DE BRASIL AL VATICANO

Transcribimos una carta escrita por Rino Fisichella, Arzobispo presidente de la Pontificia Academia para la Vida, dirigida al Papa Benedicto XVI y publicada recientemente en el editorial del l’Osservatore Romano. Una mirada interesante que, desde dentro de la propia Iglesia, pide poner el foco en la comprensión antes que en el reproche, a propósito del caso de la niña brasileña y los médicos que aceptaron hacerle un aborto terapéutico:

“El debate acerca de algunos temas muchas veces se hace estrecho y las diferentes perspectivas no siempre permiten considerar la importancia de lo que verdaderamente se pone en juego. Este es el momento en que se debe ver lo esencial y dejar por un momento lo que no toca directamente el problema. El caso en su dramatismo es simple. Una niña de apenas 9 años – la llamaremos Carmen- a quien debemos mirar fijamente a los ojos sin distraer la mirada ni siquiera un segundo, para demostrarle cuanto se la quiere. Carmen, en Recife (Brasil) fue violada repetidamente por su padrastro, se embaraza de mellizos y ya no tendrá una vida facil. La herida es profunda porque la violencia del todo gratuita la ha destruido interiormente y difícilmente le permitirá, en un futuro, mirar a los demás con amor.

Carmen representa una historia de violencia cotidiana que ha conseguido aparecer en las páginas de lo diarios solo porque el arzobispo de Olinda y Recife se apuró en declarar la excomunión a los médicos que la ayudaron a interrumpir el embarazo. Una historia de violencia que pudiera haber pasado de incógnito, (…) si no hubiera sido por la roncha que ha levantado la intervención del obispo. La violencia ejercida contra una mujer, grave de por sí, asume un valor aún mas despreciable cuando quien la sufre es una niña, con los agravantes de la pobreza y la degradación social en la que vive. No se encuentran palabras para condenar tales episodios y los sentimientos que brotan son frecuentemente una mezcla de rabia y de rencor que solo menguan cuando se hace justicia y la pena inflingida al delincuente de turno se hace efectiva.

Carmen, en primer lugar, debió ser defendida, abrazada, acariciada con dulzura para hacerle sentir que estábamos con ella, todos sin distinción alguna. Antes de pensar en la excomunión era necesario salvaguardar su vida inocente y llevarla a un nivel de humanidad del cual, nosotros, hombres de Iglesia deberíamos ser anunciadores expertos y maestros. No ha sido así, y lamentablemente se resiente la credibilidad de nuestra enseñanza que aparece ante los ojos de muchos como insensible, incomprensible y exenta de misericordia. Es verdad, Carmen llevaba en su seno otras vidas inocentes como ella, a pesar de ser fruto de la violencia, y han sido eliminadas; todo eso aún no basta para dar un juicio que pesa como una maza.

En el caso de Carmen se han encontrado la vida y la muerte. A causa de su corta edad y de las precarias condiciones de salud su vida estaba en serio peligro por el embarazo. ¿Cómo actuar en estos casos? Ardua decisión para un médico y para la misma ley moral. Decisiones como esta, a pesar de tener una casuística diferente, se repiten diariamente en las salas de emergencia y la conciencia del médico se encuentra sola consigo misma en el acto de deber decidir que es lo mejor que se debe hacer. Ninguno, por lo tanto, llega a una decisión de este tipo con desenvoltura; es injusto y ofensivo el solo pensarlo.

El debido respeto al profesionalismo del médico es una regla que debe involucrar a todos y nadie puede emitir un juicio negativo sin haber considerado el conflicto creado dentro del mismo médico. Cada médico lleva consigo su propia historia y su propia experiencia; una decisión como esa de deber salvar una vida, sabiendo que pone en serio riesgo una segunda, no viene jamás vivida con facilidad. Ciertamente, algunos se acostumbran a ese tipo de situaciones a tal grado que la decisión no les provoca algún tipo de emoción; estos son los casos en los que la elección del ejercicio de la medicina se degrada al mero oficio vivido sin entusiasmo y asumido pasivamente. Sin embargo, meter a todos en el mismo saco, mas que incorrecto, sería injusto.

