¿INDEPENDIENTES EN RED COMO ACTOR POLÍTICO? YO VOTO QUE SÍ

por Daniel Brieba (intervención leída en el Consejo Ampliado de Independientes en Red celebrado el sábado 25 de abril)
consejoampliado
Al igual que la vida, la política también tiene sus ciclos, y en la política chilena el ciclo actual está llegando a su fin. A pesar de que Bachelet inició su presidencia bajo una promesa de renovación, los partidos de la Concertación fueron más fuertes: debilitados por sus disputas internas de poder y paralizados por su creciente esterilidad ideológica, fueron incapaces de seguirla o de plantear una agenda de cambio para el siglo XXI. En la Alianza las cosas fueron peores: con la promesa de al fin llegar al poder después de 20 años de derrotas colgando sobre sus cabezas, sus dirigentes no tuvieron ni la inclinación ni los incentivos para aprovechar estos nuevos 4 años de oposición para pensar el Chile del 2020 ni para proponer audaces cambios al status quo. Lo cierto es que, más allá del cliché, la actual generación de políticos que dirigen a Chile- y con ellos ciertos rasgos de su forma de hacer política- está en su ocaso. No es un tema sólo de edad y de experiencias vividas, sino que de cómo han demostrado una y otra vez no adaptarse al nuevo Chile que ha surgido bajo sus narices y en gran medida gracias al propio éxito de la transición que condujeron con habilidad y prudencia.

Es importante entender que este ‘nuevo Chile’ no es una herramienta retórica sino una realidad sociológica, como ya muchos lo han señalado. Con un ingreso per cápita más del doble de aquél que teníamos en 1990, con una generación entera crecida en democracia y que ya alcanzó la mayoría de edad, con menos miedo y con instituciones más sólidas que entonces, somos un país diferente. En su seno se ha forjado una matriz cultural y valórica distintiva: hoy en día somos más individualistas, más conscientes de (y empoderados por) nuestros derechos como consumidores y ciudadanos, más ambiciosos, más informados, más demandantes, más desconfiados de los políticos y sus promesas, obsesionados con la igualdad de oportunidades y más confiados en nuestro futuro. En 1980, tanto el consumo como la ciudadanía efectiva eran privilegio de unos pocos; 30 años después, ambos se han masificado, y por ello mismo las enormes desigualdades aun existentes en el acceso a ambos son mucho más intolerables. La ira de las masas frente a los privilegios de castas, pero no frente al éxito legítimamente adquirido, es el signo más claro de cuánto hemos avanzado- y de cuánto nos falta- en el camino hacia una sociedad auténticamente democrática.

Este nuevo país no salió de la nada, sino que es el producto directo de la obra política que hemos venido construyendo desde hace décadas. En los años 80, la actual generación aliancista puso los cimientos económicos y legales del actual orden. En los 90 y también en esta década, la Concertación- a veces con colaboración de la Alianza- no sólo perfeccionó (y reformó) lo recibido y le otorgó la imprescindible legitimidad democrática, sino que le agregó a esta obra en construcción sus cimientos políticos y sociales. El gobernar por medio de coaliciones estables, la cultura de diálogo y consensos, la ausencia de populismo, la disciplina partidista, la consistencia programática, el pragmatismo político y la civilidad en el trato público son algunos ejemplos de esa cultura política que nos parece normal pero que hace 20 años atrás no existía. De igual forma, el discurso y las políticas orientadas a priorizar el bienestar de los más pobres, el verlos como titulares de derechos y no sólo como receptores de ‘ayuda’, las luchas contra diversos tipos de discriminación, los innegables avances en protección social, y los esfuerzos por reducir desigualdades han sido factores claves en la construcción y empoderamiento de la ciudadanía y que serían muy difíciles de revertir. Por ello el Chile que reciba el próximo gobierno, más allá de sus problemas, está cimentado en bases políticas, legales, económicas y sociales de autoría mixta. Nuestra casa política, por así decirlo, esa que alberga todos nuestros proyectos de vida individuales, ha sido construida en un sentido muy real por las manos de muchos.

