Archive for 26 mayo 2010

El peor de los escenarios

mayo 26, 2010

Transcribimos contundente columna de Max Colodro publicada el martes 25 de mayo en La Segunda, a partir del Mensaje Presidencial del 21 de Mayo:

“Sebastián Piñera ha entregado la señal pública hasta ahora más sólida y contundente de lo que es y seguirá siendo su estrategia presidencial: avanzar con todo sobre el centro político y dejar a la Concertación sin contenidos propios. Sueldo ético familiar, eliminación del 7% de los jubilados, inscripción automática, etc. Temas y propuestas que muestran la audacia de un presidente acostumbrado al riesgo, y que intuye con claridad que en el debilitamiento de la frontera entre la Alianza y la Concertación está la llave de su éxito político. Con una ingenuidad que ya no sorprende, sectores de la actual oposición celebran que el Mandatario se vea «condenado a la continuidad», como si no fuera precisamente el haberse apegado a esa «continuidad» la clave que le permitió a Piñera y a la Coalición por el Cambio ganar las recientes elecciones.

Con todo, el escenario para el Gobierno no ha sido fácil: las encuestas confirman que la luna de miel duró poco y que un segmento de votantes equivalente a la suma de Frei y Arrate ya se ubica en una clara desaprobación al Ejecutivo (35%). En ese cuadro, y con un duro invierno todavía por delante, Piñera optó simplemente por cerrar el flanco con la UDI, una tensión a todas luces innecesaria, que sólo evidenciaba cierta ansiedad y precipitación. En una entrevista del fin de semana el Mandatario reconoce que “las coaliciones evolucionan y que es bueno que así sea”, pero el conflicto con el principal partido de gobierno no aportaba nada en un período de instalación de por sí complejo, marcado además por las urgencias de la catástrofe. De este modo, era preferible abocarse a la instalación de la agenda y dejar que ella vaya haciendo su trabajo de aquilatar el posicionamiento futuro de los actores. El resurgimiento del senador Coloma como opción presidencial en su partido deja en evidencia que la UDI entendió el mensaje o, al menos, que se ha neutralizado por ahora a los sectores internos que empezaban a mirar al Gobierno con una creciente desafección. La tentativa de reinstalar una agenda valórica que divide al oficialismo ha quedado entonces y también para otro momento.

La Concertación, por su parte, se va viendo progresivamente sin banderas, salvo la expectativa de fiscalizar en el mediano plazo el cumplimiento de las metas gubernamentales. Es poco o casi nada para una coalición cruzada por el desafío de reinventarse, que debe volver a ganar la confianza del electorado, y donde todos los fuegos de la autoridad apuntan a disputarle su agenda y su legado. Quizás ello explique el enervamiento de un Camilo Escalona frente al mensaje presidencial; síntoma innegable de la pérdida de control sobre proyectos emblemáticos, lo que obligará a la izquierda a radicalizar su discurso; es decir, exactamente lo que busca el Gobierno: ahondar las diferencias entre dicho sector y el centro político.

Piñera parece haber comprendido que, por ahora, no necesita nada más: una agenda audazmente transversal y empezar a reforzar la gestión en aras de su cumplimiento. El resto vendrá por añadidura con el tiempo y como corolario de sus propios resultados. El cambio de énfasis que subyace a este esfuerzo posee el sello de un país donde las diferencias políticas están también en vías de reconstrucción. Es cierto: el sistema binominal atenta contra todo empeño por desarmar la lógica de dos grandes bloques hegemónicos, pero nada impide que sobre esa base pueda reconfigurarse el perfil de las nuevas coaliciones. Y ésa parece ser la apuesta del Presidente: que al cabo de cuatro años de gestión se haya terminado por barrer con dicotomías propias de la Guerra Fría.”

Link: http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2010/05/25/el-peor-de-los-escenarios.asp

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THINK PUNK (compendio)

mayo 24, 2010

Ya van cuatro ediciones de Revista Capital que incluyen la sección Think Punk de Cristóbal Bellolio. Vaya el agradecimiento a Hernán Larraín M. por el nombre y a Gonzalo Pino por el diseño del logo. Publicamos a continuación los pdf respectivos.

