Archive for 28 octubre 2009

LA PROHIBICIÓN O EL CAOS

octubre 28, 2009

por Cristóbal Bellolio (columna solicitada pero no publicada)

La reciente decisión de Barack Obama de frenar la persecución penal a los consumidores de marihuana con fines terapéuticos es particularmente acertada en dos sentidos. En primer lugar, fortalece el respeto a la legislación local, ya que la disposición se aplica sobre 13 estados norteamericanos donde los médicos estaban habilitados desde 1996 para recetar el uso de cannabis en el tratamiento de ciertas enfermedades (glaucoma, artritis, efectos de la quimioterapia), pero aun así sus pacientes eran víctimas de acciones judiciales por parte de las autoridades federales, especialmente durante la administración Bush. Se impone así la descentralización jurídica y la autonomía de los estados. En segundo lugar se cumple una promesa de campaña. Es fácil regalar palabras al viento y hacer ofertones previo a las elecciones, lo difícil es concretar esos anhelos. Obama se anota otro punto a favor demostrando coherencia entre discurso campañero y ejercicio del poder. Pudo haber olvidado convenientemente este asunto para evitar conflictos con ciertos grupos republicanos, sabiendo que en la práctica los beneficiados por la medida son relativamente pocos. Pero prefirió honrar sus compromisos.

Pero el asunto de fondo es otro. Sus detractores han esgrimido el viejo argumento conservador: Este es un paso hacia la legalización de la marihuana. O prohibimos o abrimos las puertas al desastre. Esta lógica dicotómica la encontramos en casi todas las conversaciones en las cuales participan los defensores del orden y la tradición: Si legislamos sobre el aborto terapéutico estamos favoreciendo el aborto a secas, si regulamos las uniones civiles entre personas del mismo sexo estamos anticipando el matrimonio gay. Ningún antecedente realista indica que eso vaya a ocurrir, pero parece vivir en sus corazones una paranoia que no los abandona: Lo nuevo puede esconderse tras las esquinas, lo distinto acecha bajo la apariencia de lo conocido. ¿Y si finalmente fuera así? Si la despenalización del uso terapéutico nos llevara a discutir seriamente la legalización de la marihuana, como ocurre actualmente en California, ¿nos enfrentaríamos a un escenario tan terrible? Obama ya ha dicho que no es partidario de ir tan lejos, pero entiende que en las sociedades educadas se avanza gradualmente hacia mayores grados de libertad individual. Y que mientras más abiertas y tolerantes, mejor sabrán lidiar con las complejidades que provoca el ejercicio de esa autonomía. Parafraseando a Stuart Mill, el único fin que justifica que la autoridad se entrometa en la libertad de acción de los ciudadanos es evitar que perjudique a los demás, pues su propio bien, físico o moral, no basta como justificación.

Anuncios

Ideas Comunes

octubre 26, 2009

Los dejamos con una columna de David Gallagher aparecida el viernes pasado en El Mercurio. Se la juega por la candidatura de Sebastián Piñera, pero en el camino entrega argumentos que compartimos plenamente:

“Una premisa central de los ideólogos de la campaña de Frei parece ser que, tras la crisis internacional, la economía de mercado está en retirada en todas partes, y que en consecuencia hay una demanda generalizada por más Estado, y por más poder para los sindicatos. Las políticas “neoliberales” de la “derecha” estarían desacreditadas: el mismo Sarkozy las estaría criticando. De allí la necesidad de izquierdizar a Frei, de convertirlo en la antípoda de lo que fue cuando gobernó.

Desgraciadamente para estos ideólogos, el vuelco a la “izquierda” que ellos perciben no existe. Cualquiera que viaja a Estados Unidos o Europa o Asia se da cuenta que no hay un cambio de actitud frente a la economía de mercado, sino más bien alivio de que la crisis no fue larga. En los principales países de Europa son los partidos socialistas y socialdemócratas los que están decaídos y desmembrados. En Alemania, sufrieron una devastadora derrota, en elecciones cuyo principal ganador fue el FDP, el partido más pro mercado de todos. En Gran Bretaña, los conservadores lideran de lejos en las encuestas. En Estados Unidos, Obama, muy razonablemente, procura extender la cobertura médica a quienes no la tienen, pero nadie podría imaginarlo clamando por más Estado y más poder para los sindicatos.

Es cierto que un Sarkozy o una Merkel se han dado de vez en cuando el irresistible gusto de criticar el “capitalismo anglosajón”, pero los ideólogos de Frei no deberían confundir arrebatos retóricos con medidas reales. Tanto Francia como Alemania intentan hacer reformas “anglosajonas”: flexibilizar el mercado laboral y reducir el poder de grupos corporativos.

