Archive for 29 julio 2009

Bowen versus Irarrázabal

julio 29, 2009

Los dejamos con el debate probablemente más esperado de “Política Stereo”, entre el coordinador general de la campaña de Eduardo Frei, nuestro amigo personal Sebastián Bowen, y el encargado de redes sociales y juventud del comando de Sebastián Piñera, Francisco Irarrázabal. Obviamente el morbo de la confrontación tiene directa relación con que ambos fueron directores sociales de Un Techo para Chile (de ahí el título oficial del debate), y con el positivo estigma de “savia nueva” que ambos cargan. Nosotros también empujamos para que el debate saliera y nos hacemos parte de su éxito. Presentamos un extracto:

Debate completo en http://www.politicastereo.tv/debates_ver.php?id_noticia=60

LIBERALES Y NEOLIBERALES

julio 27, 2009

por Daniel Brieba

En Chile, llamar a alguien ‘liberal’ es, a menos que estemos hablando de temas morales, casi idéntico a llamarlo ‘neoliberal’. En el imaginario nacional ambos términos tienden a confundirse, en tanto ambos parecen apuntar a una preferencia económica por los mercados, por la propiedad privada, por la oposición al socialismo, al Estado y a la redistribución; en suma, ‘liberal’ y ‘neoliberal’ suenan ‘de derecha’, aun si tampoco solemos tener muy claro qué significa esto último. Quiero argumentar aquí que esta identificación entre liberales y neoliberales es un profundo error.

Para hacerlo, debemos primero aclarar qué es el neoliberalismo, una palabra conceptualmente jabonosa y políticamente contenciosa como pocas. Lo que hace difícil la definición es que los neoliberales no existen ni como partido político ni como movimiento ideológico bajo ese nombre. En vez de ello, existen organizacionalmente como una red (predominantemente estadounidense) de ONGs y círculos académicos, de mucho peso político y usualmente dotados de espectacular financiamiento privado; e ideológicamente, se autodenominan simplemente como ‘liberales clásicos’, según ellos siguiendo la huella de (principalmente) Adam Smith, pero inspirándose más directamente en los trabajos filosóficos de Hayek, económicos de Friedman y políticos de Nozick (autores por cierto con diferencias entre sí). Para ellos, neoliberalismo no es sino una mala palabra inventada por la izquierda mundial para desprestigiarlos.

Si bien es cierto que en algunos sectores de izquierda se cae en el absurdo de llamar ‘neoliberal’ a cualquier filosofía política que acepte el uso de mercados como principal asignador de recursos de una sociedad (lo cual incluye a las socialdemocracias), ¿Es razonable conceder que los ‘neoliberales’ no son más que lo que profesan ser, simples continuadores y propagadores del liberalismo clásico à la Smith? Me parece que no lo es, por al menos dos razones. La primera es, si se quiere, intelectual: el liberalismo clásico- el de Locke, de Smith, de Mill- es una tradición de pensamiento que bien puede inspirar corrientes ideológicas actuales, pero difícilmente estas corrientes pueden arrogarse el manto exclusivo de la tradición. El liberalismo, por decirlo así, es un río de muchos brazos, cada uno de los cuales selecciona algunos aspectos de la rica tradición liberal clásica para resaltarlos y adaptarlos a los problemas actuales. Ni el neoliberalismo ni otras corrientes como el liberalismo igualitario, aun con todas las diferencias que tienen entre sí, pueden arrogarse exclusividad sobre la tradición liberal clásica que heredaron.

Por otra parte, el neoliberalismo no es una simple reencarnación de Smith en el mundo contemporáneo. De hecho, cabe dudar si Smith habría estado de acuerdo con varias de las doctrinas que se han defendido en su nombre. En efecto, si bien hay evidentes líneas de conexión entre la obra de Smith y el neoliberalismo actual, creo que éste es una radicalización y una rigidización de sus ideas. Es una radicalización, pues los autores neoliberales han exhibido un nivel de hostilidad hacia el Estado que no se encuentra en los escritos de éste, y buena parte de su trabajo académico se ha orientado a contrastar las fallas del Estado y de los procesos colectivos de toma de decisiones (léase democracia) con las virtudes de los mercados y su agregación de decisiones individuales. Reconocen, por cierto, que los mercados pueden tener fallas y los Estados son necesarios para algunas funciones puntuales, pero este lado de la argumentación no es precisamente donde se pone el foco de atención- como lo dice la Sociedad Mont Pelerin (fundada por Hayek) en su declaración de intenciones, dicha Sociedad está compuesta por gente que ve ‘un peligro en la expansión del Estado, no menos del Estado de Bienestar’. El que la ausencia de un Estado mínimamente eficaz sea un problema mayor en muchos países en desarrollo nunca les ha interesado de igual manera. La percepción del Estado como una amenaza permanente e inminente sobre la libertad humana, en una lógica de suma cero entre la libertad individual y el poder estatal, no es enteramente fiel al espíritu de Smith, que entendía ambos en un forma más complementaria. Por otra parte, el neoliberalismo es también una rigidización del pensamiento de Smith, pues la obsesión de los neoliberales con achicar el Estado y sustituirlo por el mercado a todo evento dista bastante del pragmatismo de Smith, que era amigo pero no esclavo de las soluciones de mercado a problemas sociales y que no tenía complejos en volverse ‘estatista’ si el problema lo requería. De hecho, Smith notó sin complicarse que eran precisamente las sociedades más ricas las que tenían Estados más grandes, pues el crecimiento conllevaba lo que hoy llamaríamos una complejización de la sociedad y por ende un aumento de la demanda por diversos bienes públicos que no son necesarios en sociedades primitivas.

