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CRÓNICAS BOLIVARIANAS

agosto 31, 2010

por Cristóbal Bellolio (publicado el 27 de agosto en Revista Capital N°283)

Quise entender la experiencia bolivariana en terreno. Con ese objetivo, sumado al disfrute de unas descaradas vacaciones, estuve casi un mes recorriendo Venezuela. Encontré conversaciones y recogí testimonios dispersos a lo largo de la costa, donde mueren los Andes y en la interminable llanura. Divididas en siete claves, éstas son mis impresiones.

1. EL PRESIDENTE DE (CASI) TODOS LOS VENEZOLANOS

Unas pocas horas en Caracas bastan para comprender que su esplendor pertenece al pasado. Es una mole ruidosa, hostil y de escaso encanto. Mientras desayunaba mis primeras arepas leí los diarios de tiraje nacional: chavistas y antichavistas. Difícil separarlos con otro criterio, ya que ambos son igualmente virulentos y odiosos respecto del bando contrario. La polarización en Venezuela ahoga todo vínculo de amistad cívica entre los sectores políticos. Suele ser un diálogo de sordos, donde la sensatez y la honestidad intelectual naufragan en un mar de fanatismo y pancarta. Luego pude ver los programas de debate político. En el canal estatal los panelistas sólo son aduladores del régimen. No caben las miradas alternativas o las perspectivas complejas. Nuestros “Estado Nacional” o “Tolerancia Cero” serían inadmisibles: La idea es copar todos los espacios de difusión sin cuartel. Los medios de comunicación son armas disponibles. Y el gobierno de Chávez toma al pié de letra la recomendación de Allende: “La objetividad no debería existir en el periodismo… el deber supremo del periodista de izquierda no es servir a la verdad, sino a la revolución”. Es el propio presidente quien anima lamentablemente la dinámica con una permanente actitud de exclusión. Ni siquiera hace el amague de representar a todos los venezolanos, ya que cada vez que puede se toma el tiempo de hacer pebre a todos sus opositores. Su lenguaje hace gala de un resentimiento temible: hace poco se refirió al amplio movimiento estudiantil que se empieza a ver en las calles como “burguesitos hijos de papá”. Se me vino a la mente el contraejemplo de Patricio Aylwin en su discurso del 11 de marzo de 1990 en el coliseo de Ñuñoa: cuando habló de construir una nueva convivencia entre “civiles y militares” resonó una gigantesca pifiadera, a la que el flamante presidente enfrentó valientemente insistiendo “¡sí señores, civiles y militares, Chile es uno solo!”. Nada menos y nada más que la política entendida como el arte de sumar. Similar a lo que hizo Sebastián Piñera en campaña, apelando permanentemente a la unidad. Chávez, en el extremo opuesto, juega con las reglas de la división. Se retuerce de gozo cuando sus feligreses celebran las groserías al rival. Tuve la sensación de que existían dos países irreconciliables compartiendo el mismo terruño.  Leyendo a John Carlin comprobé que entre el presidente venezolano y el Mandela que se ganó a sus enemigos en Sudáfrica había un océano de diferencia.

2. PROPAGANDA KITSCH

En efecto, el infatigable motor espiritual del chavismo es la rabia acumulada contra una elite política que durante décadas se mostró insensible, negligente y corrupta. En 1998, Chávez ascendió como el ícono de la anti política en una nación cansada de la abusiva oferta política tradicional. Fue, y sigue siendo, el catalizador perfecto del voto de castigo. Sus consecutivas victorias no implican que la mayoría de los venezolanos se declare socialista ni mucho menos marxista. De manera impropia, el presidente Chávez ha embetunado toda su administración con una retórica cubanesca que resulta francamente kitsch en los tiempos que corren. Pude leer el folclórico “Patria, socialismo o muerte” en las calles de Maracay, Mérida y Barinas. En los últimos 11 años en Venezuela, a todo le cabe el mote de “revolucionario”, aunque a fuerza de repetición el adjetivo se haya hecho vacío e insubstancial. En las carreteras se pueden observar grandes letreros con sendas leyendas alusivas a los éxitos del socialismo. Recuerdo uno en que aparecía la imagen de un exultante Chávez bajo el entusiasta título “bienvenidos a la revolución energética” (celebración paradójica en tiempos de racionamiento eléctrico en el territorio llanero). Es curioso que mientras el capitalismo se extiende y echa raíces sin necesidad de propaganda en su nombre (nunca he visto pancartas que digan “El capitalismo es libertad” o “Gracias al capitalismo seguimos avanzando”) el socialismo necesite recordarnos permanentemente que existe y que puede conseguir algo.

3. LA PATRIA TIENE MEMORIA

El principal activo político de Chávez no está en su filiación ideológica sino en su afirmación nacionalista. Como otros tantos pueblos, el venezolano fantasea con un presidente capaz de enfrentar al usurpador extranjero y devolver la dignidad perdida a una nación abusada. Por eso nada ha sido más rentable que barrer el piso con el nombre de Estados Unidos. Algo hipócrita, pero efectivo a fin de cuentas. Lo hizo Fidel en los primeros años de la revolución cubana antes de rendir pleitesía a la Unión Soviética, lo hizo magistralmente Ho Chi Minh para expulsar franceses y norteamericanos de suelo vietnamita, lo hace Chávez en la actualidad. Un enemigo imperialista basta para unir voluntades internas, un antihéroe, una némesis. Y George W. Bush en el papel del malo de la película le cayó al comandante Chávez como anillo al dedo. A lo anterior suma el rescate de la figura de Bolívar, libertador de América y orgullo venezolano. Así, se adueñó del más preciado tesoro de la memoria nacional. Incansable, lo trae al baile sin importar la música que esté sonando: en Venezuela, todo es ahora “bolivariano”. ¡Hasta el nombre del país, que pasó a llamarse constitucionalmente República Bolivariana de Venezuela! En Chile resultaría poco verosímil que la actualidad política verse sobre la vigencia del ideario de a O´Higgins o del pensamiento de Carrera (aunque dicen que la Junta Militar resucitó conscientemente a Portales a partir de 1973). A lo mejor Neruda tenía razón, pues es justamente Bolívar quien “despierta cada cien años, cuando despierta el pueblo”.

4. CHAVISMO JUSTICIERO

La identificación con ese “pueblo” es el otro gran activo político de Chávez. Los oprimidos y los marginados son el fuerte del chavismo. En un país que históricamente ha tenido a la mayoría de su población viviendo bajo la línea de la pobreza, el discurso de Chávez contra la oligarquía y los poderosos suena como una campanada de esperanza con visos vindicativos. Pudiendo ser un país rico para todos, sólo lo fue para unos pocos. El exuberante gobernante significa para millones el remedio más inmediato a siglos de injusticia. Un defensor del chavismo me dijo una frase que me recordó aquella que se escuchaba en tiempos de la UP chilena: “será una mierda de gobierno, pero es nuestra mierda”. Al presidente se le perdona todo con tal que se mantenga fiel a su promesa originaria de gobernar para los más pobres. Esa credibilidad, más que cualquier otra cosa, le ha garantizado supervivencia política en los rituales eleccionarios. Coincidentemente, según cifras oficiales del gobierno, la pobreza ha descendido de un 43% en 1999 a un 26% en 2009. Organismos internacionales miden entre un 30% (CEPAL) y un 38% (Bloomberg) de la población en situación de pobreza. Discrepan en la oposición, donde hablan de estancamiento e incluso de aumento sobre el 50% (UCAB). Pero como buen socialista, Chávez no aspira necesariamente a que sus compatriotas en situación de pobreza tengan más poder de consumo o amplitud de alternativas dentro del mercado, sino a la valoración de la dignidad de los menos afortunados, aquello que Isaiah Berlin denominaba “la búsqueda de status” como una conceptualización desviada de la idea de libertad, aquella en que “…quizá prefiera ser atropellado y mal gobernado por alguien que pertenezca a mi propia raza o a mi propia clase social, por el que, sin embargo, soy reconocido como hombre y como rival —es decir, como un igual—, a ser tratado bien y de manera tolerante por alguien de algún grupo más elevado y remoto, que no me reconoce lo que yo quiero sentir que soy”. El discurso de Chávez es anti aspiracional, lo que resulta complejo en un país donde salir de shopping es un extendido deporte.

