Archive for 30 marzo 2009

COLOMBIA, LA REHABILITADA

marzo 30, 2009

por Cristóbal Bellolio (artículo publicado en Revista Capital, edición del 20 de marzo al 2 de abril de 2009)

El único riesgo es que te quieras quedar” reza el eslogan que los encargados del turismo colombiano han echado a rodar. Y tienen razones para mostrar su optimismo. Hoy Colombia despierta de una pesadilla que la estigmatizó por décadas, se mejora de una enfermedad de terrorismo, narcotráfico y demasiada, demasiada muerte. Del ensueño del “realismo mágico” de Macondo pasó a sufrir los rigores del “realismo trágico”, en tiempos en los cuales Bogotá fue “Drogotá” y Medellín pasó del amistoso “Medallo” al chocante “Metrallo”. Hoy Colombia es una nación convaleciente, que se recupera a paso lento pero seguro, de la mano de una gestión gubernamental que cosecha apoyos inéditos. Pero, ¿Cuál fue el origen de tantos males? ¿Qué terapia necesitó para superar el cáncer del odio y la violencia? ¿Qué podemos esperar para el futuro de una de las naciones más hermosas del continente? Después de un intensivo viaje mochila al hombro, estas son parte de las respuestas que encontré…

UNA HISTORIA VIOLENTA

El primer aspecto que me llamó profundamente la atención sobre historia reciente de Colombia es el verdadero monopolio político que durante muchísimo tiempo mantuvieron conservadores y liberales a partir de los años cincuenta. En efecto, se repartieron el poder y excluyeron la posibilidad de terceros participantes en la contienda democrática hasta entrados los años ’90.  Cualquier proyecto político de izquierda, aun en plenos años de expansión del ideario guevarista, fue proscrito. La exclusión del sistema no hizo sino alimentar la alternativa antisistémica: La guerrilla. Sin querer justificar en lo más mínimo el proceder de las FARC o el ELN, resulta evidente que en escenarios como el descrito, la radicalidad cobra sentido. ¿Qué habría ocurrido en Chile si a las fuerzas que componían la Unidad Popular se les hubiera negado su derecho a competir por el poder? ¿No nos imaginamos acaso una intensificación de la retórica violentista y un mayor protagonismo de grupos ortodoxos?

Durante los siglos previos y posteriores a la independencia, tanto en Colombia como en gran parte de Latinoamérica, los grupos oligárquicos establecieron lógicas de exclusión política, económica y social. Y esto está lejos de ser una frase ideológica. Los que así lo creen son los mismos que demonizan a Chávez o Evo Morales, desconociendo que estos son producto de la incapacidad de las propias elites de generar condiciones de inclusión. El caso colombiano parece ser paradigmático. En nombre de la sensatez y la estabilidad fue sacrificada la representatividad y la diversidad. No ignoro que la propia democracia y la tolerancia tienen sus límites, pero ya sabemos que la marginación de tantos, deliberada y sostenida en el tiempo, no trae buenos frutos.

Puede parecer anacrónico hacer este análisis en momentos en los cuales prácticamente nadie mira con buenos ojos a la guerrilla colombiana. Han extraviado el romanticismo originario de la causa, han perdido el apoyo de la intelectualidad izquierdista internacional, han contaminado la arenga ideológica con el narcotráfico para mantener a flote sus finanzas, han sufrido resonantes derrotas militares a manos del ejército regular (la caída de Raúl Reyes y el rescate de Ingrid Betancourt son las más simbólicas del último lapso), y lo peor de todo, han quedado huérfanos en la opinión pública: El descrédito (y el desprecio) de la enorme mayoría de sus compatriotas es el verdadero comienzo del fin de las FARC. Al menos, hace que su calificación de grupo terrorista, y no “grupo beligerante”, se haga cada vez más evidente. Pero todo lo anterior no elimina el pecado original de exclusión política que desde 1964 le ha significado indirectamente a Colombia miles de miles de muertes, secuestros y sendas violaciones a los derechos humanos.

Obviamente, el fenómeno de la violencia no surge única y espontáneamente en la negación política de la izquierda. El narcotráfico se adueñó de las calles entre los ochenta y los noventa, dejando tras de sí una estela casi tan terrible como la del enfrentamiento guerrillero. La captura y el posterior ajusticiamiento de Pablo Escobar en 1993 significaron ciertamente un golpe al imperio de la cocaína, pero éste no se acabó por arte de magia. Los sicarios pulularon a la orden de nuevos capos menores y a veces a merced de su propio capricho macabro. La sangre de miles de adolescentes tiñó ciudades como Medellín, como lo relata crudamente Vallejos en su “Virgen de los Sicarios”. Pero lo que encontré en la segunda ciudad de Colombia dista mucho de lo que leí en esas páginas. Parques y museos son ejemplos de dedicados espacios públicos al servicio de la comunidad. En el tristemente célebre barrio de Santo Domingo, viejo semillero de asesinos por pocos pesos, hoy se levanta una supermoderna biblioteca inaugurada nada menos que por los reyes de España. Lo sobresaliente de las intervenciones urbanas da la idea de una ciudad empeñada en transformarse en una experiencia modelo digna de imitación.

Existen finalmente otras interpretaciones de corte más sociológico que hablan de un pueblo que recurre a la violencia en forma casi genética. La idiosincrasia colombiana tendería a premiar al macho dominante de la manada, lo que a fin de cuentas habría favorecido la aparición de guerrillas en ambas veredas y narcos en todo el país. El reconocimiento social al personaje que enfrenta la vida con hombría, arrojo y estoicismo explicaría parte del problema. Es, y se observa en todas las esquinas, una nación marcadamente machista.

TODO POR SEGURIDAD

Que las condiciones de seguridad han mejorado en Colombia no es un misterio. Para los turistas no existen peligros mayores a los que podrían encontrar en otro país latinoamericano o en cualquier ciudad grande del mundo. El miedo en la población ha retrocedido considerablemente. Los taxistas, puerta de entrada a la sabiduría popular en cualquier rincón del orbe, contagian rápidamente una sensación positiva respecto a los tiempos que corren (¿alguna vez han escuchado una perorata optimista de labios de un taxista argentino?), lo que para la voz de la calle tiene un principal responsable: Álvaro Uribe.

En efecto, el presidente que conduce las riendas de Colombia desde 2002 (y que concluye su segundo período en 2010) no ha escatimado recursos a la hora de combatir a la guerrilla. Los puntos buenos que ha anotado en esta batalla son por lejos más valorados que los aspectos controvertidos de su gestión. Su política de “seguridad democrática”, como el mismo la denomina, es el eje rector de su mandato, y es referente obligado para quien aspire a sucederlo. Con Uribe, las FARC están en la condición más desmejorada que se recuerde desde su nacimiento. Por lo mismo, la tentación del presidente sería extenderse a un tercer período que le permita poner punto final al enfrentamiento, imponiéndose en una negociación que los guerrilleros adelantan, sería implacable. La cuestión de la segunda reelección, en todo caso, aun no está zanjada, y los pronósticos (incluidas sus propias señales confusas) auguran que dará un paso al costado, desatando una pugna nada pacífica entre sus partidarios.