Edición del 2o de Mayo: think_punk_276[1]

Edición del 7 de Mayo: think_punk_275

Edición del 23 de Abril: think_punk_274

Edición del 9 de Abril: think_punk_273

Gobierno anuncia reformas políticas

mayo 20, 2010

Los dejamos con la entrevista de Ramón Ulloa a Cristóbal Bellolio emitida el viernes 14 de mayo en CNN Chile:

La carrera contra el reloj del Presidente y la Alianza

mayo 17, 2010

Transcribimos aguda reflexión de Ascanio Cavallo, Decano de la Escuela de Periodismo UAI, sobre el momento de las relaciones entre Piñera y, particularmente, la UDI, publicada en Reportajes de La Tercera el domingo 16 de mayo:

“La palabra “personalismo” se ha instalado con curiosa preeminencia en el vocabulario de la derecha. Es una manera de describir a un gobierno al que muchos de sus dirigentes no terminan de entender. Pero es también una forma anticipada de resistencia contra la idea de un “piñerismo” que termine por sustituir a los partidos, después de haberlos desplazado del gobierno.

El debate por el proyecto de ley de reconstrucción se convirtió, en los últimos días, en el espacio simbólico de esta tensión. Quienes la tradujeron con toda crudeza fueron la UDI, que resistió hasta el final el alza de impuestos sin compensaciones para las empresas, y el Instituto Libertad y Desarrollo, con Hernán Büchi a la cabeza, que le reprochó al paquete legislativo una incapacidad global para impulsar el crecimiento y el empleo. Hacia el fin de semana, ese espacio se ampliaba con el anuncio de que Büchi y un grupo de legisladores de la UDI prepararían nuevos proyectos para asegurar esos fines, que serán presentados al Ejecutivo con la expectativa de que los incluya en los anuncios del 21de mayo.

No llegaron a constituir un proyecto “alternativo” al del gobierno, como se quiso en un primer momento, y terminaron en uno “complementario”. Esa concesión es una buena expresión del poder de La Moneda, aunque también hay en ella una cierta advertencia acerca de cómo se puede complicar la vida legislativa de la Alianza.

Büchi no es sólo el líder de Libertad y Desarrollo, sino de todas las generaciones de economistas y empresarios que confían en la sabiduría del mercado desde fines de los 90. No es un economista más: es el guardián de la ortodoxia, el depositario de la doctrina. Visto desde su óptica, el pragmatismo del gobierno -la necesidad de contar con votos de la Concertación para aprobar el proyecto- es un error político, junto con una desviación doctrinaria.

Hace 20 años, en el páramo dejado por la derrota plebiscitaria del general Pinochet, la ocurrencia de un aficionado convirtió a Büchi en el candidato presidencial de la derecha, una audacia sólo comparable con la de Marco Enríquez-Ominami. En esa carrera lo acompañaron, con un entusiasmo incluso excesivo, tres hombres: Sebastián Piñera, Andrés Allamand y Cristián Larroulet.

Como la política es sarcástica, ahora uno es el Presidente Piñera, otro es el ministro Larroulet y los dos restantes, el economista y el senador, están entre los más ácidos críticos de sus socios de antaño. No es que vayan a pasar a la oposición, como se ha dicho con humor negro: es que quieren que el Presidente cambie, como hace dos décadas quería Piñera que cambiara el candidato.

No está en juego sólo la doctrina. Más estructuralmente, lo que Büchi y la UDI (y Allamand dentro de RN) representan es también el esfuerzo por interponer los principales contrapesos institucionales -los partidos y los centros de estudio (recordar el papel del CEP en la presión para la venta de Chilevisión)- como barrera de contención contra el “personalismo”.