¿Qué es, pues, el neoliberalismo? No puede ser una simple comodidad con la lógica de los mercados, la propiedad privada o los equilibrios fiscales, que son comunes a todo pensamiento liberal y han sido asumidos hace más de medio siglo por las socialdemocracias europeas. Sí es, en cambio, una radicalización del rol que se asigna al mercado dentro de la sociedad y una rigidización intelectual de su defensa. A esto habría que agregar una dimensión fundamental hasta aquí omitida: políticamente, el neoliberalismo se ha caracterizado por su indiferencia hacia las libertades civiles y políticas, o como mínimo la subordinación de éstas a la consecución primera de las libertades económicas. Su comprensión de la libertad como un bien prácticamente divorciado de las condiciones en que se genera y distribuye el poder político- en tanto ese poder nos deje tranquilos para consumir, trabajar e invertir- la distingue por lo demás del verdadero liberalismo clásico, que siempre entendió que las libertades civiles y políticas son una parte tan irrenunciable de la libertad humana como el derecho a la propiedad. Llegamos, así, a la diferencia entre liberales y neoliberales: mientras para los primeros el compromiso con la libertad individual no impide reconocer que la frontera entre el Estado y el mercado es una cuestión pragmática y maleable, inscrita en contextos institucionales específicos, para los neoliberales esta cuestión es una guerra santa en pos del segundo; mientras para los neoliberales la libertad económica es la fuente de toda libertad, para los liberales la libertad humana es un todo irrenunciable; y por ello, la defensa de libertades económicas como el derecho a la propiedad es sin duda legítima y necesaria, pero se inscribe y subordina a aquella más grande conquista histórica del liberalismo: la defensa activa, irrestricta e incondicional de todos los derechos humanos, sin excepción.

¿EN EL NOMBRE DEL PADRE?

julio 23, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada el miércoles 22 de julio en La Tercera)

Carlos Ominami y Andrés Pascal Allende se han integrado definitivamente al comando de Marco Enríquez. Se suman a Max Marambio en la conformación de una verdadera troika de viejos cracks, la cual debería ejercer una importante influencia en la campaña. Y no precisamente para disputar el centro, sino más bien para inclinar el eje decididamente hacia la izquierda.

Pero más allá del legítimo afecto que el candidato expresa por sus nuevos asesores, deberíamos preguntarnos por la utilidad política que le significa abandonar el discurso generacional y transversal para reemplazarlo por uno más crítico del modelo económico, más anclado a las heridas del pasado, más afincado en el extremo del arco iris. Si finalmente prima el entusiasmo de hacer participar a los amigos de la familia, puede sacrificarse la singularidad de un proyecto presidencial que hasta entonces despertaba simpatías en todos los sectores. Peor aún, Marco puede terminar cargando gratuitamente con una mochila llena de revanchas que no le pertenecen.

El caso más notable sin duda es el de su padre. El senador Ominami se puso a tono con la rebeldía filial al renunciar al PS, y evidentemente contribuye a la aventura con su peso específico. Será interesante observar si realmente entiende que el fenómeno es genuinamente Marco o intentará (como muchos padres lo hacen instintivamente) traspasar sus propias expectativas y frustraciones a su hijo adoptivo. En este último caso se transformaría en un salvavidas de plomo, como ya lo fue, guardando las proporciones, Rodrigo Danús.

Pero además estos fichajes abren otra discusión: ¿Es rentable izquierdizar el mensaje? A mi juicio, se trata de un profundo error. Los chilenos no están en esa frecuencia. Preguntémosle a Adolfo Zaldívar cómo le ha ido con su perorata de “cambiar el modelo”, o a Alejandro Navarro con sus guiños chavistas, o mejor aún, al candidato oficial del Juntos Podemos Jorge Arrate, que no pierde oportunidad de recordarnos que el suyo es un proyecto allendista y que como recompensa obtiene un 1% de las preferencias en las encuestas.

En la izquierda no están los votos. Salvo que se trate de una construcción ideológica amplia y ambigua como la que representa Eduardo Frei y la Concertación. Y aun así, creo que éste equivoca al camino al acentuar más Estado. El nuevo Chile que crece a espaldas de la clase política tradicional pasa sus fines de semana en el centro comercial y no siente culpa por ello. Sus experiencias de consumo satisfacen necesidades no sólo materiales. El nuevo Chile no quiere que le notifiquen que la fiesta del mercado terminó. Por el contrario, quiere participar de ella. El nuevo Chile es reflejo de lo que ha ocurrido en los últimos veinte años, y cualquier programa que atente contra dicha identidad será castigado en las urnas.  

Marco tuvo la clave: A partir de su situación personal, comenzó a hablar de competencia, que es básicamente expresión de mérito y cancha pareja en el mercado. A partir de su propio perfil, habló de renovación política, arrebatándole la bandera a la Alianza, y de libertades individuales, quitándole el progresismo a la Concertación. En esa combinación se fundaba un proyecto transversal capaz de encantar a muchos y de hacer un serio daño a la congelada estructura política nacional. Pero parece haber abandonado la senda buscando un posicionamiento más condescendiente con la izquierda tradicional, que suele tener problemas para entender que Chile cambió. La presencia liberal y pragmática en la campaña de Marco tiene una dura batalla por delante.

Link: http://www.latercera.com/contenido/895_159098_9.shtml

http://blog.latercera.com/blog/cbellolio/entry/en_el_nombre_del_padre

¿De quién es la culpa?

julio 21, 2009

Los dejamos con un tremendo video realizado por la televisión argentina. Es especialmente potente viniendo de ellos, que se han acostumbrado a esquivar responsabilidad de todo lo que les ocurre. Siempre la culpa es de otros, nunca de ellos. Ese modo tan particular de argentinidad se pone en tela de juicio en pocos minutos, y de paso también envía un recado al resto de los países latinoamericanos que caemos en la misma tentación. Agradecimiento a JC Eichholz por el dato.

“Una Idea No Más” (Patricio Fernández)

julio 19, 2009

Nuestro amigo Emilio Urriola nos mandó esta columna publicada en el especial N°300 de The Clinic. Como nosotros en Política para Principiantes estamos también celebrando los 2 años y las más de 40 mil visitas, nos hacemos suscriptores de esta interesante tesis:

“En Chile no tuvimos imperio inca ni azteca, ni una cultura demasiado fuerte anterior a la llegada de los españoles. No hay grandes vestigios de nada. Las haciendas han pasado por encima de los territorios mapuches sin que ninguna ruina memorable interrumpa los potreros. Son como los pieles rojas antes de Hollywood. Quizás por eso, dicho sea de paso, le ha sido tan fácil a los invasores pasarles por encima. Los invasores, por su parte, salvo excepciones contadas con los dedos de una mano, no gastaron en catedrales ni en palacios. Al igual que los antiguos habitantes, se instalaron como nómades en una tierra que se encargó, a punta de terremotos, de volverlo todo pasajero.