Pero la seguridad tiene sus costos. Tal como ocurre cada vez que los países son víctimas de amenazas o ataques, la libertad individual queda parcialmente afectada para que los órganos correspondientes puedan trabajar sin contratiempos en la prevención de nuevas alteraciones al orden público. Las medidas adoptadas en los aeropuertos de Estados Unidos después del atentado a las Torres Gemelas son el ejemplo más ilustrativo. Desde entonces muchas personas son objeto de revisiones exhaustivas que se acercan peligrosamente a la humillación, sin siquiera mencionar confiscación de bienes, dilaciones perjudiciales por las que nadie responde y otras violaciones menores a la intimidad. Haciendo un tramo en bus desde Bogotá, fuimos detenidos en plena carretera, donde tuve que descender para el cateo de rigor, de piernas abiertas y contra la pared. No podría decir “sin razón aparente”, ya que comprendí que el control aleatorio es parte del repertorio. Cuando la finalidad es legítima y compartida, y el procedimiento es respetuoso, la gente acepta estas medidas de buen grado. Otras igualmente restrictivas observé a la entrada de centros comerciales y especialmente en algunas universidades. Traté de ingresar a varias pero me topé con torniquetes y guardias de seguridad que me impidieron el paso por no ser estudiante de ellas. Desde afuera saqué algunas fotos pero rápidamente fui corrido del lugar por los agentes del orden.

Cuando consulté si acaso la “militarización” de las calles no les parecía un tanto inquietante, me respondieron que todo lo contrario. Mientras el escenario generaba en mí cierta paranoia, junto a la sensación de estar bajo vigilancia, de quedar sometido a la arbitrariedad de la autoridad armada, para la mayoría de los colombianos la presencia del ejército, de la policía o de la seguridad privada es sinónimo de tranquilidad. Me quedé tranquilo yo también entonces. Aunque hace algunos años las fuerzas del orden no eran requeridas precisamente por sus dudosos vínculos, hoy parece tratarse de una verdadera garantía pública. En conclusión, la “seguridad democrática” (que incluye la participación, al menos en teoría, de la propia comunidad) se ha impuesto y es el precio que Colombia paga gustosamente por avanzar hacia la paz.

CAPITALISMO SALVAJE

Otra característica sobresaliente del pueblo colombiano es su relación con el dinero. Sencillamente lo adoran. Un cierto criterio materialista se impone en las relaciones, y en nombre de la riqueza son incontables los casos que han sucumbido al lado oscuro. El estilo de vida de los narcos ha hecho escuela, y todavía hay cientos de miles de niños que sueñan con ese modelo de “platica” fácil. Hace poco tiempo la teleserie “Sin tetas no hay paraíso” (que el pudor chileno transformó en “Sin senos no hay paraíso”) retrató la realidad de una verdadera clase de muchachas que por un puñado de dólares estaban dispuestas a cualquier cosa. Las “prepago”, como se les apoda, son la cara femenina de la corrupción moral colombiana, las habituales parejas  de los “traquetos” o traficantes de droga.

Pero no sólo ellos andan tras el color del dinero. Los casinos se multiplican en todas las cuadras, así como las casas de empeño, abiertas las veinticuatro horas, para hacer todo vicio sustentable. La combinación con el fenómeno delictivo es letal: Por unas buenas zapatillas en pies ajenos bien valen un par de balazos. Hace poco se destapó asimismo un fraude de proporciones en una operación tipo pirámide financiera que desnudó, una vez más, el hambre de los colombianos por multiplicar sus fondos con celeridad. Aunque ignoro el origen profundo de esta devoción por el consumo, alcancé a observar que en general la lógica transaccional impera a falta de otras lógicas redistributivas. El Estado, como lo conocimos en Latinoamérica a mediados del siglo XX, no existió en Colombia. Al parece hubo poca industrialización y fomento productivo, poca infraestructura y conexión territorial, poca asistencia y focalización social. En este contexto resulta comprensible que la ciudadanía no espere soluciones por parte del gobierno de turno, que haya zonas de la geografía cafetera (ya lo suficientemente accidentada) en las cuales reine el cacique local, cuando no la guerrilla, y que todavía estemos hablando de un país con la mitad de sus habitantes bajo la línea de pobreza. Quizás estas pistas puedan ayudarnos a comprender la fuerza (y las consecuencias) de una economía de mercado cuando penetra en la mentalidad de una nación que carece de otras estructuras básicas para el desarrollo. Pero pensando en lo que ocurre actualmente con el debut capitalista en Cuba o en Vietnam (donde frecuentemente se transgreden normas legales y éticas para incrementar las ganancias), no creo justo atribuir el problema a la mera ausencia de instituciones o a la hegemonía de un color político determinado, sino más bien a la debilidad de ciertos fundamentos morales que facilitan la corrupción del edificio social.

Los desafíos, sin embargo, son enormes. Aunque me referí a un trato natural con el dinero, el proceso de bancarización es todavía lento (tuve que atravesar una ciudad de más de un millón de habitantes para encontrar un cajero automático), el concepto de responsabilidad social empresarial aun se debate en la clásica superficie del “pan y circo” (una infinidad de marcas desfilaron con pendones propios durante el Carnaval de Barranquilla, “haciéndolo posible” como dicen los animadores) y en general la cultura comercial está enfocada en cerrar lo más rápidamente el trato antes que en velar por una experiencia satisfactoria de consumo de bienes y servicios. En este sentido, la expresión más común del lenguaje comercial es “a la orden” (versión caribeña del “mande” mexicano), lo que revela un servilismo subterráneo de siglos, sustantivamente distinto a lo que significa una verdadera cultura de servicio, tal como encontramos en el mundo anglosajón. Sinceramente, llega a ser un poco incómodo tener tantas personas “dispuestas a actuar según nuestras órdenes” cuando se repara en el significado literal de las palabras.

En síntesis, esta patria tiene cuento para regalar. Y en mi perspectiva, mira el horizonte con una abundante dosis de confianza. Más allá de la crisis, que sin duda les golpeará, es posible percibir la convicción de que las cosas marchan por buen camino. Sin ir más lejos, fuimos nosotros los chilenos los que corrimos a Bogotá en busca de recetas para innovar en el transporte capitalino, (aunque huelga decirlo, los nuestros captaron bien defectuosamente el sistema colombiano: El “Transmilenio” contempla sólo servicios troncales y sus vías exclusivas son condición sine qua non para el funcionamiento). Ojalá que en futuro nos puedan seguir dando algunas lecciones.

Link: http://www.capital.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=3578&Itemid=56

MARIHUANA Y LIBERTAD INDIVIDUAL

marzo 26, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada en La Tercera Online el 25 de marzo)

El debate sobre la legalización de la marihuana ha despertado. No es un tema nuevo, pero esta vez se encendió con fuerza porque no se trata de la proclama interesada de una organización hippie, sino de la reflexión política de un grupo de ex presidentes latinoamericanos (entre ellos el mismísimo Ricardo Lagos) que se declararon muy dispuestos a discutir sobre la despenalización de drogas blandas para focalizar el combate a las drogas duras. En Estados Unidos, Obama parece haber actuado en la misma sintonía, designando a un nuevo jefe de la DEA que ha sido reconocido en Seattle por su exitosa lucha contra el narcotráfico, donde la clave habría sido relajar el control sobre el acceso, posesión y consumo de marihuana.

Lo que resulta interesante es que todos los argumentos expuestos han sido bastante estratégicos. Se trataría, en último término, de una cuestión de eficiencia policial: Permitir el cultivo privado de plantas de marihuana podría ser un acierto si el objetivo es cortar la cadena de un mercado ilícito que trae consigo una fuerte dosis de violencia. Asimismo, flexibilizar las sanciones al uso de esta droga permitiría concentrar los esfuerzos del Estado en aquellas que realmente poseen un potencial altamente destructivo para la salud propia y en entorno social. Ambas ideas son atractivas porque resultan sensatas, teniendo en cuenta que estamos hablando de la droga que mayor tolerancia y aceptación social recibe. Las imágenes de los programas televisivos que muestran supuestos consumidores de marihuana como peligrosos mutantes sólo reflejan un tendencioso desconocimiento del tema.

