Archive for 25 febrero 2009

EL CAPITAL HUMANO DE NUESTROS POLÍTICOS

febrero 25, 2009

por Daniel Brieba

Mucho se ha escrito recientemente, y no menos por los autores de este blog, sobre la crisis de representatividad de nuestra política y su aguda falta de renovación generacional. Sin embargo, un signo al menos tan preocupante como la ausencia de nuevas caras en la escena política nacional es la lenta pero continua migración de los políticos más preparados y con mejor formación- en suma, los mejores aportes- de las altas esferas públicas. Irónicamente, la renovación por la que clamamos se ha tendido a dar principalmente por medio de la sustitución de los que no querríamos que se fueran. Ya hace un tiempo Ricardo Lagos Weber se quejaba de que los mejores se estaban yendo de la política, un eco que han repetido otros desde entonces. Poco tiempo después, jóvenes y capaces aportes como Carolina Tohá y Darío Paya anunciaban que no repostularían al Parlamento- la primera aduciendo que el ambiente en el Parlamento se había vuelto “desgastador, lleno de rencillas y egoísmo”. Ese camino ya lo había tomado Alejandro Foxley al abandonar su escaño senatorial, pero afortunadamente la Presidenta lo recicló para instalarlo como Canciller- un puesto ciertamente no apto para novatos. Hoy en La Tercera, se especula que Jaime Orpis tampoco repostularía a la Cámara, al parecer debido a (entre otras razones) ‘la baja calidad de la discusión en el Parlamento’. Todo indica que la calidad de la política, y no sólo su percepción pública, se ha deteriorado marcadamente.

 

El problema es que, por un simple asunto de incentivos, cuando la calidad de la política se deteriora, cuando la discusión se vuelve superficial e ideológica, cuando el aporte de cada político se ve limitado por la hostilidad de los adversarios y la rigidez de los acuerdos posibles de alcanzarse, cuando la política se vuelve exclusivamente un juego de facciones, las personas más capaces emigran porque tienen mejores cosas que hacer con su tiempo que discutirle a una muralla. Pegas en el sector privado, mejor pagadas y mucho más gratas, sin estar expuesto a los rigores de la luz pública, o bien pegas interesantes en centros de estudio u organismos internacionales, donde el conocimiento y el análisis son valorados y recompensados, se vuelven opciones atractivas para aquellos cansados de una política intelectualmente pobre y uniformemente confrontacional. Y así, en un ciclo que se refuerza a sí mismo, la política se deteriora aun más a medida que sus mejores elementos emigran.

 

En esto la ciudadanía- o sea nosotros- tenemos una responsabilidad ineludible. Por de pronto, si queremos ser gobernados por gente competente y responsable en vez de por chantas de toda especie, necesitamos atraer a buena gente a la política, tanto a los altos cargos del Ejecutivo como al Legislativo. Ello requiere buenos salarios y un mínimo de valoración pública del trabajo que hacen. Como ciudadanía, últimamente hemos hecho lo posible por remar en la dirección contraria en ambos aspectos. La indignación pública con los aumentos de salarios de parlamentarios y ministros en la última movilización de funcionarios públicos significó que los ministros tuvieron que renunciar al 10% de aumento nominal, lo que dado la inflación de 7% en 2008 significó que en efecto recortamos el poder adquisitivo de estos puestos (esperemos que el populismo de ‘donar obligatoriamente’ esta porción no se perpetúe en el tiempo). Por otra parte, la baja valoración de ‘los políticos’ y la creciente rabia frente a lo que se percibe como una casta privilegiada han hecho que manchemos a todos los políticos con la misma brocha de incompetencia y corrupción.