Para esos sectores críticos, el exceso de pragmatismo del gobierno, que es una de las caras de su “eficientismo”, amenaza con torcer en forma irreversible lo que debiera ser un proyecto de derecha; la sola idea de que pueda parecerse a la Concertación les parece agraviante, si es que no una confirmación de sus antiguas aprensiones sobre la filiación del Presidente. Así fueron leídos, en un importante sector de la UDI, los anuncios sobre reformas políticas que introduciría el Presidente en su mensaje del 21, la mayoría de los cuales fueron banderas de la administración pasada.

En un segundo nivel, consideran también que el desplazamiento de los partidos y de la política institucional -con consulta, participación, mecanismos de debate y acuerdo- es casi una garantía de que no tendrá continuidad más allá de sí mismo. Con los partidos jibarizados no será posible una nueva campaña como la que llevó a Piñera a La Moneda. Es posible, dicen, que este sea el estilo que mejor se aviene con el Presidente. Pero es el que peor le sienta a la Alianza.

Y está todavía, un escalón más arriba, la sospecha de que el Presidente puede abrigar una tentación refundacional con la derecha, una tentación que partiendo del “piñerismo” signifique liquidar -por asfixia o por inanición- a todos los sectores y grupos que representaron a la derecha chilena en los últimos cien años.

Estas percepciones han creado un clima de desafecto en los partidos, que se ha venido expresando con creciente intensidad en la UDI. Las próximas elecciones internas han favorecido la convergencia de la defensa doctrinaria, el sentimiento de marginación y la falta de institucionalidad.

Es una paradoja que esa convergencia favorezca a los contradictores del actual presidente de la UDI, el senador Juan Antonio Coloma, que se ha esforzado por equilibrar sus reproches al gobierno con el constante recuerdo de que contribuyeron a su elección. El caso es que los reclamos de Coloma no han sido todo lo exitosos que parte de la UDI quisiera.

Y por eso a sus espaldas se ha comenzado a levantar la sombra de Pablo Longueira, cuyo silencio era ya muy elocuente. Lo más probable es que Longueira no sea candidato a dirigir su partido si Coloma se presenta a la reelección; pero si éste no lo hace, el senador más fuerte de la UDI podría tomar el mando. Y eso ya no sería para intercambiar gentilezas con el gobierno.

Es obvio que el Presidente no ignora estos riesgos. Fiel a su estilo, juega en los bordes. El estrés a que están sometidos los ministros y los altos funcionarios tiene aquí su explicación. Es una carrera contra el reloj: no el de la oposición, sino el de la Alianza. Lo que el Jefe de Estado espera es que los resultados exitosos, la recuperación acelerada y el subsecuente beneficio de las encuestas le permitan enfrentar la presión de los partidos. De otro modo, tendrá que modificar el estilo del gobierno que tanto le costó alcanzar. Otra apuesta en los bordes.”

Link: http://blog.latercera.com/blog/acavallo/entry/la_carrera_contra_el_reloj

¿Qué hacer con La Nación?

mayo 12, 2010

Les dejamos el resumen del debate que publicó esta semana Politica Stereo, que enfrenta a Mirko Macari, director de El Mostrador y fallidamente designado director de La Nación, con Marcelo Castillo, ex director del mismo medio. 

FURIA DE TITANES

mayo 10, 2010

por Cristóbal Bellolio (publicada en Reportajes de La Tercera el domingo 9 de mayo)

 

Eugenio Tironi y su “Radiografía de una derrota”: el libro de la discordia

A fines de 2007, una columna de Eugenio Tironi entregaba recomendaciones a la Alianza para alcanzar La Moneda en 2010. Sostenía que la centroderecha debía “dejar de lado la denuncia y la agresión, asumir la obra de la Concertación, mimetizarse sin complejos con sus políticas y desdramatizar la alternancia presentándola como una mera cuestión de gestión”. Es decir, todo lo contrario a lo que proponía el senador Allamand en “El desalojo”: por una parte, dejar al descubierto sin pausa los errores del oficialismo, y, por otra, ofrecer una alternativa altamente diferenciada.