La razón que oponen los detractores a la medida es sencilla: Se trata de una droga que, aunque en mucho menor grado que las otras, tiene efectos perniciosos en la salud pública. Desde el punto de vista normativo, la tarea de la autoridad sería fijar los criterios acerca del tipo de sociedad que queremos, y claramente nadie querría una sociedad enferma o que vea sus capacidades productivas o afectivas mermadas por la ingesta consciente y permitida de un verdadero veneno. Aunque sea más eficiente dejar tranquila a la “hierba del rey”, como es cariñosamente llamada en una canción de Morodo, el asunto de fondo es que siendo indeseable debe ser igualmente perseguida.

Pero en esta discusión he echado de menos un enfoque nada menor, y que no se trata de la clásica tesis economicista-libertaria que promueve la despenalización de todas las drogas para promover la competencia desarticulando los monopolios y regulando su comercialización para mejorar la calidad del producto bajando al mismo tiempo sus precios. El argumento que a mí me convence se remite a los grados de libertad individual que deberían gozar personas adultas en una sociedad abierta. O dicho a la inversa, el serio cuestionamiento que podemos hacerle a la intervención del Estado en la esfera de la vida privada. Por eso la diferencia entre los tipos de droga es relevante, ya que el consumo de marihuana no atenta directamente contra la libertad de los otros. Evidentemente nuestros actos influyen en las demás personas, lo importante es que seamos capaces de delimitar de manera desprejuiciada los ámbitos de riesgo permitido para vivir en sociedad. Existen muchas conductas que ponen en riesgo la salud propia o ajena. Tomar alcohol, fumar cigarrillos o saltar en paracaídas son ejemplos de exposición, pero al mismo tiempo permitidos por la ley. Lo que le da sentido al concepto de libertad individual es precisamente la capacidad humana de ponderar ese riesgo con relativa amplitud. Es el radio de las “life choices” en el cual reclamo un espacio libre de intervención ajena. Por todo lo anterior me parece lógico que el Estado entregue recomendaciones con el fin de minimizar los efectos de la toma de riesgos. Lo hace cuando restringe el horario de las botillerías o cuando promueve una dieta sana para los escolares en etapa de crecimiento. Cosa distinta es que mañana prohibiera la comida chatarra. El Estado puede recomendarnos que no consumamos marihuana, y quizás deberíamos hacerle caso, pero he llegado a la convicción de que su prohibición debería estar fuera de sus atribuciones. Adelante con la despenalización del autocultivo.

Link: http://blog.latercera.com/blog/cbellolio/entry/marihuana_y_libertad_individual

Adam Smith’s market never stood alone (Amartya Sen)

marzo 25, 2009

Pinn illustration

En el interesante debate intelectual, motivado por la actual crisis, entre hayekianos y keynesianos, llamo al estrado al viejo Amartya Sen, Profesor de Harvard y Nobel de Economía 1998. La respuesta al problema, según el autor, estaría en una correcta interpretación de la obra de Adam Smith. Agradezco a Leonidas Montes en reenvío de la columna, publicada hace un par de semanas en el Financial Times:

“Exactly 90 years ago, in March 1919, faced with another economic crisis, Vladimir Lenin discussed the dire straits of contemporary capitalism. He was, however, unwilling to write an epitaph: “To believe that there is no way out of the present crisis for capitalism is an error.” That particular expectation of Lenin’s, unlike some he held, proved to be correct enough. Even though American and European markets got into further problems in the 1920s, followed by the Great Depression of the 1930s, in the long haul after the end of the second world war, the market economy has been exceptionally dynamic, generating unprecedented expansion of the global economy over the past 60 years. Not any more, at least not right now. The global economic crisis began suddenly in the American autumn and is gathering speed at a frightening rate, and government attempts to stop it have had very little success despite unprecedented commitments of public funds.

The question that arises most forcefully now is not so much about the end of capitalism as about the nature of capitalism and the need for change. The invoking of old and new capitalism played an energising part in the animated discussions that took place in the symposium on “New World, New Capitalism” led by Nicolas Sarkozy, the French president, Tony Blair, the former British prime minister, and Angela Merkel, the German chancellor, in January in Paris.

The crisis, no matter how unbeatable it looks today, will eventually pass, but questions about future economic systems will remain. Do we really need a “new capitalism”, carrying, in some significant way, the capitalist banner, rather than a non-monolithic economic system that draws on a variety of institutions chosen pragmatically and values that we can defend with reason? Should we search for a new capitalism or for a “new world” – to use the other term on offer at the Paris meeting – that need not take a specialised capitalist form? This is not only the question we face today, but I would argue it is also the question that the founder of modern economics, Adam Smith, in effect asked in the 18th century, even as he presented his pioneering analysis of the working of the market economy.

Smith never used the term capitalism (at least, so far as I have been able to trace), and it would also be hard to carve out from his works any theory of the sufficiency of the market economy, or of the need to accept the dominance of capital. He talked about the important role of broader values for the choice of behaviour, as well as the importance of institutions, in The Wealth of Nations; but it was in his first book, The Theory of Moral Sentiments, published exactly 250 years ago, that he extensively investigated the powerful role of non-profit values. While stating that “prudence” was “of all virtues that which is most helpful to the individual”, Smith went on to argue that “humanity, justice, generosity, and public spirit, are the qualities most useful to others”.

What exactly is capitalism? The standard definition seems to take reliance on markets for economic transactions as a necessary qualification for an economy to be seen as capitalist. In a similar way, dependence on the profit motive, and on individual entitlements based on private ownership, are seen as archetypal features of capitalism. However, if these are necessary requirements, are the economic systems we currently have, for example, in Europe and America, genuinely capitalist? All the affluent countries in the world – those in Europe, as well as the US, Canada, Japan, Singapore, South Korea, Taiwan, Australia and others – have depended for some time on transactions that occur largely outside the markets, such as unemployment benefits, public pensions and other features of social security, and the public provision of school education and healthcare. The creditable performance of the allegedly capitalist systems in the days when there were real achievements drew on a combination of institutions that went much beyond relying only on a profit-maximising market economy.

It is often overlooked that Smith did not take the pure market mechanism to be a free-standing performer of excellence, nor did he take the profit motive to be all that is needed. Perhaps the biggest mistake lies in interpreting Smith’s limited discussion of why people seek trade as an exhaustive analysis of all the behavioural norms and institutions that he thought necessary for a market economy to work well. People seek trade because of self-interest – nothing more is needed, as Smith discussed in a statement that has been quoted again and again explaining why bakers, brewers, butchers and consumers seek trade. However an economy needs other values and commitments such as mutual trust and confidence to work efficiently. For example, Smith argued: “When the people of any particular country has such confidence in the fortune, probity, and prudence of a particular banker, as to believe he is always ready to pay upon demand such of his promissory notes as are likely to be at any time presented to him; those notes come to have the same currency as gold and silver money, from the confidence that such money can at any time be had for them.”