 

Una de mis sorpresas al llegar a Inglaterra fue el comprobar que los estudiantes chilenos en el LSE estábamos notablemente concentrados en el área de políticas públicas; en cambio, los argentinos preferían estudiar aspectos altamente teóricos de la economía. La explicación, me di cuenta, era sencilla: los chilenos queremos volver porque sentimos que desde la política pública (ya sea en el gobierno o en consultorías) se puede hacer una diferencia, y queremos aportar con lo que hemos aprendido; los argentinos, en cambio, dada la pobrísima calidad de sus políticos, la falta de institucionalidad de su política y la corrupción generalizada no tienen mayores expectativas de poder contribuir significativamente a la formulación de políticas, y por eso se especializan en otras áreas. Nosotros tenemos un capital enorme: una camada entera de jóvenes altamente preparados y motivados que quieren contribuir con su trabajo a la tarea colectiva de hacer de Chile un país más justo y más desarrollado. Pero para que el trabajo de esta nueva generación haga una diferencia requerimos seguir contando con una política poblada por políticos capaces, serios y motivados. Si dejamos que la calidad de los políticos profesionales se deteriore, ni la más sofisticada refinación de nuestros técnicos y expertos en políticas públicas nos salvará del mal gobierno. Por ello, lo que estaría empezando a suceder con nuestros políticos es preocupante y una advertencia: ni nuestro rechazo a la corrupción ni nuestras demandas por sangre nueva deben hacernos crear un clima de tal hostilidad hacia lo público que ahuyentemos de la política justamente a los políticos que más necesitamos.

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“Murmullos” (Eugenio Tironi)

febrero 21, 2009

Mi amiga Paz Zarate me llamo la atencion sobre la siguiente columna de Eugenio Tironi, que no solo relata la, a veces, incomoda labor de escribir en tribunas publicas en la mira de los francotiradores de turno (en este pais no existe el debate online, solo la diatriba), sino ademas revela un problema mas profundo y del que nuestra generacion debe hacerse cargo lo antes posible:

En una columna anterior me interrogaba en estas páginas sobre el impacto de la serie “Los 80”, que repuso en nuestra mente esa época “donde la vida era dura y parecidamente austera para todos; donde había que sobreponerse al miedo y a la humillación; donde la sobrevivencia se jugaba literalmente día a día”.

Este oficio va curtiendo la piel. Sé lo que es recibir halagos por las columnas, y también descalificaciones, y he aprendido a resistir a ambos. He experimentado en carne propia la polarización que existe entre nosotros. Pero nunca tan crudamente como en los comentarios posteados en el blog de “El Mercurio” a raíz de esa columna. Reproduzco, textualmente, algunos de ellos, omitiendo los nombres (o seudónimos) de los firmantes.

“Los 80 fueron los días más felices de mi vida. Me acuerdo que salía a jugar a la calle sin miedo a que un delincuente me quitara la bicicleta o cualquier cosa que anduviera trayendo encima. Lo único que me daba miedo eran los atentados terroristas, protagonizados y amparados por los mismos señores como Tironi, que tienen la caradura de robar y asesinar sin descaro en estos años (acuérdense de Guzmán, asesinado por los amigos de Michelle). En resumen, los mejores años de este país, aunque les duela, izquierdistas”.

“‘…donde la sobrevivencia se jugaba literalmente día a día’. ¿Dónde la vio? Bueno, depende de a qué estaba usted dedicado en ese entonces”.

“Nadie de mi familia, ni de mi entorno… desapareció o fue detenido. (…) Me desplacé por todo Chile, nunca fui detenido ni nadie me preguntó adónde iba. Nunca me sentí humillado. Ahora, si me pregunta lo mismo en los tiempos de la Unidad Popular, eso es harina de otro costal. Me sentí humillado innumerables veces… sólo por el pecado de tener algunos bienes y de irme medianamente bien económicamente. Me prohibían salir del país. Pasé susto todos los días en mi trabajo por la constante amenaza de ser ‘tomados’. Pasé susto todas las noches, pues vivía cerca de una población callampa que nos tenía amenazados de cortarnos el cogote; debíamos hacer turnos armados para defendernos. Ustedes, los izquierdistas, tienen mala memoria: el país no empezó el 11 de septiembre”.

