Columnistas al debate!

Celebrando el mejor mes histórico de Política para Principiantes (casi 5.500 visitas únicas en noviembre 09), los dejamos con una interesantísima secuencia de columnas que han ido dialogando a raíz de la polémica generada en la derecha por la inclusión de una pareja homosexual en la franja televisiva de Piñera. Creo que es una de las pocas discusiones intelectuales que rodean la actual campaña presidencial:

1. LA HORA DE LOS LIBERALES (Carlos Peña, domingo 22 de noviembre, Reportajes El Mercurio)

“El viernes, la Conferencia Episcopal realizó su asamblea plenaria. E hizo público un documento pastoral. En él instó a los políticos a “apoyar la familia” y no dejarla a merced de “minorías bulliciosas u ocasionales”. Se trataba, explicó Monseñor Goic, de que promovieran “la unión de un hombre con una mujer”.

Casi a la misma hora, Piñera adelantó el capítulo de su franja en que aparece conversando con una pareja gay, integrante de eso que los obispos llaman “minoría bulliciosa”. Ellos reclaman que se les trate con respeto y Piñera asiente, comprensivo.

Ahí tiene usted. Inédito.

La derecha —hasta ahora hegemonizada por los conservadores— emitiendo un mensaje en perfecta contradicción con la Iglesia. ¿Qué puede explicar eso que podría parecerse algún día —guardando las proporciones— a ese Viernes Santo en que Suárez legalizó a los comunistas?

Lo que ocurre es que ha surgido una porción influyente de electores que ya no ordenan sus preferencias por los viejos clivajes de la derecha y la izquierda, el Sí y el No, sino por el grado de liberalismo y modernidad que perciben en los candidatos. Y si Piñera quiere ganar —y quiere— debe atraerlos. Los viejos clivajes siguen, por supuesto, orientando a buena parte de los electores. Todavía el respetable público se eriza —de horror o de nostalgia, según los casos— frente al menor recuerdo de la dictadura. Pero al lado de esa mayoría —que por sí sola no da el triunfo a ninguno— ha surgido una porción de votantes que se ajizan frente a otras cosas. Y ellos decidirán el resultado de la segunda vuelta.

Se trataría —según lo muestran las encuestas— de hombres y mujeres que son liberales en los llamados temas valóricos: apoyan la distribución de la píldora, admiten la despenalización de ciertas formas de aborto, la homosexualidad no les parece vergonzante, no creen que la admisión del divorcio refleje una crisis moral, creen en las virtudes de la meritocracia. Se ríen, en una palabra, de los peces de colores. Son profesionales jóvenes, con poca aversión al riesgo, confiados en sí mismos. Son, en una palabra, los hijos de la modernización.

Piñera lo sabe y de ahí su empeño en poner a una pareja homosexual en su franja y de aventar a las figuras del pinochetismo. También lo sabe Enríquez-Ominami y de ahí su insistencia —irá en aumento— de llamar a Piñera el candidato de los ultraconservadores. Ambos advierten que, en el margen, ese voto liberal podría decidirlo todo.

El único que no ha advertido nada de todo esto es Frei: el hombre de pocas palabras. A juzgar por su franja —ya que no por su discurso que ha preferido mantener en secreto—, se ha empeñado en asegurar el voto que le conferiría el segundo lugar: el del pueblo concertacionista, ese que se emociona con el recuerdo de estos años.

Pero una vez que pase a la segunda vuelta, Frei tendrá que volver la mirada a esos otros sectores. Y lo mismo le ocurrirá, con mayor intensidad incluso que este viernes, a Piñera. Ahí será la hora de los liberales.

La segunda vuelta —con prescindencia de quien gane— podrá marcar entonces un giro de largo plazo en la política chilena. Los sectores conservadores de la derecha tendrán que retroceder. Y los liberales dejarán de dar un paso adelante y dos atrás y podrán cambiar, por vez primera en un siglo, el rostro de ese sector político. Si Piñera lo hace, habrá pasado a la historia. En la Concertación, a su vez, perderán fuerza todos los que descreen de la modernización de estos años y aquellos otros que todavía se aferran a un cierto conservantismo moral. Será, en especial, una dura prueba para la Democracia Cristiana.