5. LA GUERRA DE HUGO

El talón de Aquiles de la experiencia bolivariana es su inconsistencia. Se alega a favor de la soberanía de las naciones latinoamericanas pero no encuentra problema en inmiscuirse en asuntos externos. Lleva las banderas de los más pobres pero permite que en torno al poder vaya tejiéndose una red de cortesanos enriquecidos a costa del gobierno. Hugo Chávez Frías conspiró desde mediados de los ochenta para perpetrar el golpe de Estado del 4 de febrero 1992. Diez años más tarde, ya como presidente, sería víctima de otra infructuosa intentona golpista. Ambas rebeliones militares, la que promovió y la que sufrió, fueron igualmente fallidas e igualmente antidemocráticas, pero mientras la primera se celebra provocativamente año tras año con el porfiado rótulo de “día de la dignidad nacional”, la segunda funciona como excusa incombustible para denostar adversarios (sirvió además como pretexto para no renovar la señal abierta de RCTV). El episodio que lo enfrentó a comienzos de año con la Corte Interamericana de Derechos Humanos retrata de cuerpo entero su filosofía: Si no están conmigo, están en mi contra. Chávez, como Pinochet, demuestra poca tolerancia a la disidencia: está convencido de que su misión histórica es demasiado importante como para detenerse en minucias, como reclamos por la libertad de expresión o dictámenes de organismos internacionales. En marzo de 2010 el presidente venezolano amenazó con dejar la OEA después de haber insultado a los miembros de la comisión. Es cierto que ningún gobernante recibe de buena gana críticas tan severas, pero abandonar el juego porque no le gusta el resultado es la antítesis del comportamiento democrático que se espera de un Estado serio. Para Chávez no hay políticas de Estado más importantes que sus batallas personales. Basta presenciar sus alocuciones públicas para quedar asombrado del abuso de la institucionalidad. Como cuando se deja llevar por el entusiasmo y obliga a los canales de TV a conectarse a cadena nacional para transmitir cualquier acto, por más intrascendente que sea (durante el 2009 fueron 140, una de las cuales se extendió 7 horas). Demás está decir que el referéndum que perdió respecto de su reelección indefinida fue rápidamente bypasseado por una enmienda que le posibilita, como él mismo ha anunciado hace algunos meses, seguir hasta el 2021. En Venezuela, me cuentan, creen que a veces está bromeando por la excentricidad de sus anuncios, pero que luego se dan cuenta que habla muy, pero muy en serio. Pareciera, a veces, que vive una mágica realidad paralela. Y su hambre de omnipotencia no es un asunto para tomar a la ligera. 

6. EL DESAFÍO DE LA OPOSICIÓN

Hugo Chávez, a diferencia de lo que piensa la derecha latinoamericana, no es un payaso. Esa tendencia a menospreciarlo ha sido fatal. En un aniversario de Libertad y Desarrollo recuerdo haber escuchado al ex presidente de Bolivia Jorge Quiroga repartir pestes del mandatario venezolano. Sin embargo, en ningún momento escuché una crítica a la clase política cuyo rotundo fracaso originó un Chávez, o una reflexión sobre la propia derecha que ha vivido cómoda con la explotación histórica de millones de latinoamericanos en manos de algunas empresas nacionales y extranjeras. Capítulo aparte es la triste oposición venezolana. Parece no comprender que para derrotar a Chávez en buena ley no basta con encontrarlo todo malo. Con ese tranco les será imposible destrabar el empate descalificatorio. Requieren con urgencia un discurso político que reconozca explícitamente las virtudes del presidente (orgullo nacional y compromiso con los más pobres) y proponga mejorar sus puntos flacos (diálogo pacífico, tolerancia a la diversidad y vocación democrática). Por decirlo de forma profética, Chávez estaba destinado a ejercer el poder para remecer algunas conciencias. La tarea de la oposición, sobre la cual recae el peso de la prueba, es ahora ofrecer un producto político alternativo que sea más atractivo. En lenguaje hegeliano, no le sirve una mera antítesis, necesita con urgencia una buena síntesis.

7. LA VIDA SIGUE IGUAL

Por mientras, Venezuela no cambiará demasiado. No se comprará tan barata la verborrea de los valores “socialistas”. El chavismo no construirá el “hombre nuevo” que no construyeron soviéticos ni cubanos. Pude ver, en el metro de Caracas, parte de una campaña auspiciada por el “Consejo Moral Republicano” (temblaron mis sensores liberales recordando el Comité de Salud Pública de Robespierre); en ella se enseñaba al ciudadano a ser solidario, tolerante y amante de la libertad. Pero omitían la más importante de las condiciones: que Chávez siga a la cabeza, que se considera a sí mismo imprescindible. Lo dramático es que fomentando la dependencia y el endiosamiento al personaje, el pueblo venezolano no generará por sí mismo ningún proceso de aprendizaje. Estarán buscando siempre las respuestas de la autoridad y no cambiarán su capacidad de responder en forma independiente. Me acuerdo de un furibundo académico chavista que en televisión denunciaba una gigantesca conspiración imperialista para adueñarse del territorio, los recursos naturales y el capital humano de Venezuela. No pude ocultar una malévola sonrisa. ¿Capital humano? La mitad de los servicios que vi operando lo hacían relativamente mal, y un tanto peor los públicos. La cultura del trabajo bien hecho se ve poco en las ciudades que visité. Verlos manejar en las calles basta para dudar de los avances de su civilización. Sus habitantes son personas generalmente felices que representan el consabido modo de vivir la vida de los latinos, que sin embargo se ven arrastradas a la irracionalidad de las diferenciaciones dogmáticas. En el largo plazo, el personaje al mando será un paréntesis anecdótico del cual podremos rescatar elementos y execrar otros. Chávez no es el origen del problema como creen algunos, pero está muy lejos de ser la solución como creen otros tantos.

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La Falacia Anarquista

agosto 29, 2010

por Jorge Gómez Arismendi

La detención de 14 personas en llamada Operación Salamandra, acusadas de colocar bombas durante 7 años, ha provocado un debate público sobre el significado del anarquismo.

En términos teóricos, este debate ha dejado en evidencia el desconocimiento de la prensa, las autoridades y los supuestos cultores de tradiciones socialistas y libertarias. Bajo ese desconocimiento, de un lado, a priori catalogan de anarquista cualquier grupo antisocial; de otro, defienden la violencia por ser supuestamente inocua.

El anarquista individualista Benjamín Tucker, decía que “existe una forma muy fácil de darse cuenta de quién es Anarquista y quién no lo es. Una pregunta lo decidirá rápidamente: ¿Cree o acepta usted alguna forma de imposición por la fuerza sobre los humanos? Si acepta alguna, usted no es un Anarquista. Si no acepta ninguna, usted es un Anarquista”.

En esa pregunta, Tucker trae al tapete simultáneamente dos conceptos claves del anarquismo individualista –que en lo personal considero el único coherente-: el de anarquía como ausencia de dominio; y el de acracia como ausencia de coacción (agresión). Es decir, reconoce la autonomía y soberanía individual (autoposesión) como principio esencial de la ética libertaria.

El reconocimiento de la autoposesión implica la existencia de individuos soberanos, con capacidad para autogobernarse, dueños de su trabajo y lo que producen con éste (lo que implica el reconocimiento de la propiedad privada y la libre disposición del producto de éste, es decir el libre mercado). De esos principios surge la contraposición contra toda forma de dominación, la autoridad y el Estado –en cualquiera de sus formas monárquica, eclesiástica y política racional legal- en cuanto forma monopólica de dominación y agresión.

En esto coincide Emile Armand, quien dice “puede considerarse como anarquista a todo el que después de una reflexión seria y consciente, rechaza toda coerción gubernamental, intelectual y económica, o sea toda dominación” (El anarquismo individualista qué es y qué no). Tucker y Armand siguen la línea de Proudhon, quien definía la anarquía como “gobierno de cada uno por sí mismo -en inglés: self-government- un orden social fundado sólo en transacciones e intercambios” (El principio federativo).

Bajo esa idea, la sociedad se concibe como libre cuando no existe coacción sobre los individuos, lo que sería una acracia, y por tanto pueden llevar a cabo libres acuerdos sin interferencia alguna, lo que no descarta el castigo hacia quienes arremeten contra la vida y la propiedad de otro, por tanto defiende la legítima defensa y la libre asociación para ello.