Siempre se puede postular la existencia de “fundamentalistas del mercado” que creen que no deberían existir regulaciones de ningún tipo, y de allí disparar contra ellos. Pero ese blanco fácil tiene el inconveniente de no existir en la política real. Los que sí tal vez existan son socialistas que se volcaron al mercado con la fe del converso, sin entender sus limitaciones, sin aplicarle el sano escepticismo propio del liberal o del conservador, y que ahora sienten culpa y rabia por sus propios excesos, y para expiarse, corren al otro extremo. Allá ellos. Pero es una pena que hayan manipulado tanto a Frei, un hombre bueno que hizo un gobierno razonable, y que no se merece el chip izquierdizante y rencoroso que le han colocado.

Gracias a que ellos mismos abrazaron la economía de mercado, los socialistas en todo el mundo, incluido Chile, pudieron gobernar con éxito por muchos años. Al hacerlo mostraron que las buenas ideas son comunes a todos: la economía de mercado no es propiedad ni de la derecha ni de la izquierda. Asimismo los conservadores y liberales demuestran hoy día que las políticas sociales tampoco tienen dueños exclusivos: en todo el mundo, la centroderecha las aplica cuando accede al gobierno, con la ventaja de que lo hace sin los complejos ideológicos que, por lo menos en Chile, condujeron a que la izquierda a veces administrara la economía de mercado a regañadientes, con costos para la sociedad, provenientes de su ambigüedad y desgano.

Un gobierno de centroderecha, como sería el de Piñera, no sólo aplicaría políticas sociales sin complejos: lo haría desde un Estado eficiente, con vocación de servicio público, demostrando que el Estado es para servir a todos los ciudadanos, y no para ser el feudo de los operadores políticos que lo capturen. Los gobiernos de centroderecha que logren forjar estados de esa calaña tendrán una vida larga. Es lo que tiene desesperados a los socialistas en Europa.”

Link: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/10/23/ideas-comunes.asp

Momento Liberal

octubre 22, 2009

Llegó a nuestro conocimiento esta tremenda reflexión aparecida en el diario español El País, autoría de José María Lasalle, secretario de cultura del Partido Polular y diputado por Cantabria. Agradecimientos a Jorge Fábrega por el dato:

“La crisis exige de las sociedades abiertas una enérgica respuesta de ejemplaridad. Una vuelta a los valores cívicos y a la responsabilidad moral.

De lo contrario, se corre el riesgo de que se produzca un peligroso desencuentro entre el relato legitimador que sustenta la democracia y la vivencia cotidiana de la política por parte de los ciudadanos. Un desencuentro que, coincidente con un clima de apatía social, resucite populismos que hagan que los espacios públicos se iluminen con los fogonazos de irritación y malestar de un pueblo que, jaleado por algunos demagogos postmodernos, no entiende por qué algunos gobernantes democráticos se dejan llevar por la frivolidad pasiva de la improvisación convertida en política. De este modo, por parafrasear la expresión acuñada en los años setenta por John Pocock en su famoso ensayo El momento maquiavélico, es imprescindible revisitar los fundamentos del liberalismo y afrontar, por así decirlo, un momento liberal que ofrezca una respuesta desde la libertad al desafío que plantea el cambio de paradigmas al que se enfrentan las democracias como consecuencia de la grave crisis social que padecemos.

En resumidas cuentas, hay que recuperar la entraña del humanismo cívico que estuvo detrás de la aparición del pensamiento liberal. Un humanismo cívico basado en la excelencia de la virtud y que genealógicamente es el antecedente de los liberales del siglo XVII y XVIII, desde Locke a Jefferson, pasando por Montesquieu, Adam Smith o Ferguson. Un humanismo cívico que no ocultaba su filiación patrióticamente ciceroniana y cuya obsesión primordial era impedir el despotismo que acechaba detrás de la supresión de las virtudes civiles y políticas. Quizá por ello el mismísimo Hayek no tenía dudas al afirmar en La Constitución de la libertad que tenía a Cicerón como “la principal autoridad del moderno liberalismo”.

Hoy, como siempre, el discurso de la virtud civil y política es imprescindible si queremos recuperar la confianza en el futuro del Progreso inspirado en la libertad. Los atajos en la búsqueda del bienestar y la prosperidad mediante una visión maximizadoramente economicista del mercado no pueden ser justificados tras la experiencia brutal que está suponiendo la crisis para millones de ciudadanos. Ésta no se ha producido por la ineficiencia del mercado a la hora de generar riqueza, sino por la depreciación tanto de los controles de justicia que deben asegurar la plena vigencia de las leyes, como por una relajación en el comportamiento de aquello que Adam Smith denominaba la benevolencia, esto es, el interés por el bienestar de los otros, pues, “el sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos, el restringir nuestros impulsos egoístas y fomentar los benevolentes, constituye la perfección de la naturaleza humana”.

No cabe sostener -como han hecho algunos desde planteamientos neoliberales- que el discurso de La riqueza de las naciones de Adam Smith esté disociado de los ideales virtuosos que inspiran sus Lecciones de Jurisprudencia o su Teoría de los sentimientos. No es cierto que en el liberalismo el homo oeconomicus hubiera primado sobre el ciudadano, o que el interés hubiese devorado la virtud. Todo lo contrario. Ambos conviven dentro de un ideal de justicia que, además, es riguroso en su ejercicio y cumplimiento, ya que para el pensamiento liberal la tensión que inspira el cultivo de la virtud ha sido siempre una de las claves de bóveda de su diseño del gobierno bajo el imperio de la ley y que, inspirado en la Roma republicana, se mantuvo en el inconsciente de la libertad de los antiguos hasta que, entradas en acción las revoluciones transatlánticas, se transformó en la libertad de los modernos que luego describiría con tanto acierto Benjamin Constant.