Hubo comentarios (muy pocos) en un tono opuesto. “Los inolvidables años 80, el período mas amargo de la historia de Chile. Medir las palabras y los gestos pasó a ser un ejercicio cotidiano. O si no, corría el riesgo de desaparecer, de ser torturado o simplemente asesinado como millares de compatriotas”. La respuesta fue fulminante: “¿Aquí los únicos que han sufrido son los que de una u otra manera fueron víctimas del gobierno militar? ¿Los demás nos tenemos que comer los mojones calientes porque no somos concertacionistas afectados?”.

Se sabe que los blogs son siempre críticos, crudos, exagerados, groseros. La gente descarga en ellos, en un arrebato de libertad, aquello que sienten y piensan -aunque sea fugaz- y que no encuentran dónde decir, generalmente porque se salen de los cánones de lo socialmente aceptado. Los blogs, por eso mismo, tienen la virtud de poner en la superficie aquello que no está en la escena pública; aquello que está presente como un murmullo en las conversaciones privadas y muchas veces ni siquiera ahí, sino en los soliloquios más íntimos

“Me queda clarísimo, después de leer cada uno de los comentarios, que existen dos Chile”. Este fue el lacónico posteo de un bloguero. Estoy de acuerdo. ¿Habrá que esperar que sea el tiempo el que se haga cargo de cerrar esta fractura? ¿O habrá que inventar algo más radical para poder deliberar abierta y libremente para construir una historia común sobre la cual fundar nuestra convivencia?

Link: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/02/17/murmullos.asp

¿PUEDEN LOS POLITICOS TENER MANOS LIMPIAS?

febrero 15, 2009

por Daniel Brieba


Encuesta tras encuesta, no sólo en Chile sino que casi en cualquier país del mundo, muestra que los ciudadanos comunes y corrientes tienen una opinión notoriamente pobre sobre sus políticos. Frecuentemente, la mala evaluación de éstos se debe a que son percibidos como ‘sucios’- proclives a decir una cosa y hacer otra, dados a vender sus más queridos principios por unos cuantos votos, amigos del desvío de platas públicas a arcas personales o partidarias, capaces de mentir sin arrugarse, operadores que prefieren la oscuridad para negociar y la luz pública sólo para discursear. Evidentemente, hay muchos niveles en que la política y los políticos pueden ser ‘sucios’, si bien no todos son equivalentes ni en sus consecuencias prácticas ni en su gravedad moral. Una promesa de campaña que no se pudo cumplir es una falta radicalmente distinta a actos de corrupción pura y simple. Pero también hay instancias intermedias en que el veredicto no es tan sencillo, porque ponen en tensión la ética de principios en la que solemos basar los juicios morales referidos a conductas personales, con una ética de las consecuencias en que las decisiones políticas usualmente- y con buena razón- se toman. Debido a que las decisiones políticas versan precisamente sobre asuntos que nos afectan a todos, y no sólo al político que toma la decisión, éste pierde la libertad de decidir apelando puramente a lo que le parece éticamente correcto desde su moral personal; debe hacerse responsable por las consecuencias de esa decisión sobre el bien común.

 