Smith explained why this kind of trust does not always exist. Even though the champions of the baker-brewer-butcher reading of Smith enshrined in many economics books may be at a loss to understand the present crisis (people still have very good reason to seek more trade, only less opportunity), the far-reaching consequences of mistrust and lack of confidence in others, which have contributed to generating this crisis and are making a recovery so very difficult, would not have puzzled him.

There were, in fact, very good reasons for mistrust and the breakdown of assurance that contributed to the crisis today. The obligations and responsibilities associated with transactions have in recent years become much harder to trace thanks to the rapid development of secondary markets involving derivatives and other financial instruments. This occurred at a time when the plentiful availability of credit, partly driven by the huge trading surpluses of some economies, most prominently China, magnified the scale of brash operations. A subprime lender who misled a borrower into taking unwise risks could pass off the financial instruments to other parties remote from the original transaction. The need for supervision and regulation has become much stronger over recent years. And yet the supervisory role of the government in the US in particular has been, over the same period, sharply curtailed, fed by an increasing belief in the self-regulatory nature of the market economy. Precisely as the need for state surveillance has grown, the provision of the needed supervision has shrunk.

This institutional vulnerability has implications not only for sharp practices, but also for a tendency towards over-speculation that, as Smith argued, tends to grip many human beings in their breathless search for profits. Smith called these promoters of excessive risk in search of profits “prodigals and projectors” – which, by the way, is quite a good description of the entrepreneurs of subprime mortgages over the recent past. The implicit faith in the wisdom of the stand-alone market economy, which is largely responsible for the removal of the established regulations in the US, tended to assume away the activities of prodigals and projectors in a way that would have shocked the pioneering exponent of the rationale of the market economy.

Despite all Smith did to explain and defend the constructive role of the market, he was deeply concerned about the incidence of poverty, illiteracy and relative deprivation that might remain despite a well-functioning market economy. He wanted institutional diversity and motivational variety, not monolithic markets and singular dominance of the profit motive. Smith was not only a defender of the role of the state in doing things that the market might fail to do, such as universal education and poverty relief (he also wanted greater freedom for the state-supported indigent than the Poor Laws of his day provided); he argued, in general, for institutional choices to fit the problems that arise rather than anchoring institutions to some fixed formula, such as leaving things to the market.

The economic difficulties of today do not, I would argue, call for some “new capitalism”, but they do demand an open-minded understanding of older ideas about the reach and limits of the market economy. What is needed above all is a clear-headed appreciation of how different institutions work, along with an understanding of how a variety of organisations – from the market to the institutions of state – can together contribute to producing a more decent economic world.

Link: http://www.ft.com/cms/s/0/8f2829fa-0daf-11de-8ea3-0000779fd2ac.html

DE BRASIL AL VATICANO

marzo 23, 2009

Transcribimos una carta escrita por Rino Fisichella, Arzobispo presidente de la Pontificia Academia para la Vida, dirigida al Papa Benedicto XVI y publicada recientemente en el editorial del l’Osservatore Romano. Una mirada interesante que, desde dentro de la propia Iglesia, pide poner el foco en la comprensión antes que en el reproche, a propósito del caso de la niña brasileña y los médicos que aceptaron hacerle un aborto terapéutico:

“El debate acerca de algunos temas muchas veces se hace estrecho y las diferentes perspectivas no siempre permiten considerar la importancia de lo que verdaderamente se pone en juego. Este es el momento en que se debe ver lo esencial y dejar por un momento lo que no toca directamente el problema. El caso en su dramatismo es simple. Una niña de apenas 9 años – la llamaremos Carmen- a quien debemos mirar fijamente a los ojos sin distraer la mirada ni siquiera un segundo, para demostrarle cuanto se la quiere. Carmen, en Recife (Brasil) fue violada repetidamente por su padrastro, se embaraza de mellizos y ya no tendrá una vida facil. La herida es profunda porque la violencia del todo gratuita la ha destruido interiormente y difícilmente le permitirá, en un futuro, mirar a los demás con amor.

Carmen representa una historia de violencia cotidiana que ha conseguido aparecer en las páginas de lo diarios solo porque el arzobispo de Olinda y Recife se apuró en declarar la excomunión a los médicos que la ayudaron a interrumpir el embarazo. Una historia de violencia que pudiera haber pasado de incógnito, (…) si no hubiera sido por la roncha que ha levantado la intervención del obispo. La violencia ejercida contra una mujer, grave de por sí, asume un valor aún mas despreciable cuando quien la sufre es una niña, con los agravantes de la pobreza y la degradación social en la que vive. No se encuentran palabras para condenar tales episodios y los sentimientos que brotan son frecuentemente una mezcla de rabia y de rencor que solo menguan cuando se hace justicia y la pena inflingida al delincuente de turno se hace efectiva.

Carmen, en primer lugar, debió ser defendida, abrazada, acariciada con dulzura para hacerle sentir que estábamos con ella, todos sin distinción alguna. Antes de pensar en la excomunión era necesario salvaguardar su vida inocente y llevarla a un nivel de humanidad del cual, nosotros, hombres de Iglesia deberíamos ser anunciadores expertos y maestros. No ha sido así, y lamentablemente se resiente la credibilidad de nuestra enseñanza que aparece ante los ojos de muchos como insensible, incomprensible y exenta de misericordia. Es verdad, Carmen llevaba en su seno otras vidas inocentes como ella, a pesar de ser fruto de la violencia, y han sido eliminadas; todo eso aún no basta para dar un juicio que pesa como una maza.

En el caso de Carmen se han encontrado la vida y la muerte. A causa de su corta edad y de las precarias condiciones de salud su vida estaba en serio peligro por el embarazo. ¿Cómo actuar en estos casos? Ardua decisión para un médico y para la misma ley moral. Decisiones como esta, a pesar de tener una casuística diferente, se repiten diariamente en las salas de emergencia y la conciencia del médico se encuentra sola consigo misma en el acto de deber decidir que es lo mejor que se debe hacer. Ninguno, por lo tanto, llega a una decisión de este tipo con desenvoltura; es injusto y ofensivo el solo pensarlo.

El debido respeto al profesionalismo del médico es una regla que debe involucrar a todos y nadie puede emitir un juicio negativo sin haber considerado el conflicto creado dentro del mismo médico. Cada médico lleva consigo su propia historia y su propia experiencia; una decisión como esa de deber salvar una vida, sabiendo que pone en serio riesgo una segunda, no viene jamás vivida con facilidad. Ciertamente, algunos se acostumbran a ese tipo de situaciones a tal grado que la decisión no les provoca algún tipo de emoción; estos son los casos en los que la elección del ejercicio de la medicina se degrada al mero oficio vivido sin entusiasmo y asumido pasivamente. Sin embargo, meter a todos en el mismo saco, mas que incorrecto, sería injusto.

Carmen ha vuelto a colocar sobre el tapete un caso moral de los mas delicados; tratarlo apresuradamente no le haría justicia ni a su frágil persona ni a cuantos se han visto involucrados en los diferentes roles de esta historia. Como cada caso particular y concreto, por lo tanto, amerita ser analizado en su particularidad, sin generalizaciones. La moral católica tiene principios de los que no se puede prescindir, aunque se deseara. La defensa de la vida humana desde su concepción pertenece a estos principios y se justifica por la sacralidad de la existencia. Cada ser humano desde el primer instante lleva impreso en sí mismo la imagen del Creador, y por eso debemos convencernos que le deban ser reconocidos la dignidad y los derechos de toda persona, primeros entre todos los de la intangibilidad e inviolabilidad.