En este sentido, el liberalismo tiene ante sí la tarea de reafirmarse en lo que fue en sus orígenes cultivando un presente de valores secularizados que restablezcan la condición activa y ejemplar de la política ciudadana mediante la defensa de un mérito público basado en el esfuerzo y la austeridad, en el trabajo diligente y en la responsabilidad hacia uno mismo y los demás. Hay que restaurar las raíces morales de las que nació el liberalismo para volver luego desde ellas a la defensa del mercado y la libertad económica. Comprender, como lo hizo Adam Smith, que la acción moral afecta siempre a la económica, ya que de acuerdo con su filosofía el comportamiento virtuoso no sólo no se opone a la prosperidad sino que casi siempre es la mejor vía para conducirnos a ella. De modo que, como señala en la Teoría de los sentimientos morales, “el viejo proverbio según el cual la honradez es la mejor política resulta casi siempre cierto”.

Hay, por tanto, que impulsar un momento liberal que impida la debilidad del espíritu público; que venza la creencia en el provecho material y la filosofía anhelante de los derechos mediante una cultura del deber que, puesta al servicio de la libertad, vertebre la participación de la ciudadanía en el manejo y mejora de la cosa pública. En fin, hay que articular un momento liberal que nos devuelva la fortaleza de la virtud política o patriótica, pero entendiendo ésta como ese amor respetuoso a las leyes y las instituciones que protegen la libertad común, que es la tesis esgrimida por Montesquieu cuando reflexionaba sobre ella en Del espíritu de las leyes. Precisamente esa virtud patriótica debe ser reclamada más que nunca. No hay que olvidar que comenzamos a sufrir una crisis social que amenaza con descomponer y desvertebrar los fundamentos mismos del tejido cívico que sustenta nuestras sociedades civiles.

La crisis no será vencida sin sacrificios duraderos al servicio de reformas muy profundas, y estos sacrificios no podrán ser exigidos sin eso que Javier Gomá ha definido recientemente como ejemplaridad igualitaria. Ésta ha de suponer un compromiso virtuoso de todos por el respeto a un ideal de vida buena, un compromiso de todos con la excelencia y una verticalidad meritocrática que restablezca el deseo de cultivar lo mejor que hay en nosotros mismos y ponerlo al servicio de la sociedad.

Urge, por tanto, reactivar la vivencia pública de la ciudadanía y eso significa asumir que si el respeto a las leyes en las que se fundan la libertad y los derechos se descuida, entonces, éstos pueden ser fácilmente atropellados por cualquiera. Por eso, John Rawls identificaba al liberalismo con el presupuesto de que si los ciudadanos quieren salvaguardar sus libertades y derechos fundamentales, entonces, han de ejercitar y “poseer en grado suficiente las virtudes políticas y estar dispuestos a participar en la vida pública”.

Link: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Momento/liberal/elpepuopi/20091012elpepiopi_4/Tes

DARSE VUELTA LA CHAQUETA

octubre 19, 2009

por Cristóbal Bellolio B. (publicada en Revista Qué Pasa del 16 de octubre de 2009)

Asistí al debate presidencial de TVN invitado por el comando de Marco Enríquez-Ominami. Fue extraño mirar a la mayoría de mis “contactos” políticos, sentados en la barra de Sebastián Piñera, desde la vereda opuesta. Fue incómodo, siendo sincero. Sentí los comentarios venenosos por la espalda. Al final del debate nos saludamos cordialmente con el candidato de la Coalición por el Cambio, pero no alcanzamos a cruzar un par de frases antes que le recordaran que estaba hablando con un “traidor”. Me hizo sentido lo que dijo Felipe Lamarca respecto del bullying político: La tribu de origen castiga a los que cruzan el río.

El fenómeno de cambiar de bando es tan viejo como la política misma. Pero la valoración del hecho es distinta dependiendo de quién se beneficia del giro. Para la Alianza el desembarco de Fernando Flores y Jorge Schaulsohn en la campaña de Piñera fue una excelente noticia, que daba cuenta, según algunos, de la valentía y estatura de estos dos ex líderes concertacionistas: Habían sido capaces de romper lealtades configuradas en base al pasado, apuntando a la construcción de un futuro común. En el oficialismo la interpretación fue otra: Flores traicionaba su propia historia y mancillaba su vínculo allendista, Schaulsohn era un mal agradecido y un oportunista. Ambas reacciones son políticamente esperables, ya sea por consideraciones afectivas (ganar o perder un amigo), estratégicas (ganar o perder un elector) o simbólicas (ganar o perder un aliado), pero es ilusorio pretender realizar una valoración justa del hecho cuando el criterio utilizado es la pura conveniencia propia. Siempre recibiremos con los brazos abiertos a quienes “vieron la luz” y echaremos maldiciones sobre quienes abandonaron el buen camino. Pero ni la luz ni el buen camino son términos absolutos.