Pero, ¿pueden en realidad estar en tensión los principios éticos con las consecuencias prácticas? ¿No será en realidad que siempre hay una decisión correcta y otra equivocada, y que el político cuando toma decisiones en función del bien común no carga con la cruz de haber cometido un mal moral? Según Michael Walzer, quien expuso hace décadas este argumento con gran potencia (1), la respuesta a esta segunda pregunta es rotundamente que no; como él dice, no se puede gobernar inocentemente– un político que toma la decisión correcta desde el punto de vista utilitario, puede sin embargo ser moralmente culpable. Pone el ejemplo de un candidato enfrentado a una reñida elección que, sabemos a ciencia cierta, debe ser ganada- ya sea porque el contrincante es profundamente corrupto, o porque lo que está en juego en la elección afectará el destino de millones de personas, o razones semejantes. Supongamos que nuestro candidato es un tipo virtuoso, es decir, que sinceramente quiere ganar sin cometer faltas morales: no quiere mentir ni prometer falsedades, no quiere negociar a espaldas de sus simpatizantes, etc. Y sin embargo, por lo reñida de la elección, sólo podrá ganarla si acepta entregarle una serie de contratos a un poderoso operador político que le moverá votos cruciales para ganar. ¿Debe aceptar? Si no lo hace, mantendrá sus manos limpias pero perderá la elección y el país sufrirá graves consecuencias o quedará en manos de un político muchísimo más corrupto; si acepta, el país estará mejor pero nuestro virtuoso candidato tendrá las manos manchadas, y será culpable de una falta moral: será un político corrupto. ¿Qué preferimos como ciudadanos? ¿Preferiríamos-por ejemplo- un Obama que aceptase tal contrato y se manchara moralmente, o un Obama limpio que lo rechazase sabiendo que al hacerlo le entrega el país (y nuestro destino) a un Bush? Según Walzer, lo razonable es preferir a políticos que estén dispuestos a asumir las responsabilidades del poder, aun a costa de mancharse moralmente en lo personal.

 

Veamos un ejemplo más dramático del mismo Walzer: un terrorista es capturado horas antes de que exploten varias poderosas bombas que él ha colocado en una ciudad. La policía cree que la única manera de extraerle información es torturándolo (rompiendo con ello la ley y violando los derechos humanos), y le pide autorización secreta al Presidente para proceder. ¿Qué querríamos, como ciudadanos, que nuestro Presidente haga? Si autoriza la tortura, se mancha moralmente de una manera radical y comete un crimen atroz. Si no la autoriza, cientos de ciudadanos morirán. Estos dilemas se extienden fácilmente a situaciones más mundanas y frecuentes. En vez de un contrato corrupto, podemos imaginar un candidato (virtuoso) que advierte que sólo podrá ganar haciendo promesas populistas que sabe que no podrá cumplir. O a un gobernante que ordena a la policía reprimir una manifestación- a riesgo de causar muertes de civiles, como le pasó a De la Rúa- para evitar lo que estima será un descenso en un caos social que también causará muertos, o quizás incluso en una guerra civil. En todos estos casos lo éticamente correcto- no torturar, decir la verdad, no abusar de la fuerza policial- entra en conflicto con lo que el político entiende es su responsabilidad con el país. Por ello es que Walzer nos dice que no se puede gobernar inocentemente, y que es precisamente por eso que preferimos dejarle la política a los políticos para poder, como ciudadanos, vivir con manos limpias, conciencias tranquilas y no tener que tomar decisiones que nos condenan si hacemos A y también si hacemos B. Para eso les pagamos.

 

Por supuesto, no quiero negar ni por un momento que en muchísimos casos- demasiados- los políticos no son virtuosos sino que los mueve el interés personal, que conveniente y rápidamente identifican con el interés general del país, y proceden desde ahí a mentir, manipular y reprimir pretendiendo encarnar el interés de la nación. Pero en estos casos no hay conflicto moral, pues el político no siente escrúpulo alguno en hacer lo que estima conveniente. Aquí estamos de vuelta en el mundo que todos conocemos, de políticos sin conciencia dedicados sólo a su supervivencia. Pero más allá de este cinismo inculcado que tenemos respecto a los políticos, persiste la pregunta de fondo, respecto a si es posible gobernar y al mismo tiempo tener la manos limpias. Una larga tradición de la filosofía política, desde Maquiavelo a Walzer, ha sostenido que no es posible. Y en nuestro humilde Chile quizás no está de más recordarlo, ad portas de una nueva campaña presidencial que seguramente hará brotar con especial fuerza nuestro cinismo respecto a todo lo que huela a política. Si Walzer tiene razón, si los santos en política no sirven, si no podemos juzgar la actividad política con la misma vara que juzgamos nuestra conducta personal, necesitamos saber diferenciar entre un político sucio y otro que es virtuoso pero que podrá verse obligado a mancharse las manos. Sólo así podremos castigar a los primeros y premiar a los segundos.