Pero ¿Qué se desprende de lo anterior en cuanto al tema de los bombazos?

Algo más importante aún. Que desde el punto de vista del credo libertario, bien estudiado y entendido, cualquier forma de agresión sobre el individuo, para forzarle a pensar o actuar de determinada forma y en nombre de lo que sea (dios, el rey, la patria, el pueblo, el estado, la libertad, la igualdad y un largo etc) es ilegítimo. Benjamín Tucker era claro en decir que la misión de los anarquistas “en el mundo es la abolición de la agresión y de todos los males que de ella se derivan”.

Si reconocemos el principio de autoposesión de cada uno (raro es que alguien lo haga, pero los hay), ninguna persona -ni autoridad- es dueña de la vida de otro ser humano, ni de sus creencias, ni de su trabajo. En definitiva, nadie puede agredir a otro arbitrariamente, excepto si es en defensa propia.

En otras palabras, la violencia contra otro o su propiedad, por motivos que van más allá de la legítima defensa, nunca es válida, sean cuales sean los justificativos o los fines que se defiendan.

Por eso, los anarquistas individualistas -como los de la tradición estadounidense a la que pertenece Tucker y Spooner- promueven el pacifismo, rechazan la conscripción militar por considerarla una forma de esclavitud legalizada, y cualquier pretensión de tutela que implica la intervención de colectividades y sus mandatarios en la vida de los individuos, como la tutela moral, política o económica.

Por lo mismo, se oponen a la protección y privilegios que da el Estado a los monopolios (del dinero, la tierra, los aranceles y las patentes según Tucker) y grandes poderes económicos en cualquiera de sus formas (como Mercantilismo; Capitalismo -que algunos confunden con libre mercado-; o Socialismo de Estado).

En lo anterior radica el hecho de que tampoco creen en la violencia como herramienta política ni como método para llevar a cabo cambios sociales porque implican una lógica autoritaria. Por eso se oponen a cualquier pretensión de instaurar una dictadura proletaria, por considerarla otra forma de invasión y agresión, que implicaba el mero reemplazo de unos dominadores por otros. Haciendo alusión a los comunistas de Chicago, Tucker decía: “su comunismo es otro Estado, mientras mi cooperación voluntaria no es, en absoluto, un Estado”.

En este sentido, Armand es claro en decir que: “Aunque los monopolios y los privilegios sean trasladados de las grandes asociaciones capitalistas a la comuna, el individuo se halla igualmente desnudo de recursos que antes. En lugar de hallarse dominado económicamente por la minoría capitalista, lo es por el conjunto comunista. Nada le pertenece, es un esclavo”.

¿A qué va todo ésto, dirán algunos?

A que la mayoría de los autoproclamados “anarquistas” no conocen el principio de autoposesión ni el derecho de propiedad o posesión, y por tanto no entienden que la agresión o la disposición a ella, son el primera gran mal que existe en las sociedades actuales.

Erróneamente, en base a su confusión conceptual básica, creen que –siguiendo lineamientos más bien autoritarios que libertarios- el ejercicio de la violencia contra lo que denominan “el capital, el Estado, la propiedad, el libre mercado” sirve para “agudizar las contradicciones sociales y cambiar las bases de la sociedad, liberándola de su esclavitud”.

Claramente no saben que el padre del anarquismo, “Pierre-Joseph Proudhon, aunque sea conocido por decir “la propiedad es un robo” (queriendo decir que los privilegios de la propiedad causan las condiciones de explotación), también dijo que “la propiedad es libertad” en el sentido de que el hombre sólo es libre cuando es el único propietario de lo que posee y lo que crea” (Per Bylund)

Por eso, contrario a lo que piensan estos falsos anarquistas, sus acciones violentas contribuyen a aumentar los espacios donde el Estado interviene, dándole argumentos a quienes detentan el poder, para justificar sus acciones coactivas y el crecimiento de sus aparatos policiales.

Su actuar no es libertario, sino funcional al autoritarismo.

PROMESAS DE CAMPAÑA

agosto 25, 2010

por Cristóbal Bellolio

Cuando en plena campaña se le consultó puntualmente por el proyecto termoeléctrico de Barrancones en la región de Coquimbo, el entonces candidato Sebastián Piñera fue categórico en su rechazo. Sólo después relativizó el punto: “Me voy a oponer a todas las plantas termoeléctricas que afecten gravemente contra la naturaleza, las comunidades o la calidad de vida”. Ayer, de los 19 miembros del COREMA, sus 15 hombres de plena confianza dieron el vamos a una iniciativa que, a juicio de los entendidos, contamina seriamente una de las reservas naturales de mayor biodiversidad del territorio chileno. El gobierno deberá que explicar por qué considera que en este caso el medioambiente no resulta “gravemente” afectado, o en caso contrario, por qué cambió de opinión al respecto. La Moneda puede también sostener que no fue estrictamente una promesa, pero así contradice el criterio que fijó para interpretar la encuesta CASEN: lo que vale es el titular, no la letra chica.

La opinión pública puede ver en este episodio un nuevo problema de credibilidad, gatillado esta vez no por conflictos de interés sino por posiciones asumidas en la campaña. El Presidente podría haber dicho entonces que iba a respetar los conductos institucionales respectivos, pero prefirió involucrarse en el tema dando la sensación que finalmente todo depende de su discrecionalidad.

Con la euforia colectiva desatada con la noticia de los mineros, es probable que los costos políticos por este supuesto incumplimiento sean bajos, lo que no es positivo desde la óptica de la transparencia y la rendición de cuentas de nuestros representantes.

Aunque todavía el proyecto debe pasar por la CONAMA y por el propio Presidente, tiene poco sentido esperar la instancia centralizada para hacer lo que pudo hacerse en la región. Queda, sin embargo, la posibilidad de que la presión del movimiento ciudadano que se ha creado en torno a la defensa de Punta de Choros haga que el primer mandatario quiera reservarse para última instancia, con el efecto mediático que implica, el cumplimiento cabal de algo que en su momento se pareció bastante a una promesa.

UN PARTIDO PARA PIÑERA

agosto 23, 2010

por Cristóbal Bellolio (publicada el domingo 22 de agosto en La Tercera)

La contundente reelección de Coloma en la UDI puede leerse, al igual que la de su par Carlos Larraín en RN, como el atajo definitivo de la insurrección renovadora de la centroderecha. También puede leerse como la derrota de los extremos, ya que los retadores Monckeberg y Kast añadieron a su oferta generacional un énfasis ideológico diferenciador: más liberal en el primer caso, más conservador en el segundo, ambos fueron aplastados por el verdadero partido transversal del oficialismo, que queda por los próximos dos años en manos de larrainistas y coroneles gremialistas, respectivamente.

El gobierno debería mirar con muy buenos ojos la victoria del senador del Maule, que no sólo se la jugó por confirmar a Piñera como candidato de la UDI durante el 2009, sino que últimamente ha demostrado ser capaz de ordenar a sus parlamentarios en todas las batallas relevantes de La Moneda. Coloma representa más pragmatismo que ortodoxia, emulando el rol que durante tanto tiempo jugó Escalona en la Concertacion.

Kast, en cambio, pone las preguntas difíciles sobre la mesa y tensiona al partido en sus definiciones fundamentales, aquellas en las cuales la inspiración cristiana y la vocación popular rivalizan con el dogma libremercadista y el hambre de mayorías. En el poder, el Presidente Piñera necesita de todo, menos de eso.

Poco se puede adelantar, más allá del voluntarismo y los buenos deseos, respecto del mejor derecho que ostentaría la UDI a la hora de ungir al próximo candidato presidencial de la centroderecha. Básicamente, porque ese “mejor derecho” a la alternancia interna funciona hasta que la realidad dice otra cosa: la Concertación gobernó con dos DC y luego con dos PS sucesivamente. Si las encuestas no despejan con meridiana claridad el asunto (como ocurrió con Bachelet en 2005 o con el propio Piñera en 2009), una primaria amplia y legítima es el mecanismo idóneo para dirimirlo. Y en esa carrera suele pesar más la calidad del candidato que la ansiedad del partido. Al Ejecutivo le conviene prescindir de cualquier intervención en la esperanza de que la competencia funcione como incentivo eficaz para aceitar los rendimientos individuales de sus ministros y, por ende, del propio gobierno.

