¿PUEDEN LOS POLITICOS TENER MANOS LIMPIAS?

por Daniel Brieba


Encuesta tras encuesta, no sólo en Chile sino que casi en cualquier país del mundo, muestra que los ciudadanos comunes y corrientes tienen una opinión notoriamente pobre sobre sus políticos. Frecuentemente, la mala evaluación de éstos se debe a que son percibidos como ‘sucios’- proclives a decir una cosa y hacer otra, dados a vender sus más queridos principios por unos cuantos votos, amigos del desvío de platas públicas a arcas personales o partidarias, capaces de mentir sin arrugarse, operadores que prefieren la oscuridad para negociar y la luz pública sólo para discursear. Evidentemente, hay muchos niveles en que la política y los políticos pueden ser ‘sucios’, si bien no todos son equivalentes ni en sus consecuencias prácticas ni en su gravedad moral. Una promesa de campaña que no se pudo cumplir es una falta radicalmente distinta a actos de corrupción pura y simple. Pero también hay instancias intermedias en que el veredicto no es tan sencillo, porque ponen en tensión la ética de principios en la que solemos basar los juicios morales referidos a conductas personales, con una ética de las consecuencias en que las decisiones políticas usualmente- y con buena razón- se toman. Debido a que las decisiones políticas versan precisamente sobre asuntos que nos afectan a todos, y no sólo al político que toma la decisión, éste pierde la libertad de decidir apelando puramente a lo que le parece éticamente correcto desde su moral personal; debe hacerse responsable por las consecuencias de esa decisión sobre el bien común.

 

Pero, ¿pueden en realidad estar en tensión los principios éticos con las consecuencias prácticas? ¿No será en realidad que siempre hay una decisión correcta y otra equivocada, y que el político cuando toma decisiones en función del bien común no carga con la cruz de haber cometido un mal moral? Según Michael Walzer, quien expuso hace décadas este argumento con gran potencia (1), la respuesta a esta segunda pregunta es rotundamente que no; como él dice, no se puede gobernar inocentemente– un político que toma la decisión correcta desde el punto de vista utilitario, puede sin embargo ser moralmente culpable. Pone el ejemplo de un candidato enfrentado a una reñida elección que, sabemos a ciencia cierta, debe ser ganada- ya sea porque el contrincante es profundamente corrupto, o porque lo que está en juego en la elección afectará el destino de millones de personas, o razones semejantes. Supongamos que nuestro candidato es un tipo virtuoso, es decir, que sinceramente quiere ganar sin cometer faltas morales: no quiere mentir ni prometer falsedades, no quiere negociar a espaldas de sus simpatizantes, etc. Y sin embargo, por lo reñida de la elección, sólo podrá ganarla si acepta entregarle una serie de contratos a un poderoso operador político que le moverá votos cruciales para ganar. ¿Debe aceptar? Si no lo hace, mantendrá sus manos limpias pero perderá la elección y el país sufrirá graves consecuencias o quedará en manos de un político muchísimo más corrupto; si acepta, el país estará mejor pero nuestro virtuoso candidato tendrá las manos manchadas, y será culpable de una falta moral: será un político corrupto. ¿Qué preferimos como ciudadanos? ¿Preferiríamos-por ejemplo- un Obama que aceptase tal contrato y se manchara moralmente, o un Obama limpio que lo rechazase sabiendo que al hacerlo le entrega el país (y nuestro destino) a un Bush? Según Walzer, lo razonable es preferir a políticos que estén dispuestos a asumir las responsabilidades del poder, aun a costa de mancharse moralmente en lo personal.

 

