GORDISMO EN EL BANQUILLO

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el miércoles 4 de agosto)

En un país donde la mayoría no entiende lo que lee, respuestas como las del columnista Roberto Castillo (http://www.elmostrador.cl/opinion/2010/08/04/opinion/2010/08/03/maradona-michelle-la-ex-polola-y-el-pajaro-en-la-mano/) son bienvenidas. Le agradezco sinceramente porque pone el ojo en la cuestión central de mi tesis sobre el “gordismo a la chilena” y no se queda en la superficialidad de la comparación de contexturas físicas, que en muchos comentaristas detonara una histérica reacción en cadena.

Efectivamente el juego Maradona = Bachelet adolece de muchos defectos. Es una caricatura que tiene por objeto penetrar en una reflexión más profunda. Pero si la caricatura es excesiva o burda, cuesta que se produzca la reflexión perseguida. Me han escrito algunos amigos porteños señalando que efectivamente “el Diego” es intocable (que “en las conferencias de prensa cualquier periodista que hiciera una pregunta difícil o venenosa se ganaba furibundo rechazo”), y otros como el gran Héctor Vega Onesime precisando que el capital de Maradona ha menguado considerablemente, que su intocabilidad es ya un espejismo, y que la gran mayoría de los trasandinos lo quería fuera de la selección. Sea como sea, autocrítica mediante, acepto que haber comparado a una “santa” como Bachelet con un “drogo” como Maradona superó para muchos el umbral de lo tolerable; olvidé que para los chilenos la figura de Maradona no está asociada a ninguna deidad portadora de alegrías inconmensurables, sino a un antihéroe de pasado oscuro y exponente de toda la genialidad deportiva que por acá no tuvimos.

Sin embargo, el mérito de Castillo llega hasta ahí. Pudiendo hacer una refutación sólida de la idea del “sobrio fanatismo ciego”, prefiere acusar teorías conspirativas superando en paranoia a los redactores de las minutas de La Moneda. Pero no hay problema, yo puedo ayudarlo:

En primer lugar, porque la cuestión esencial que deberían pelear los defensores de la ex Presidenta es el legado de su gobierno: un acertado manejo macroeconómico contracíclico, una importantísima reforma previsional, vocación por la primera infancia y por la paridad de género, entre otros logros indiscutibles. Si son convincentes en este argumento, entonces atribuir la popularidad de Bachelet  a su mera “simpatía” o “cercanía” resulta sin duda un reduccionismo insostenible, como pienso que lo es. El problema es que si la adhesión a sus políticas –y no a su persona- es la clave, entonces resulta igualmente incomprensible que su declarado continuador (que dijo con todas sus letras: “haré lo mismo que la Bachelet”) haya obtenido un escuálido 29% de los votos. El bacheletismo sería hipócrita escondiendo que las excepcionales cualidades biográficas y carismáticas de su líder no son solo determinantes, sino además constitutivas de su valoración.

En segundo lugar, porque la diferencia entre las causas y las consecuencias de dicha popularidad juega a su favor. Podemos discutir sobre las razones de su rating, pero mi columna se enfocaba netamente en sus efectos, los que creo son paralizantes a la hora de hacer un juicio crítico sobre su gestión. Roberto Castillo, de hecho, llega a la misma conclusión en este punto: la enorme resistencia de su capital político frente a los embates del rival. Ricardo Lagos Escobar, para muchos el mejor presidente que ha tenido Chile en los últimos lustros, no pudo resistir a esos embates a los que se refiere mi contradictor. Lagos y Bachelet comparten perfil socialdemócrata, pero la ciudadanía no tuvo problemas en deshacerse de la figura del primero en apenas tres años. Con Bachelet no ocurrirá lo mismo. ¿Por qué? ¿Cuánto espacio hay para poner sobre la mesa el incumplimiento de las reformas políticas anunciadas (gobierno ciudadano incluido), el bajísimo crecimiento promedio de la economía o el aumento de la pobreza y la desigualdad? Para el semifanatismo criollo, “mejor no hablar de ciertas cosas”…

El blindaje político es una estrategia legítima. Pero si Bachelet decide meter las manos al barro y reconfigurar una coalición mal aspectada (Castillo la llama derechamente “descerebrada”) tendrá que jugarse parte de su capital. Si logra conservar su posición expectante de cara al 2013, siendo al mismo tiempo la cabeza de la Concertación, entonces habrá que sacarse el sombrero (y tragarse todas las tesis “gordistas”) porque sólo entonces estará estrenando una habilidad política que hasta entonces no ha explorado.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2010/08/04/gordismo-en-el-banquillo/

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6 comentarios to “GORDISMO EN EL BANQUILLO”