Link: http://www.papeldigital.info/lt/2010/08/22/01/paginas/007.pdf

UNA CASA PARA LOS LIBERALES

agosto 20, 2010

En el Bar The Clinic lanzan la “Red Liberal”

A continuación transcripción del discurso inaugural de Red Liberal, pronunciado por Cristóbal Bellolio en su lanzamiento del miércoles 18 de agosto de 2010 en el Bar The Clinic:

“Bienvenidos al lanzamiento de Red Liberal, movimiento que pretende transformarse en la casa de los liberales chilenos, aquellos que durante mucho tiempo han vagado dispersos por distintas tiendas políticas y a quienes invitamos hoy a asumir la responsabilidad de construir este proyecto.

Creemos que a Chile le llora un referente liberal organizado. Las ideas de la libertad han sido asumidas en mayor o menor medida por los actores tradicionales, pero principalmente en forma fragmentaria. Desde la derecha es común escuchar un discurso que valora la economía de mercado pero no es igualmente entusiasta respecto de la autonomía moral de los individuos. Hoy vemos como desde el gobierno los sectores más conservadores, que entienden la política casi como una misión evangelizadora, promueven sus particulares concepciones religiosas con las herramientas del Estado. Desde la izquierda, por el otro lado, todavía resuena el quejido lastimero que desconfiando de la competencia y el mérito busca uniformar las recompensas sociales. En demasiados aspectos, oficialismo y oposición se parecen en la defensa del statu quo. El duopolio político que denunciaba Marco Enríquez ha forzado a los amantes de la libertad -política, económica y valórica al mismo tiempo- a optar por una alternativa, quebrando un mundo que tiene una visión compartida pero carece del instrumento orgánico para promocionarla.

La reciente elección presidencial fue un ejemplo de este fenómeno. Lo interesante es que, a diferencia de lo ocurrido en 2005 cuando el “humanismo cristiano” fue la vedette de la segunda vuelta, esta vez la niña bonita se llamó “liberalismo progresista”. Por primera vez vimos una centroderecha que abrazaba un mensaje, si no liberal, al menos pluralista, y una Concertación que se daba cuenta tarde de que Chile estaba bastante más preparado de lo que creía para asumir ciertas transformaciones.

En paralelo, se coló en la agenda pública el concepto de renovación de la dirigencia política. Una demanda subterránea que tampoco fue oportunamente leída por los estrategas. Nos cansamos de los mismos de siempre, así de simple. Esto es relevante porque parte de la viabilidad de Red Liberal radica en la apuesta de que las nuevas generaciones de chilenos son más liberales que las de sus padres, no sólo porque no vivieron la violencia ideológicas y no cargan con las mochilas afectivas de la intolerancia, sino porque crecieron en un país cada vez más diverso, celoso de sus derechos y libertades individuales, indignado frente a las situaciones de abuso e injusticia. En un escenario de inscripción automática y voto voluntario, en la expectativa de que el voto joven recupere parcialmente su peso específico en el padrón electoral, el discurso liberal tiene receptores e insospechada proyección.

Lo que corresponde ahora es preguntarse en qué consiste ese discurso, entendiendo que el término “liberal” despierta distintas interpretaciones. Nuestra manera de entenderlo no es la única, pero nos permitimos esbozarla brevemente para despejar algunas dudas:

En primer lugar, somos herederos de la tradición liberal que asume como principal bandera la limitación del poder del que dispone la autoridad: todas las personas deben gozar de un espacio o ámbito de libertad individual en el cual la intervención del Estado -u otro grupo organizado- está vedada. Desde esta perspectiva originaria y reconocedora de la dignidad humana, somos libres y autónomos para perseguir el plan de vida que escojamos y que nos acerque a la felicidad. La ampliación progresiva de ese ámbito es la madre de las batallas liberales. Recordando a John Stuart Mill, “la única finalidad por la que el poder puede ser ejercido, con todas las de la ley, sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada (…) estriba en evitar que perjudique a los demás, pues su propio bien, físico o moral, no basta como justificación”.

En segundo lugar, admitimos y nos hacemos cargo de la insuficiencia del pensamiento liberal clásico para resolver las escandalosas desigualdades producidas por el privilegio y la injusticia. Por lo mismo, puede resultar inconsistente predicar libertades individuales cuando se carece de pan, techo y abrigo. La libertad como elección, y la idea misma de autonomía, pierde parte de su sentido cuando la pobreza y la marginación eliminan las opciones. Por esto estamos comprometidos con un proyecto liberal que reconoce como prioritaria la tarea de igualar niveles básicos para su ejercicio. En este sentido, el rol de la política y del Estado como ente redistributivo y asegurador de instituciones justas es acentuado por Red Liberal.

En tercer y último lugar, Red Liberal suscribe la tesis de Constant respecto que la libertad de los modernos consiste en el “apacible disfrute de la independencia privada”. Esto no significa, sin embargo, que abandonemos la conversación y la deliberación sobre los asuntos públicos. Incentivaremos –jamás obligaremos- la participación democrática y la generación de espacios ciudadanos donde los individuos se asocien voluntariamente para conseguir sus objetivos. Red Liberal se compromete como un movimiento republicano y contrasta con aquellos que reducen la libertad a una serie de opciones de consumo.

Estos tres acuerdos o principios básicos son el cimiento de nuestra casa. Los ladrillos que vienen a continuación deben ser colocados por nosotros. Ellos deberían llevarnos a adoptar férrea defensa de la universalidad de los derechos humanos (condenando sus violaciones a nombre de una cultura particular), de la libertad de expresión sin excepciones (y por ende contra la censura y la intocable majestuosidad de los poderosos), de la sociedad cosmopolita y globalizada (es decir, contra el nacionalismo patriotero y xenófobo), de la más extendida neutralidad ética y secularización del aparato público (combatiendo la tentación de los gobernantes de revertir la separación de Iglesia y Estado), de modelos de desarrollo sustentable que permitan a nuestros hijos vivir tan o más libremente que nosotros, así como de estrategias de descentralización del poder para que las decisiones públicas se tomen lo más cerca posible de aquellos a quienes afectan. Esto, por supuesto, es un marco básico. En Red Liberal hay diversidad de sensibilidades y el diálogo racional en diversidad no sólo se permite, sino que se estimula. El derecho a cambiar de opinión y el escepticismo frente a las verdades absolutas siguen siendo nuestro patrimonio histórico.

¿Qué pueden esperar de nosotros en el futuro? ¿Qué debiésemos esperar de nosotros mismos? Para comenzar, la expectativa está cifrada en dos objetivos específicos: el primero, transformarnos en el corto y mediano plazo en un actor reconocible y legitimado para promover los valores de la libertad en la discusión pública. En esta tarea seremos fieles aliados de aquellos que ya dan la pelea en sus respectivos “issues” y haremos causa común con los protagonistas políticos que se embarquen en las mismas causas sin distingo de a qué partido pertenecen. El segundo objetivo es aumentar la masa crítica y bajar los costos de la participación política. Aunque para para algunos el liberalismo sea “un credo combatiente”, lo cierto es que estamos lejos de ser un ejército de convicciones monolíticas. Todos son invitados a entrar en esta humilde casa. Acá no hay barreras a la entrada (asumiendo que gracias al nombre del movimiento no deberíamos tener muchos “colados”), ni jerarquías impermeables ni tribunales de disciplina. Nuestra estructura será horizontal y la participación eminentemente virtual a través de las redes sociales. Esto no está ocurriendo en Santiago, está ocurriendo en todas partes a la vez (mal que mal, esta idea nació en Twitter).

Si somos capaces de cumplir ambos objetivos, llegará el momento de evaluar qué hacer con el capital político creado. El camino convencional es la formación de un partido. Otra alternativa es generar alianzas políticas y electorales con actores afines. Porque, que quede claro desde el comienzo, Red Liberal no es un centro de estudios ni un think tank. Red Liberal buscará eventualmente a través de sus miembros competir para desempeñar el poder, sin contentarse con influir en él. Pero esa es una conversación que se desarrollará más adelante. Lo cierto es que ahora tenemos más preguntas que respuestas, lo que apenas tenemos entre manos una buena idea y carecemos de todos los recursos necesarios para su implementación. Pero, por más petrificado e inquebrantable que veamos nuestro sistema político, si el hombre no se hubiese lanzado en la incesante conquista de lo imposible, no habría conseguido ni siquiera lo que hoy es posible.