Si lo anterior ocurre —si la hora de los liberales llega—, la segunda vuelta se recordará por mucho tiempo como el momento en el que —según profetizó Marx— el cambio en las condiciones materiales de existencia de los chilenos comenzó a producir transformaciones culturales. Los días en que —para algunos— todo lo sólido comenzó a desvanecerse en el aire.”

Link: http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2009/11/22/la-hora-de-los-liberales.asp

2. PRESIDENCIALES ¿PARA QUÉ GANAR? (Gonzalo Rojas S., miércoles 25 de noviembre, El Mercurio)

“Existe un segmento de los electores de Sebastián Piñera que quedó muy angustiado después de leer a Carlos Peña el domingo pasado.

Son los que hace ya meses defienden su adhesión al empresario sólo por razones de mal menor. Mandan correos, argumentan en reuniones, se enojan con los partidarios de don Nulo y afirman que, si son llamados, se incorporarán a su eventual gobierno, para hacer bien las cosas desde dentro. Gente noble, buenas personas, conservadores.

Pero la columna del domingo —excelente resumen de las consecuencias de la escalada liberal del candidato y de su comando— los encajonó: o Peña se equivoca (y entonces ellos también, porque Piñera sería un bien efectivo para la posición conservadora), o Peña acierta y, de verdad, ellos están apoyando al mal.

Un malminorista, hombre muy sutil, simplemente afirmó: “Parece que ahora lo que hay que plantearse no es dónde está el mal menor, sino cuál podría ser el mal mayor”. Efectivamente, esas personas que habían llegado a la dura conclusión de que votar por Piñera es un mal, han descubierto ahora un nuevo dilema: ¿hacerlo es un mal peor que anular o que votar por otro candidato? O sea, ¿no será acaso un mal mayor?

Las alarmas se las había prendido pocos días antes el senador Chadwick, al cambiar su postura sobre las uniones de hecho. Originalmente, el parlamentario defendió el documento por necesidades meramente instrumentales, pero después se sinceró: “Implica una visión de cómo gobernará Piñera”. Junto con la franja de TV, eso fue lo que animó a Carlos Peña y lo que lo llevó a formular su notable conclusión: con la victoria de una derecha liberal en lo moral-cultural, Piñera habrá pasado a la historia. Por eso, los malminoristas ahora se preguntan legítimamente si ésa es la historia a la que quieren contribuir.

Los que sólo se aprestan a votar por el candidato de la Alianza, con seguridad se plantearán si efectivamente están comprometiendo su adhesión nada más que a un postulante, a unos métodos electorales y a un programa teórico, o si esas coordenadas se proyectarán también a Piñera Presidente, a sus colaboradores ministeriales y a sus políticas concretas en lo legal y en lo administrativo. Una cosa es el voto (un acto menor), se dirán, pero otra son cuatro años de prácticas (unos efectos mayores), concluirán.

O, en pocas palabras: ¿votaremos mal para gobernar bien, o además nos gobernarán mal? ¿Podremos oponernos con entusiasmo a malas políticas en lo moral-cultural habiendo apoyado al candidato que anunciaba su promoción? ¿No seremos descalificados como críticos por no haberlo hecho antes de la elección y de frente? ¿No nos exigirán quedarnos callados para no engrosar la lista de los opositores, invocándonos también más adelante… el mal menor?

Un segundo grupo que va a interrogarse muy en serio, porque tiene por delante compromisos más exigentes, es el integrado por todos esos jóvenes que apoyan a Piñera, aun sin estar de acuerdo con él y su equipo en materias de fondo cultural. Lo respaldan porque han creído que podrán cambiar las cosas desde dentro. Son malminoristas activos, comprometidos; algunos se ven ya como los guardianes del bien en ese eventual gobierno. Pero ellos también se preguntan por estos días: ¿qué ministro nos tocará en el área en la que queremos trabajar? ¿Podremos afirmar que ése es nuestro gobierno cuando promueva justamente lo que hoy consideramos un mal? ¿Cuánto duraremos en Salud o en Educación, en el Sernam o en el Injuv, si nos oponemos a ciertos males, promoviendo los verdaderos bienes?

Ni idea de cuántos son los malminoristas, pero sí está claro que en estos días lo están pasando muy mal.”