Allamand, con dureza, lo acusó de querer confundir a los aliancistas. En el reciente testimonio que escribió junto a Marcela Cubillos, los autores se preguntan: “¿Cuándo había surgido en Eugenio Tironi tal arranque de filantropía política y tan inusitado empeño en que la oposición corrigiera su estrategia?”. Si tal consejo podía significar la derrota de la propia coalición, sostienen, resultaba impensable que fuera de buena fe.  A través del libro que el estratega de la campaña de Frei acaba de lanzar, la escaramuza revive: Tironi cifra justamente en el abandono de la tesis allamancista la clave del triunfo de Sebastián Piñera. Al empresario “le bastaba con hacer una cosa: leer todas las noches “El desalojo” de Andrés Allamand, para chequear si durante el día se había ceñido a la máxima de no hacer lo que ese libro proponía: si era así, las cosas iban bien”.

¿Tuvo finalmente razón Allamand y el desalojo? ¿O la tuvo Tironi y la mimetización? Los dos sostienen que sus respectivas tesis se impusieron. Con matices, claro. La llamada “teoría del desalojo”, como el mismo senador reconoce, tomó vida propia más allá del contenido del libro (la supuesta beligerancia que auspiciaba el texto no resulta compatible con la efectiva colaboración que prestaron los parlamentarios de la Alianza, Allamand entre ellos, en proyectos emblemáticos del gobierno de Bachelet). La mimetización, por su parte, tampoco requería que el retador abdicara de su identidad y se despojara de todos sus ropajes, aunque se haya maquillado bastante.

Aun así, ¿es posible interpretar de manera tan distinta los mismos hechos y la misma campaña presidencial? No. Nunca tanto. Para el observador político resultan más plausibles los argumentos expuestos en “Radiografía de una derrota”. Es innegable que la aproximación ideológica, programática e incluso estética a la Concertación rindió frutos a la candidatura de Sebastián Piñera. Por varias razones. La primera es obvia: en el seno del piñerismo se captó rápidamente que no era buen negocio trenzarse a golpes con una superestrella como Bachelet. Fue una acertada recomendación de Roberto Méndez, de Adimark, con la cual Allamand no estuvo de acuerdo. El tiempo demostraría que la ex presidenta era absolutamente incapaz de traspasar su popularidad al candidato Frei, y que, por tanto, era una variable independiente del problema. La segunda es más profunda: Piñera, lejos de acentuar su liberalismo económico, regaló promesas abstractas del tipo “extender la red de protección social a la clase media” o más concretas, estilo “bono marzo”, siguiendo la misma línea de la Concertación. De hecho, haber empatado las propuestas proteccionistas de Frei, y haber abordado una agenda valórica más abierta, causaron cierto desacomodo en el panorama concertacionista. ¿No es acaso todo esto una especie de inteligente mimetización? En tercer lugar, desde la perspectiva retórica, “una nueva forma de gobernar” apela justamente a una transformación en los códigos de la gestión, no de las estructuras y contenidos. Alguien podría decir que a estas alturas, con el alto grado de consenso político y económico de los actores, la forma constituye el fondo. Puede ser, pero eso es también un reconocimiento a la similitud de la oferta sustantiva. Y en cuarto lugar, la “trivialización” de la elección que aconsejó Tironi y rechazó Allamand pudo efectivamente modificar a bajo costo la preferencia de electores tradicionalmente concertacionistas sin que se sintieran cometiendo pecado mortal. No olvidemos que terminó siendo la franja de Frei la que canturreaba incesante: “No da lo mismo”.