Dicen que las organizaciones políticas mueren de jóvenes y no de viejos. Si es así, Red Liberal será uno más en desafiar esa tradición, más allá de las certezas. Este es un emprendimiento político, aunque emprendimiento a fin de cuentas. No nos exijan cambiar las cosas por dentro antes de haber intentado hacerlo por fuera. En 1938 el entonces joven e idealista Eduardo Frei Montalva fue expulsado de la juventud del partido conservador por apoyar a Pedro Aguirre Cerda en lugar del candidato oficial de su tienda, Gustavo Ross. Formó la Falange Nacional que luego se transformó en la Democracia Cristiana. ¿Se dan cuenta lo que podríamos haber perdido en términos de aporte político y social durante el siglo XX si hubiésemos obligado a Frei Montalva a “cambiar las cosas por dentro”?

Este movimiento viene a refrescar, junto a otros que están surgiendo, el panorama de la política chilena. Reclamamos el derecho a nuestro auténtico relato histórico, a nuestro mito fundacional. No tiene nada de extravagante o caprichoso, ya que como decía la enorme Hannah Arendt, “no hay nada más propio al ser humano que su capacidad, simple y radical a la vez, de construir algo nuevo”. Y si es liberal, tanto mejor.”

PDL, ¿Dónde estás?

agosto 18, 2010

Nuestra excepcional amiga Paz Zárate nos recuerda esta columna escrita en 2004 por el sociólogo y escritor Pablo Huneeus. Escalofriantemente parecida a lo que busca ser, a partir de hoy, Red Liberal:

Falta un Partido Demócrata Liberal; los sin casa lo añoramos, los allegados a tiendas ajenas lo precisan y el país lo necesita.

Un partido que responda a la clase media, no a los conglomerados financieros, que confíe en el potencial del individuo, no de la fuerza, y que apunte a construir una sociedad abierta, donde impere la libertad de expresión y la justicia económica. Tolerante hasta los tuétanos, el PDL respeta las creencias religiosas que respeten al otro, pues lo inspira el humanismo básico de todos cuantos aspiran a que nadie sea esclavizado por la pobreza, la ignorancia o el miedo.

Para ser liberal por fuera, debe ser democrático por dentro. Ello implica que las bases, no las cúpulas, elijan sus directivas, que al menos un tercio de sus candidatos sean mujeres y que corra como la savia del árbol, de abajo hacia arriba, llevando a la luz el sentir de la tierra. Como no hay democracia sin descentralización, ha de existir para que la comunidad local, la gente misma, decida sus propios asuntos.

Todo esto, porque aparte del fútbol, si hay una institución que no funciona en Chile es la política. Desprestigiada por los malos partidos que brinda, plagada de jugadores rascas, y lo peor, sumida en el desorden dejado por el toque de queda, donde tantos aprendieron a chutar de noche.

Es así como hay próceres de mentalidad liberal jugando por RN y el PDC, y defensas del equipo totalitario en la UDI y el Partido Comunista. Sin formación ideológica, el punto de encuentro no son las ideas, sino lo forma más primitiva de política, que es el caudillismo. A falta de argumentos, de discusión interna, no queda más que el cacique como elemento aglutinador, por lo que el nombre “partido” le queda grande a las agrupaciones políticas chilensis: son meras tribus, con sus ritos de iniciación, sus machitunes y sus toquis ululando invocaciones alrededor del billete encendido.

Entretanto, la gran mayoría, la clase media digamos, sigue sin nadie que la represente, como huérfano sigue el movimiento social, –estudiantes, trabajadores, sindicatos– con una izquierda que le dio la espalda.

Por eso, tiene que venir un reordenamiento según la evolución sociológica seguida por nuestra sociedad. De la “cosa nostra” de unas cuántas familias terratenientes, muy pechoñas todas, vamos a una nación multicultural, de variadas razas y lenguas, cuyo equilibrio es el respeto al otro, la tolerancia a lo distinto y principalmente, el compromiso de no intentar unos imponerse por la fuerza sobre lo demás.

No teman señores políticos, al divorcio. Menos ahora que hay una nueva ley para ello. Luego del período de las culpas que sigue a toda separación, viene el renacer. Uno se esponja en la nueva relación, como han de esponjarse todos los demócratas liberales que ahora padecen una mala pareja.

¡Viva el PDL! ¡Viva Chile!”

Link: http://www.pablo.cl/index.php?seccion=articulos%3Bart%3D140

LAS POSIBILIDADES ACTUALES DEL ESTADO LIBERAL

agosto 16, 2010

Transcribimos presentación de Cristóbal Bellolio, con fecha 1° de Julio de 2010, en el marco del Taller de Formación de Líderes Liberales, que tuvo lugar en las dependencias de la Fundación Balmaceda:

Quiero comenzar agradeciendo a la Fundación Balmaceda por su encomiable esfuerzo de conmemorar el bicentenario de nuestra vida independiente con un nuevo impulso a las ideas liberales que tan precoces fueron en la patria latinoamericana. La mayoría de los próceres de la emancipación estuvieron influidos por las ideas de la ilustración, entre las cuales estaban presentes las liberales. Digo “entre las cuales” porque el impulso revolucionario que concluyó el Siglo de las Luces tuvo más de libertad positiva que de libertad negativa, más de Rousseau que de Locke, más de la utopía de soberanía popular que de la aspiración de gobierno limitado.

Mi enfoque será, con el perdón Maquiavelo, expresamente prescriptivo: Qué deberíamos llamar Estado Liberal en siglo XXI. Pero se trata de una ruta normativa que no ignora que han pasado tres siglos desde que las primeras ideas liberales se pusieron por escrito. Recoge algo de la experiencia, de los éxitos y fracasos de un programa político relativamente nuevo en la historia de la humanidad, para finalmente proponer una solución que tiene tanto de convicción como de compromiso.

 El Estado Liberal original

Para que el contraste se haga evidente, recurriré a simplificaciones aun a riesgo de sacrificar rigurosidad. Les propongo que comencemos examinando la idea del Estado, como asociación política, que tuvieron los primeros liberales. Básicamente se trataba de un recurso contractual y utilitario para, en palabras de Hobbes, evitar que la vida de los hombres fuera tosca, pobre, embrutecida y breve. Para algunos puede ser sorprendente que Hobbes sea citado como el primer liberal, pero su concepto de libertad como no-interferencia bien puede ser el punto de partida de la tradición del pensamiento liberal. Sin embargo, para no añadir más complejidades, quedémonos con la justificación del Estado que hace John Locke: los hombres se asocian políticamente para preservar su vida, libertad y bienes, a los que sabemos denomina genéricamente “propiedad”. No hay más tareas que justifiquen el despliegue del poder organizado. Las personas gozarán, según el credo liberal originario, de un ámbito, esfera de libertades individuales en las cuales ninguna autoridad puede meter sus narices. Toda intromisión en ese radio es rechazada. Su misión se cumple y se agota al mismo tiempo en la protección (prevención y sanción) del daño que otros puedan causarnos. De ahí que este modelo de Estado haya recibido el apelativo de “Estado policial” o “Estado gendarme”: un carabinero gigante que evita mutuos atentados. Entre los liberales contemporáneos, seguramente es Robert Nozick el principal promotor de resucitar esta idea abandonada por los tiempos, esta vez como “minarquismo” o “Estado mínimo”: cualquier Estado que pretenda extender su autoridad más allá de la protección de la violencia, el robo y el fraude es injustificable y afecta la dignidad intrínseca de los seres humanos.