  1. Diego Garcia Says:

    Hola Cristóbal

    Acabo de leer tu artículo “Gordismo en el banquillo” y me pregunto si la mayoría que no entiende lo que lee te incluye. Agradeces a Roberto Castillo su columna, estableciendo una diferencia entre su opinión y una “histérica reacción en cadena” de otros comentaristas. Leo el artículo de Castillo y me encuentro con los siguientes calificativos aludiendo a tu escrito “Gordismo a la chilena”: “Maniobrilla retórica”, “nociones de folleto turístico”, “tesis … febril”, “algunos analistas apenan disfrazan su hostilidad contra la ex presidenta”, “Atribuirle al fanatismo la raigambre de Bachelet subraya la desesperación (!) de los adversarios de la ex Presidenta y la exasperación (!!!) de los analistas que no hallan por dónde explicarla”, etcétera. Me pregunto entonces: Si las opiniones de Castillo se agradecen porque no se quedan en lo superficial, ¿qué cosas peores que éstas han dicho de tu artículo que merezcan la calificación de “histéricas” y no sean motivo de tu consiguiente agradecimiento? ¿Sólo que Castillo tiene post grado y enseña en el extranjero, lo que lo convierte en un “colega”?

    Me imagino que formo parte del grupo de fanáticos (falacia ad hominem), histéricos (falacia ad hominem) y analfabetos funcionales (falacia ad hominem) que cada tanto nos damos el trabajo de leer tus columnas, intentando hacerlo desprejuiciadamente y de buena fe. Al leer “Gordismo a la chilena”, y releer el énfasis que hiciste en distinguir entre idolatría y fanatismo, de una parte, y popularidad de otra, me pregunté varias veces: ¿En dónde sustenta la afirmación que la alta aprobación obtenida por Bachelet señalada en la última CEP es señal de idolatría y fanatismo? Una pregunta que se formula en estos términos “¿Usted aprueba o desaprueba…?”, si es el caso que yo entiendo lo que leo (podría no ser el caso, tú sabrás), no veo cómo permite afirmar a continuación que la aprobación que expresa es fanática o idolátrica. ¿Los que desaprueban a Bachelet, son minoria entre los fanaticos, o son la reserva de gente sensata de este pais? ¿Significa acaso que la pregunta sobre la aprobación al desempeño de Piñera, o aquella otra sobre el manejo de la economía por el actual gobierno, formuladas de manera idéntica (“Usted aprueba o desaprueba…”) implican que la respuesta de 45% y 39% de aprobación respectivamente, corresponden a un 45% y a un 39% de fanáticos? Finalmente, mi pregunta es epistemológica: ¿Cuál es el sustento –metodológico, empírico, teórico, etc.- de tus columnas? ¿Cómo te consta lo que afirmas para a continuación intentar persuadir a tus lectores acerca de, si no la veracidad, al menos la plausibilidad de lo que expones?

    Pongo un solo ejemplo: Aludes al pasar a la encuesta CASEN e insinúas que ese sería el Transantiago de Bachelet. A mi juicio, ese es un ejemplo colosal de superficialidad en el uso de un dato. El solo aumento de la pobreza en los términos señalados por la CASEN no permite inferir NADA acerca de las causas de ese incremento, de modo que aún no estamos en condiciones de determinar si las políticas sociales son las causantes del mismo, o si por el contrario, ellas impidieron que la pobreza se incrementara aún más en el escenario de crisis económica que todos conocemos. Si como tú insinúas (porque me imagino que eso es lo que querías insinuar, ¿o sigo sin entender los implícitos de tu columna?), finalmente el aumento de la pobreza llegara a ser señal del fracaso de la política social, en el mejor de los casos tu acierto sería “al achunte”, pues en tu artículo tal inferencia carece de todo respaldo, y tal cual está formulada es puramente ideológica. Y puesto que la buena fe se presume, tu falta de rigor intelectual en este caso esta a salvo de la sospecha de estar argumentado de forma deshonesta, gracias a Dios (quien quiera que sea, donde quiera que se encuentre, para dejar abierto este punto y no herir susceptibilidades).

    Pues bien, al cabo de le lectura de una cantidad no menor de columnas de varias personas que firman invocando su condición de “analistas políticos”, me surge una creo que muy razonable duda acerca de las habilidades que implica tal condición. ¿Qué es un “análisis político”, luego de leer a Bellolio, Mansuy, Brunet, Carrozzi, Navia, y quizás cuantos más? Un conjunto de prejuicios que procuran exponerse persuasivamente, algunos más perspicaces que otros, pero en muchas ocasiones, apenas opiniones de sobremesa cuyo sustrato epistémico constituye un secreto celosamente guardado por sus corifeos.