La música folclórica tiene su carácter. A mí me gusta, pero a estas alturas, por más que se le busque el lado, difícilmente representará el sentir de las mayorías nacionales. O sea, Chile tampoco es su música. Dicen que el rodeo mueve multitudes, lo que debe significar que late en los campos, porque convengamos que en la ciudad, resulta menos cercano que la lucha libre.

Permanentemente ronda la pregunta por nuestra identidad, y ya podríamos ir concluyendo que no hay respuesta para tal pregunta, porque esa identidad la estamos recién definiendo. O reconstruyendo, si se prefiere. No somos las minas de Baldomero Lillo, ni los salones de Casa Grande. Los personajes de Manuel Rojas siguen rondando, pero eso no tiene gracia, porque rondarán siempre por todas partes. Somos, culturalmente, el territorio más blando de América del Sur. Salvo los miembros de los clubes corraleros, los firmantes de sociedades históricas y los izquierdistas de peñas lamentosas, no creo que haya muchos que sientan nuestro país como un paraíso perdido o una gran historia extraviada. Somos de lo más vulgar del continente, de lo menos identificable, algo así como un grupo humano arrojado sobre un látigo, más preocupado de sobrevivir al guascazo que de construir templos. Los árboles y los glaciares siguen siendo nuestros principales monumentos.

El invento de Chile ha dado para todo. Por las calles no se vive el ánimo que nos transmite la prensa. Son muchos los que fuman marihuana y unos pocos vociferantes quienes la condenan más desde la moral que desde la ciencia, y aún así sus voces retumban aplastantes. Según la ONU somos el país más pitero de América Latina. La gran mayoría de los niños en Chile nace fuera del matrimonio. Los y las adolescentes, así les pese a los que sueñan con un mundo de ángeles, tienen relaciones sexuales a temprana edad. El resto las tiene con igual soltura. Apostaría que encamarse en Santiago de manera intempestiva es más fácil que en Madrid. Aún así, desde lo alto se condena la píldora del día después y se prohíbe hablar en público del condón. A las mayorías ni siquiera las espanta el tema del aborto, pero todavía proponer su legalización por las Cámaras parece una blasfemia. Todo indica que somos un país bastante liberal, y, no obstante, debemos callarlo. En los departamentos de la calle Lyon y El Bosque Norte, entre los altos ejecutivos, se esconden los privados de las prostitutas vip. Los laberintos comerciales del centro de Santiago están repletos de cafés con piernas, quizás el invento chileno más representativo de los años de transición. Y, no obstante, se supone que somos conservadores.

¿Qué pasaría si nuestro país se quitara la máscara, se la jugara por su indeterminación, reconociera que los barrios por proteger son exponencialmente menos que los que se están construyendo y que la ciudad que habitamos se asemeja más a una recién nacida que a una vieja maltratada? ¿Qué pasaría, por ejemplo, si en vez de aparentar historia nos abriéramos, y acordáramos que acá, como en ningún otro rincón del continente, se les respeta a todos por igual, como colonos de sus vidas y el entorno, y convocáramos empresas sin casta, artistas delirantes, mercados inusuales y riesgos de todo tipo?

¿Qué pasaría si Chile se convirtiera en la Holanda de América Latina, el sitio al que llegan los que no se sienten de ningún lado, y, a cambio de sus locuras, les garantizáramos respeto? Podríamos convertirnos en los protectores del medio ambiente, ponernos a la vanguardia en el tema de las energías, llenarnos de placas solares y remolinos, dejar que la gente fume hierba, que los barrios rojos tengan luces rojas en vez de oscuridades sospechosas, que las mujeres decidan sobre sus cuerpos y que nadie quede indefenso a la hora de pedir ayuda. Estoy seguro que no sólo sería divertido, sino que estupendo negocio. Un país organizado como el nuestro, con una corrupción todavía controlada, con instituciones respetables, apasionado por el comercio y perdido respecto de su propia identidad, encierra infinidad de posibilidades libertarias. Da vergüenza andar proponiendo proyectos colectivos, pero si a esto le sumamos la protección social, quizás estaríamos ante una interesante y moderna personalidad. Alguna vez peleamos por la democracia, hoy podríamos hacerlo porque todos sean dueños de estas calles, por ampliar las posibilidades de cada ciudadano de ser lo que prefiera, mientras no impida que el del lado también lo sea. Es cierto que somos malos para bailar: quizás se deba a que no nos hemos permitido tener en conjunto la fiesta que tenemos en privado.

Link: http://www.theclinic.cl/2009/07/06/una-idea-no-mas/

FINLANDIA, LA OBSESA

julio 16, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada en Revista Capital edición del 10 al 23 de julio de 2009)

Aprovechando la invitación de Vodka Finlandia para presenciar el célebre Midnight Sun que inaugura la temporada estival escandinava, tuve una semana para resolver algunas dudas, mitos y prejuicios que cargaba respecto a dicho país. ¿Cuánto depende el generoso y extenso Estado de Bienestar de la frecuencia de milagros económicos como el de Nokia? ¿Cómo se administran las empresas públicas para que sean rentables y competitivas? ¿Qué receta nos entrega uno de sistemas educacionales de mejor calidad mundial? Y finalmente, ¿Qué relación existe entre el éxito económico y la calidad de vida con la efectiva felicidad de sus ciudadanos? ¿Qué incentivos para mejorar existen cuando el valor central de la sociedad es la igualdad? Estas son mis impresiones al respecto.

Llegué a Helsinki después de casi un día y medio de viaje. Una respetable parada en Sao Paulo, una extensa en Londres, y finalmente un pacífico arribo en la capital finlandesa. Con pandilla latina (corresponsales de todo el continente hispanoparlante, desde Maxim a National Geografic), partí al asalto de un par de certezas y sorpresas. Cada cierto tiempo abortaba los paseos corporativos para ensayar conversaciones en la calle ¿El objetivo? Confirmar y desestimar hipótesis prefabricadas. Honestamente nunca pensé pisar territorio finlandés, pero si ya estábamos en eso, había que sacarle el jugo.