El aborto provocado siempre ha sido condenado por la Ley Moral como un acto intrínsecamente malo y esta enseñanza permanece inmutable en nuestros días desde el mismo inicio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes –documento de gran apertura referente al mundo contemporáneo- utiliza de manera inesperada palabras inequívocas y duras contra el aborto directo. La misma colaboración formal constituye una culpa grave que, cuando se realiza, lleva automáticamente a la salida de la comunidad cristiana. Técnicamente el Código de Derecho Canónico usa la expresión “latae sententiae” para indicar que la excomunión se hace efectiva desde el mismo momento en que se comete el hecho.

No había necesidad, insistimos, de tanta urgencia y publicidad en el declarar un hecho que se efectúa de manera automática. De lo que mayormente se siente la necesidad en este momento es de un signo de cercanía con quien sufre, un acto de misericordia que, aún manteniendo firmes los principios, sea capaz de mirar mas allá de la esfera jurídica para alcanzar lo que el mismo Derecho prevee como razón de su existencia: el bien y la salvación de cuantos creen en el amor del Padre y de cuantos reciben el Evangelio de Cristo como niños, a quienes Jesús llamaba junto a sí y les estrechaba entre sus brazos diciendo que el Reino le pertenece a quienes son como ellos.

Carmen, estamos de tu parte. Participamos contigo del sufrimiento que has probado, quisiéramos hacer de todo para restituirte la dignidad que te fue arrebatada y el amor del que tendrás aún mas necesidad. Son otros los que merecen la excomunión y nuestro perdón, no aquellos que te han permitido vivir y te ayudarán a recuperar la esperanza y la confianza, a pesar de la presencia del mal y la perversidad de muchos.”

LA NECESARIA DIVERSIDAD DE LA ALIANZA

marzo 19, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada en La Tercera Online)

En la construcción de sus programas de gobierno, las coaliciones tienen la oportunidad de demostrar su diversidad interna. Aunque finalmente los ejes centrales están en los temas y los criterios compartidos, es importante que quede constancia de cuáles son las posiciones en juego, aquellas que delimitan el arco ideológico aunque no sean necesariamente las elegidas como bandera de lucha por el candidato presidencial y su entorno. En el caso de la Alianza, resulta bastante claro que en materia económica no existen grandes divergencias, las que creo subsisten en materia política y en cierto sentido en los llamados problemas valóricos o moral-culturales. Las discrepancias sobre el legado constitucional del régimen militar marcaron la década de los noventa, y se extienden en los últimos años a las iniciativas destinadas a incentivar la participación. Algo similar se huele en las batallas que enfrentan la autodeterminación individual con la obediencia a principios religiosos en la esfera de la vida privada.

La Concertación nos ha enseñado que se puede gobernar en un marco amplio de ideas, donde finalmente son los mínimos comunes los que determinan la efectiva conducción del Estado. Este ejercicio genuinamente democrático parte en el reconocimiento de las distintas miradas a un mismo asunto, ejercicio que percibo está vedado en el seno de la centroderecha chilena. El derecho a pensar distinto no parece garantizado. Cuando escucho a muchos de sus dirigentes aliancistas, me da la impresión de que para ellos la gobernabilidad debe ser expresión natural de un pensamiento monolítico.

Es fundamental que dentro de la misma Alianza surjan debates serios y despersonalizados sobre los grandes temas del siglo XXI. Abrir las puertas a distintas visiones es un imperativo en las sociedades modernas. La tradición no puede seguir jugando un rol autoexplicativo. Independiente de cuál sea la decisión final de un conglomerado político-electoral, es responsabilidad de los dirigentes crear espacios y procedimientos para ponderar los grados de esa diversidad. La capacidad de adaptación de las fuerzas políticas es vital en nuestro tiempo, por lo que encerrarse en el prejuicio, la censura, el tabú o sencillamente la imposición de la autoridad, puede ser un error político fatal.

Lo anterior no significa que todas las interpretaciones son bienvenidas. La misión de sus líderes es diseñar un paraguas ideológico adecuado, lo suficientemente amplio como para aspirar a la representación de todos los chilenos, pero al mismo tiempo lo suficientemente acotado como para conservar identidad y sentido de pertenencia a uno de los proyectos en competencia. En el caso de la Alianza, resulta evidente que queda excluido el pensamiento socialista que reclama del Estado todas las soluciones. Pero queda un vasto mundo en las ideas liberales y conservadoras que entrando en diálogo puede satisfacer las necesidades antes señaladas. Hay una derecha en Chile que siente cierta nostalgia por el autoritarismo, o que considera que los procedimientos participativos son un incómodo requerimiento que valdría la pena esquivar, mientras otra derecha abraza sin vacilaciones la democracia, no sólo como mecanismo de renovación periódica de las autoridades, sino como expresión virtuosa de ciertas prácticas sociales, valorada en sí misma. Hay una derecha que aborrece de la intervención del Estado en la economía y que santifica al mercado como único asignador de recursos, frente a la cual se levanta otra derecha preocupada por sus fallas y dispuesta a corregir lo que sea necesario para promover la competencia y erradicar la miseria. Hay una derecha que busca en el mensaje divino las respuestas de la vida diaria, y que pretende imponer sus verdades al resto de la población, mientras que existe una derecha que cree sinceramente en la indivisibilidad del liberalismo y en la capacidad de los seres humanos de decidir sobre sus propias existencias en la tierra.

No escondamos la diversidad. No atenta contra la gobernabilidad. Por el contrario, representa a más ciudadanos y enriquece las conclusiones que finalmente serán ofrecidas a Chile.

Link: http://blog.latercera.com/blog/cbellolio/entry/la_necesaria_diversidad_de_la

NO HAY BIEN QUE PARA EL MAL NO VENGA

marzo 17, 2009

por Cristóbal Bellolio (reseña literaria publicada en Revista Qué Pasa el sábado 14 de marzo)

EN LA GOLPEADA COLOMBIA, DOS HOMBRES SIMILARES TOMAN VEREDAS OPUESTAS Y SE DISPONEN A MATAR Y MORIR. ¿QUÉ PASA POR SUS CABEZAS? SI TODOS ALIMENTAMOS LA VIOLENCIA ¿QUIÉN TIRARÁ LA PRIMERA PIEDRA? ¿QUIÉN PUEDE ESCAPAR DE ESTE CÍRCULO VICIOSO?

Libros sobre las FARC hay centenares. Algunos más académicos, otros más políticos, una que otra novela. Pero lo que logra Alonso Sánchez Baute en “Líbranos del Bien” es tan difícil de encasillar que por lo mismo brilla con luz propia. Utilizando la crónica personal, el testimonio de los protagonistas y la investigación periodística, todo conectado por una pluma que destaca entre las nuevas letras colombianas, el autor pretende explorar las motivaciones profundas que llevaron a muchos de sus compatriotas a partir a la selva a empuñar las armas con radicales banderas. Pero especialmente se preocupa por dos personajes que ya han alcanzado la categoría de mito: Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, y Rodrigo Tovar, alias Jorge Cuarenta. Sus experiencias, hasta entrada la edad madura, no eran sustancialmente distintas. Ambos eran miembros de la clase acomodada del norte de Colombia, con contactos y redes sociales, acreedores del cariño de sus familias y con auspiciosas carreras profesionales, los que un día decidieron dejar todas las comodidades atrás para comprometerse en una lucha fratricida que desde hace décadas tiñe de sangre la geografía cafetera. En efecto, mientras Palmera se convertía en comandante de las FARC, Tovar hacía lo propio en las fuerzas paramilitares que combatían la guerrilla en ausencia de ejército regular. El romántico de ideas progresistas mutaba en el asesino Trinidad, el alegre vallenato se convertía en el mercenario de sangre fría Cuarenta.