Ninguna de las funciones que actualmente le asignamos al Estado estaba en los planes del liberalismo clásico, aunque algunos anticipaban una cerrada disputa. John Stuart Mill, con su elegancia característica, señalaba que había dos tipos de personas: aquellas que apenas veían “un bien que hacer o un mal que remediar” incitaban al gobierno a que pusiese “manos a la obra”, y aquellas (dentro de las cuales se encontraba él, por supuesto) que preferirían “soportar casi todos los males sociales antes que aumentar la lista de aquellos intereses humanos susceptibles de ser controlados por ese mismo gobierno”. Mill, de hecho, no sólo las emprende contra la tiranía del poder político sino también contra la creciente influencia de la opinión pública que disminuye la autenticidad de los individuos, pero eso es parte de otra sesión de este taller, destinada a lo que se entiende por sociedad liberal.

En síntesis, la noción central de un Estado Liberal es protección del individuo y sus libertades inviolables. Éstas no pueden ser jamás sacrificadas en nombre de un bien colectivo supuestamente superior. La asociación política es abusiva e ilegítima, desde esta perspectiva, si intenta reducir esos espacios de inviolabilidad para producir mayor bienestar social. En tiempos en los cuales las monarquías absolutas disponían de la vida de sus súbditos, la limitación del poder político se alzó como la principal bandera liberal.

El problema, como reconoce el propio Mill, es que las demandas por soberanía popular y ejercicio representativo del poder terminaron por hacer olvidar que lo importante es “cómo” se gobierna y no “quien gobierna”. Si los gobernantes pasaban a ser elegidos por nosotros mismos, ¿con qué sentido limitar su acción de gobierno? Junto a la tentación democrática que teóricamente puede ser incompatible con el liberalismo, se alza en el siglo XIX la tentación de volver a poner los intereses del “todo” por sobre los intereses de la “parte” (aunque bien sabemos que quienes hablan a nombre del “todo” son siempre una “parte” interesada). Rousseau y Hegel se presentan como los enemigos más encarnizados del pensamiento liberal clásico. El primero estaba dispuesto a considerar que la minoría “se equivocaba” en descifrar la voluntad general que debía dirigir al cuerpo social. Si era así, se les “obligaría a ser libres”. El segundo, en tanto, aplastó la individualidad bajo el peso del espíritu colectivo encarnado en el Estado. El marxismo, tomando de Hegel su punto de partida, continúa esta tradición que hace trizas (a veces literalmente) la idea de libertad negativa defendida por los liberales.

 El Estado Liberal frente al Estado Democrático

El Estado liberal debió enfrentar entonces dos arremetidas, que en cierto sentido se hicieron una sola y  demoledora. Norberto Bobbio llama a la primera la irrupción del Estado Democrático. En síntesis, plantea que la ampliación del sufragio tuvo por efecto incorporar al proceso político a una serie de nuevos actores que también se sintieron en el derecho de presentar sus demandas. Antes, los representantes eran elegidos sólo por los ricos, los que se contentaban con un Estado gendarme que velara porque nadie atentara contra su propiedad. Ahora, los gobernantes son electos por sectores menos favorecidos en la distribución de riqueza, y no se conforman con un Estado meramente vigilante. Quieren un Estado que mejore su calidad de vida. De esa forma se hace inevitable que el Estado del siglo XX deje su vocación de laissez faire y adopte la vida de los pulpos: muchos tentáculos para realizar diversas tareas. Al comenzar la ruta republicana independiente, el Estado de Chile no tenía más que un puñado de ministerios, aquellos que justamente se concentraban en la seguridad interna y en la externa, así como en las finanzas públicas que permitían sustentar esas funciones. Hoy en día, el Estado tiene más de una veintena de ministerios a cargo de diversos ámbitos de la vida social. Se involucra con la misma naturalidad en educación, vivienda, salud, transportes, comercio, cultura o deportes. Ante cualquier problema social, como anticipaba Mill, la respuesta parece ser: hagamos un ministerio, o a lo menos una repartición pública que se haga cargo de él. Desde esta estricta perspectiva, ya no tenemos un Estado Liberal como fue configurado en su inicio; el Estado Democrático ha ganado la partida. Sin embargo, salvo desde la nostalgia, esto no parece un problema grave. De hecho, hay un intercambio entre liberalismo y democracia que empíricamente ha resultado ser beneficioso. Incluso los llamados “neoliberales” serían demócratas en la medida que las libertades políticas puedan asegurar el ejercicio de las libertades económicas. En todo caso, puestos en el lugar de elegir, es obligatorio recordar a Hayek en su visita a Chile: “Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente”.

 El Estado Liberal frente al Estado Redistributivo

La segunda arremetida encontró espacio ante la absoluta incapacidad del liberalismo clásico de responder a las desigualdades escandalosas que se producían en las sociedades industriales del siglo XIX. Desigualdades hubo siempre, pero ahora el pensamiento liberal pretendía soslayarlas con el argumento de la igualdad ante la ley. Ya no habían justificaciones divinas para que unos lo tuvieran todo y otros no tuvieran nada. El mismo proceso democratizador consiguió que esas demandas se escucharan fuerte y claro. Cuando la democracia resultaba demasiado lenta para procesarlas, tomaba cuerpo la ansiedad revolucionaria. El Estado Liberal a secas se volvió indulgente con los poderosos e indiferente frente a la miseria. Entre las nuevas atribuciones, entonces, el Estado tomó como una de sus prioridades la redistribución. La pregunta del millón es ¿se puede ser liberal y al mismo tiempo justificar el rol redistributivo del Estado? Alexis de Tocqueville ya había anticipado el zapato chino del liberalismo, pero no ofreció formulas para salir del embrollo. Algo más de un siglo después, John Rawls hizo su macizo aporte. Se discute si acaso Rawls sea un verdadero liberal. Su tesis de “igual libertad” es controvertida porque intenta cuadrar un círculo que a muchos les parece imposible. Rawls no sacrifica explícitamente las libertades de los individuos (por el contrario, las ubica en el primer sitial de su teoría de la justicia), pero está dispuesto a agregar, junto a la igualdad de oportunidades, un principio que impide que los más aventajados desplieguen libremente su capacidad de aumentar su riqueza si ese despliegue no beneficia directamente a los menos aventajados de la sociedad. Es decir, pone límites al mérito y al esfuerzo individual si éstos no están ordenados en función del beneficio colectivo. Dejo la pregunta planteada: ¿son Rawls y los liberales igualitarios una versión coherente y actualizada del liberalismo, o más bien hacen una apología de la socialdemocracia en una versión descafeinada?

Yo optaría por una lectura indulgente de Rawls, insertándolo dentro de la tradición liberal. Isaiah Berlin, varios años antes, reconocía que la libertad individual no era la primera necesidad de todo el mundo. La promesa de libertad negativa, entendida como no-interferencia del Estado, no parece tener mucho sentido si el receptor carece de pan, techo y abrigo. Seguramente lo que desea es que el Estado se haga presente y satisfaga sus demandas a partir de los inputs del sistema político democrático. Si para eso debe jugar a ser Robin Hood y violar la propiedad de los ricos para dar a los pobres, entonces que lo haga. En los últimos años, Amartya Sen ha entregado una visión original del problema que busca salvar el dilema entre liberalismo y redistribución, entre el derecho de propiedad y la expropiación de ella a través de impuestos y tributos. Si la libertad es un valor tan caro para los liberales, entonces deberían estar de acuerdo en que cada persona pueda gozar del mayor ámbito posible para ejercerla. Aquellos que viven en la pobreza no pueden hacerlo. El combate a la miseria, más allá de sus connotaciones religiosas, utilitarias o ideológicas, estaría ligado a la ética liberal de aumentar las capacidades y funciones de los individuos. Es probable que Hayek no estuviera de acuerdo en este punto.

 Adaptando el Estado Liberal al siglo XXI

Tenemos entonces dos grandes alamedas por donde transitar. Una de ellas significa reconocer que lo que tenemos en la actualidad no se parece mucho al Estado Liberal que imaginaron los padres del liberalismo, y ante ello –como fervientes liberales dogmáticos- rebelarnos ante los embates del Estado Democrático y Redistributivo. Quienes se interesen en esa opción, les recomiendo la biblioteca antes que la arena política. La otra opción es adaptarse. Tal como suena. La adaptación implica siempre cambio y aprendizaje. Un proyecto liberal que aspira a ser políticamente competitivo en el siglo XXI, como me imagino muchos de ustedes sueñan, no puede ser antidemocrático ni echarse al bolsillo la demanda por mayor igualdad. Debe, por el contrario, incorporar sus elementos más esenciales a un ideario liberal más depurado. Los Estados Democráticos, en los cuales manda la Constitución y las leyes, tienden a ser cuidadosos con las libertades individuales y respetuosos de las minorías. Por otra parte, siguiendo a Sen y justificando el Estado Redistributivo, todo Estado liberal desearía una sociedad donde las personas gozan de más, y no menos, libertad negativa. Mi impresión personal es que, aun después de estos fuertes embates, tenemos la posibilidad de hablar de un Estado de inspiración liberal en sus fundamentos más preciados: la dignidad del ser humano, la autonomía del individuo para escoger su plan de vida, la consiguiente limitación del poder de la autoridad, y aquello que Benjamin Constant llamaba el “disfrute apacible de la independencia privada”.