Link: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/11/25/presidenciales-para-que-ganar.asp

3. CONSERVADORES O LIBERALES (Luis Larrain, domingo 29 de noviembre, Reportajes El Mercurio)

“Somos conservadores o liberales; vamos por la vida con la comodidad de esas etiquetas que nos protegen de preguntas difíciles; reforzamos nuestra identidad con la pertenencia a alguna de esas tribus. Nos juntamos con los iguales y escuchamos encendidos argumentos que aplacan nuestras dudas. Hasta que pasa algo inesperado.

Somos conservadores, adscribimos a determinadas conductas en materia social, cultural, sexual, nos ufanamos de nuestras certezas acerca de ellas; pero de pronto nos conmueve el dolor y humillación que siente ante nuestro juicio quien por diversas razones no se comporta como pensamos que debe hacerlo. Así, a partir de la experiencia de alguien cercano entendemos los dilemas que han vivido quienes han fracasado en sus matrimonios y se enfrentan a la posibilidad de construir una nueva relación; contemplamos lo difícil que se torna la vida para una adolescente embarazada; somos también capaces de prestar oídos al clamor por dignidad de quienes tienen una condición sexual distinta. Comprendemos su rebeldía frente a la exclusión y entonces ya somos menos conservadores.

Somos liberales, queremos que cada persona decida libremente qué va a consumir con el dinero que tiene, qué va a producir con los recursos que logre juntar, cómo se va a comportar durante las horas de su tiempo libre, sin que nadie pueda decirle ni imponerle nada; y entonces nos desgarra el alma ver a un joven atrapado y destruido por una adicción; o nos conmueve la indefensión de niños que viven en la miseria; o nos surge la duda acerca del daño a los demás que puede ocasionar una actividad productiva.

Comprendemos que en ocasiones la libertad debe tener límites, y entonces ya somos menos liberales. Somos conservadores y seguimos las enseñanzas de algún credo religioso, nos ajustamos con rigor a sus preceptos acerca de las conductas humanas, hasta que nos damos cuenta que por una aplicación demasiado inflexible de esos preceptos estamos faltando a virtudes religiosas fundamentales; o simplemente estamos negando algo tan central como la verdad. Y entonces tomamos conciencia de nuestras contradicciones.

Somos liberales y afirmamos con orgullo nuestro carácter libertario y criticamos con dureza a quienes tratan de imponer a los otros su ideario conservador, y de pronto nos sorprendemos utilizando al Estado para obligar a todos los ciudadanos a comportarse como lo prescribe la opción en boga, lo “políticamente correcto”. Pretendemos forzar a las instituciones públicas y privadas a seguir los preceptos de la moral oficial y proclamamos exigencias del Estado laico y pedimos sanciones y exclusiones para quienes se oponen a la tiranía de la mayoría. Y entonces avizoramos los límites de nuestro liberalismo.

Seamos conservadores o liberales, no digo que no; tengamos convicciones y luchemos por ellas, pero no olvidemos lo esencial. Porque si somos conservadores y seguimos las enseñanzas de una iglesia es porque hemos abrazado la causa del amor y de la verdad, y jamás debiéramos faltar a ellos en la relación con nuestros semejantes. Porque si somos liberales y creemos en la autonomía de la voluntad es porque queremos ver hombres libres, pensantes y tolerantes, sin la tutela de popes laicos o jacobinos que dictan pautas sobre los pensamientos, creencias y conductas que son aceptables para la verdad oficial.

Cuando en la franja electoral aparece una pareja homosexual que pide respeto, volvemos a alinearnos y tratamos de allegar agua a nuestros molinos, y se escuchan anatemas y amenazas conservadoras y también gritos de júbilo liberales. Es que somos Capuletos o Montescos y estamos orgullosos de nuestra estirpe, despreciamos a los de la otra vera; hasta que siendo Montescos nos enamoramos de una Capuleto y vemos ya de manera distinta el mundo.

Con esa nueva mirada podremos ver que conservadores y liberales podemos unirnos en el respeto a los demás y que lo esencial, aquello que a veces es invisible a los ojos, es que seamos hombres y mujeres de buena voluntad.”

Link: http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2009/11/29/conservadores-o-liberales.asp

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Una respuesta to “Columnistas al debate!”

  1. vozyvoto Says:

    Agrego columna de Patricio Zapata recomendada por Daniel Mansuy:

    http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/11/30/maniqueismo.asp

    Y esta joyita imperdible del obispo de San Bernardo:

    http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/12/02/iglesia-y-homosexualidad.asp

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