1 En “Political Action: The Problem of Dirty Hands”, Philosophy and Public Affairs, Vol. 2, No. 2 (Winter, 1973), pp. 160-180.

REFLEXIONES COLOMBIANAS 2: Seguridad Democrática y Libertades Individuales

febrero 11, 2009

por Cristóbal Bellolio

Caminando por Bogotá quise conocer algunas de sus Universidades. Me fue mal. No pude entrar a ninguna. A sus entradas se instala un infranqueable sistema de torniquetes que impiden el ingreso de toda persona ajena a la institución. Además, guardias privados con perros de aspecto temible con bozales me niegan el derecho a tomar fotografías. Los policías están en todas las esquinas. Es imposible no quedarse con la sensación de un país militarizado. Y yo soy de esos idiotas que cuando ve un carabinero se pone nervioso. Ya sea un problema de conciencia sucia o de herencia inconsciente de represión latinoamericana, lo cierto es que me empecé a fijar en cada detalle donde en nombre de la seguridad se violaba algún tipo de libertad individual. Días más tarde me tocó un retén militar en la carretera, donde fui invitado a descender del bus, y manos contra pared y piernas extendidas, fui gentilmente manoseado por un conscripto imberbe. No pasó de anécdota, pero recordé que en mi viaje pasado a México hice escala en El Dorado de Bogotá y fui conducido a la sala de Rayos X para examinar si yo era una “mula”.

Conversando sobre el tema con una colombiana, ella me transmite la sensación contraria: La presencia armada es sinónimo de protección. Que ellos estén presentes les proporciona seguridad, no temor. Le cuento mi punto de vista y me replica “es que no entiendes por lo que nosotros hemos pasado… Uribe nos devolvió el país“. Que la Universidad no sea espacio público no es un problema comparado con la tranquilidad que les significa contar con una autoridad (al fin) con mano dura frente al terrorismo. Probablemente los mismos norteamericanos aceptaron de buena gana una serie de restricciones a su libertad individual después del atentado a las torres gemelas en 2001, especialmente en los aeropuertos. Es, sencillamente, el precio que hay que pagar.

Uribe, en tanto, representa la causa común del pueblo colombiano: Acabar con la pesadilla de las FARC. Estas últimas han echado a perder todo su romanticismo ideológico ante los ojos de la población desde que empezaron con su política de secuestros y asesinatos que muchas veces afectaban a civiles libre de cuestionamiento político alguno. Perdieron legitimidad internacional, por lo mismo. El liderazgo del presidente está marcado por la amenaza externa. La derecha chilena hace mal en querer copiar el modelo Uribe de la misma forma como hace mal al copiar el fenómeno Sarkozy… ambos son mandatarios que toman sobre sus espaldas la responsabilidad de acabar con un problema nacional que se desborda (el narcoterrorismo en Colombia y la inmigración desbocada en Francia asociada a la cuestión de la identidad nacional), lo que no ocurre en nuestro terruño.

En tanto, la mayoría apuesta en que “Alvaro I” no buscará su tercer período. Se le agradece mucho, pero al mismo tiempo se reconoce con realismo que su permanencia no contribuye a fortalecer las instituciones por sí mismas.

REFLEXIONES COLOMBIANAS 1: Una historia de exclusión política

febrero 9, 2009

por Cristóbal Bellolio

 