EL ESPÍRITU DE CONSENSO

Mi primera obsesión estuvo en el concepto del Estado de Bienestar, pilar compartido con el resto de sus vecinos. Pasando de largo los lugares comunes, apunté las preguntas a la conformación del robusto erario público. Obviamente, escuché “impuestos”. Y altos. Pero una planificación tributaria ambiciosa y sustentable requiere contribuyentes solventes. Entonces aparece una evocación común en el imaginario finlandés: La necesidad de milagros económicos. Nokia es el último de ellos. Una empresa forestal que cambia de giro asumiendo las pérdidas de los primeros ¡17 años! De pronto, boom. Y con ellos, gran parte de la fuerza laboral se convierte a la economía del conocimiento. Gracias a las “ciencias informáticas”, la ventaja que Finlandia sacó en la segunda década de los noventa fue significativa. Con casi 6 millones de habitantes, el ingreso per cápita supera los 35 mil dólares. Y si bien Papá Estado se la juega por la inversión en innovación, en un país cuyo gasto en I+D asciende aproximadamente al 3,5 del PIB, el 70% de dicha cifra la aporta el sector privado. No estamos hablando ya del eje programático del gobierno de turno o de un sector político, sino de una estrategia nacional ampliamente consensuada y legitimada a través del tiempo por toda la sociedad. El largo plazo existe en Finlandia. El estrecho horizonte electoral no es más importante. Admito haber sentido un dejo de envidia.

Pero además de consenso, se respira pragmatismo. El espacio para el dogmatismo es reducido. Y mi interés se cifró precisamente en Vodka Finlandia, que según mis registros se trataba de una empresa estatal. Averigüé luego que la marca había sido adquirida recientemente por la distribuidora americana Brown-Forman, pero que el vodka era producido (y lo seguirá siendo hasta 2017) por una compañía pública de nombre Altia. No pude dejar de llamar la atención respecto a que fuera el propio gobierno quien tuviera a su cargo la elaboración de una bebida alcohólica. Algo así como que en Chile la pisquera Capel tuviera el mismo estatuto de Codelco. Pero con diferencias sustanciales: Tanto el vodka como el pisco están lejos de ser materias primas, y el cobre no tiene efectos nocivos en la salud de la población. Más que una cuestión acerca de la propiedad de los medios de producción, me parecía una situación con implicancias lisa y llanamente éticas. Pero luego recibí una versión tranquilizadora: Al igual que el proceso de privatización que vivió Absolut en Suecia, el plan consiste en un progresivo desprendimiento por parte del Estado respecto de aquellas empresas que, como Vodka Finlandia, dejan de revestir un interés estratégico. Lo paradójico, ciñéndonos exclusivamente a la gestión de una empresa bajo control estatal, es que Vodka Finlandia podría perfectamente salir a la bolsa mañana. Su eficiencia y competitividad está fuera de discusión, mientras su gobierno corporativo es seleccionado y evaluado de acuerdo al mérito y los resultados, y no al cuoteo partidista. Sentí un segundo pinchazo de envidia.

LA CLAVE DEL DESARROLLO

Pero antes de caer en estados de fascinación, quise hurgar en algunas cuestiones más incómodas. Particularmente en la enorme presión que recibe el Estado de Bienestar cuando la población finesa envejece a paso seguro y exige un sistema de pensiones a la altura. Es común en los países desarrollados la mentalidad del adulto mayor que al jubilarse comienza una nueva vida, el momento de disfrutar después de tantos sacrificios. Obviamente este es un problema que nosotros también tendremos, pero en Finlandia se vuelve urgente. Agreguemos además que estamos hablando de una de las ciudadanías más intelectualmente sofisticadas del orbe. 7 de cada 10 alcanzan la educación terciaria. Lo que nos lleva a otro problema: La sobrecalificación como variable del desempleo (que en la actualidad amenaza los dos dígitos). Y como no puede ser de otra forma, en la red de seguridad social para los desocupados se concentra otro esfuerzo del Estado de Bienestar.  Todo lo anterior  me obligó a preguntar cómo diantres se financia todo esto sin un nuevo Nokia en los próximos 10 o 15 años. Y aunque aceptaron la dificultad, no les tiritó el mentón. La confianza ante la adversidad es casi una cuestión de carácter. Los noté tan seguros respecto del camino que hace un par de décadas tomaron, que no hay lugar para la incertidumbre. Los huevos están puestos en una canasta que no les puede fallar: La igualdad y la calidad de la educación de sus niños.

Ambos ejes son imprescindibles en el esquema finlandés. Una educación que no es igualitaria no sirve, en ella descansa el fundamento moral de la construcción de su Estado moderno. Una educación que no es de la mejor calidad no les permite revertir sus desventajas naturales (lejanía, idioma, clima) para salir a competir seriamente al mundo. Recuerdo con gracia una conversación de aeropuerto en la cual una ejecutiva finlandesa me hacía notar que en las escuelas de provincias, especialmente rurales, aun era posible detectar una “leve inferioridad” respecto a los establecimientos de la capital. Y bueno, los finlandeses no se niegan a tomar las respectivas pruebas de medición internacionales. En las últimas pruebas PISA llevan la delantera mundial. En este punto la envidia dejó de ser sana. Pero aunque parezca increíble, encontré una interesante similitud con nuestro sistema educacional. Se trata, como era previsible, de un modelo de educación pública y gratuita en todos los niveles, pero además municipalizado. Hasta las socialdemocracias (las modernas, claro) comprenden la conveniencia de descentralizar la gestión estatal. Quizás los puntos de comparación con Chile sean demasiado distantes, pero no pude evitar recordar la eterna protesta de nuestra izquierda y parte del movimiento estudiantil: La mala calidad de la educación estaría en directa relación con su dependencia administrativa; Según esta tesis, si los liceos municipales volvieran al control del Ministerio de Educación, milagrosamente los resultados cambiarían. Pensar que un problema de la profundidad del nuestro puede resolverse con un ajuste técnico-burocrático me pareció, más que nunca, un exceso de estéril dogmatismo. Los finlandeses, sin ir más lejos, están seguros que la clave está en la formación de los profesores.