    Saludos,

    Diego García
    Vizcaya, 4 de agosto de 2010

  2. vozyvoto Says:

    Diego,
    Number one: Agradezco porque al menos Castillo no se queda en la odiosa relación de contexturas físicas, que tal como señalo, fue el detonante del repudio de muchos comentaristas. Lea los post a mi artículo original y verá que hay cosas peores que las teorías conspirativas de Castillo.
    Number two: Todos somos fanáticos de algo. De un equipo de fútbol, de un grupo musical, de un lugar especial. No hay reproche alguno en eso. Verás que distingo entre adhesión/popularidad y fanatismo, así como encuentro puntos comunes: estos últimos los veo en torno a la figura de MB. Cualquier cientista político te diría, con fundamento estadístico, que sus grados de aprobación son inéditos y extraordinarios.
    Number three: No olvides que hay una diferencia entre la política pública y la política propiamente tal. Aunque coincidamos en que la CASEN tiene una lectura más compleja, el titular cabe en una frase: Durante el gobierno de MB aumentó la pobreza y la desigualdad. Mi análisis toma como premisa ese titular, que comunicacionalmente tiene un efecto. Aun así, sostengo que no será lo suficientemente penetrante como para afectar a MB. Si lees con el mismo rigor que demandas, verás que ni siquiera hay una posición ideológica al respecto. Los gobiernos socialistas son evaluados por su capacidad de producir sociedades más igualitarias y los gobiernos de derecha por su capacidad de producir más riqueza independiente de su distribución.
    Number four: No puedo hacer defensas corporativas del gremio de “analistas políticos”. Puedo hablar sólo por mí. Trato de diferenciar entre mi rol de actor (promotor de un discurso liberal) de mi rol de comentarista (analista supuestamente imparcial de la realidad política). En este último papel, el columnista debe generar ideas originales y a veces provocadoras con el objeto de abrir discusiones, jamás de sentenciar verdades. La opinión de sobremesa a la cual te refieres despectivamente, es muchas veces el sustrato de sentido común que sostienen estas tesis. El analista político puede quedarse sólo en eso, o bien enriquecer su mirada con aproximaciones teóricas y/o empíricas.
    Espero haber contribuido a resolver tus dudas, en la esperanza de que efectivamente quieras validar esta respuesta y no sencillamente descartarla, como bien señalas, ad hominem.
    CB

  3. Diego Garcia Says:

    Hola Cristóbal

    Agradezco mucho y muy sinceramente tu respuesta, y me habría encantado ser breve con mis comentarios, de modo que me excuso por anticipado por no serlo.

