NO HAY BIEN QUE PARA EL MAL NO VENGA

por Cristóbal Bellolio (reseña literaria publicada en Revista Qué Pasa el sábado 14 de marzo)

EN LA GOLPEADA COLOMBIA, DOS HOMBRES SIMILARES TOMAN VEREDAS OPUESTAS Y SE DISPONEN A MATAR Y MORIR. ¿QUÉ PASA POR SUS CABEZAS? SI TODOS ALIMENTAMOS LA VIOLENCIA ¿QUIÉN TIRARÁ LA PRIMERA PIEDRA? ¿QUIÉN PUEDE ESCAPAR DE ESTE CÍRCULO VICIOSO?

Libros sobre las FARC hay centenares. Algunos más académicos, otros más políticos, una que otra novela. Pero lo que logra Alonso Sánchez Baute en “Líbranos del Bien” es tan difícil de encasillar que por lo mismo brilla con luz propia. Utilizando la crónica personal, el testimonio de los protagonistas y la investigación periodística, todo conectado por una pluma que destaca entre las nuevas letras colombianas, el autor pretende explorar las motivaciones profundas que llevaron a muchos de sus compatriotas a partir a la selva a empuñar las armas con radicales banderas. Pero especialmente se preocupa por dos personajes que ya han alcanzado la categoría de mito: Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, y Rodrigo Tovar, alias Jorge Cuarenta. Sus experiencias, hasta entrada la edad madura, no eran sustancialmente distintas. Ambos eran miembros de la clase acomodada del norte de Colombia, con contactos y redes sociales, acreedores del cariño de sus familias y con auspiciosas carreras profesionales, los que un día decidieron dejar todas las comodidades atrás para comprometerse en una lucha fratricida que desde hace décadas tiñe de sangre la geografía cafetera. En efecto, mientras Palmera se convertía en comandante de las FARC, Tovar hacía lo propio en las fuerzas paramilitares que combatían la guerrilla en ausencia de ejército regular. El romántico de ideas progresistas mutaba en el asesino Trinidad, el alegre vallenato se convertía en el mercenario de sangre fría Cuarenta.

Por lo mismo su lectura supera la clásica descripción de la guerra. De hecho, ni siquiera se aventura a hacer demasiados juicios al respecto. Simplemente se pregunta en qué minuto el diablo metió la cola en Colombia, en qué momento el odio hizo metástasis como un cáncer en el alma de una nación, y cómo las buenas intenciones de dos personas normales llevadas por el torbellino de la intolerancia se transforman en ráfagas de ametralladora, letales e irreversibles, esa Intolerancia que “sólo sabe de muertos”. Se trata en definitiva, como alguna vez lo dijo Vargas Llosa, de cómo la pasión por la libertad y la igualdad, ambas profundamente afincadas en el corazón de los hombres porque responden a impulsos nobles y generosos, se están permanentemente rechazando. De cómo nuestros estándares morales se pierden en el camino del fanatismo. El camino hacia el infierno está pavimentado de buenas intenciones, dice el refrán. ¿No nos recuerda acaso nuestra propia historia política reciente?

El autor, que removió el panorama literario colombiano hace algunos años con una novela sobre su propia homosexualidad, hace un recorrido por la trayectoria de su país de la mano de una anciana centenaria. Por lo mismo las primeras páginas se hacen algo desconectadas y lejanas del conflicto, aunque ayudan a contextualizar los antecedentes familiares de los protagonistas. A lo largo de la lectura es sorprendente confirmar que el mágico Macondo del viejo García Márquez va quedando sepultado trágicamente cuando la venganza se empieza a transformar en un código genético hereditario. Porque el dolor de las pérdidas, según el relato, irremediablemente lleva al odio, y el odio a la violencia. O eso que decía Sartre, de que “basta que un hombre odie a otro hombre para que el odio vaya corriendo hasta la humanidad entera”. Comprender este tipo de fenómenos se hace vital si queremos que nuestras sociedades latinoamericanas, brutalmente divididas en el pasado por la ideología y la marginación, puedan enfrentar el futuro sin cargar con las heridas y los traumas de nuestros antepasados, para construir espacios públicos sin rencor ni resentimiento.

Finalmente, cae de cajón la pregunta utilitarista de rigor: ¿Era necesario tanto secuestro, tanta extorsión, tanta crueldad, tanta gente asesinada? ¿Qué se consiguió a cambio? Concluye Sánchez Baute con una sentencia tan poco académica como certeza: “La violencia no sirvió pa’ ni mierda”. Y no podemos estar más de acuerdo.

Frase destacada: “Todos piden sangre, todos claman venganza, ¿por qué yo habría de ser lábil cuando la tierra de este país está abonada con la sangre de mi familia?”

Se lo recomiendo a: A todos aquellos que se autoconvencen de que sus buenas intenciones justifican todas sus acciones, y especialmente a quienes creen que se puede hacer política hacia el futuro basándose en estructuras ancladas a un pasado de odio e intolerancia.

Link: http://www.quepasa.cl/medio/articulo/0,0,38039290_101111578_380539265,00.html

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