Mijitos ricos

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuestro amigo Jorge “pirincho” Navarrete se despacha en la última edición de The Clinic esta aguda reflexión sobre el momento político que vive su entorno:

“Quizás lo más encomiable que nos ha dejado la candidatura de Marco Enríquez-Ominami, es la constatación de que existe una gran masa crítica, de origen ideológico diverso, que está profundamente descontenta y defraudada con la actual manera de hacer política. Motivados por razones de la más distinta naturaleza, hay muchos que están lo suficientemente hastiados como para, en un número muy significativo, haber optado por una candidatura cuyo principal sello distintivo es la crítica a las formas, tanto éticas como estéticas, de quienes han monopolizado la conducción política durante las últimas dos décadas.

Todo lo anterior, sumado a una presión por el recambio generacional, hace presagiar que en cualquiera de las dos coaliciones que finalmente resulte derrotada, se producirán cambios significativos cuando no refundacionales. En los últimos días, para ejemplificar con la Concertación, han tenido especial protagonismo nombres como el de Carolina Tohá, Claudio Orrego, Marcelo Diaz o Jorge Insunza, por nombrar a las más significativas “jóvenes promesas” del oficialismo. Que duda cabe, representan a una generación extremadamente talentosa, la que se preparó hace mucho tiempo para gobernar y que, sin embargo, no ha terminado por consolidar un liderazgo acorde a las expectativas que sobre ellos se generaron.

La ralentización de la sucesión se ha debido a varias causas. Algunos lo atribuyen a la suerte de congelamiento del proceso político con motivo de los 17 años de dictadura. Otros ponen el acento en el desempeño exitoso de una generación que gobernó durante estas dos décadas de administraciones concertacionistas. Hay quienes, con mucha razón, advierten de las trabas institucionales de nuestra arquitectura política, amén de la evidente falta de competencia, han consolidado el anquilosamiento de la clase dirigente. Aunque todo eso es cierto, quisiera agregar –a modo de autocrítica- una cuarta explicación: la ausencia de una real vocación colectiva de poder que caracteriza a la generación que antes describí y de la cual me siento parte.

Aunque las generalizaciones suelen ser injustas, creo que no se falta a la verdad cuando se describe a la generación de los 80 como un puñado de hombres y mujeres que por su temprano y exitoso debut en el debate público terminaron por olvidar que los espacios políticos se ganan y no se merecen; que el poder no se hereda ni se regala y que, por el contrario, se quita y se usurpa; que la política es una actividad noble en sus fines, pero usualmente mediada por miserias, traiciones y otros sinsabores; en definitiva, que los ciudadanos no llegarán a buscarnos para graciosamente reconocer nuestros talentos y, menos todavía, nos convocarán en forma unilateral a la tarea de construir un Chile mejor.

Paradojalmente, los privilegios y oportunidades han sido el principal motivo de nuestra ruina. No conozco a otra generación en la historia de Chile que pueda decir que los mejores años de la vida profesional de sus miembros coincidieran por tanto tiempo con una sucesión de gobiernos que comulgaba con sus ideas políticas. Con más o menos merecimientos, dependiendo del caso, se nos convocó para ser parte de estas cuatro administraciones. Muchos tuvimos la oportunidad de estudiar en el extranjero, desempeñar altos cargos en el ejecutivo y, como si fuera poco, se nos bien remuneró por hacer lo que más nos gustaba.

La mayoría pudo desarrollar una carrera en las políticas públicas, fueron reconocidos por su competencia y adicionalmente lograron perfilar un nombre que les ha permitido consolidar otros proyectos públicos y privados. Sin embargo, y como habitualmente ocurre cuando uno está embriagando con el éxito precoz, pensamos que con eso bastaba y que similares talentos nos permitirían también tempranamente encabezar un proceso del cual hasta la fecha habíamos sido sólo dignos colaboradores.

Invariablemente, una y otra vez, nada de eso sucedió. A poco andar descubrimos que habíamos hecho política con ropa prestada; que los códigos para el buen desempeño en un cargo público poco tenían que ver con las destrezas requeridas para sobrevivir en la arena política, especialmente la partidista; que nuestro aparente éxito tenía más que ver con las posibilidades de trabajar en un espacio protegido que por lo descollante de nuestras habilidades; que habíamos desperdiciado un valioso tiempo para generar redes, tejer confianzas y construir una comunidad política; en definitiva, que estábamos algo solos y desamparados para pretender liderar un proyecto del cual nos sentíamos codueños, cuando en realidad sólo fuimos excelentes y abnegados empleados.

Aunque hay signos de un mayor aprendizaje, como por ejemplo el hoy tener varios candidatos a senadores y diputados, hay ciertas falencias que de no corregirse hacen presagiar una nueva frustración. La primera, es entender que el recambio generacional no tiene sólo que ver con una cuestión etárea sino con la instalación de un discurso que altere radicalmente los contenidos y las formas del quehacer político. En nada contribuye el cambio de folio, si las “caras nuevas” terminan por replicar las viejas prácticas y consolidar el status quo. La segunda, y la que más me preocupa, es la construcción de una verdadera comunidad política, amplia y diversa, cuya lealtad a un proyecto común pueda superar el individualismo galopante del que somos presa y contribuya a una mayor generosidad en el reconocimiento y protección del otro. La tercera, por último, es que en esta tarea hay cosas que no podremos evitar. Esta no será una cruzada pacífica ni grata, por lo que también tendremos que abandonar nuestra propensión a rehuir el conflicto o a lo políticamente adecuado. En efecto, si no estamos dispuestos a pelear, es que tampoco tenemos muchas ganas de ganar.”

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Una respuesta to “Mijitos ricos”

  1. Pablo F Says:

    No hay ni pa que comentarla… mas claro imposible!

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