Nada de lo anterior echa por tierra el esfuerzo analítico de “La estrella y el arco iris”. Imponerse en esta disputa intelectual tampoco constituye la idea central del libro de Eugenio Tironi. Para Allamand & Cubillos, el objetivo es rendir tributo al trabajo de los partidos de la Alianza, no sólo en la campaña, sino en los últimos años. El de Tironi, responsabilizar a las cúpulas de los partidos de la Concertación de la derrota. En este caso, nuevamente, suena más verosímil la tesis del segundo. Aunque es exagerado afirmar que Piñera ganó “a pesar” de la UDI y RN, más desproporcionado es sostener que ganó “gracias” a ellos. Allamand no llega a decir esto, pero está cerca, cuando la realidad parece estar más cerca de lo anterior. Respecto de las cúpulas concertacionistas, el estratega de Frei no dice nada nuevo: admite que su candidato cargó un yunque con ellas, lo que fue fatal para las aspiraciones de ganar un quinto gobierno. En síntesis, ambos narradores están básicamente de acuerdo en las causas de la derrota de la Concertación (incluso el papel que le asignan a Marco Enríquez es coincidente), pero discrepan en las causas del triunfo de la Coalición por el Cambio (la que, Fe de Erratas para Allamand, nunca estuvo integrada por Independientes en Red).

Un último paralelo: antes de ser leídos, ambos fueron objeto de comentarios equivocados. Se pensaba que Allamand dispararía contra Piñera por su exclusión del gabinete, cuando hace justo lo contrario. Se pensaba que Tironi vendería a los culpables buscando expiación. Y si bien identifica sin titubeos los factores determinantes de la derrota (los que escapan a la campaña bajo su mando) el estratega no elude la autocrítica: acepta que la construcción discursiva de “más Estado” no tuvo el efecto esperado, reseña los defectos en el diseño de la imagen que transmitió el candidato y se hace cargo de una estética que por primera vez es abrumadoramente superada por el rival. Más importante aún: reconoce que nadie en la Concertación, ni siquiera él, entendió lo que querían los chilenos en materia de liderazgo presidencial. Tironi no llega a ser humilde, pero su tono dista mucho del de Allamand. En éste, la autocrítica no existe. Para qué, dirán algunos, si cuando un equipo gana se olvidan todos los errores.

Link: http://blog.latercera.com/blog/cbellolio/entry/furia_de_titanes

ELECCIONES EN EL REINO UNIDO: ¿EL MOMENTO LIBERAL?

mayo 4, 2010

Por Daniel Brieba, desde Oxford, Inglaterra.

Cuando los británicos están cansados de los políticos de siempre no se van con un nacionalista xenófobo como en buena parte de la Europa continental, observó hace poco The Economist; se van en vez con una figura moderada y centrista como Nick Clegg, el líder del partido Liberal Demócrata. Esta elección, concuerdan los británicos, es distinta, y lo es gracias a Clegg. Desde los 1920s que dos partidos- el laborista y el conservador- han hegemonizado sin contrapeso la política británica. Es por eso que la aparición en competencia de los liberales demócratas como un jugador viable ha sido, por lejos, la gran novedad de esta elección. Jugando el juego del outsider invitado a la fiesta de los grandes, Clegg usó los debates televisivos- nunca antes vistos en la política británica- para irrumpir en una campaña entre dos partidos desprestigiados que sólo prometía prolongar la espiral de desencanto y alienación entre clase política y ciudadanía, inyectándole frescura, novedad e incertidumbre.

Si lo anterior parece resonar con lo que vimos en la política chilena el año pasado, no es casualidad. En efecto, y cuidando de no empujar demasiado lejos la comparación, es sorprendente como dos países con tantas diferencias como el Reino Unido y Chile puedan tener elecciones nacionales con tantos paralelos. Por una parte va el oficialismo de centroizquierda- los laboristas- liderados por su Frei: un Gordon Brown que la gente percibe como sólido y capaz pero poco carismático, liderando un partido que tras 13 años en el gobierno se percibe como exitoso pero cansado y sin ideas frescas, y haciendo una campaña plana enfocada en acusar a la derecha de ser ‘los mismos viejos conservadores’ que bajaron el gasto social y contrajeron el Estado durante la revolución neoliberal de Thatcher. Esto ha sido necesario porque los Conservadores son liderados por su propio Piñera- un simpático David Cameron que está claramente más al centro político que el grueso de sus militantes, pero que por lo mismo no termina de convencer respecto a cuán profundo es el cambio dentro de su partido. ¿Los Conservadores son lobos en piel de oveja o savia nueva que puede revitalizar la economía y encarnar el cambio que el país necesita? Y entre los dos partidos de siempre ha aparecido el ME-O británico, un invitado de piedra que se ha robado mediáticamente la campaña por ser una cara relativamente fresca, no contaminada por los escándalos y peleas políticas del pasado, y cuyo mensaje central ha sido la necesidad de renovar la política. Echándole la culpa de los males de Gran Bretaña a ‘los dos viejos partidos’, le ha quitado a Cameron el mantra del cambio y a Brown el monopolio sobre los valores progresistas. Lleno de energía y futuro, Clegg promete una nueva forma de hacer las cosas a la vez que izquierda y derecha lo acusan de no ser un candidato serio por sus políticas públicas inconsistentes. ¿Suena conocido?