La gran pregunta de estos tiempos, por ende, es qué fuerza política será capaz de seguir construyendo esta casa sobre la que nadie se puede arrogar autoría exclusiva ni mayoritaria. Los partidos de la Alianza y la Concertación, todavía enamorados de su obra fundacional y de su gesta democrática, respectivamente, no muestran signos serios que sugieran que su necesaria renovación esté en marcha. Sin descartar que esta renovación eventualmente se dé por lado y lado, hay tres razones que me hacen pensar que IR puede y debe jugar un rol más activo en la construcción de este futuro que, querámoslo o no, se nos viene encima.

La primera razón es generacional: somos un grupo mayoritariamente joven, lleno de futuro, que no arrastra consigo los traumas y mochilas del duro pasado reciente de Chile. Esto no implica que la historia no nos pese- vaticino que una clara mayoría de los menores de 35 vota por el lado que sus padres apoyaron durante la dictadura-, pero sí que no nos determina, que somos capaces de imaginar un futuro donde compartimos causa y hasta partido con aquellos que tienen un juicio histórico distinto al nuestro. También significa que somos parte integral de este ‘nuevo Chile’ y sus códigos culturales emergentes, de su ethos igualitario y meritocrático, de su estilo horizontal, y de sus formas de comunicación virtuales; podemos hablarle de tú a tú sin mayor esfuerzo. A diferencia de los partidos existentes, IR no necesita renovarse, porque es la renovación.

La segunda razón es ideológica: por lo que he visto y escuchado en mi tiempo en IR, creo que conformamos un núcleo que comparte a la vez un ideario liberal y una marcada preocupación social, junto a una vocación democrática mucho más radical que la existente al interior de cualquier partido político actual. Creo que hay un espacio ideológico distintivo que no ha sido tomado, ni puede ser fácilmente abarcado, por una Alianza más conservadora o por una Concertación más socialdemócrata. Siento que podemos hacer una contribución legítima y necesaria, que no se reduce a lo que gente en los partidos actuales ya está diciendo. Podemos y debemos ser una voz original en el espacio público, que ensanche la agenda pública y se coloque a la vanguardia de la modernización.

La tercera razón es histórica: a Chile le llora un partido que no cargue con la pesada sombra del pasado. Esto se conecta con el tema generacional mencionado más arriba, pero va más allá: si queremos romper con la división del Sí y el No, una auténtica renovación política necesitará que no sólo las caras sean nuevas, sino que la organización que las cobije no esté contaminada con los sentimientos de odio, rencor y profunda desconfianza que aun dominan en la evaluación de los partidos del bando contrario. Esto es especialmente cierto si lo que se quiere es abrir la cancha y atraer gente que se ha identificado históricamente con la Concertación- sin un compromiso radical, absoluto e incondicional con la democracia y los derechos humanos, eso no será posible. Precisamente porque no cargamos como organización con un pasado que contradiga tal compromiso, y porque esta postura nos representa de cuerpo entero, es creíble enarbolarla.

Porque Chile necesita una renovación de formas y de contenidos en la política, que profundicen tanto su democracia como su desarrollo; porque encarnamos y podemos representar mejor que nadie el espíritu del nuevo Chile que se ha forjado tras 30 años de progreso; porque podemos hacer una contribución ideológica y programática distintiva al país y a su política; porque podemos representar a un creciente sector de la población alienado de la política actual; porque podemos simbolizar un nuevo comienzo en la historia patria, y por qué no, porque quizás estamos colectivamente llamados a ser constructores del Chile de los siguientes 30 años, apoyo de todo corazón la idea de asumir, como IR, una profunda, apasionada y radical vocación por ser actores políticos de nuestro país.

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