Carmen ha vuelto a colocar sobre el tapete un caso moral de los mas delicados; tratarlo apresuradamente no le haría justicia ni a su frágil persona ni a cuantos se han visto involucrados en los diferentes roles de esta historia. Como cada caso particular y concreto, por lo tanto, amerita ser analizado en su particularidad, sin generalizaciones. La moral católica tiene principios de los que no se puede prescindir, aunque se deseara. La defensa de la vida humana desde su concepción pertenece a estos principios y se justifica por la sacralidad de la existencia. Cada ser humano desde el primer instante lleva impreso en sí mismo la imagen del Creador, y por eso debemos convencernos que le deban ser reconocidos la dignidad y los derechos de toda persona, primeros entre todos los de la intangibilidad e inviolabilidad.

El aborto provocado siempre ha sido condenado por la Ley Moral como un acto intrínsecamente malo y esta enseñanza permanece inmutable en nuestros días desde el mismo inicio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes –documento de gran apertura referente al mundo contemporáneo- utiliza de manera inesperada palabras inequívocas y duras contra el aborto directo. La misma colaboración formal constituye una culpa grave que, cuando se realiza, lleva automáticamente a la salida de la comunidad cristiana. Técnicamente el Código de Derecho Canónico usa la expresión “latae sententiae” para indicar que la excomunión se hace efectiva desde el mismo momento en que se comete el hecho.

No había necesidad, insistimos, de tanta urgencia y publicidad en el declarar un hecho que se efectúa de manera automática. De lo que mayormente se siente la necesidad en este momento es de un signo de cercanía con quien sufre, un acto de misericordia que, aún manteniendo firmes los principios, sea capaz de mirar mas allá de la esfera jurídica para alcanzar lo que el mismo Derecho prevee como razón de su existencia: el bien y la salvación de cuantos creen en el amor del Padre y de cuantos reciben el Evangelio de Cristo como niños, a quienes Jesús llamaba junto a sí y les estrechaba entre sus brazos diciendo que el Reino le pertenece a quienes son como ellos.

Carmen, estamos de tu parte. Participamos contigo del sufrimiento que has probado, quisiéramos hacer de todo para restituirte la dignidad que te fue arrebatada y el amor del que tendrás aún mas necesidad. Son otros los que merecen la excomunión y nuestro perdón, no aquellos que te han permitido vivir y te ayudarán a recuperar la esperanza y la confianza, a pesar de la presencia del mal y la perversidad de muchos.”

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4 comentarios to “DE BRASIL AL VATICANO”

  1. vozyvoto Says:

    Una buena columna de Peña al respecto:

    http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2009/03/22/la-moral-del-aborto.asp

  2. Pablo Fernandez Says:

    Gran carta. Sobre todo para los que creemos en un Dios que se “propone” y no que se “impone”, y en una Iglesia que acoge y perdona, antes que juzga y castiga.
    Junto con esto rescato las declaraciones del Monseñor Goic, que plantean una Iglesia abierta a discutir todos los temas, abierta a los hombres y la sociedad, y no refugiada en una trinchera de dogmas.

  3. EMG Says:

    Carta muy humana, que pone a la Iglesia en el lugar que debería estar, como ente acogedor de las víctimas antes que juzgador de los victimarios. Eso sí, tampoco deja impune aquel acto aborrecible de la violación, pero prioriza de forma correcta por donde partir, primero la víctima, quien verdaderamente lo necesita, antes de buscar la inquisición y comentarle las penas del infierno a quien cometió el acto animal de la violación y a los doctores que practicaron el aborto. De hecho, a estos los entiende y los exculpa de sus actos realizados.

  4. vozyvoto Says:

    Me pasó algo similar ayer cuando vi un reportaje del nuevo Teletrece. So bien se entiende el control policial al tráfico sexual fronterizo, cosa distinta es ponerle cien focos y mil humillaciones a mujeres extranjeras que ya lo están pasando suficientemente mal. El ánimo castigador elimina muchas veces la necesaria cuota de humanidad, sobretodo porque nadie está libre de pecado…

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