 Una amenaza final al Estado Liberal

Me van a permitir, eso sí, una última reflexión. Creo que el verdadero rival que tiene hoy en día el pensamiento liberal no pasa por el animus democraticus ni tampoco con las necesidades de igualar la cancha para que los individuos compitan en similares condiciones (es poderosa la idea de que no hay nada más liberal que la competencia y la asignación de recompensas en base al mérito y no al privilegio). En el mundo contemporáneo subsiste y late con fuerza la amenaza del Estado Integrista o Confesional, ese que desde la autoridad (y con los instrumentos coercitivos de los cuales dispone la fuerza monopólica) impone o favorece una determinada concepción del Bien a sus ciudadanos. Digo Bien con mayúscula porque para sus promotores, se trata de la mismísima verdad revelada, esa Verdad también con mayúscula. Para el liberalismo todo autoritarismo es rechazable, y en especial el teocrático, que busca determinar incluso la mente de los individuos. Estaremos de acuerdo en que Chile está lejos de ser uno de ellos, tan comunes en el mundo musulmán, pero de vez en cuando aparecen señales preocupantes. La tendencia de quienes ostentan el poder a abusar de su posición para favorecer su credo religioso debe ser advertida. La reiteración del nombre de Dios en las alocuciones públicas no es recomendable; excluye a quienes no creen y a los que profesan otros credos (quienes tienen el derecho de creer que el Dios cristiano posee características sustantivamente  distintas a Alá, Yahvéh, Buda o al Monstruo del Espagueti Volador). También son discutibles, desde una perspectiva liberal,  las políticas públicas que incentivan o premian ciertas maneras de vivir la vida privada, rechazando tácitamente otras. Es fundamental que comprendamos que un Estado Liberal es incompatible con la aspiración -consciente o inconsciente- de los gobiernos de turno por promocionar la concepción particular del Bien que profesan sus ocupantes temporales, lo que ocurre además con recursos públicos. No entraré a divagar sobre las dificultades que encierra la tesis liberal de la  neutralidad ética del Estado, pero aun consciente de su imposibilidad práctica, es preferible estar siempre más cerca de ésta que de su contrario.

Cierro abruptamente con Mill, una vez más, recordando que “la única finalidad por la que el poder puede ser ejercido, con todas las de la ley, sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada (…) estriba en evitar que perjudique  a los demás, pues su propio bien, físico o moral, no basta como justificación”.

Una (nueva) mirada liberal a la educación

agosto 12, 2010

por Davor Mimica

La importancia de la educación de calidad como el principal igualador de la cancha social debiera primar por sobre la promoción de competencia entre proveedores, incluso cuando tal competencia es entendida como el principal motor de la economía. Esto se debe a que no basta con maximizar la calidad minimizando los costos, es necesario que la acción esté direccionada e intencionada, para pasar de una educación como fábrica de desigualdad, a una que sea la puerta abierta a las oportunidades para todos.

En Chile, la discusión sobre educación ha tenido siempre mucho que ver con la discusión económica, dividida entre quienes promueven más Estado, aceptando a regañadientes cierto rol del mercado y entre quienes promueven más mercado, entendiendo que algo de Estado es necesario.

Esta dicotomía es representada en forma casi perfecta por  quienes impulsan eliminar la participación privada en la provisión de educación, y  quienes impulsan un mayor rol del mercado como motor del sistema. Las banderas de cada uno de los bandos son el “derecho a la educación” y la “libertad de enseñanza”, respectivamente. Ambos principios claramente establecidos como iguales y complementarios en la Ley General de Educación.

El resultado de esta permanente discusión es que la educación chilena ha padecido las últimas décadas de lo peor de ambos mundos. Heredando desde el mundo estatal la inamovilidad práctica de los cargos (directivos y profesores), el exceso de burocracia en todos los niveles de administración y la falta de accountability de programas y actores. Y, desde el mundo pro mercado, ha heredado instituciones con casi ninguna regulación, libertad de emprendimiento que en ocasiones choca con la calidad de la educación, y actores que rehúsan entregar la información necesaria para el buen funcionamiento de cualquier mercado. El resultado, es que cuando un niño de escasos recursos entra al sistema, con casi total seguridad saldrá de él a mayor distancia -tanto real como potencial- de sus pares de mayores recursos.

Frente a lo anterior, para una mirada liberal, la educación tiene un rol mucho más importante para el futuro del país que si es o no un espacio económico para la competencia entre proveedores, o que si es o no un espacio más de control estatal. En efecto, la educación inicial y escolar de calidad son las principales herramientas con la que cuenta una sociedad para igualar la cancha entre las personas, permitiendo que las desigualdades de origen no se transformen en desigualdades de oportunidades. Esto es, a su vez, una condición imprescindible para que las posteriores diferencias socioeconómicas tengan algún grado de legitimidad, pues se basaría en condiciones iniciales razonablemente equitativas para todos. En cambio, si la cuna predice el destino de cada cual, se hace difícil invocar al trabajo, el talento o el mérito como el origen de esas diferencias.

Esto implica una educación que promueva la movilidad social más que la igualdad. Que logre potenciar las características propias de cada niño, logrando ser diferenciadora más que homogeneizadora. Pero al entregar oportunidades similares, debiera ser al mismo tiempo más abridora de mundos que entrenadora de oficios.

Ahora, como esta mirada liberal carece de los usuales traumas con el Estado o el mercado que tienden a ordenar la discusión de política pública, no  tiene una posición predeterminada respecto a qué ente debe proveer la educación, ya sea si ésta debiera ser producto de un mercado competitivo de actores privados, o si debiera ser provista por el Estado. Esto puede implicar, por ejemplo, que el Estado sea uno de los actores en competencia, si es la mejor manera de evitar distorsiones como comportamientos oligopólicos, o fallas como la falta de cobertura. Ambos esperables en un sistema con escasa integración,  profundidad y  liberado al mercado como el chileno.

La competencia es la razón de por qué bajamos de los árboles, salimos de las cavernas y llegamos a la luna. Está en nuestra naturaleza como uno de los mayores motores de nuestras acciones y tal vez como principal explicación de nuestros éxitos. Por lo mismo debiera ser parte central de nuestras relaciones como sociedad. Pero sólo con un punto de partida que sea justo para todos, es que podremos defender las diferencias producidas por esta competencia como resultado de que haya ganado “el más mejor”. La educación es el camino a esa justicia.

Buscando nueva casa…

agosto 9, 2010

Los dejamos con una reflexión del joven penquista Cristopher Henríquez, promocionada en su cuenta de twitter @cahenriquezg y publicada en su blog “Política Instantánea”:

“Si existe una situación incomoda por el tiempo que demanda y por el esfuerzo que implica es el cambio de casa, una de las razones por la cual se hace recae en un tema de espacio, de comodidad, la familia amplia o reduce su número de integrantes, las necesidades cambian, el paisaje que la rodea dejó de gustarnos o simplemente ya no nos sentimos tan cómodos al interior de ella.

Dejar el antigo hogar para salir en busca de uno nuevo es un proceso, lo más probable es que si un conocido no nos entrega algun dato debemos comprar el diario y empezar a recorrer la sección de avisos clasificados todos los dias o al menos varias veces a la semana; y así buscamos un departamento o una casa con X número de dormitorios , con estacionamiento, bodega, jardín, terraza o balcón, nuevamente algo que tenga todo (o casi todo) para poder estar a gusto y abandonar el lugar que nos guardó durante un tiempo.