Lo paradójico es que en esta pasada es la oposición quien más necesita votantes que se den vuelta la chaqueta. Con un padrón electoral muy similar al de los últimos veinte años, el comando piñerista tiene claro que la clave de la victoria no está en los nuevos inscritos, sino en adherentes blandos pero históricos de la Concertación.  Mucha gente tiene que “cambiarse” para que gane el Cambio. Es un fenómeno deseable y promovido desde la sede de Apoquindo, sólo mientras sea unidireccional hacia la derecha… Ya hay notificados: La fuga de votos hacia Marco Enríquez-Ominami será social y políticamente sancionada. Pero la recomendación política es la contraria: Despenalizar el cambio, no sólo por coherencia con el discurso propio, sino además pensando estratégicamente en una eventual segunda vuelta frente a Frei, donde los partidarios de MEO seremos determinantes en el resultado.

Por supuesto, no todas las motivaciones para el cambio de bando son iguales. Seguramente coexisten o alternan razones de fondo y de forma. Podemos distinguir básicamente tres:

Quienes sienten que sus convicciones se han mantenido inalteradas, pero acusan al resto de haber extraviado la brújula. Para éstos lo relevante es la lealtad a las ideas más que a personas determinadas. El grueso de los adherentes de Marco Enríquez-Ominami proviene de esta visión, que no se siente traicionera de la Concertación.

Podemos identificar un segundo grupo cuyo cambio en las preferencias políticas apela a cuestiones más contingentes, como un episodio puntual de enfrentamiento interno, la promesa de mayor protagonismo, una ventana de oportunidad o un cupo privilegiado. Concordaremos en que las experiencias de los colorines en la DC, de los humanistas cristianos con Piñera o el reciente desembarco de Trivelli en el marquismo tienen que ver, aunque se diga lo contrario, con esta familia de motivaciones.

Pero hay un tercer grupo aun más interesante, porque asume hidalgamente que ya no piensa como antes. Son los que reivindican el cambio de mirada, como parte de un proceso evolutivo consciente. No significa reconocer necesariamente que estuvieron equivocados, pero sí que son autocríticos frente a su historia. Esta especie contribuyó a la renovación socialista en Chile, cuando puso en tela de juicio su propio dogmatismo. De esta especie proviene tanto el ministro PPD Francisco Vidal como el senador UDI Andrés Chadwick. El primero en su juventud perteneció al Partido Nacional y el segundo al Mapu. Ambos hicieron uso de su derecho a la evolución intelectual, aunque en estos casos haya operado en el sentido inverso. Asegurar que uno lo hizo “para bien” mientras el otro “involucionó” es una explicación fanática y arrogante, porque parte de la premisa de que los propios tienen siempre la razón, descalificando la intensidad y la complejidad de la experiencia vivida por el sujeto en el banquillo de los acusados.

No pretendo con esta reflexión animar a que la promiscuidad política se transforme en orgía. La capacidad de mantenerse fiel a un proyecto aun cuando no nos gusta algo de ellos es tremendamente importante. Cambiar la realidad desde adentro es siempre un ejercicio encomiable. Pero no se les puede pedir a todos que lo hagan. El mundo sería un peor lugar, o al menos más estático, si algunas personas no se hubieran atrevido a desafiar ciertos supuestos, mitos y prejuicios respecto del “otro” y sus ideas. Cruzar el río, cuando el motor es una convicción y no puro aprovechamiento, derriba muros de intolerancia y sectarismo. Ponerse en el lugar del otro requiere a veces estar con el otro y entender sus motivaciones respecto a la acción política. Quizás no sean tan distintas de las nuestras, pero a veces optamos por no verlas porque se gestaron en una tribu diferente. La generación de chilenos que no carga con mochilas de rencor tiene evidentes ventajas a la hora del desprendimiento, pero tampoco está desprovista de costos. Llegó la hora de empezar a mirar a los que se dan vuelta la chaqueta con otros ojos.  

Link: http://www.quepasa.cl/articulo/19_1121_9.html

¿ME-0 EN SEGUNDA VUELTA?

octubre 15, 2009

por Cristóbal Bellolio B. (publicada en La Tercera el miércoles 14 de octubre)

¿Se han imaginado despertar la mañana del lunes 14 de diciembre con Marco Enríquez-Ominami instalado en segunda vuelta y Eduardo Frei masticando la derrota? Aunque el senador DC todavía le lleva cierta ventaja al candidato independiente, el dato relevante es que la distancia se acorta día a día. La tendencia muestra un Frei que baja y un Marco que sube, quedando todavía dos meses de campaña. ¿Serán suficientes para que cambie el cuadro?