Llevo una semana en Bogotá y sus alrededores, y en los días que llevo he aprendido un poco de la historia política de Colombia. Aunque sus inicios como nación independiente no son sustantivamente diversos a los del resto de la región (salvo por el hecho de que originalmente Colombia, Venezuela y Panamá conformaban un sólo gran país), el fenómeno que realmente me llamó la atención proviene de mediados del siglo XX. En aquella época, tras un breve paréntesis de intervención militar, las dos fuerzas políticas que se habían disputado el país a través de la violencia (Conservadores y Liberales) llegaron a un acuerdo para repartirse pacíficamente el botín del Estado y gobernar alternadamente cuatro años cada uno. Lo interesante es que el acuerdo excluía la participación de otros partidos, conviertiéndose en un verdadero cartel político. Los grupos proscritos, especialmente de izquierda en los bullantes años 60 y 70, no pudieron competir por el poder a través de medios democráticos. Quizás los más ideologizados habrían desechado de todos modos esa vía, pero el resultado relevante es que la subversión se transformó en el único canal posible. En ese escenario cobra sentido el desarrollo de las FARC. Ni por un segundo estoy justificando su modus operandi, menos en nuestros días, pero sí estoy subrayando un hecho: La exclusión favorece la búsqueda de caminos antisistémicos de participación política. La lección que podríamos extraer para Chile es limitada, pero no carece de fundamento: Después de 19 años de forzada estabilidad propiciada por un sistema electoral que practicamente imposibilita la representación de terceras fuerzas, ya no quedan excusas poderosas para seguir fomentando la exclusión. Los actores que podrían ingresar al sistema político formal no son marcianos, y el deber de la elite gobernante es pensar en la sustentabilidad de la propia democracia incorporando nuevas visiones al juego, antes de que el desarraigo político termine por minar la salud del propio sistema. Quien sabe qué habría ocurrido si los dos partidos colombianos que monopolizaron el poder durante 40 años hubieran abierto la competencia. Quizás la legitimidad de las FARC habría sido menor. Hoy, precisamente, existe un movimiento de izquierda progresista en Colombia llamado el Polo Democrático, que se apresta a competir contra el delfín de Uribe, lo que habla de inclusión y consolidación democrática.

Pienso también en Chávez y en el odio parido que le demuestra la derecha latinoamericana cada vez que puede expresarlo. Obviamente no es santo de mi devoción, pero el tipo se encuentra lejos de ser un payaso. Por el contrario, creo que el fenómeno populista de Chávez representa por una parte el anhelo eterno de una mayoría de oprimidos y desfavorecidos que al fin ven a uno de los suyos al mando de la nación, y por otra parte el fracaso y el egoísmo de las fuerzas políticas aristocráticas y conservadoras que no fueron capaces de garantizar inclusión política y social.

El desafío de las nuevas elites en Chile es torcer esa lamentable tradición de exlusión, y las nuevas generaciones son las llamadas a hacerlo. Su crítica al binominal no necesariamente debe ser dogmática ni aferrada a reproches morales por provenir de la dictadura, sino sencillamente pragmática: Más inclusión es mejor para Chile.

Jóvenes Cuarentones (Paula Coddou)

febrero 5, 2009

Hace exactamente una semana apareció esta columna el El Mercurio. Ha sido posteada en diferentes blogs porque pone en dedo en la llaga: La escasa renovación política tiene causas en diferentes direcciones, por un lado la resistencia de los que no se quieren ir, y por otro lado la poca energía que demuestran los que debieran llegar. Hacemos eco de su mensaje en este sitio:

“Andrés Allamand tenía 34 años cuando dijo que Renovación Nacional era dueña de “las llaves de la transición”, y varios menos cuando fue parte del Acuerdo Nacional. A los 38, Pablo Longueira dirigió la UDI y Gutenberg Martínez no había cumplido 40 cuando se afianzó como uno de los hombres más influyentes de la DC. A los 34, Camilo Escalona era un actor relevante de la reunificación socialista, al igual que Ricardo Solari, de la misma edad. Cuando todo eso sucedía, los criticaban, los aplaudían, los atacaban. Pero no era tema su juventud. Sí su ambición, sus ganas. Ni lloraban, ni pedían espacio. No lo necesitaban, porque ahí estaba. Lo tenían.

Veinte años después, otra camada de políticos jóvenes intenta abrirse espacio en los partidos. La mayoría bordea los cuarenta años –prueba de que el concepto de juventud se ha prolongado y el padrón electoral, envejecido– y tiene para lucir éxitos electorales, impecables gestiones en municipios, posgrados en buenas universidades y un consenso entre ellos que los constructores de la política de los acuerdos ya se lo hubieran querido, pero que, sin embargo, no logra llegar al punto neurálgico del poder: las directivas de los partidos.

