EL OTRO ESTATUTO

por Ignacio Briones (publicada en el Diario Financiero el jueves 13 de agosto)

El Presidente de la Cámara baja no repostulará por la zona dónde lleva tres períodos. En un signo de “renovación”, anunció que lo hará por otro distrito. Una diputada celebró el acuerdo parlamentario con los Radicales tildando a su presidente de “chantajista”. Son expresiones de algunos de los incentivos del sistema binominal. Un sistema con innegables virtudes, pero que hoy evidencia serios defectos.

El incentivo básico es claro: la formación de dos grandes bloques. La norma es que, de los dos cupos en disputa, cada una de las dos listas más votadas elijan uno. Los doblajes y la elección de independientes son excepcionales: apenas 4% de doblajes en la última elección de diputados, ninguno electo fuera de pacto. De ahí que las disputas “sangrientas”, con o sin “Armonyl”, se produzcan dentro de un mismo pacto. Primero para ser nombrados, luego en terreno.

La formación de dos grandes fuerzas políticas tiene la virtud de conferirle estabilidad y mayor gobernabilidad al país. Obliga a las partes a buscar acuerdos y a moderar posiciones. Promueve los juegos repetidos entre actores. La amenaza de tener que correr por fuera disciplina el comportamiento de los parlamentarios. Todo esto contribuye a imprimirle mayor continuidad de largo plazo a las políticas públicas.

No es casual que Chile haya destacado en esta materia. Reformas emblemáticas como la tributaria, las concesiones, la reforma procesal penal, los acuerdos de libre comercio, la Alta Dirección Pública, el Tribunal de Defensa de la Libre Competencia, la reforma previsional, entre otras, son herederas del binominal.

Pero lo que fue una fortaleza para llevar a cabo reformas de primera y segunda generación, hoy muestra signos de agotamiento. Hay una inquietante falta de competencia que debilita el debate, el recambio generacional y la necesaria innovación para reformas de tercera generación. El binominal ha degenerado en un verdadero “Estatuto Político”.

La cara más visible son precisamente las caras. Si con sólo estar designado la posibilidad de ser electo es alta, la victoria está casi asegurada cuando se va a la reelección. Desde 1990, quienes se han repostulado a la Cámara Baja han tenido éxito un 75% de las veces. Dos tercios de los diputados llevan al menos dos períodos y 40% al menos tres. La edad promedio de los mismos ha subido de 46 años en 1990 a 53 años en 2006.

Las cúpulas que designan al candidato tienen un inmenso poder. Como cada coalición obtiene un escaño pero no los dos, hay un desincentivo a designar a los mejores. Esto genera desconexión con la ciudadanía y campañas carentes de propuestas nuevas. Segundo, el esquema facilita la captura partidista. Para contar con los votos de un conglomerado sobre determinada materia no hace falta convencer a cada uno de los parlamentarios. Basta convencer a quien designa los cupos.

Hoy se propone limitar la reelección. Un parche insuficiente. Tendremos algunas caras nuevas, pero no más competencia. Manteniendo el binominal, la competencia aumentaría con primarias abiertas obligatorias. Una alternativa más ambiciosa, es cambiar el sistema. Un sistema mayoritario uninominal como el inglés es un serio candidato a considerar. Conserva las virtudes de gobernabilidad del binominal pero introduce la sana competencia que nuestro “Estatuto Político” clama con urgencia.

Link: http://www.df.cl/dfs/columnistas/ignacio_briones.html

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