Pongámonos en el caso de que eso ocurra. La debacle en la Concertación sería de proporciones. Se me viene a la mente el Titanic hundiéndose en el océano. Casi puedo ver las caras de horror. Cuando la soberbia alcanza tamaña altura, el golpe es tremendo. Pero una vez superado el shock emocional, vendría la pregunta de rigor: “¿y ahora qué hacemos con marquito?”

La primera en reaccionar debería ser la Presidenta. Mal que mal, Marco siempre ha reivindicado su figura. Una invitación a tomar cafecito a La Moneda cae de cajón para endosar al Bacheletismo. Con una sonrisa, el candidato se adjudicaría la herencia de mamá. El gesto de papá Lagos tampoco se haría esperar. El problema mayúsculo lo tendrían los partidos de la Concertación. No sus adherentes sino sus principales dirigentes, los que se han encargado de dinamitar los afectos con el discolaje. Es impensable que Escalona, Latorre y cía. salgan en la foto. Pero no sólo por una cuestión de egos, sino porque se trataría de los primerísimos responsables del desastre electoral, pesados costos con miras al 17 de enero. Marco no los querría ni envueltos en papel de regalo. Políticamente, sus cabezas tendrían que rodar, y la tarea recaería en los elementos “marquistas” de cada tienda. De preferencia, nuevas generaciones: Los Rossi, los Orrego, los Gómez se reciclarían, se colarían los Girardi. Don Carlos Ominami se sobaría las manos. Tendrían que ser simultáneos golpes blancos, rápidos e incruentos, a lo largo del arco iris. La noche de los cuchillos largos, como aquella que sufrió Piñera y Longueira a manos de Lavín el 2004. Todo sea por la causa superior, que en este caso no sería otra que conservar el poder dentro de la familia concertacionista. “Nace una nueva Concertación para apoyar la opción de ME-O” se gritaría a los cuatro vientos. Otra vez, todos los colores contra la derecha. La promesa de la transversalidad y de “los mejores” quedaría en entredicho. Es improbable que un candidato se niegue a tanto cariño, aunque de este en particular no se puede asegurar nada. Si su proyecto no es refundar el oficialismo sino construir una alternativa distinta que mire al futuro, entonces Marco podría darse el lujo político de dejar que la ola del fenómeno cobre vida propia sin comprometer ni transigir con los partidos de la Concertación.

Ni la primera ni menos la segunda estrategia asegura un triunfo frente a Piñera. La distancia que habrá sacado en primera vuelta será mucha. Una pequeña fracción del caudal de Frei, particularmente el voto conservador, podría darle la mayoría al abanderado de la Coalición por el Cambio. En ese escenario ¿Habrá valido la pena el terremoto? Sin lugar a dudas. Un llamado a retiro de los viejos próceres de la Concertación es sano y deseable para comenzar una nueva etapa, y Marco quedaría legítimamente habilitado para llevar sus banderas desde la oposición. O en la segunda hipótesis, refrescaría el panorama político con una opción propia de los tiempos que corren, de ese “Chile que cambió”, como le gusta recordar. Todo esto sin mencionar que la posibilidad de alcanzar la victoria estaría abierta y latiendo vigorosa. Es la idea misma del cambio, en definitivas cuentas, la habrá ganado si Marco Enríquez-Ominami y Sebastián Piñera se ven las caras en segunda vuelta. 

Link: http://papeldigital.info/lt/edicion.html?20091014010042

HIJOS DE BACHELET

octubre 12, 2009

Transcribimos una muy buena columna de Patricio Navia aparecida en la edición de octubre de Revista Poder. Compartimos la tesis:

“Pese a ser la primera mujer en llegar a La Moneda, Michelle Bachelet demostró menos preocupación por sus hijos políticos que la que habían demostrado sus predecesores. Contradiciendo el estereotipo de que las mujeres se preocupan más por sus descendientes que los hombres, Bachelet no deja como parte de su legado un grupo de rostros políticos emergentes −hombres o mujeres− que puedan seguir potenciando y promoviendo los valores de renovación, paridad de género y la nueva forma de hacer política que la doctora prometió traer consigo a la presidencia.

De los cuatro presidentes de la Concertación, Michelle Bachelet es la que más ha hablado de proyectos colectivos. A diferencia de sus tres predecesores oficialistas que asumieron la tarea de la presidencia como un plan político donde las ideas se promueven a través de leyes, políticas públicas, nombramientos y hechos concretos, Bachelet privilegió los símbolos y el poder de la palabra para instalar sus propuestas de reforma. Desde la promesa de paridad de género hasta el recambio generacional sintetizado en el “nadie se repite el plato”, la primera presidenta de Chile insistió en que lo suyo sería una nueva forma de hacer política. La horizontalidad en la autoridad, el protagonismo de la gente y la participación de todos, poniendo especial énfasis en la inclusión de mujeres a las esferas de poder, eran las iniciativas que Bachelet tenía más cerca de su corazón cuando asumió el poder el 11 de marzo de 2006.