En la UDI y en la DC quizá se han visto los casos más notorios: las arremetidas del diputado José Antonio Kast y del alcalde Claudio Orrego, los tenientes que no pudieron con los coroneles y los príncipes que amenazaron con sublevarse, pero luego aceptaron las reglas.

Los mismos que hace 20 años ya estaban, siguen ahí. Niños maravillas y patrullas juveniles se han transmutado en coroneles y barones, caras de siempre que se han ido perpetuando en cargos, en circunscripciones, en distritos, mientras los nuevos jóvenes -que tienen apenas un lustro de diferencia con el nuevo Presidente de Estados Unidos- piden espacios.

La falta de renovación de la política, ¿es culpa de los viejos o de los jóvenes? A los príncipes de todos los partidos, ¿les faltan reglas de competencia o les falta carácter?

Es un hecho que el sistema político está estancado, que hay un envejecimiento, y no sólo del padrón electoral. Pero también falta audacia y voluntad de tomar riesgos. Falta -como dijo alguien- que Kast insista en cuestionar a Piñera, manteniéndose fiel a la línea que tomó, y que Orrego plante cara a la directiva respecto del bloqueo de los alcaldes en las instancias de poder.

Puede pesarles ser hijos de la prosperidad y del aburguesamiento de Chile porque crecieron en los 80, pero comenzaron a ganar en los 90. También está el peso de la transición, el trauma del conflicto pasado. Son como los hijos de padres separados de la política chilena, que vieron el quiebre y experimentaron la delicada reconciliación de la generación previa, una generación que había dejado todo a medio camino y que lo retomó copando los espacios con el entusiasmo y el discurso propios de una gesta épica. Los jóvenes de ahora, en cambio, hablan de buenas gestiones, de eficiencia y digitalización, y dominan más las cifras que los eslóganes.

Pero no basta un municipio bien administrado, ni ser global ni digital. No bastan Peñalolén, Maipú, Expansiva o la Fundación Jaime Guzmán. No basta sólo con carecer de fanatismo, porque a veces esto se confunde con falta de pasión. Y no basta con pedir renovación cuando esa palabra ya es un commodity.

Sin embargo, el deterioro del debate político abre espacios para un surgimiento. No para ser los herederos de lo que hay, sino para producir un cambio. Para levantar una propuesta consistente en el tiempo y con el tiempo que vivimos. En lenguaje juvenil, “tienen que creérsela”. No se llora por el espacio, hay que ganárselo. Y hay que ganárselo trabajando el doble, porque al final prima la capacidad, pero también el aguante.

Link: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/01/29/jovenes-cuarentones.asp

DESTERRAR LA INTOLERANCIA

febrero 3, 2009

En el post anterior vimos la lamentable columna de El Siglo titulada ¨Gentes de Mal Vivir¨. Esta vez veamos la otra cara de la moneda, en la pluma del profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Gonzalo Rojas Sánchez, que reemplaza a Hermógenes en su habitual columna en El Mercurio. Aparecida el miércoles 28 de enero, ¨LOS ADOLESCENTES DE LA CONCERTACIÓN¨posee menos tirria que la de Contreras, pero se refugia en una intolerancia propia de los conservadores que aun no entienden que la tradición no es autoexplicativa y que Chile ha cambiado. No pretendo hacer apología de una agenda ultraliberal, pero el tono de desprecio que destilan sus líneas es irritante para cualquier librepensador. Escribo estas líneas desde Bogotá, donde me acabo de enterar que la semana pasada la Justicia dio luz verde a la primera unión matrimonial homosexual, aun bajo la conducción de un presidente de derecha. Por eso el contraste resulta tan chocante. Podemos discutir si se trata de medidas correctas o incorrectas, pero las nuevas generaciones deben aprender a debatir sin descalificar la diversidad. Pero bueno, vamos a la fuente directa:

¨Obsesionados, así son los adolescentes. Mientras la Falange fue un partido juvenil, vivió obsesionada con el alma. Política y espíritu, ésa era su divisa quinceañera. Después envejeció y se quedó con la política no más.