Hay, por cierto, diferencias fundamentales entre Clegg y ME-O: primero, el británico tiene un verdadero partido detrás de sí, que sin ir más lejos logró el 23% de los votos en la última elección; y segundo- y por lo mismo- sus credenciales liberales son mucho más profundas y sus políticas son más desarrolladas y elaboradas. Por mucho que Clegg hable de sus rivales como ‘los dos viejos partidos’, su propio partido es el heredero de la gran tradición del Partido Liberal y de los gigantes filosóficos del liberalismo británico- cuna, recordemos, del liberalismo en sí. Por reputación y sustancia política no cabe duda que Clegg tiene mucho más derecho a ser tomado seriamente como un liberal.

En un sentido más profundo, su partido es un animal poco frecuente en la política occidental: liberal hasta la médula en temas de derechos civiles y libertades individuales, internacionalista en política exterior, sin objeciones de principio contra los mercados y sin embargo dispuestos a hablar de ‘justicia social’ sin complejos. Su postura valiente en la defensa de la inmigración, en contra de los excesos de las leyes antiterroristas y contra la erosión de las libertades civiles ha demostrado que el liberalismo efectivamente está en el ADN mismo de su identidad, llevándolo incluso a ser considerado un partido a la izquierda de los laboristas en dichos temas. Sus aciertos no son pocos. Han sido los más valientes en decirle la verdad al público británico respecto a la magnitud de las reducciones en el gasto público que se vienen para equilibrar las desastrosas cuentas fiscales. En dos de las grandes decisiones políticas de nuestros tiempos- la guerra en Irak y el cambio climático- fueron los únicos en contra y los primeros a favor de actuar (respectivamente), liderando contra la corriente y la opinión de los otros dos partidos. Por supuesto, también tienen políticas a mi juicio equivocadas- su oposición a la energía nuclear es difícil de compatibilizar con la reducción de emisiones que es el objetivo ambiental fundamental, y su promesa de llevar a cero los aranceles universitarios es manifiestamente regresiva. Pero con todo, los liberal demócratas ingleses demuestran que es posible construir una alternativa tanto al conservadurismo como a la socialdemocracia, con un sello específico y distintivo que está lejos de ser el punto medio entre las otras dos posiciones. Su liberalismo progresista puede ser también una apuesta radical.

Dicha radicalidad se ve con especial claridad en la propuesta de máxima prioridad que traen en su maleta de campaña: reemplazar el antiguo, venerado y tradicional sistema electoral mayoritario con alguna variante de un sistema de representación proporcional que refleje de mejor manera la diversidad de la nación británica. No es de extrañarse: el 2005 con el 23% de los votos lograron apenas el 10% del Parlamento, y aun ahora con una votación proyectada igual a la de Labour se cree que obtendrán menos de la mitad de los asientos que éstos. Esto implica que no hay posibilidad alguna que Clegg sea Primer Ministro después del jueves, pero que seguramente conservadores y laboristas necesitarán del apoyo de sus Lib Dems para formar mayoría. El precio que éstos pedirán, se sabe, es un referéndum sobre el sistema electoral para remediar de una buena vez la cancha dispareja en que compiten. Es un precio alto: mucha gente valora el sistema actual por su capacidad (que, irónicamente, esta vez probablemente no producirá) de crear un ganador claro, evitar la necesidad de coaliciones y producir así una línea clara de accountability entre el gobierno y los ciudadanos. Un sistema proporcional cambiaría profundamente los incentivos y prácticas de la política británica, por lo que no es una propuesta trivial; y sin embargo, nunca los Lib Dems habían estado mejor situados para empujarla.