Pero después de las protestas estudiantiles de 2006 y del Transantiago en 2007, Bachelet optó por abandonar la contingencia, entregando el quehacer político a los partidos y a su triunvirato de ministros en La Moneda, símbolos de los platos repetidos. Las directivas de los partidos operaron con fuerza para desvirtuar las promesas de participación y horizontalidad que Bachelet había hecho en campaña. Bachelet silenciosamente capituló. Después de abandonar la promesa de “nadie se repite el plato”, Bachelet también flexibilizó su principio de paridad de género. Al finalizar su mandato, Bachelet tiene 10 ministras entre los 22 miembros de su gabinete. Pero usando la jerarquía oficial de los ministerios, sólo tres de los diez ministros más importantes son mujeres. En los 15 gobiernos regionales sólo hay cuatro intendentas. Hoy Chile tiene menos mujeres en puestos claves que cuando Bachelet llegó al poder. Al compararlo con el fin del periodo de Lagos, las cosas sólo han mejorado marginalmente. Después de un inicio auspicioso, las iniciativas de género se han ido diluyendo. Tanto así, que por primera vez desde las elecciones de 1993, no hay ninguna mujer entre los candidatos presidenciales. Incluso, dependiendo de las negociaciones e impugnaciones de último minuto, podría haber menos mujeres candidatas al parlamento en las listas de la Concertación y la Alianza hoy que en 2005. 

Las promesas de más participación también se diluyeron. Basta con recordar el cómplice silencio de Bachelet ante las primarias truchas de la Concertación o su decisión de abandonar las reformas políticas que indujeran a más competencia y más transparencia en la forma como operan los partidos políticos. Las loables reformas a favor de más transparencia en el Estado no tocaron a los partidos políticos. La democracia participativa desapareció del discurso oficial y la promesa de una ley de cuotas se materializó en un proyecto de ley demasiado tardío, como para creer que a Bachelet realmente le importa.

Precisamente porque necesitan construir un legado y buscan perpetuarlo, los presidentes promueven liderazgos de recambio y figuras jóvenes de reemplazo que ocupen puestos de importancia en futuros gobiernos. La principal vitrina que tienen los mandatarios para promover liderazgos es el gabinete. A nivel local, los intendentes regionales y gobernadores provinciales son los puestos que más espacio permiten a nuevos rostros demostrar sus habilidades y prepararse para puestos de representación política. Pero Bachelet desconoció la necesidad de usar su discrecionalidad en los nombramientos de puestos políticos para potenciar figuras que compartieran su visión, su estilo y su discurso.

Bachelet parece haber privilegiado la construcción de un gabinete que estuviera compuesto de personas que, por sobre todo, no le fueran a hacer sombra. Por eso, en 2006 desechó nombres de presidenciables y en cambio optó por caras nuevas que, además, no tuvieran aspiraciones políticas propias. Creyendo equivocadamente que eso ayudaría a centrar la atención de la opinión pública en su persona, Bachelet armó un equipo débil incapaz de proyectar el legado de su cuatrienio más allá de marzo de 2010.

A diferencia de ministros que se convirtieron en presidenciables gracias a ser nombrados por sus predecesores –incluida ella misma– los gabinetes de Bachelet no produjeron nuevas estrellas en el firmamento político nacional. Solo uno de los miembros de su primer gabinete se perfila como potencial candidato presidencial. Pero el titular de Hacienda, Andrés Velasco, ya tenía pasta de presidencial antes de sumarse al gabinete. Ciertamente Velasco tiene ahora un capital político más alto que cuando asumió. Pero ideológicamente, es el ministro que más lejos estaba de Bachelet al momento de ser incorporado al gabinete. No por nada Bachelet, cuando arreciaban las presiones para aumentar el gasto en los años de las vacas flacas, reconoció que regularmente le preguntaba a Velasco por qué no se podía gastar más plata. El resto de los ministros iniciales de Bachelet terminó con capital político disminuido o supo reinventarse a partir de otras fortalezas personales como Lagos Weber u Osvaldo Andrade. Ser ex ministro de Bachelet parece tener más costos que beneficios en las carreras políticas de sus ex asesores cercanos. 

La incapacidad de Bachelet para potenciar figuras que promovieran, profundizaran y consolidaran su legado se debe a que la presidenta renunció a ejercer poder político. En vez de asumir a cabalidad su condición de Presidenta, Bachelet se convirtió en la Ministra de la Protección Social, declinando tener influencia en la reforma política o en el nombramiento de puestos claves de gobierno. Por eso, la suya será la administración que menos líderes nuevos proyecte más allá del fin del gobierno. Sus hijos políticos fueron sacrificados tempranamente para proteger a la presidenta o bien fueron arrinconados en sus puestos de gabinete sin permitírseles vuelo propio. Todos los presidentes usan sus ministros como fusibles para reducir tensiones y solucionar problemas. Pero también en general los presidentes entienden que su legado depende de abrir espacios para rostros de recambio que proyecten el legado más allá del fin del periodo. Bachelet entendió lo primero, pero no fue capaz de potenciar la carrera de ninguno de sus hijos políticos.