Lo difícil son las decisiones, primero debemos decidir dejar nuestra antigua morada, luego elegir, dentro de todo lo que se nos ofrece, el lugar en el cual estaremos más comodos, ese en el que podemos dar rienda suelta a nuestro nuevo proyecto de vida, porque de una u otra manera este procedimiento implica un CAMBIO…en las costumbres, en las distancias, en los vecinos y en el ambiente que nos rodeará.

No hay mejor modo de ejemplificar el cambio del domicilio politico que de la forma anteriomente explicada, la decisión de asumir que nuestra ideas cambiaron, que no eran tan inmutables y definitivas como alguna vez lo pensamos, es algo que no es fácil, incluso se puede decir que pasamos hasta por un periodo de negación  pero llega un momento en que luego de pensarlo una y otra vez tomamos la determinación de no seguir donde estabamos y de interiozar que ya no somos los mismo de hace un tiempo, esto es:  abandonar la casa, esa antigua, la de nuestros padres, en la que nos educamos, jugamos y aprendimos a vivir; tambien puede que  la que dejamos no sea la casa de nuestros padres sino esa que nos recibió cuando por primera vez nos independizamos, en la que convivimos o sirvió de refugio ocasional  pero que por A, B o C motivo hoy  no nos parece tan cálida. Luego viene la siguiente etapa : ¿ A donde voy ? Es aquí donde empezamos a comprar el diario, y si algo se asimila al mercado es precisamente el escenario politico, el mercado politico , donde aparecen miles de avisos, “Conservadores con dos baños y dependencia, seguridad “;  “Socialdemocratas con piscina y 3 dormitorios, centrica ubiación “; “Socialistas, estacionamiento privado” ; ” Comunistas, a todo trapo, locomoción a la puerta”, todos ofreciendo lo que tienen a su alcance para que el eventual consumidor se decida a comprar (o arrendar?) el lugar que ellos ofrecen.

Esto fue lo que me pasó, primero decidí no habitar más en el lugar que me acogió por años, me aburrí de mi casa, de ese departamento en que tanto carretié, en el que viví diez mil cosas, la decisión no fue facil pasé por todas las dudas anteriomente nombradas, pero finalmente dije que no queria seguir viviendo ahí, lo siguiente es lo grave, no encontré aviso en el periodico que me dejara satisfecho, y es aquí donde el mercado politico topa con nuestra necesidades de consumir, donde hay algo que limita la oferta, eso que choca con la respresentatividad, los liberales no tienen domicilio propio, vagan de un lado a otro, los encontramos a la izquierda o a la derecha de la ciudad conviviendo en un barrio que en ninguno de los dos casos los acomoda, y aquí es donde surge la opción , un pequeño aviso en el periodico, de un recinto que se está construyendo, ese al que todavia no se le ponen los tijerales, en que la primera piedra no está oficialmente puesta, pero cuyo proyecto de construcción está llamado a ser una de los mejores conjuntos habitacionales del centro, hablo de Red Liberal (http://www.redliberal.cl) , movimiento que pretende ser el referente liberal de la politica chilena, ese en que todos son bienvenidos, independiente de su lugar de procedencia, siempre y cuando compartan de alguna manera lo que se establece en los estatutos del “conjunto habitacional “: Libertad Economica, Politica y Valorica.

El aviso me tentó, el proyecto suena interesante y necesario, hoy no tengo casa, la que tuve la abandoné y hasta ahora no me arrepiento, guardo la pagina del lugar en que quiero vivir en la billetera (para que no se me pierda), eso sí, la mudanza tendra que esperar, porque es algo que a diferencia de todo lo que hoy se ofrece, no existe materiamente , motivo por el cual estoy dispuesto a ponerme los guantes y a empezar a construir el que no solo será mi nuevo hogar sino el de muchos otros que tambien vagan sin rumbo luego de haber decidido independizarse o dejar la residencia que durante años los albergó.”

Link: http://politicainstantanea.wordpress.com/2010/08/02/buscando-nueva-casa/

POR FAVOR, SIGAN

agosto 6, 2010

por Cristóbal Bellolio (publicada el jueves 5 de agosto en The Clinic)

  

El viejo manual de cortapalos marxista recomendaba agudizar las contradicciones para que las condiciones revolucionarias fuesen más notorias y urgentes. Siguiendo la tesis, lo mejor que le puede pasar a los liberales chilenos –en especial a aquellos que se sienten más inclinados a la derecha- es que Carlos Larraín siga equiparando la homosexualidad a la pedofilia, que Sergio Diez encabece la comisión de familia del Instituto Libertad, que Manuel José Ossandón siga defendiendo al cura Karadima y que Pedro Sabat insista en expulsar a Bielsa por no hacerle reverencias al Presidente. Por favor, que sigan. Así RN supera en extremismo a la UDI (que en estos temas ha sido prudente y pragmática), poniendo en posición inmejorable a su disidencia –que empieza a organizarse- y abriendo espacio para nuevas aventuras liberales fuera del paraguas oficialista. El mundo conservador, de incombustible generosidad, nos acaba de regalar tres nuevos puntos de quiebre: Las vírgenes de la Junji, el informe solicitado por el CNTV contra El Club de la Comedia, y el instructivo del Sernam sobre relaciones sexuales. Son episodios tan sabrosos que conviene degustarlos uno a uno.

En el primer caso, Ximena Ossandón se rebela contra la separación de la esfera política y religiosa, batalla liberal de dos siglos de vida independiente. Obviamente no hay problema alguno en que María de Nazareth la inspire en la cotidianidad del trabajo (dice que lo hará “más eficiente”), pero instalar su estatua a la entrada de un edificio público violenta la idea misma de Estado laico. La señal que envía tiene tanto de protección a la infancia como de proselitismo: “acá somos católicos, creemos que Dios tuvo un hijo llamado Jesús que nació por obra y gracia del Espíritu Santo, amén”.  Doña Ximena se ampara en que “la imagen de la Virgen María es transversal”, y “nadie hace arcadas con ella”. Saca la estadística y arguye que el 84% de los chilenos es “mariano” (¿?). Si ese es el criterio, vamos haciendo espacio para los bustos de Bielsa y Bachelet, que rozan una popularidad similar. O para los posters de Madonna y Angelina Jolie, íconos de la maternidad por recorrer el mundo adoptando niños vulnerables. Nadie hace arcadas con Angelina Jolie, eso es seguro.

En el segundo caso es muy temprano para emitir juicios definitivos. Al señor Herman Chadwick, mandamás del CNTV, le soplaron acerca de las irreverentes parodias del programa humorístico de CHV sobre pasajes bíblicos. Entonces pidió un informe. El mero hecho de pedir un informe ya suena mal. Es como llamar a un embajador a informar, lo que nunca es para celebrar buenas noticias. Es darle gravedad a la situación. Ahora, por muy primo que sea el señor Chadwick del Presidente Piñera, la suya es una entidad autónoma del gobierno de turno. Lo que correspondería en este caso, si la sangre llega al río, no es echarle la culpa a la “nueva forma de gobernar”, sino a la epidermis sensible de algunos católicos encumbrados en el poder que se parece en muchas cosas al autoritarismo y la mera intolerancia, viejos rivales de la libertad de expresión.

El tercero viene saliendo recién del horno. Un folleto orientador del Servicio Nacional de la Mujer resalta la importancia de que “los y las adolescentes comprendan que su vida sexual debe postergarse hasta el matrimonio”. No tiene nada de raro haber escuchado esto desde el púlpito de una iglesia, pero ¿es el Estado el encargado de aprobar o reprobar lo que hacemos en la cama? Desde una perspectiva liberal, jamás. Desde una conservadora, por qué no. En lugar de entregar información apropiada respecto de las ventajas y riesgos de la una vida sexual plena, el gobierno de excelencia nos recomienda esperar hasta que llegue LA persona que dará sentido a nuestras vidas. Como eso pasa cada vez más tarde entre los chilenos (los hombres que se casan lo hacen en promedio a los 29 y las mujeres a los 26), nos tendremos que acostumbrar a una sociedad irritable y con el kino acumulado por años, sin siquiera mencionar el desastre que significa para las políticas públicas la tentación de tapar el sol con un dedo.

¡Bien por la Junji, el CNTV y el Sernam! ¡Por favor, sigan!