Los conservadores no quieren esperar

Los dejamos con una provocativa columna de Andrés Hernando, profesor de la Escuela de Gobierno de la UAI, publicada el pasado 18 de marzo en The Clinic:

“En Chile, la Iglesia y el Estado fueron formalmente separados en 1925. Esta separación se mantuvo con casi las mismas palabras en la Constitución Política de 1980. El articulado en cuestión garantiza la libertad de culto y el libre ejercicio en Chile, en igualdad de condiciones, de todas las religiones que no ofendan los siempre informes conceptos de “la moral, buenas costumbres y orden público”. La Ley de Cultos (19.638) garantiza la no discriminación de las personas en virtud de sus creencias religiosas así como su facultad (pero no derecho) de recibir adiestramiento religioso en la fe elegida y, más importante, de no ser obligados a participar en actos de culto o a recibir asistencia religiosa contraria a sus convicciones. En principio, esto debería implicar que el Estado no actúe de forma alguna en materia religiosa pues, en cuánto se avala o protege una forma de religión la igualdad entre las creencias se ve vulnerada. Si el Estado decide la enseñanza del culto Jedi en las escuelas, ¿no vulnera eso el principio de no discriminación en contra de los católicos o los seguidores del Monstruo del Espagueti Volador? Al cabo, estos niños estarán directa o indirectamente expuestos en sus escuelas a una religión que no es la que han elegido o profesan.

El 12 de Marzo, luego de la Oración Ecuménica el nuevo ministro de Educación Joaquín Lavín declaró su interés en fortalecer la enseñanza de la religión en Chile en concordancia con lo expresado por el Arzobispo de Santiago en cuanto “…en Chile hay una nueva ley de Culto que establece que si un determinado número de niños pide que se hagan clases de una religión determinada, nosotros queremos hacerlo”. Debo confesar que no sé a qué ley se refiere Lavín ya que la que comúnmente se denomina Ley de Cultos no contempla esta posibilidad. Sí es curiosa la fraseología que, en rigor, no dice nada pero dice mucho. Si un determinado (¿determinado por quién?) número de niños solicita una clase de religión eso no tiene efecto alguno ya que la decisión corresponde, según ley, a los padres de los hijos no emancipados. Pero supongamos que Lavín desea aplicar el principio de Vox Populi y que una horda de Pingüinos aparece en su oficina solicitando clases de Brahmanismo. El quiere hacerlo… ¿hacer qué? Nada dice que haya obligación alguna de ofrecer clases de hinduismo, la ley establece la facultad pero no el derecho de recibir dicha formación. Las palabras de Lavín sólo lo obligan a querer ofrecer clases de hinduismo, no a ofrecerlas.

La ley chilena (D.S. 924) indica que la enseñanza de la religión en Chile debe ofrecerse en forma obligatoria en todos los colegios pero es opcional para los alumnos, la religión a enseñar puede ser cualquiera que no atente contra el mismo criterio informe anterior agregando un “sano humanismo” que supongo debe limitar un tanto a la cienciología dianética. En todo caso, la misma ley estipula que el Ministerio de Educación debe aprobar los programas de estudio lo que puede llevar a situaciones delirantes como que el ministerio apruebe simultáneamente un programa de ciencias que sostenga la validez de la teoría de la evolución y uno de religión que la niegue completamente. Un texto aprobado por el Ministerio puede sostener la divinidad de Jesús de Nazareth y otro texto también visado por el Ministerio sostener que se trata sólo de un profeta mayor.

Si lo anterior no le parece grave sí debería preocuparle que en un país en que la iglesia está separada del Estado se usen recursos públicos para la enseñanza de la religión. Lo mismo da si son todas las religiones sin distinciones ni preferencias (evento imposible de verificar) o una en particular y no dudemos de cual Lavín y su sector preferiría enseñar, partiendo por el llamado de Gonzalo Rojas en El Mercurio del 10 de Marzo a que el Ministerio de Educación ordene a los profesores “enseñar verdades y no dudas”.

En una discusión privada post terremoto alguien lanzó la idea que era mejor dar una tregua, que el liberalismo pasara a segundo plano mientras las necesidades básicas de muchos chilenos no estén satisfechas. En un acto paradojalmente profético, la conclusión fue articulada parafraseando a Juan Pablo II: “El liberalismo puede esperar”. La asonada de Lavín demuestra que la conclusión fue errada: el conservadurismo no está dispuesto a esperar.”

Link: http://www.uai.cl/201003246272/columna-de-opinion/columnas-opinion/los-conservadores-no-quieren-esperar

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