EL PRECIO DEL RIGOR

Pero como nada puede ser tanta maravilla, me enteré luego de que los índices de felicidad de los niños finlandeses eran comparativamente bajos. La exigencia debe llevarse parte de la responsabilidad, pienso. La presión de obtener resultados puede arruinar cualquier infancia, aunque el sentimiento social de culpa esté absolutamente atenuado por la consistencia de los logros nacionales. Y no se trata sólo de los escolares, ya que el fenómeno de la “infelicidad relativa” es extendido en todos los segmentos. Bien podrá tratarse del país menos corrupto del planeta (título que comparte con Dinamarca y Nueva Zelanda), pero ostenta al mismo tiempo una de las mayores tasas de suicidios por habitantes. Me habría gustado compartir estas reflexiones con algún especialista en psicología social, pero apuesto mi cabeza a que el horroroso clima tiene parte en este entierro. Vivir a oscuras tres cuartas partes del año no es ninguna invitación al jolgorio. El ánimo, supongo, se va entristeciendo. Por eso tres tímidos rayos de sol son sinónimo de aprovechamiento de espacios públicos. Quizás por eso nuestros hermanos latino-tropicales se bancan la pobreza y la opresión con tan buena cara: Mientras nadie se muera de frío y la rumba siga sonando se puede ser feliz. Porque hasta la música tiene sus expresiones depresivas en Finlandia. En lugar de reggaetoneros en las esquinas, me topé con decenas de personajes góticos amantes del lado más oscuro del rock. Varios de los artistas más importantes son literalmente mutantes, con rostros monstruosos y voces guturales, los que conviven con un refinadísimo sentido musical clásico. De noche, la juventud finlandesa se entrega al alcohol tan fervorosamente como la chilena. Pareciera haber mucha pena que olvidar, mucho frío que mitigar, mucho stress que relajar, lo que desarrolla una carácter amable pero hermético y potencialmente desquiciado. Esta vez, lo reconozco, no sentí atisbo de envidia. Aunque Chile esté lejos de ser la expresión químicamente pura de latinidad, me quedo a ojos cerrados con la magia y el calor de nuestra gente.

En los últimos días exploré una explicación alternativa al problema de la “infelicidad relativa”. Y obedeciendo a mi deformación profesional, la busqué en las instituciones y los incentivos del sistema. Mi hipótesis era bastante gruesa: Una sociedad que se funda en el valor igualitario resiente la aspiración natural de los hombres por destacar. Este reconocimiento a la distinción y la adquisición de cierto estándar de vida objetivamente superior al resto satisface necesidades inmateriales cercanas a lo que conocemos por felicidad. En cambio, si cada individuo es normativamente limitado en su posibilidad de obtener mejores condiciones para él y su familia, es probable que sus esfuerzos sean menos dedicados. No hay incentivos visibles en redoblar el trabajo si su fruto no será gozado por la persona que los produce. Y me llamó muchísimo la atención que los finlandeses con los cuales puse a prueba mi tesis sociológico-política me daban prácticamente la razón con total sinceridad y estoicismo. Esperaba la tradicional negación ideológica y recibí una mirada de asentimiento y un encogimiento de hombros, una especie de “ese es el costo que estamos dispuestos a pagar por tener una sociedad que no esté dividida entre los que tienen y los que no tienen”. El sentimiento igualitario está tan presente en la política pública como en la cultura patria, a lo que contribuye una población eminentemente homogénea en términos raciales, y que después de enfrentar una serie de adversidades geopolíticas en los últimos siglos (gentileza de suecos y rusos), ha desarrollado un sentido unitario y colectivo dominante.

La persistencia de su estrategia de desarrollo es una expresión moderna de ese espíritu. El Estado finlandés vela porque todos sus nacionales tengan igualdad de acceso a las oportunidades, erradicando parcialmente la transferencia intergeneracional de ventajas y desventajas. Y así como eso implica sacrificar también cierto espíritu de superación, lo compensa trazando un plan de vuelo, que asociado a la innovación y sin mayores complejos ideológicos, equilibra la balanza siempre a favor.

CUANDO LA NOCHE ES DÍA

Capítulo aparte merece la celebración del “Sol de medianoche”, evento para el cual los trescientos invitados de Vodka Finlandia fuimos transportados a la localidad de Rovaniemi, hogar del viejo pascuero, dentro del Círculo Polar Ártico. La travesía incluyó vuelo chárter y barcas vikingas hasta el lugar señalado, perdido en la nada. Probablemente no vuelva a estar tan al norte en mi vida. Nos dio la bienvenida un reno viejo de nombre Rodolfo. Y bueno, mucha carne de reno. Y vodka, por montones, apilados decorativamente sobre un majestuoso bar de hielo. Llegamos a eso de las 7 de la tarde y dejamos el lugar de los hechos a eso de las 3:30 de la mañana. No oscureció un ápice en casi 10 horas. Luminosidad total. Casi angustiante, como en “Insomnio” de Al Pacino. Gracias al calor del equipo E! Entertainment (que andaba cazando el Wild On! Finlandia) se pasaba un poco el frío, que llegó a penetrar los huesos. Creo haber estado con el team Playboy de Rumania, entre otros curiosos personajes. Seguramente yo era uno de ellos. Una banda se las arregló para mover el ambiente. Sin mencionar al vodka, obviamente, preparado en sus más absurdas combinaciones (nunca llegué a entender lo de los tragos “moleculares”). A la exacta medianoche presenciamos la pira ardiendo en medio del río. Se inicia la temporada de sol y empieza la leyenda de la producción del grano y todo el asunto, para crear un vodka que se enorgullece de su origen puramente natural. Y que disminuye la resaca, punto importante. Al menos eso creí al día siguiente, cuando después de un par de hora de sueño empecé la odisea de regreso.

Link: http://www.capital.cl/reportajes-y-entrevistas/finlandia-la-obsesa-2.html

LA ALIANZA REBELDE

julio 13, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada en Revista Qué Pasa, edición sábado 11 de julio de 2009, ante la pregunta ¿Le falta sex-appeal a la derecha chilena?, junto a las respuestas de Leonidas Montes, César Barros y Sergio Melnick)

 

A nadie sorprendería si sostengo que la derecha chilena carece de sex appeal. En general, a todas las derechas del mundo les cuesta ser atractivas. Básicamente porque en la esencia de su proyecto descansa la defensa del statu quo. Si se apuesta por acentuar los rasgos conservadores de la derecha (particularmente orden y tradición) no esperemos que se nos suba la bilirrubina. Los discursos y los liderazgos políticos que generan fascinación transmiten rebeldía por los poros. Esa rebeldía, entendida como inconformismo y no como panfleto, aleona a los soldados de la causa. Se trata de recuperar lo revolucionario de una idea, por sencilla que esta sea. Pero, ¿qué rebeldía puede venir desde nuestra derecha?

