EL DESAFÍO DE PIÑERA

por Cristóbal Bellolio (publicada en Revista Capital, edición del 29 de enero al 25 de febrero)

En los próximos años, el verdadero desafío de la Coalición por el Cambio estará en convertir una mayoría electoral circunstancial en una verdadera mayoría social y política. Sólo así podrán despejarse los fantasmas que le atribuyen el triunfo de Piñera exclusivamente al castigo puntual que habría recibido la Concertación. Esta última podría dejar de ser la fuerza culturalmente hegemónica que ha sido por más de veinte años. La centroderecha no sería sólo un paréntesis, sino un ciclo político. Para que esto ocurra, a mi juicio, son 4 las grandes tareas que debe acometer el gobierno de Sebastián Piñera:

1. Renovar la elite política. La demanda por refrescar la dirigencia se introdujo subterráneamente en la campaña presidencial justo cuando los estrategas concertacionistas preparaban la catedral del discurso pro Estado. La buena conducción económica que tanto benefició a la popularidad de Bachelet sirvió al mismo tiempo para atenuar la emergencia ideológica. Una vez alcanzados los consensos básicos, los chilenos exigieron algo bastante menos sustantivo: Caras nuevas. Marco Enríquez fue el catalizador perfecto. El gobierno de la Coalición por el Cambio no puede soslayar esta exigencia. Hasta la polémica en torno a potenciales ministros vinculados al régimen de Pinochet pudo resolverse con serenidad apelando a la necesidad de incorporar a las nuevas generaciones al sector público. Piñera deberá contener la ansiedad de sus contemporáneos (que llevan dos décadas esperando este momento) y apostar por figuras de recambio. Toda osadía en esta materia es bienvenida.

2. Mostrar resultados a la brevedad. El eslogan de “una nueva forma de gobernar” va asociado a la promesa de mayor eficiencia en la gestión de los recursos, mayor transparencia en su asignación, y mejores resultados en la aplicación de las políticas públicas. Nadie espera en cuatro años reformas estructurales revolucionarias que impliquen batallas desgastantes en el Parlamento. Lo que la ciudadanía quiere es que los números empiecen a moverse rápido. La Concertación rompió cierto mito respecto a la incapacidad de la izquierda de administrar exitosamente la economía de un país. La pobreza fue reducida contundentemente, la inflación y el desempleo mantenido en índices bajos, el establecimiento de lazos comerciales con el mundo aplaudido desde todos los sectores. La centroderecha no puede ser menos. No podrá escudarse en la dificultad de los procedimientos. Y no tiene todo el tiempo del mundo. El “sentido de urgencia” del discurso tiene que pasar a la calle y traducirse en mejoras concretas en variados índices, particularmente en empleo, seguridad y crecimiento, para empezar. En educación, la prioridad número uno de un país en serio, habrá que esperar un poco más.

3. Encarnar una nueva derecha. Sebastián Piñera tiene la ventaja de exhibir incuestionables credenciales democráticas y la desventaja de ser excéntricamente millonario en un país fuertemente desigual. La UDI, en cambio, tiene las ventajas de haber penetrado en el mundo popular mientras presenta la desventaja de estar asociada a un régimen que violó sistemáticamente los derechos humanos. El gobierno que se instale a partir de marzo debe combinar colectivamente los activos políticos de sus integrantes y minimizar sus pasivos. Además, la reciente campaña dibujó una Coalición pluralista capaz de hacer convivir a liberales y conservadores bajo un mismo paraguas. Piñera y sus ministros no pueden “mostrar la hilacha” con reminiscencias autoritarias, desplantes de poca sensibilidad social y guerras santas. Por el contrario, deberán trabajar todos los días para despejar cualquier duda respecto a sus nuevas características: democrática, tolerante, republicana, incluyente y meritocrática.

4. Proyectarse. Toda Coalición en el poder busca reelegirse. Pero por evidente que resulte, no siempre los esfuerzos se orientan correctamente en ese sentido. La presidenta del 81% de aprobación no fue capaz de dejar instalado a un sucesor de su propia tribu. La selección del ex presidente Frei como competidor oficialista fue señal clara del escaso tiraje a la chimenea que promovió La Moneda. En 2005, la propia Bachelet fue capaz de representar el cambio dentro de la continuidad. En contraste, Frei no trajo novedad alguna. RN y la UDI estarán tentados de ir a buscar sus cartas al Senado. Algunos se sentirán con todo el derecho de reclamar su nominación después de tanto tiempo en la fila. Pero después de 4 años de Piñera, en este tipo de figuras habrá tan poco cambio como el que encarnaba Frei en esta pasada. El presidente deberá tener en cuenta que los ministros no solamente deben cumplir metas y plazos: su perfilamiento permite la proyección de su sector en el poder. Las encuestas han demostrado ser más efectivas que los arreglos cupulares. Puede que el delfín de Piñera tampoco esté en nuestros pronósticos hoy día, como no lo estaba Bachelet antes de destacar en el gabinete de Lagos. Lo importante es que ese nombre se imponga con el mismo realismo que primó en la centroderecha a favor del presidente electo.

Ganar una elección presidencial es ganarse el derecho a gobernar. Después de años de preparación y una campaña exitosa, corresponde volcar todos los esfuerzos en el desafío de trascender al 2014 y llegar al 2018 con la promesa cumplida: Ser el primer país desarrollado de la región. La Concertación ya cumplió la suya. Recuperó la convivencia pacífica de los chilenos y nos entregó un país completamente distinto al que recibió. Ahora es el turno de la centroderecha.

Link: http://www.capital.cl/saca-la-voz/el-desaf-o-de-pi-era-2.html

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