Por lo mismo su lectura supera la clásica descripción de la guerra. De hecho, ni siquiera se aventura a hacer demasiados juicios al respecto. Simplemente se pregunta en qué minuto el diablo metió la cola en Colombia, en qué momento el odio hizo metástasis como un cáncer en el alma de una nación, y cómo las buenas intenciones de dos personas normales llevadas por el torbellino de la intolerancia se transforman en ráfagas de ametralladora, letales e irreversibles, esa Intolerancia que “sólo sabe de muertos”. Se trata en definitiva, como alguna vez lo dijo Vargas Llosa, de cómo la pasión por la libertad y la igualdad, ambas profundamente afincadas en el corazón de los hombres porque responden a impulsos nobles y generosos, se están permanentemente rechazando. De cómo nuestros estándares morales se pierden en el camino del fanatismo. El camino hacia el infierno está pavimentado de buenas intenciones, dice el refrán. ¿No nos recuerda acaso nuestra propia historia política reciente?

El autor, que removió el panorama literario colombiano hace algunos años con una novela sobre su propia homosexualidad, hace un recorrido por la trayectoria de su país de la mano de una anciana centenaria. Por lo mismo las primeras páginas se hacen algo desconectadas y lejanas del conflicto, aunque ayudan a contextualizar los antecedentes familiares de los protagonistas. A lo largo de la lectura es sorprendente confirmar que el mágico Macondo del viejo García Márquez va quedando sepultado trágicamente cuando la venganza se empieza a transformar en un código genético hereditario. Porque el dolor de las pérdidas, según el relato, irremediablemente lleva al odio, y el odio a la violencia. O eso que decía Sartre, de que “basta que un hombre odie a otro hombre para que el odio vaya corriendo hasta la humanidad entera”. Comprender este tipo de fenómenos se hace vital si queremos que nuestras sociedades latinoamericanas, brutalmente divididas en el pasado por la ideología y la marginación, puedan enfrentar el futuro sin cargar con las heridas y los traumas de nuestros antepasados, para construir espacios públicos sin rencor ni resentimiento.

Finalmente, cae de cajón la pregunta utilitarista de rigor: ¿Era necesario tanto secuestro, tanta extorsión, tanta crueldad, tanta gente asesinada? ¿Qué se consiguió a cambio? Concluye Sánchez Baute con una sentencia tan poco académica como certeza: “La violencia no sirvió pa’ ni mierda”. Y no podemos estar más de acuerdo.

Frase destacada: “Todos piden sangre, todos claman venganza, ¿por qué yo habría de ser lábil cuando la tierra de este país está abonada con la sangre de mi familia?”

Se lo recomiendo a: A todos aquellos que se autoconvencen de que sus buenas intenciones justifican todas sus acciones, y especialmente a quienes creen que se puede hacer política hacia el futuro basándose en estructuras ancladas a un pasado de odio e intolerancia.

Link: http://www.quepasa.cl/medio/articulo/0,0,38039290_101111578_380539265,00.html

DUPLICANDO A BACHELET

marzo 15, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada en La Tercera Online)

Si algo ha quedado demostrado en estos tres años de gobierno, es que las características personales de la Presidenta representan un efectivo capital político, que puede incluso llegar a atenuar el juicio crítico que recae sobre la propia gestión gubernamental. Todavía existen desafíos para que nuestro país, acostumbrado a la mano firme sino autoritaria, sintonice mejor con este tipo de liderazgo. Pero por lo pronto, la decisión de instalar a Carolina Tohá como vocera de La Moneda parece ser el fruto de una lectura política correcta. Continuar con un personaje socarrón e insidioso a cargo de las comunicaciones en pleno año electoral era demasiado arriesgado. Pudo Vidal haber jugado un papel importante para frenar la avalancha opositora en los peores momentos de la administración Bachelet, pero este es el momento en que los seductores deben sustituir a los púgiles, si la Concertación quiere terminar su cuarto mandato con la frente en alto y con posibilidades, aunque remotas, de ganar el quinto.

La Tohá deberá entonces adoptar las mismas armas que esgrime la primera mandataria. Por supuesto que la lealtad es importante (eso explica que el deslucido Vidal haya sido premiado con el ministerio de defensa), pero lo será aun más importante el tono, la sensatez y la limpieza en la mirada. Eso que llaman “cercanía”. No sería raro que esta jugada sea una respuesta de palacio a la designación de Marcela Cubillos como vocera de la candidatura opositora. Esta última, aun sin brillar, reúne condiciones similares a las descritas. Era impensable que dicho rol fuera asumido por un perro viejo de ladrido fácil. Si varios analistas ya anticiparon el comienzo de una “guerra sucia” entre Piñera y Frei, las nuevas chicas empoderadas serán las encargadas de verle el lado amable a la contienda. Además, dato no menor, ambas son hijas de altos funcionarios de la Unidad Popular y el Régimen Militar respectivamente. Pero al mismo tiempo representan una nueva generación que carga menos intolerancia y resentimiento. El mensaje, consciente o inconsciente, es altamente simbólico.

Pero con la designación de Carolina Tohá, una diputada en ejercicio, se abren otra serie de interrogantes. En primer lugar, es cuestionable que el Ejecutivo le “arrebate” a los electores de Santiago a su representante. Es lo más parecido a ningunearlos. Algo así como decirles: Ustedes pueden elegir a quien quieran, pero seremos finalmente nosotros quien decidamos si ejerce efectivamente el cargo. En segundo lugar, es sencillamente desconocer que la ciudadanía, cada vez más, vota por las personas y no por los partidos. En el presente caso será el PPD el encargado de designar a dedo al reemplazante de Tohá en el Congreso, alimentando la desconfianza democrática. Y en tercer lugar, a mi juicio el más grave, utiliza el recurso de la renuncia parlamentaria (incorporada en la reforma constitucional del 2005) para esquivar el problema de la incompatibilidad entre un cargo parlamentario y uno ministerial. Como las propuestas del senador Frei en orden a eliminar dicha incompatibilidad aun no se concretan, queda en evidencia que la movida del Gobierno burla el espíritu de la Constitución. Las consecuencias de esta práctica pueden anticiparse: El incentivo para los parlamentarios con opciones de llegar al gabinete es reelegirse, ya que si su candidato presidencial pierde, conservan su sillón en Valparaíso, mientras que si gana, toman posesión de su respectivo ministerio con la conveniente certeza de que su puesto será ocupado por uno de las mismas filas sin pasar por competencia democrática alguna.

En síntesis, es una buena noticia para el clima político que Carolina Tohá llegue a La Moneda. Pero como el fin no siempre justifica los medios, debemos llamar la atención sobre los nefastos efectos que puede tener el procedimiento utilizado.

Link: http://blog.latercera.com/blog/cbellolio/entry/duplicando_a_bachelet

NO ES MALO, SÓLO EQUIVOCADO

marzo 12, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada hoy jueves 12 de marzo en La Tercera)

El acuerdo que puso ayer al gremialista Jovino Novoa en la presidencia del Senado estuvo lejos de ser inmoral, como han pretendido señalar algunos columnistas y destemplados políticos de la Concertación. Si de rendir cuentas por el pasado se trata, nuestro Congreso quedaría parcialmente desierto, entre instigadores de la violencia ideológica y cómplices burocráticos de la dictadura que hoy lo integran. Tampoco es una ignominia republicana, ya que el veterano senador UDI llegó a esta instancia siguiendo todos los procedimientos democráticos establecidos, aunque el origen de ellos (particularmente el sistema binominal) aún se discuta. Creo, sin embargo, que se trata de un nuevo error político de la Alianza, que delata la ausencia de una estrategia coherente y consensuada para alcanzar el gobierno.