Por eso, cuando se termina su mandato, casi todos los huevos del bacheletismo están puestos en una sola canasta, la de la propia Bachelet, formidable candidata para las presidenciales de 2013. Eso no es poco. Es más, considerando que hace cuatro años circulaban razonables dudas sobre su capacidad para dar el ancho como mandataria, su evolución política resulta notable y admirable. Pero esa evolución también incluye un contradictorio tránsito desde un discurso de proyectos colectivos hacia una agenda que parece excesivamente centrada en proteger, cuidar y acrecentar su capital político personal. Por eso, el suyo habrá sido el más personalista de los cuatro gobiernos de la Concertación.

Link: http://www.poder360.com/article_detail.php?id_article=2752

EL MOMENTO MEO

octubre 7, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada en editorial de Revista Capital del 2 al 15 de octubre)

Queda poco más de dos meses para la elección presidencial. Y respecto de la candidatura de Marco Enríquez – Ominami ya corresponde dejar de referirse a ella como un condimento especial que agrega sabor (y una dosis de incertidumbre) a la contienda, y empezar a hablar seriamente de un fenómeno político tan interesante pero aun más complejo que la irrupción de Michelle Bachelet en 2005. Revisemos algunas aristas del momento que vive actualmente la única candidatura independiente al sillón de O’Higgins.

 Fijar la expectativa

Ya no se sabe qué esperar. Lo que partió, a ojos de la elite política, como una jugarreta, hoy amaga incluso la opción oficialista de pasar a segunda vuelta. La pregunta que corresponde hacerse a las alturas del 17% es cuál es la real expectativa para diciembre. Ganar la elección, conformarse con llegar al ballotage o rematar en un honroso tercer puesto requieren estrategias distintas. Para la primera, por ejemplo, se hace imprescindible adoptar a la Concertación y no dinamitar las confianzas, para la segunda hay que salir agresivamente a buscar a Frei, mientras que para la tercera es bienvenida la permanente pose crítica y la exploración de temas nuevos e incómodos para el establishment. Sin fijar la expectativa, se corre el riesgo de no contar con una estrategia clara.

 Entre el díscolo y el estadista

Quizás por las misma indefiniciones anteriormente expresadas, Marco Enríquez-Ominami navega entre dos aguas. Por un lado tenemos al diputado díscolo que anda con las pistolas cargadas de vehemencia y un par de verdades. Lo que ha hecho en ese sentido tiene mucho de ejercicio de liderazgo: Abre discusiones que tensionan, revela contradicciones, lanza desafíos, no aspira a saberlas todas. En una palabra, moviliza. Pero cuando los chilenos eligen Presidente de la República esperan que la persona que ocupe dicha investidura entregue respuestas y no haga preguntas, entregue soluciones y no nos haga demasiadas exigencias. Esto no tiene que ver necesariamente con la personalidad del candidato, sino con el rol de autoridad, del cual se espera orden, protección y dirección. Si la idea de llegar a La Moneda va en serio, entonces, tal como vimos a ratos en el debate de TVN, Marco debe invertir en estatura. No es cuestión de “pintarse canas”, como él mismo ha descartado, sino de proyectar imagen de gobernabilidad.

 Distinguiendo síntomas y causas

¿Podría haber sido otro quien capitalizara el descontento cautivo? ¿Podría haber sido otro el que llevara las banderas de la renovación? No cabe duda de que la figura y el storytelling de Marco es especial: Es joven, arrojado (sacrifica lo único que tiene: su segura reelección como diputado) y dueño de una personalidad envolvente. Pero no equivoquemos el diagnóstico: Enríquez-Ominami es el síntoma de la enfermedad, no su causa. No siembra en el desierto. Si alguien dudaba de la cantidad de “agua en la piscina” para un proyecto alternativo y renovador, Marco despejó la interrogante. Su entorno no puede olvidar cómo llegó esa piscina a tener tanta agua. Si se trata del votante mayor (que participó en el plebiscito del ’88), entonces se trata de agua cansada de las promesas frustradas. Si se trata del votante joven (que no comparte la mística fundacional de la Concertación), entonces es agua ansiosa por pertenecer a un proyecto político al cual pueda llamar propio. En la confluencia de ambas se origina el fenómeno MEO. No se puede perder de vista que se trata de causas distintas que producen un mismo síntoma.