Veamos un ejemplo más dramático del mismo Walzer: un terrorista es capturado horas antes de que exploten varias poderosas bombas que él ha colocado en una ciudad. La policía cree que la única manera de extraerle información es torturándolo (rompiendo con ello la ley y violando los derechos humanos), y le pide autorización secreta al Presidente para proceder. ¿Qué querríamos, como ciudadanos, que nuestro Presidente haga? Si autoriza la tortura, se mancha moralmente de una manera radical y comete un crimen atroz. Si no la autoriza, cientos de ciudadanos morirán. Estos dilemas se extienden fácilmente a situaciones más mundanas y frecuentes. En vez de un contrato corrupto, podemos imaginar un candidato (virtuoso) que advierte que sólo podrá ganar haciendo promesas populistas que sabe que no podrá cumplir. O a un gobernante que ordena a la policía reprimir una manifestación- a riesgo de causar muertes de civiles, como le pasó a De la Rúa- para evitar lo que estima será un descenso en un caos social que también causará muertos, o quizás incluso en una guerra civil. En todos estos casos lo éticamente correcto- no torturar, decir la verdad, no abusar de la fuerza policial- entra en conflicto con lo que el político entiende es su responsabilidad con el país. Por ello es que Walzer nos dice que no se puede gobernar inocentemente, y que es precisamente por eso que preferimos dejarle la política a los políticos para poder, como ciudadanos, vivir con manos limpias, conciencias tranquilas y no tener que tomar decisiones que nos condenan si hacemos A y también si hacemos B. Para eso les pagamos.

 

Por supuesto, no quiero negar ni por un momento que en muchísimos casos- demasiados- los políticos no son virtuosos sino que los mueve el interés personal, que conveniente y rápidamente identifican con el interés general del país, y proceden desde ahí a mentir, manipular y reprimir pretendiendo encarnar el interés de la nación. Pero en estos casos no hay conflicto moral, pues el político no siente escrúpulo alguno en hacer lo que estima conveniente. Aquí estamos de vuelta en el mundo que todos conocemos, de políticos sin conciencia dedicados sólo a su supervivencia. Pero más allá de este cinismo inculcado que tenemos respecto a los políticos, persiste la pregunta de fondo, respecto a si es posible gobernar y al mismo tiempo tener la manos limpias. Una larga tradición de la filosofía política, desde Maquiavelo a Walzer, ha sostenido que no es posible. Y en nuestro humilde Chile quizás no está de más recordarlo, ad portas de una nueva campaña presidencial que seguramente hará brotar con especial fuerza nuestro cinismo respecto a todo lo que huela a política. Si Walzer tiene razón, si los santos en política no sirven, si no podemos juzgar la actividad política con la misma vara que juzgamos nuestra conducta personal, necesitamos saber diferenciar entre un político sucio y otro que es virtuoso pero que podrá verse obligado a mancharse las manos. Sólo así podremos castigar a los primeros y premiar a los segundos.

1 En “Political Action: The Problem of Dirty Hands”, Philosophy and Public Affairs, Vol. 2, No. 2 (Winter, 1973), pp. 160-180.
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4 comentarios to “¿PUEDEN LOS POLITICOS TENER MANOS LIMPIAS?”

  1. Davor Says:

    Buena, Daniel. Concuerdo con el planteamiento del artículo.

    Ahora, creo que al análisis le falta al menos un elemento. Buena parte del costo moral de las decisiones conflictivas no es interno o personal, sino que tiene relación con la respuesta pública (o legal) a las acciones moralmente discutibles. Me explico:

    Cuando un líder político realiza una acción discutible -por ejemplo, ordenar una tortura para evitar un ataque terrorista- y ésta acción se mantiene oculta, entonces no es directo que el líder tenga un costo asociado a esa decisión. A éste líder puede no importarle demasiado la decisión moral o, como sucedió en EE.UU., la acción será delegada en tantos niveles administrativos, que el tomador de decisión original sólo quedará con el buen sabor de “haber hecho lo correcto”. Mientras las acciones no sean públicas, nada desincentiva al líder a tomar la decisión inmoral pero utilitariamente correcta. Y esa falta de desincentivos, a su vez, permitirá al líder realizar acciones “inmorales” incluso cuando su justificación utilitarista sea dudosa, por ejemplo, en lugar de torturar a una sola persona, tener a cientos de personas siendo permanentemente torturadas en Guantánamo.

    En cambio, si todas las acciones son posteriormente públicas y las responsabilidades debidamente adjudicadas, sus resultados tendrán consecuencias que pueden disminuir el capital político del líder en cuestión, acabar con su carrera o incluso llevarlo a la cárcel. Pero justamente en ese sacrificio es donde se encuentra la cualidad especial que debieran tener los líderes políticos. Para lo que les “pagamos”. Si sus acciones no tienen consecuencias, entonces les estamos pagando por algo que para ellos puede no tener costo alguno.