Hagamos memoria. La taquillera patrulla juvenil de principios de los noventa esbozó un camino: La derecha de la transición sería liberal. A poco andar se fracturó internamente a causa de una sobrepoblación de egos, sin mencionar que en la cancha electoral su performance fue bastante pobre. Hoy de jóvenes tienen poco y de rebeldes nada. La mayoría prefiere correr seguro en cupos protegidos. Tuvieron que pasar otros tantos lustros de derrotas para que en la UDI apareciera un brote tímidamente subversivo. Los coroneles, otrora entusiastas llenos de mística y ahora perros bravos de la alta política, fueron desafiados por la mirada serena de Kast y sus sargentos. Obligaron a sus padres a competir y perdieron entregando un mensaje. En todo caso es inverosímil pensar que la necesidad de rebeldía de la centroderecha provenga de un grupo tan poco conectado con el perfil valórico de las nuevas generaciones.

Pero no hay que desesperar. En la cultura pop encontramos ejemplos de Alianzas Rebeldes exitosas. Para conocerlos hay que viajar a una galaxia muy muy lejana, donde un puñado de nostálgicos de la república interestelar se estaba acostumbrando a perder contra el Imperio. Hasta que en el remoto planeta de Tatooine fue descubierto un joven de nombre Luke Skywalker. Desde entonces, la Alianza Rebelde de Luke, Leia y Han Solo se acostumbraría a ganar. Los esforzados guerreros de antaño (Yoda, Obi-Wan Kenobi) pasaron voluntariamente a retiro para que floreciera una generación hambrienta.

Sin tener que recurrir a la velocidad de la luz, encontramos otros modelos de derechas que después de apestar a naftalina se han convertido en opciones políticamente sexys. El ejemplo del conservadurismo inglés bajo la conducción de Cameron es ilustrativo. Un buen día planta cara a los tótems de su partido y les espeta secamente: “Estoy cansado de perder elecciones”. Luego renueva completamente la cara de los tories, en la forma y el fondo. Mucho más que nuevas tecnologías y guiños verdes, mucho más que blandir un sable láser, nos recordaría un verdadero  Jedi. Tener facebook o twittear no basta.

Pero si la derecha chilena se atreviera al ejercicio de redefinir su capital intelectual, puede encontrar viejas ideas con nuevas aplicaciones. El concepto madre de la libertad es una fuente inagotable. ¿Sería atractiva una derecha vanguardista que desafíe los privilegios y abrace el mérito? ¿Encendería las pasiones una derecha progresista con vocación de transformación social? ¿Sería electoralmente potente una derecha moderna conectada con el futuro?

Hoy, a la Alianza le sobra la melodía melosa de Diego Torres y el refinamiento de Edith Piaf, mientras le falta la electricidad de AC/DC y la lujuria de Calle 13. En síntesis, le sobra beatería y le falta coquetería. Le sobran las fórmulas repetidas y le falta innovación.

La Alianza Rebelde espera sus Luke Skywalker. Espera a los valientes y arrojados dispuestos a desafiar al padre. Ya sean miembros de las elite (¿podría la derecha tener su MAPU?) o auténticos working class heros, su arribo a posiciones protagónicas se hace urgente. Sus próceres han perdido el hambre. Se requiere de savia nueva. Y por supuesto, que la “fuerza” sea intensa en ellos.

Link: http://www.quepasa.cl/medio/articulo/0,0,38039290_101111578_388281222,00.html

PINOCHETISMO-CHAVISTA

julio 9, 2009

por Cristóbal Bellolio B. (publicada en La Segunda el miércoles 8 de julio)

 

Para ser políticamente correcto, me sumo a la condena del golpe de Estado en Honduras. Esencialmente por desproporcionado. Zelaya estaba lejos de ser un tirano. Pero se le acusa de querer aprovechar una buena racha electoral para tensionar la institucionalidad y sacar una ventaja supuestamente personal. Es posible. Y altamente verosímil en el contexto político regional. Pero aunque todos apunten hacia Chávez buscando al autor intelectual de estas “poco prolijas” maniobras, la verdad es que nosotros podemos aportar con un cercano antecedente local: Augusto Pinochet.

En efecto, las disposiciones transitorias de la Constitución de 1980 sumaban a la aprobación del texto, la unción del entonces gobernante por 8 años más. Los que, dicho sea de paso, trataron de extenderse por 8 más en el plebiscito de 1988. La lógica es similar: Como era bastante previsible que se aprobara el referéndum constitucional, ¿por qué no aprovecharse del pánico y meter un gol de media cancha? ¿Por qué no estirar la cuerda? Como Pinochet en su oportunidad, hoy es Chávez quien busca la manera de perpetuarse en el poder.

Pero hay otros ámbitos en los cuales Pinochet y Chávez son mucho más parecidos de lo que parece. Ni el primero se caracterizó ni el segundo se ha caracterizado precisamente por lidiar satisfactoriamente con la diferencia y su expresión organizada, la disidencia. Los regímenes autoritarios (o lisa y llanamente dictaduras, dependiendo de la vereda desde donde se mire) nunca han sido buenos amigos de la libertad de expresión. Por su fisonomía política, tienden a percibir la realidad con cierta paranoia, se alimentan de inseguridades y dan espacio a una variada gama de tesis conspirativas. La necesidad imperiosa de tener todo bajo control los supera. Y en este plano no hay mucha justificación que valga: la libertad de expresión adquiere su pleno sentido cuando lo que se afirma disgusta al soberano. Si sólo se permitiera transmitir ideas gratas al gobierno de turno, la libertad de expresión perdería todo su valor. 