Es una elección abierta y nadie sabe qué harán los partidos una vez que tengan los resultados en la mano. ¿Mi apuesta? Cameron no logrará la ansiada mayoría, y Labour tratará de formar coalición con los Lib Dems a cambio de una reforma parcial al sistema electoral. Si no lo logran, Cameron formará gobierno de minoría. En ambos casos, entraremos a un período de incertidumbre política para la que los británicos- acostumbrados a la política predecible- pueden bien no estar preparados.

Dificultades de instalación y despegue

mayo 2, 2010

Transcribimos la lúcida columna de Héctor Soto publicada el viernes 30 de abril en La Tercera:

“El sondeo Adimark deja pocas dudas: hay algo que no está funcionando para las nuevas autoridades. El severo repunte de la desaprobación a la forma en que el Presidente está conduciendo su gobierno -que saltó de 18% a 31%- es tanto una luz amarilla como un balde de agua fría. El hecho se produce a menos de dos meses de instalada la nueva administración, en un período durante el cual el Mandatario ha desplegado un esfuerzo descomunal en terreno no sólo para ser más cercano a la gente, sino también para ponerse más a cargo de los problemas. Se produce también en medio de una gran confusión opositora y en momentos de mucha vulnerabilidad, cuando, por efecto de terremoto, la población podría tener actitudes más receptivas que en tiempos normales a la acción gubernamental. Sin embargo, nada de esto parece haber incidido demasiado. Se dirá que el descenso de la aprobación presidencial es marginal, pero el rechazo subió mucho.

No es fácil saber dónde está el problema. Lo más probable es que la administración esté pagando el costo de controversias que pudieron haberse evitado. El asunto de Lan se estiró por demasiado tiempo y el de Chilevisión se sigue arrastrando. Fue un error suponer que estas cuestiones tenían sin mayor cuidado a la ciudadanía. Por otro lado, el gobierno ha hecho papelones con nombramientos que no resultaron y renuncias que no se hicieron a tiempo y ninguna de las excusas aducidas en estos episodios -nada muy traumático, es cierto- hace honor al concepto de la otra forma de gobernar. Es un hecho que estas menudencias terminaron concentrando más atención, polémica y energía que muchos de los temas sustantivos que el gobierno presentó en las últimas semanas.

La Moneda tendrá que empezar a replantearse su trabajo comunicacional. Por lo visto, el activismo no rinde. Ni la ubicuidad  ni la aceleración son rasgos que los chilenos quieren ver en la Presidencia de la República. Es posible que Sebastián Piñera tenga que comenzar a tomar más en serio los ritmos, la majestad y la carga simbólica de su cargo. La cercanía es un atributo que los ciudadanos agradecen en las autoridades. Pero genera incomodidad el riesgo de que la función angular y más elevada del Estado chileno pueda trivializarse.

Hay un dato que es liberador. La mayoría que eligió a Sebastián Piñera para dirigir los destinos del país no andaba buscando un padre, un símbolo ni tampoco una figura para descargar conciencia. Andaba buscando un presidente que lo pudiera hacer mejor. Esa, por lo bajo, es la expectativa a cumplir. Por supuesto que hay tiempo para hacer ajustes. Pero se perdió una oportunidad. La aprobación hoy debería estar por las nubes y no lo está. El capital que debería haberse acumulado para cuando soplen vientos adversos y conflictivos tendrá que salir de otro lado.”

Link: http://blog.latercera.com/blog/hsoto/entry/dificultades_de_instalaci%C3%B3n_y_despegue