    Mi punto es que la respuesta a la pregunta de si los políticos pueden tener las manos limpias tiene una salida socialmente aceptable, donde le delegamos al político la facultad de tomar decisiones moralmente discutibles, pero donde ellos siempre -y públicamente- aceptarán las consecuencias morales y legales de sus acciones. El equilibrio al final lo entrega la transparencia.

  2. vozyvoto Says:

    El parecido con la decision que tiene que tomar el el Presidente Palmer en la segunda o tercera temporada de la serie 24 es asombrosa… O silencia deliberadamente a uno de sus mejores agentes antiterroristas (vale decir, lo deja morir) o acepta la detonacion de una bomba en Los Angeles que costaria la vida de 2 millones de personas aproximadamente. Palmer opta por la primera, y sufre su conciencia de tal manera que uno como espectador es capaz de aceptar tambien su cruz. Quizas los guionistas de la serie leyeron a Walzer… Por otra parte, la dicotomia entre las eticas de conviccion y de responsabilidad se asemeja bastante al dilema entre la orientacion moral kantiana (imperativos categoricos que requieren ser cumplidos siempre y sin excepcion) y la utilitarista (donde el bien se mide a partir del beneficio neto del mayor numero).

  3. Davor Mimica Says:

    La serie 24, de hecho, es quizás un gran estudio justamente de este tema. Por años, la serie ha sido criticada por estar permanentemente justificando las mismas acciones por las que el gobierno de Bush era criticado: tortura y violaciones a la convención de Ginebra. Jack Bauer siempre se veía en la necesidad de torturar a terroristas para poder evitar sus planes maléficos.

    Pero recientemente, tal vez intentando estar más en sintonía con el nuevo país que escogió a Obama, la serie dio un giro: La temporada recientemente estrenada en EEUU comienza con Jack Bauer siendo acusado en una investigación senatorial sobre el uso ilegal de la tortura.

    Cuando sus amigos le preguntan porqué no se defiende con más fuerza, él indica que, si bien sus acciones fueron siempre justificadas pensando en el bien general, ha aprendido que es necesario que las reglas que tanto ha quebrado, sean al menos exigibles ex post. Que las vidas salvadas gracias a las torturas y los abusos que él mismo inflingió a los “combatientes enemigos” no justifican una inmunidad para él mismo. Está dispuesto a ir a la cárcel, entendiendo ese castigo tanto como parte no separable de las acciones que él realizó para salvar millones de vidas, como además una forma necesaria de redención social.

  4. Daniel Brieba Says:

    Parece que tendré que ver esa serie. Ahora, ciertamente que el tema de los incentivos y sanciones a aquellos políticos que infringen la ley es una parte esencial de la discusión, en que se busca un balance entre controlar los abusos de poder (que, a diferencia de la serie, las más de las veces ocurren contra los ciudadanos propios más que los de otros países) y no minar la efectividad de las autoridades en ejercicio. El punto de Walzer era simplemente que no hay resolución simple del dilema entre las éticas deónticas (o basadas en principios univerales) y las éticas consecuencialistas (como el utilitarismo); por ello, para Walzer el político que se ampara en las necesidades del caso y las responsabilidades de su cargo al ordenar una tortura u otra acción ilegal, y no siente remordimiento o (como lo puso Davor) no le “[importa] demasiado la decisión moral”, no es un caso moralmente interesante- claramente, sería un político no virtuoso. Ahora bien, es probable que estos casos sean los más frecuentes, y de ahí la necesidad de diseñar mecanismos institucionales de sanción externa y mínima transparencia para controlar a estos políticos dados a ver todo en función de sus consecuencias sin atención a principios éticos de ninguna especie. Pero claro, si uno es un utilitarista no puede compartir este análisis: para el utilitarismo, siempre hay sólo “una” decisión correcta y no hay paradojas morales irresolubles, sólo un cálculo de beneficios y costos en uno y otro sentido. Esta es la posición de R. Goodin (en “Utilitarianism as a Public Philosophy”), que defiende la idea de que en política sólo las consecuencias (todas ellas, tangibles e intangibles, de corto y largo plazo, etc.) deben orientar las decisiones públicas.

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