Aunque los personajes en cuestión actúen completamente convencidos de que obran por el bien superior de la nación, o guiados por la fuerza de los procesos históricos, lo único observable es que se trata de un estilo de ejercer el poder que nos ata irremediablemente a la incapacidad crónica de nuestro continente para solucionar los problemas de manera civilizada y madura, un estilo majadero de verticalidad e intolerancia que hace de las diferencias ideológicas un mero accidente. Si puede existir el bacheletismo-aliancista, acá tenemos al pinochetismo-chavista.

Link: http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2009/07/08/pinochetismo-chavista.asp

Link respuesta del alcalde de Providencia Cristián Labbé: http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2009/07/09/paralelismo-descabellado.asp

Link respuesta Bellolio a Labbé: http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2009/07/10/polemico-paralelo.asp

RESPUESTA A “EL ESTADO Y LA CÓPULA”

julio 6, 2009

por Cristóbal Bellolio B. (publicada el martes 7 de julio en www.latercera.com)

En su columna dominical, publicada en el Reportajes del Mercurio, Luis Larraín sostiene una férrea defensa de la prohibición de la entrega de la píldora del día después.

Su primer argumento hace mención al debido respeto que debemos guardar hacia nuestras instituciones. Así, si el Tribunal Constitucional y la Contraloría están de acuerdo en la misma tesis, no corresponde que el Gobierno desafíe sus atribuciones constitucionales. Estamos completamente de acuerdo en el punto. Y justamente para remediar la manera poco prolija de la vez anterior, esta vez no será un decreto expedido entre cuatro paredes sino una ley discutida en el Parlamento la que decidirá si la píldora tiene luz verde en Chile. Larraín reconoce que se trata del camino adecuado, pero le complica la “urgencia” que el Gobierno ha puesto al proyecto. Como si esta discusión hubiera empezado el fin de semana pasado, o como si nuestros parlamentarios estuvieran dispuestos a abandonar sus trincheras porque “nuevos antecedentes” han iluminado su juicio. Esto se puede votar mañana, sin problema alguno.

Su segundo argumento (porque asume hidalgamente que no tiene competencia para “discernir” entre los diversos estudios científicos) apunta al rol de la política pública. Entonces se pregunta “¿Por qué el Estado tiene que meterse de esta manera en la regulación de la actividad sexual? ¿Qué efectos provoca el Estado cuando lo hace, considerando que sus políticas tienen efectos en el comportamiento de las personas?” Y a propósito de la entrega de la píldora a mujeres mayores de 14 años aun sin el consentimiento de los padres, arremete: “Si me perdonan la vulgaridad de la expresión, la señal que el Estado está dando a nuestros jóvenes es que tiren como conejos, porque no habrá consecuencias no deseadas, como un embarazo”. La vulgaridad de la expresión es lo que menos importa, sino el fondo de su planteamiento. El Estado no me dice cuantas veces debo tener sexo en la semana ni con quién ni de qué forma. Está lejos de “regular la actividad sexual“, sino que cumple su tarea como ente publico preocupado por la salud pública de los chilenos. Así por ejemplo, como le interesa que no se esparza el SIDA, promueve el uso del condón como alternativa. Como le interesa que los embarazos no deseados no alimenten el círculo de la marginalidad, informa sobre sexualidad en etapa escolar y luego pone a disposición métodos anticonceptivos. Me parece que un Estado responsable no puede hacer menos que eso. La Iglesia Católica, en cambio, puede darse el lujo de ignorar estos datos y hacer prescripciones desde el púlpito, porque en ella no recae ninguna responsabilidad relativa  a la salud pública. Pero curiosamente ella parece mucho más interesada en regular cuando y con quien nos acostamos.

Pero Larraín no se detiene: “Se ha dicho que hay una cuestión de equidad involucrada, porque la píldora ya se vende en farmacias. ¿Qué significa la equidad, en este caso? ¿Que debe conjugarse en todas sus formas el verbo copular? ¿Por qué el Gobierno tiene que promover esa conducta, una suerte de paraíso de la irresponsabilidad entre nuestros jóvenes? ¿Cuál es el paso siguiente, volteaderos públicos financiados con nuestros impuestos?”. Partamos desenmascarando la debilidad de este argumento: La equidad que se reclama no tiene ninguna relación con la conjugación de un verbo, como bien sabe el columnista, sino con la situación objetiva de que en Chile sólo algunas personas, pertenecientes a la clase socioeconómica que puede pagar por ellos, tienen real acceso a la amplia variedad de métodos anticonceptivos. Y respecto a que el Gobierno esté en campaña pro libertinaje, es tan absurdo como sostener que el objetivo del seguro de cesantía es promover el desempleo, o que las garantías del AUGE incentivan a la familias a descuidar la salud de sus hijos.

Para terminar, Larraín sostiene que “debiera repugnar a un espíritu auténticamente liberal que el Estado esté induciendo comportamientos de sus ciudadanos, especialmente los más jóvenes, a partir de los dictados de la agenda “progresista” de quienes nos gobiernan”. Como espíritu auténticamente liberal que soy lo rectifico: Nos repugna la imposición de una determinada concepción del bien, proveniente de cualquier grupo. Y en esta pasada el Estado no está sino reconociendo el legítimo derecho de elegir a los ciudadanos que a mayor abundamiento lo eligieron para eso. En cambio, es en esta pasada la Iglesia Católica la que está jugada por prohibir las opciones a ciudadanos que jamás la eligieron para eso. Cualquier espíritu auténticamente liberal aprobaría la primera y condenaría la segunda.

Link: http://blog.latercera.com/blog/cbellolio/entry/respuesta_a_el_estado_y

Ver columna completa de Luis Larraín en http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2009/07/05/el-estado-y-la-copula.asp

CUATRO FORMAS DE ENTENDER LA POLÍTICA

julio 1, 2009

por Cristóbal Bellolio

Nota: trabajo en progreso

Sistematizo algunas ideas que tengo almacenadas desordenadamente en mi disco duro. Se trata sencillamente de organizar las razones por las cuáles las personas y los grupos hacen actividad política. Es decir, cuáles son sus motivaciones originarias en relación al modo que tienen de entender la política.