La tarea y el propósito

La tarea es la elección presidencial. Es legítimo que todos los esfuerzos apunten al 13 de diciembre. Pero concentrarse sólo en un capítulo impide observar la película completa. Si el candidato no llega a segunda vuelta, ¿Qué pasa con el “marquismo” el día después? Nadie lo sabe. Hoy su aventura es tremendamente inclusiva en su convocatoria, generando un mapa de interesante diversidad. Pero se trata de un proyecto con contornos tan difusos que se hace más que razonable dudar de su capacidad de proyección en el tiempo. A estas alturas es imperativo explicitar si existe un propósito que trascienda a la tarea. A veces pareciera que la intención de Marco es refundar la Concertación, erradicando ciertos elementos pero básicamente haciéndose cargo de la misma nave. El papel de “agente oxigenador” puede activarse a la mañana siguiente de quedar en el camino, con un cafecito en La Moneda con Frei y Bachelet, pero adquiere mayor protagonismo si finalmente es Piñera quien conquista el Gobierno. Pero otras tantas veces pareciera que Marco apuesta por la conformación de un nuevo referente a partir del 2010, que si bien recibe parte del mundo concertacionista, está principalmente dirigido al Chile que actualmente no se siente representado por las opciones tradicionales. Con inscripción automática y voto voluntario, el padrón electoral se torna algo más incierto, y un mensaje que apele decididamente a las nuevas generaciones puede dar justo en el blanco. El ADN de ese proyecto no puede estar en la izquierda clásica, sino en un espíritu liberal y progresista. En esta última hipótesis, no puede haber endorsement alguno en segunda vuelta. La primera estrategia (recuperar la Concertación) requiere menos esfuerzos que la segunda (borrón y cuenta nueva), pero ésta es bastante más épica y refrescante.

Link: http://www.capital.cl/coffee-break/el-momento-meo-2.html

LA ESPADA Y EL ESCUDO

octubre 5, 2009

por Cristóbal Bellolio (publicada en www.latercera.com el jueves 1 de octubre)

Hace más de 10 años escuché a Andrés Allamand, en tiempos en los cuales hacía aportes valientes y distintivos en la derecha, sostener una tesis acerca de la inconveniencia de que un sector político esgrimiera la Constitución como un arma contra el otro. Por eso, remataba, se hacían necesarias ciertas reformas que le devolvieran a la Carta Fundamental su carácter de consenso institucional básico, de mínimo común denominador de la vida política. Por aquella época yo era un proto-fascista y sus palabras me convencieron: Por esos días empecé a dar un paulatino giro ideológico.

Estos recuerdos me volvieron a la mente a partir de lo sucedido con Chile Transparente, órgano llamado a velar por la rectitud de ciertos procesos y que lamentablemente se ha visto envuelto él mismo en un manto de dudas y recriminaciones. Todo por culpa de las pasiones que desata una carrera presidencial. Unos a punto de perder el poder después de haberse acostumbrado a tenerlo. Otros a punto de ganarlo por primera vez en 20 años. “De la Concertación se puede esperar cualquier cosa”, dicen en la oposición; “De la derecha siempre hay que desconfiar” sostienen desde el oficialismo.

Lo complejo es que, con la cabeza caliente, a instituciones como Chile Transparente se les puede hacer mucho daño. La tentación de los unos de ocuparla como espada es tan grande como la tentación de los otros por usarla de escudo. La racionalidad se acomoda a la necesidad política. Es como cuando dos doctores, uno masón y otro del Opus Dei, frente a la misma evidencia científica respecto de la píldora del día después, llegan a conclusiones diametralmente opuestas. Dicho de otra manera, los actores toman posición antes de analizar el problema.  Por supuesto, todos dirán que son aliados de la verdad. Pero en sus espíritus hay poca voluntad de reconocer que el vecino está en lo cierto, aunque sea notorio que lo está.

Ignoro si en esta pasada hay una “operación” para proteger a Piñera. Al menos no necesita estar concertada, puede darse espontáneamente tomando en cuenta que varios directores de Chile Transparente son partidarios de la alternancia. También soy escéptico de una articulación a la inversa. Dudo que hayan salido órdenes de La Moneda para meterle veneno semántico a un informe.

Y lo más complejo es que ambas partes tienen, en el fondo, algo de razón.

La distinción entre “usar información privilegiada” y “no abstenerse de comprar” tiene relevancia jurídica. Lo primero es un delito, lo segundo una falta. Vocear a los cuatro vientos que se hizo lo primero cuando sabemos que en realidad fue lo segundo es éticamente cuestionable, porque entregamos una interpretación gruesa que perjudica al rival evitando intencionalmente los detalles que atenúan el reproche.

Pero en el plano político ambas situaciones no tienen ninguna diferencia, dado que ambos son ilícitos, y es justamente un estándar de irreprochabilidad el que supuestamente se busca en un Presidente. Y es aquí donde los partidarios de la opción de Piñera no tienen mucho espacio a pataleo, porque saben que tecnicismos más o menos el asunto sustantivo para la opinión pública es que el candidato hizo algo feo.

Queda por verse si Chile Transparente será un nuevo campo de batalla político. Si los ánimos se calientan, olvidémonos de su imparcialidad y aceptemos que se trata de un arma de combate. Para atacar o para defender, da igual. Pero ya no tenemos al Allamand que lo denuncie.

Link: http://blog.latercera.com/blog/cbellolio/entry/la_espada_y_el_escudo

Cristóbal Bellolio en Cadena Nacional de Via X

octubre 1, 2009

Los dejamos con una entrevista que practicamente nadie vio porque se transmitió la misma noche del último partido Chile vs Brasil.