Hoy, cuando la Concertación se arruga y toda ella se encoge, despuntan todavía algunos espinilludos que tratan de mantenerla fresca y lozana, juvenil. Pero no es la fuerza verdadera de la juventud la que en ellos se aprecia, no. Los Rossi y los Girardi, los Gómez, las Tohá y las Saa, son simples adolescentes. Por eso se pelean con los carabineros o tienen amigos que intrusean sin remilgos en la cartera estatal, porque la creen suya.

Y como buenos adolescentes, tienen sus propias obsesiones. Pero no se trata del alma precisamente, sino más bien del cuerpo: todo tema que tenga que ver con hormonas y secreciones, con abortos, condones e intercambios, con píldoras, nudismos y eutanasias, simplemente les fascina. Brillan sus ojitos, tal como sucedía con esos jóvenes a los que Keating les resumía la vida como el tránsito desde las hormonas juveniles a la sepultura bajo tierra, para que desde ella fertilizaran geranios. Noble destino, altruista visión. Sociedad de puros poetas muertos.

La mejor señal de cuán obsesivo es el interés corpóreo de los mencionados, es el eslogan que ellos prenden y apagan, la consigna que difunden sonrientes y con luces de neón: Que cada uno haga lo que quiera con su cuerpo. Suena progre, suena choris. Pero cuando otros abren para ti todas las opciones sobre tu cuerpo, y al abrirlas las validan, y al validarlas las promueven, y al promoverlas las consolidan, y al consolidarlas las financian, y al financiarlas te las imponen, eso suena a nazi, suena a staliniano. Y una vez impuesto, ya será muy tarde para reaccionar: tu cuerpo será de los ministerios, será del Estado.

Y como los adolescentes aquellos creen que seguirán al mando de la cartera estatal, sí, esos mismos que desde los 90 vienen promoviendo cuanta insensatez pueden copiar de Europa, prepárate para la nueva ofensiva de plásticos y químicos.

Notable es que en estos meses el cuerpo sea una moneda de cambio en los programas presidenciales, que el cuerpo sea sometido a la prostitución más sutil. Págale, le dicen Gómez y Girardi a Frei, si quieres que te apoyemos. Le exigen satisfacciones para el cuerpo, como genuinos adolescentes, impetuosos, maximalistas. Cuando Dostoievski caracteriza al asesino Raskolnikov, simplemente dice que era joven, impulsivo y dado a las abstracciones.

Por ahora, desde sus socios democratacristianos los adolescentes del PPD, el PS y el PRSD parecen estar recibiendo un parelé consistente: antes de tomar esas decisiones, lo humano es discutir sobre el cuerpo, mientras que lo tontón es dejarse llevar por excitaciones disfrazadas de razones.

Porque en la DC todavía hay gente madura, mira que no. Gente que quiere revalorar al espíritu en la política, gente que ha logrado ordenar su sistema hormonal desde la cabeza y, por lo tanto, tiene claridad sobre los desastres que acarrea el desmadre de las secreciones.

Gente que sabe que cuando le dices a un país que todo vale, después la nación entera paga. Y paga caro: cientos de miles de ciudadanos no nacidos en pocos años (muchos, asesinados); generaciones enteras de jóvenes chorreando babas, sin capacidad de ideales, suicidándose; una carga tributaria mucho más pesada sobre el trabajo de los adultos; miles de viejitos acercándose a la muerte con el pavor de que alguien los asista para eliminarlos.

Gente en la DC que, por cierto, ha leído Historia y lee los diarios. Justo lo que no hacen los adolescentes, tengan la edad que tengan.¨

Link: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/01/28/los-adolescentes-de-la-concert.asp