De esta manera, pude distinguir cuatro grandes formas de ver la política. No pretende ser una enumeración taxativa, ni tampoco excluyente una de la otra, pero sí quiere diferenciar vocaciones medulares en cada una de ellas. El orden es aleatorio, aunque como verán, tiende a ir un poco de izquierda a derecha. Veamos:

1. La primera manera es asumir la política como vehículo de reivindicación. Esto significa tomar como bandera la revancha de sectores oprimidos, desplazados o ignorados por el sistema. Quizás el mejor ejemplo de esta concepción política es el discurso de la lucha de clases, donde aquella subyugada se organiza para reclamar lo que le corresponde. Después del desvanecimiento de la profecía marxista, los grupos que hacían política reivindicacionista han reemplazado al proletariado por minorías excluidas que también se llevan la peor parte en la asignación de recompensas sociales. Siempre del lado de los débiles, dirían sus promotores. La aventura chavista en Venezuela es pródiga en esas expresiones. Y con razón. Pero lo paradójico es que siendo valiente en la defensa de los excluidos, este tipo de proyecto político no apunta a una verdadera inclusión. La dictadura obrera tenía por objeto erradicar a la burguesía, y en Chile una aterradora canción recordaba que mientras las momias irían al colchón, los momios estaban destinados al paredón. Cierto resentimiento es connatural a este modo de visualizar los fenómenos políticos. Mal que mal, para Marx el Estado era una superestructura de dominación de una clase sobre la otra. Y los dominados no olvidan fácilmente las injusticias sufridas. Pero curiosamente, cuando son más efectivos en el logro de sus objetivos es cuando abandonan esa odiosidad y la convierten en esperanza. Los ejemplos de Gandhi, Luther King o Mandela son contundentes.

2. La segunda manera es comprender a la política como herramienta de cambio social. A diferencia de la concepción anterior, no busca elevar un grupo o una clase en perjuicio de otra. El cambio social debe entregarnos a todos mejores condiciones materiales de vida. El Estado es un instrumento que puede y debe ser esgrimido en plenitud para conducir los procesos de cambio. Es, además, de una notable vocación progresista: El futuro puede ser mejor si somos lo suficientemente hábiles para vencer las resistencias y operar los cambios. A modo de ejemplo, puedo mencionar las agendas de protección social de los gobiernos socialdemócratas. La constante es la utilización del aparato burocrático público para conseguir el fin deseado, lo que a su vez le ha traído los mayores problemas: Las sociedades de consumo de nuestros días se han complejizado a tal nivel que el Estado tiene muchas dificultades para interpretar qué es lo que realmente quieren las personas, sin siquiera entrar a discutir sobre sus falencias intrínsecas a la hora de gestionar, ejecutar y evaluar, especialmente cuando el Estado ha sido capturado por grupos que sólo lo utilizan en provecho propio. Como apunte final, me parece interesante recordar que en mis tiempos de dirigente estudiantil escuché a un dirigente de orientación jesuita sostener que para ellos la política sólo tenía valor si se trataba de un instrumento efectivo para superar la pobreza. Les creo genuinamente, aunque creo que se trata de una visión que compensa la urgencia del objetivo con la estrechez de perspectiva.

3. La tercera visión sobre la política nos obliga a remontarnos a la polis griega. Para los ciudadanos atenienses, la política era el espacio donde los iguales discutían y deliberaban sobre los asuntos públicos, es decir, aquellos que atañen a todos. Esta concepción de la política ha penetrado en las tradiciones republicanas y liberales, y no está lejos de ser encarnada por nuestra democracia formal. Dicho en términos simples, los promotores de esta idea de política reconocen que cada individuo puede hacer libremente su vida en el espacio privado, pero que al mismo tiempo participa en la cuestión pública (que no tiene necesaria relación con el Estado como suma de funcionarios públicos) en condiciones de igualdad política con sus pares. Comencemos reconociendo que asume la existencia del conflicto en la vida humana, y que por tanto requiere contar con instancias para exponer las diferencias y adoptar soluciones de consenso (la regla de la mayoría es un procedimiento extendido). Esas instancias deben ser abiertas a todos (“públicas”) y generalmente toman la forma de instituciones políticas representativas. El pecado de idealización de esta forma de entender la política nos lleva a olvidar que a veces la igualdad jurídica no basta, y que hay personas y grupos que viven en tales condiciones de marginalidad que la participación en el espacio público se hace ilusorio. Aun así, la subyacente noción de justicia procedimental que esta concepción de la política ha introducido, ha sido la causa del progreso de muchas sociedades que se han visto beneficiadas por la certidumbre e imparcialidad de sus normas, así como por la relativa paz social que proporciona un marco amplio de opciones de vida aceptadas.

4. Finalmente, creo poder distinguir una cuarta manera de entender la política, que básicamente ve en ella un mecanismo de asignación (e imposición) de valores. Contradice la visión anteriormente revisada porque mientras para los liberales existen distintos goods que pueden perseguirse indistintamente por los actores sociales, para los promotores de valores determinados existe sólo un good, el cual vale la pena exigir, incluso con las herramientas coercitivas. Se habrá adivinado que se trata de una concepción conservadora un tanto temerosa de la diversidad y la proliferación de nuevas tendencias que amenacen el modo de vida tradicional. Es por lo mismo una concepción muy poco progresista, ya no que hay confianza alguna de que el futuro vaya a ser mejor por la actuación del hombre… perfectamente podríamos echarlo a perder más aun. Ahora, no se trata de una noción pesimista: Los promotores, por ejemplo, de la introducción de valores cristianos en la política, están profundamente convencidos de lo bueno que eso puede significar para el sistema. Lo que ellos entienden por “lo bueno” está asociado a lo que todos debiéramos entender por “bien común”, ya que hay mínimos morales que, más allá de toda corrección procedimental o mecanismo democrático, deben ser protegidos y promovidos en una sociedad con valores. Por lo mismo es coherente que utilicen ciertas instituciones del Estado (ej. Tribunal Constitucional) para frenar la ansiedad de las masas desorientadas. Su fortaleza es la mística que destilan sus políticos, ese halo casi misionero que los desarraiga de las pueriles necesidades electorales del momento; Su talón de Aquiles es el fanatismo, ya que a veces olvidan que en las sociedades democráticas los valores por los que luchan tienen que ser legitimados día a día, y no basta con apelar a leyes caídas del reino de los cielos para regir ad eternum.