más resentimiento y rabia en el camino de la negociación.

Todo esto lo saben, mucho mejor que yo o que cualquier observador, los dirigentes de Israel, que pueden haber perdido los sentimientos y la moral, pero no la inteligencia. La clase dirigente israelí es de muy alto nivel, bastante más culta y preparada que la del promedio occidental. Y, si es así, ¿para qué desatar una operación militar que no va a acabar con el terrorismo de los fanáticos de Hamás y que, en cambio, va a servir para desprestigiar a un Estado que con acciones punitivas como ésta ha perdido ya esa superioridad moral que tuvo sobre sus enemigos en el pasado, por ejemplo cuando Yitzhak Rabin firmó los Acuerdos de Oslo de 1993?

Creo que la respuesta es la siguiente: desde el fracaso de las negociaciones de Camp David y de Taba del año 2000-2001, en las que el Gobierno israelí presidido por Ehud Barak estuvo dispuesto a hacer unas importantes concesiones que Arafat cometió la insensatez de rechazar, la sociedad israelí, profundamente decepcionada, ha vivido un proceso de derechización radical y, en su gran mayoría, llegado a la conclusión de que no hay acuerdo razonable posible con los palestinos. Y que, por lo tanto, sólo una política de fuerza, de represión y castigo sistemáticos, los doblegará, haciéndoles aceptar, al final, una paz impuesta según las condiciones de Israel. Esto explica la popularidad que tuvo Ariel Sharon y el crecimiento del apoyo al movimiento de los colonos que siguen instalando asentamientos por doquier en Cisjordania y a la construcción del Muro que aísla, cuartea y reduce como una piel de zapa a la Cisjordania palestina. Y esto explica, también, que, desde que empezaron a llover las bombas sobre Gaza, haya subido como flecha la popularidad de los laboristas de Ehud Barak, el actual ministro de Defensa, y de la líder de Kadima, la canciller Tzipi Livni, quienes, gracias a la operación militar contra Gaza, han recortado la ventaja que les llevaba, cara a las próximas elecciones, el conservador Benjamín Netanyahu. No hay que olvidar que, según las encuestas, más de dos tercios de los israelíes aprueban la acción militar contra Gaza.

“Nuestros corazones se han endurecido y nuestros ojos se han nublado”, dice el periodista israelí Gideon Levy, en un artículo aparecido en el diario Haaretz el 4 de enero de 2009, comentando la incursión del Tsahal en Gaza. Como todo lo que escribe, su texto transpira decencia, lucidez y coraje. Es un lamento por esa progresiva desaparición de la moral en la vida política de su país, aquel fenómeno que, según Albert Camus, precede siempre los cataclismos históricos, y una crítica a esos intelectuales progresistas como Amos Oz y David Grossman que, antes, solían protestar con energía contra hechos como el bombardeo de Gaza y ahora, tímidamente, reflejando la involución generalizada de la vida política israelí, sólo se animan a reclamar la paz. Gracias por demostrarnos que todavía quedan justos en Israel, amigo Gideon Levy.

GUARDEN LA CHAMPAÑA

enero 12, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada hoy en El Mostrador)

Nuestros senadores han aprobado por fin la reforma que consagra el sufragio como un derecho (y por tanto, de ejercicio voluntario), al mismo tiempo que avanza en la implementación de la inscripción automática en los registros electorales. La noticia es positiva, y reconocemos que esta vez el parlamento sintonizó con una demanda mayoritaria de la ciudadanía. Pero todavía no hay razones para celebrar. El proyecto pasa ahora a la Cámara de Diputados y es altamente improbable que podamos tenerlo en funciones para las elecciones presidenciales y parlamentarias de este año. Esto significa que la verdadera incorporación de las nuevas generaciones al padrón electoral recién se verificaría para las municipales del 2012.

¿Por qué el escepticismo? Porque ya no comulgamos con ruedas de carreta. La clase política es aversa al riesgo: Los que tienen el poder de decidir serán los directos afectados por el resultado incierto que pueda traer consigo el escenario de inscripción automática y voto voluntario. Cuando los argumentos de fondo y forma han sido rebatidos, hay parlamentarios que terminan reconociendo (hidalgamente no es el adjetivo) que un cambio en la composición del universo electoral complica o sentencia sus propias opciones de reelección. Los más entrados en edad, especialmente, comparten este temor. No nos extrañemos si tras bambalinas se articula una verdadera oposición generacional a la “peligrosa” entrada de los jóvenes a la democracia.