La figura de Novoa, querámoslo o no, representa a una derecha vinculada a un régimen que violó los derechos humanos de miles de chilenos y que está condenada a perder elecciones por el peso que significa cargar esa mochila. Que su nombre no figure en los casos que investiga la justicia no basta para redimir la asociación política que legítimamente hace la ciudadanía. Por eso, entregarle este nivel de protagonismo en un año electoral es una jugada peligrosamente irreflexiva, que nos recuerda que, en materia de sagacidad política, la Alianza ha equivocado el ABC para convertirse en mayoría: no ha capturado el centro, no ha separado de sus filas a los ex funcionarios de Pinochet, no ha entendido los valores del nuevo Chile y no se ha comunicado con el electorado en forma atractiva.

Seguramente se argumentará que Joaquín Lavín -el candidato opositor que más cerca ha estado de arrebatarle La Moneda a la Concertación-, pertenecía precisamente a las filas del partido más derechista del país, el mismo de Novoa. Cómo olvidarlo, y cómo olvidar que su libreto fue exitoso justamente por su ambigüedad: firmó piernas cabareteras (escandalizando a los más conservadores); dijo que no era relevante si las empresas eran públicas o privadas mientras fuesen eficientes (aturdiendo a los dogmáticos del neoliberalismo); y le cambió la cancha a Ricardo Lagos hablando de los “problemas reales de la gente” (inaugurando un populismo de alta rentabilidad). Ah, y también reconoció que no habría votado “Sí” en 1988 de haber conocido entonces la información que está disponible hoy en día. Seis años después, en cambio, fue obligado a volver a su rincón, a representar a la derecha de siempre, sosteniendo en debate televisado que no quería un Chile donde su hija cargara condones en la mochila. Perdió a las nuevas generaciones que había conquistado en 1999 y no pasó a segunda vuelta.

El problema, en síntesis, no radica en los méritos del senador Novoa, que asumo tendrá varios. Tampoco necesariamente en su filiación partidaria. El asunto de fondo es que la Alianza entrega una señal en la dirección incorrecta. Por algo Piñera lo intuyó y trató de hacer algo al respecto, aunque finalmente lo dejó pasar para no crear tensiones con sus aliados. Pero alguien en la coalición tendrá que hacerse responsable de esta comedia de desaciertos, que comenzó con el rechazo a la inscripción automática (que hoy les pena en todas las encuestas presidenciales), continuó con el recurso de impugnación a la píldora (que los alejó poderosamente de la sensibilidad nacional) y hoy se extiende con la elección de un “duro” en un cargo de altísima visibilidad pública en el año más decisivo de su historia reciente.

Link: http://papeldigital.info/lt/edicion.html?20090312010042

¿TODOS KEYNESIANOS?: UNA RESPUESTA

marzo 6, 2009

por Daniel Brieba

En una columna recién publicada en este blog, Axel Kaiser cuestiona elocuentemente la opinión, sin duda bastante popular por estos días, de que hoy ‘somos todos keynesianos’. Aprovechando la claridad de su exposición, me saltaré la recapitulación de rigor y me remitiré directamente a la sustancia de mis desacuerdos con su columna. En lo esencial, me parece que esta columna tiene la pasión y convicción del militante, pero por lo mismo carece del rigor, la reflexividad y hasta la duda que asuntos tan complejos como estos merecen. Porque la columna es confusa respecto al (e injusta con) el keynesianismo y acomodaticia con el neoliberalismo, no puedo compartir su diagnóstico respecto a que los eventos recientes en la economía mundial no supondrían un desafío al neoliberalismo ni tampoco un renacer keynesiano. Como además está escrita desde una lógica de trincheras ideológicas, tampoco nos ayuda a entender los desafíos que la realidad nos presenta hacia el futuro. Vamos viendo…

 

Mi primer problema es con la forma en que la columna presenta al keynesianismo. Evidentemente, cuando no se definen los términos con claridad,  es fácil atribuir todo lo malo a la opción contraria y todo lo bueno a la posición de uno. Esto es lo que hace la columna al equiparar keynesianismo con mayor intervención en la economía (y a ambos conceptos con el ‘progresismo’ como corriente política). Es imposible hacerme cargo de lo burdo de esta triple igualación en todos sus niveles. Baste aquí con señalar que el keynesianismo es en su esencia una doctrina económica que propone usar la política fiscal como herramienta contracíclica: es decir, el gobierno gasta menos para moderar la inflación y ahorrar plata en tiempos de vacas gordas, y gasta más para mitigar las recesiones en tiempos de vacas flacas. Exactamente lo que ha hecho Chile, por ejemplo: su paquete de US$4 mil millones es una instancia clásica de keynesianismo. Incluso gobiernos sin ahorros se están endeudando para estimular su economía: Estados Unidos y Gran Bretaña (a través de la reducción del IVA) son casos evidentes. Pero estas intervenciones fiscales poco tienen que ver con simplemente ‘más Estado en la economía’, al estilo por ejemplo de la política industrial activa de los gobiernos latinoamericanos durante la era de industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Esto último nada tiene que ver con keynesianismo, y esta confusión conceptual entre política fiscal e intervencionismo económico generalizado está en el corazón del argumento de Axel, que subsume ambas cosas en la única dimensión de más o menos Estado. Haciendo esta necesaria distinción, podemos apreciar que si la reciente resurrección de los paquetes de estímulo fiscales, a lo largo y ancho del globo, no son un renacer político del keynesianismo- una doctrina que en cualquier caso nunca estuvo ni tan muerta ni fue tan desastrosa como él sugiere-, es difícil ver qué puede serlo.

 

Mi segundo problema es con la interpretación que la columna hace del neoliberalismo. Me parece que es un error serio el no diferenciar entre el neoliberalismo académico de Hayek, su recepción por economistas y ‘policymakers’ en organizaciones internacionales, y el neoliberalismo como ideología política y ni hablar de los ‘neoliberalismos reales’ que han existido bajo los gobiernos de un Reagan, un Pinochet o una Thatcher. Al defender el neoliberalismo desde un filósofo sutil y complejo como Hayek, mágicamente blanqueamos al neoliberalismo de toda culpa histórica y se nos escapa el sentido de las críticas que le han hecho tipos como Samuelson y Krugman, quienes difícilmente están por meter al Estado en todas las áreas de la economía, como parece creer Axel. Cuando ellos hablan de la caída del paradigma neoliberal, no están pensando volver al ‘keynesianismo’ de mediados del siglo XX (ni menos a un modelo de desarrollo ISI que nunca compartieron), sino que están señalando el fin de un discurso político (y de gran aceptación en círculos académicos norteamericanos inspirados por el libertarianismo de Nozick) que nos decía que los mercados se autorregulaban, que menos Estado era siempre mejor, que los impuestos son poco menos que un robo de la riqueza y trabajo de los privados, y que bastaba con asegurar derechos de propiedad para emprender el camino del desarrollo. La desregulación financiera y la consecuente globalización de los flujos de capital fue un producto directo de esta visión de un Estado que debía limitarse a funciones esenciales y dejar las finanzas a los privados. Es evidente que la ligereza de mano en la regulación financiera estadounidense que nos ha costado tan caro no fue casualidad, sino producto directo de una ideología y de un clima político profundamente hostil a las regulaciones estatales. ¿Hayek no habría estado de acuerdo? Quizás no. Pero los neoliberales de los ‘80 fueron los promotores directos de estas medidas.  Y es este neoliberalismo, no el neoliberalismo hayekiano de regulaciones inteligentes de Axel, el que ha sido histórica y políticamente relevante, y cuyo paradigma ha colapsado bajo su propio peso.

 

Por último, el trincherismo ideológico que resulta de pintar los problemas actuales- tal como si estuviéramos en 1979 en vez del 2009- como una lucha entre neoliberales y keynesianos podrá servir para acentuar diferencias y ridiculizar al adversario (a esos pobres ‘tontos’), pero en contrapartida se vuelve más difícil percibir que detrás de la verborrea hay sustancial consenso entre ambos bandos en lo fundamental: que los mercados regulados son esenciales, que lo que debemos hacer en el futuro es tener mejores regulaciones financieras, y que el desafío es producir regulaciones que aseguren que un desastre como el actual no se repetirá, sin con ello liquidar el dinamismo y la innovación de los mercados financieros. Al menos los progresistas que yo conozco estarían tan de acuerdo con esto como presumo lo está Axel. Si bien hay diferencias legítimas entre neoliberales y keynesianos que es útil discutir, presentar el debate como una nueva lucha entre mercado y Estado sólo contribuye (y que Axel me perdone el marxismo) a reificar y fetichizar ambos términos, rigidizando así posturas ideológicas gastadas y crecientemente irrelevantes para los problemas del mundo del siglo XXI. No vamos a resolver el calentamiento global con ‘más Estado’ o ‘más mercado’, sino que con una combinación inteligente de ambos, donde el primero fija las reglas del juego y el segundo transmite información y asigna recursos. Lo mismo puede decirse del desarrollo del Tercer Mundo, donde en vez de seguir enfrascados en una disputa (reificada y fetichizada) acerca de si el Estado o el Mercado son el infierno o el paraíso en la Tierra, haríamos bien en preguntarnos cómo mejorar la capacidad y accountability de nuestro sistema político, a la vez que mejoramos el clima de inversiones y producimos los bienes complementarios, como infraestructura física y humana, necesarios para tener mercados dinámicos. Estoy seguro que tanto ‘neoliberales’ como ‘keynesianos’ (y progresistas de toda especie) usarían mejor su tiempo buscando estas respuestas que usando la primera gran crisis del siglo XXI como campo de batalla para ver quién tuvo razón en el siglo XX.

¿Todos keynesianos?

marzo 4, 2009

Los dejamos con una interesante columna de Axel Kaiser, miembro del equipo académico del Instituto Democracia y Mercado, publicada en la última Revista Capital: 

“Será verdad, como se ha dicho majaderamente en los últimos tiempos por el progresismo, que hoy todos son keynesianos? ¿Habrán cambiado definitivamente los paradigmas que definieron el modo de hacer economía en las últimas décadas? En otras palabras, ¿estaremos presenciando, como han vociferado algunos, “el fin de la era Regan”, el adiós de Hayek y Friedman?

Si estas preguntas le hacen sentido es porque desgraciadamente la crisis financiera nos ha sumido en un debate ideológico. Y es que la crisis ha dado, por fin, un motivo para celebrar a los nostálgicos del Estado; esos que después de la caída de los socialismos reales y la crisis de los estados de bienestar andaban de luto. En el mundo entero intelectuales y políticos progresistas apuntan con el dedo descalificando la “codicia” del capitalismo –pecado del que ellos, desde luego, se encuentran libres–; acusan, vaya ironía, de “dogmatismo ideológico” a los liberales y reaclaman con fervor casi religioso el regreso del Estado como principio rector de la economía.

La comparación del Nobel de Economía Joseph Stiglitz –un entusiasta de las reformas económicas del gobierno de Evo Morales– entre la crisis sub prime y la caída del muro de Berlín lo dice todo. Se trataría del fin de una ideología, la “neoliberal”, que habría comenzado en Chile con los Chicago boys para después ser adoptada por Reagan y Thatcher. ¿Pero tienen algún sustento las pretensiones ideológicas progresistas o se trata, más bien, de retórica apoyada en falacias? Vamos viendo.

Es verdad que los privados hoy en día recurren al Estado para ser rescatados –con platas que, dicho sea de paso, provienen de otros privados–, pero si lo hacen y si éste responde no es porque exista un cambio de enfoque ideológico respecto a su rol en la economía, sino por razones de contingencia económica estrictamente técnicas. El espíritu de la intervención no apunta, a diferencia de lo que pretende hacer creer el progresismo keynesiano, a que el Estado deba asumir de aquí en adelante un rol interventor permanente y, menos aún, a trascender del mundo financiero a los demás sectores de la economía.

Hacer, entonces, pasar la actual intervención clínica del Estado por keynesianismo es una falacia grotesca. Ni siquiera Friedman discutiría que el Estado debe asumir un rol activo en este momento. ¿Se acuerda de cómo el Estado asumió la deuda de la banca en Chile el año 82, cuando los Chicago boys estaban a cargo de la economía? ¿Será que en el fondo eran keynesianos?

Una segunda falacia consiste en atribuir a la “ideología neoliberal” la crisis financiera actual. Paul Samuleson, otro Nobel de Economía, ha acusado directamente al “ponzoñoso legado” de Hayek y Friedman por la crisis actual. Para Samuelson y el progresismo, detrás de la crisis se encontraría la idea “neoliberal” según la cual no hay que regular nada porque el mercado lo arregla todo solo. Pero resulta que la verdad es totalmente la inversa. Veamos qué dice Hayek: “la argumentación liberal no niega, antes bien afirma que, si la competencia ha de actuar con ventaja, requiere una estructura legal cuidadosamente pensada, y que ni las reglas jurídicas del pasado ni las actuales están libres de graves defectos”. O sea, Hayek sería el primero en proponer una regulación más inteligente y estricta para el sistema financiero. ¿Habrá sido él también keynesiano?

Nos queda todavía por resolver una tercera falacia de carácter histórico y que dice relación con el estrepitoso fracaso del keynesianismo. Si Friedman y Hayek pudieron destronar a Keynes fue, precisamente, porque sus recetas estatistas condujeron a situaciones desastrosas de inflación y bajo crecimiento, tal como ellos habían predicho. ¿Se acuerda de la “década perdida” en América latina? Bueno, ahí estuvieron los keynesianos.

Si hasta el mismo Keynes se había propuesto revisar sus teorías, lo que no alcanzó a hacer antes de su muerte en 1946. Lamentablemente, su “legado ponzoñoso” no ha desaparecido del todo. Lo que sí hay que reconocerle a Keynes es que era menos keynesiano que sus seguidores. Preguntado alguna vez por Hayek sobre si no le preocupaba lo que los gobiernos y economistas estaban haciendo inspirados en sus doctrinas, simplemente contestó: “ah, son unos tontos”.

¿Todos keynesianos, dicen? No, sólo los de siempre, esos que jamás han logrado entender que, como enseñó Hölderlin, lo que ha hecho históricamente del Estado un infierno sobre la Tierra es, precisamente, que el hombre ha intentado hacer de él su paraíso.”

Link: http://www.capital.cl/blog/52.html?p=2886

http://www.democraciaymercado.cl/index.html