Por otra parte, en un año electoral es evidente que todos sacan sus propias cuentas. Con el correr de los meses a cada sector se le irá aclarando la película. Si Sebastián Piñera es capaz de convencer a sus aliados de la UDI sobre las bondades de un padrón renovado para su propia candidatura, puede que el gremialismo deje de patalear y agache la cabeza. Las primeras fisuras ya están a la vista. Pero puede ser demasiado tarde, por culpa de la poca sabiduría política que ha imperado en la Alianza: Estas proyecciones favorables a la opción de Piñera entre los jóvenes y entre los no inscritos se conocían desde hace por lo menos dos años. En la vereda opuesta, la Concertación puede llenarse la boca alabando las virtudes de la inscripción automática y el voto voluntario, en circunstancias de que existe conciencia de que Eduardo Frei no tiene opciones reales si son las nuevas generaciones las llamadas a decidir la contienda. Con el padrón actual, compuesto casi en su totalidad por mayores de 35 años (justo lo que alcanzaron a votar en 1988), Frei se asegura un electorado que sigue asociando a la Concertación con el mayoritario No y a la Alianza con el minoritario Sí. Por lo anterior tampoco nos sorprendamos si el discurso en palabras no va acompañado de una voluntad política real de introducir cambios en el sistema. Agregarle al proyecto en trámite el asunto del voto de los chilenos en el extranjero aparece como la excusa perfecta para achacarle su posterior rechazo a la Alianza, sin siquiera mencionar que no ha existido ni existirá por parte del Gobierno intención alguna de incorporar los puntos de vista de la UDI sobre las objetivas deficiencias que presenta la iniciativa actual, en especial en relación a la necesaria independencia política que debe garantizar el Registro Civil.

En resumen, no hay que cantar victoria. Los movimientos ciudadanos que se han alineado con la inscripción automática y el voto voluntario deben permanecer vigilantes y dispuestos a desnudar las contradicciones de cualquier parlamentario con prescindencia de su color partidista. Al menos la existencia de estos grupos es una señal alentadora de que está germinando un espacio no tradicional de participación en la discusión pública.

Link: http://www.elmostrador.cl/index.php?/noticias/articulo/guarden-la-champana/

El Desafío de Piñera (Juan Carlos Eichholz)

enero 10, 2009

Los dejo con una interesante reflexión publicada el pasado lunes 5 de enero en El Mercurio:

“¿A cuántas personas conoce usted que, siendo votantes tradicionales de la Concertación, declaran que sería bueno para el país un cambio en la coalición gobernante? Mi experiencia es que son muchas. Sin embargo, ¿qué pasa cuando usted les pregunta por quién van a votar en la próxima elección? La respuesta, casi invariablemente, es que lo harán por el candidato oficialista. ¿La razón? No están dispuestas a dar su voto a la Alianza o a Piñera.

¿Por qué esa contradicción? Por una parte, está la clásica desconfianza en la llamada derecha, que en el inconsciente colectivo evoca a ese empresario apatronado y a ese político pinochetista. Pero, por otra, Piñera es visto como más de lo mismo; es decir, no representa para la gente un modo distinto de hacer política.

Es cierto que la Alianza ha progresado mucho en los últimos años, aprendiendo a manejar las rencillas internas y colgándose de su candidato presidencial para mostrar una cara menos teñida de esa derecha clásica. Los resultados, de hecho, se vienen notando en las encuestas y en las elecciones. Pero, ¿será suficiente para que ese elector concertacionista entregue el más preciado de sus votos, el de Presidente? Tengo mis dudas, porque no hay que olvidar que el piloto automático en este país apunta hacia la centroizquierda, y se trata de un asunto de lealtades muy arraigadas.

Por lo mismo, el desafío de Piñera es más profundo de lo que se ve. Y es que no basta con que represente la alternancia en el poder, sino que tiene que ir más allá: debe representar el cambio en la política.

Si la cancha en la que se juega está rayada en función del eje Alianza-Concertación -que para la mayoría es una versión actualizada del eje Sí-No, la coalición oficialista tiene posibilidades de ganar, a pesar de estar desgastada y a pesar de la situación económica del país. Sin ir más lejos, la última encuesta CEP ya muestra una tendencia hacia el acortamiento de las distancias. Siendo así, Piñera debe buscar jugar en otro espacio para fortalecer sus posibilidades: la cancha de la vieja política versus la nueva política.

Esa nueva política, que tiene que ver con los nuevos tiempos, se caracteriza más por lo emocional que por lo racional, más por la participación ciudadana que por las decisiones cupulares, más por escuchar que por hablar, más por hacer preguntas que por dar respuestas, más por la colaboración que por la competencia, más por la franqueza que por el comentario políticamente correcto, más por tener dudas que por otorgar falsas certezas.

¿Está dispuesto Piñera a jugar en esta cancha? ¿Puede hacerlo?”

Link: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/01/05/el-desafio-de-pinera.asp