    a. Sobre el artículo de Castillo, mi impresión, si es que lo entendí bien, es que dejó el tuyo por el suelo. De acuerdo, los comentarios de otros lectores lo dejaron por el subsuelo. Ergo, lo primero es de agradecer, lo segundo no. ¡Es bien estoico de tu parte! Muy bien. Un par de alcances. Te sugiero leer –cito de memoria- la Conferencia VIII de John Austin en “Cómo hacer cosas con palabras”, a propósito de las perlocuciones. Haz la prueba de contar un chiste racista o sexista y luego comprueba a cuántos les hace gracia y a cuántos los ofende, y compara ambas cosas con tu buena o mala intención al contarlo. La referencia a la gordura normalmente ha sido para señalarla como defecto, y en el extremo, se ha usado para denigrar y hacer escarnio de los gordos. Piensa en cuántos de ellos quedan fuera de oportunidades laborales que exigen “buena presencia”, etcétera. Dejo a salvo tu buena intención, pero te sugiero estar más informado en una próxima ocasión antes de usar un apelativo que pueda herir a un colectivo. Del mismo modo, y con independencia de tu buena intención –que siempre presumo- las referencias a Bachelet como mujer y madre son sexistas, lo siento mucho. Yo mismo incurro en este tipo de apelaciones discriminatorias –porque eso es lo que son-, y quizás en cuántas otras, porque hemos crecido considerándolas normales, pero hace ya tiempo que hemos perdido la inocencia respecto de la neutralidad del lenguaje. Y, porque en esto también se dan luchas políticas, debemos ser más cuidadosos en su empleo.
    b. Cuéntame de qué soy fanático y qué incidencia política tiene mi particular fanatismo, por favor. De antemano agradezco tu sapiente respuesta.
    c. La distinción popularidad / fanatismo, precisamente porque procuro tomar bien en serio tu artículo, sí es relevante y mucho. Las opiniones fanáticas no son racionales, y calificarlas de tal modo es una evidente manera de invalidarlas. En mi comentario yo no he hecho ninguna alusión acerca de los altísimos índices de aprobación de Bachelet, por lo que no hacía falta una aclaración de tu parte al respecto. De hecho, no sólo son asombrosos sino que incluso a mí, que he votado por la Concertación todo el tiempo, terminan por irritarme. Habría preferido una presidenta con veinte puntos menos de popularidad pero con una coalición en mejores condiciones, evidentemente. Pero de ahí a llamar “fanáticos” a sus adherentes como un todo, creo que es el peor camino para comprender el fenómeno. Por cierto habrá fanáticos entre ellos, como los habrá entre sus detractores. Pero tu generalización carecía de todo sustento (y yo lo que te he pedido es el sustento de la misma), y como ves, ahora tu respuesta a mi comentario deja este punto en el mismo sitio. Se puede aprobar en terminos globales su gobierno, incluso desear su reedicion, y ser ademas critico de diversos aspectos del mismo, no veo ninguna contradiccion en eso. Me imagino que entre los partidarios del gobierno actual abundan quienes hacen estas distinciones. ¿Para que llamarlos fanaticos?
    d. Sobre el aumento de la pobreza, creo que las cosas nuevamente quedan donde mismo. La CASEN dice que aumentó la pobreza y la desigualdad en la distribución del ingreso. Déjame agregarte algo más: durante el gobierno de MB, los años tuvieron doce meses y cuatro estaciones, sin excepción. ¡¿Sorprendente, no te parece?! ¿Se diría entonces que en estos aspectos el de MB resultó ser un gobierno conservador? Por cierto que para los partidarios de más igualdad, los de la CASEN son resultados dolorosos, pero de nuevo esa sola afirmación no establece ningún (repito, ningún) alcance sobre las políticas públicas relacionadas con esos aspectos. Tu hablas de los “gobiernos socialistas”. Para ser más precisos, ¿me aceptarías si te dijera que el de MB es un gobierno encabezado por una socialista, apoyado por una coalición de centro izquierda y en el contexto de un sistema económico que creo podemos llamar, sin ningún tipo de complejo ni imprecisión, de capitalista? Si no es así, entonces espero tu corrección. Si la economía hubiera sido socialista, entonces tu alusión a “gobierno socialista” tendría más sentido, pero sería de interés que estableciéramos cuánto “socialismo” es posible en el régimen jurídico-político-económico-social existente en Chile. Pendiente esa respuesta, sigue en pie mi pregunta (admito que ignoro la respuesta y me encantaría ser ilustrado sobre este punto): ¿Las políticas económico-sociales del gobierno de MB contribuyeron al aumento de la pobreza y a la mayor desigualdad en la distribución del ingreso (en cuyo caso serían un fracaso) o por el contrario impidieron que el incremento de la pobreza y de la desigualdad fueran aún mayores en el contexto de crisis económica vivida en el período (en cuyo caso serían un éxito), o se produjo alguna situación intermedia dentro del largo abanico de posibilidades entre una posibilidad y otra y que merece ser analizada matizadamente? ¿Más desregulación del mercado y menos política social habrían significado una disminución de la pobreza y de la desigualdad? ¿Qué nos dicen al respecto los 17 años de Pinochet y los primeros 16 de la Concertación?
    e. Creo que aciertas al decir que un titular tiene un efecto comunicacional, precisamente porque soy conciente de la condición pragmática del lenguaje (de paso, lamento informarte que así te pisas la cola en tu defensa de tu candor en el empleo de la expresión “gordismo” y con ello le das bastante crédito a la furia de tus lectores). Te sugiero otro titular: “Durante la crisis económica, aumentó el desempleo y la banca tuvo utilidades superiores a los mil millones de dólares”. ¿Qué te parece, digo algo falso acaso? ¿Te animas a especular sobre los efectos comunicacionales de una afirmación como ésta? ¿Te animas a hacer tú mismo esta afirmación en un próximo comentario a los resultados de la CASEN, y a repetirla a machamartillo en cada oportunidad que tengas en cada foro donde cuentes con tribuna? Pues bien, que una frase tenga efectos comunicacionales vaya y pase, efectivamente el año tiene doce meses, ¡no faltaba más! Lo que no queda claro es por qué usas esa frase dicha de ese modo y no alguna otra frase igualmente verdadera dicha de otro modo (te sugiero leer la extensa obra de Teun Van Dijk, sobre análisis crítico del discurso, ¡alucinante!), y si acaso tú buscas con esa frase dicha de ese modo efectos comunicacionales y cuáles (y de nuevo te remito a John Austin, en este caso los actos ilocucionarios, y a H. P. Grice y su teoría del significado como intención).
    f. Un asunto que me preocupa, relacionado con el punto anterior, es que usar una oración, que no alcanza a ser un argumento, reduce la formación de opinión a la sagacidad para introducir cuñas en el ambiente, que luego se instalan acríticamente como ideas fuerza en la percepción de las personas. Yo estoy a favor de un debate informado y razonado, que es un camino mucho más largo, contrario a la introducción de cuñas, que son más apropiadas a la propaganda. En ese debate, estoy dispuesto a dejarme persuadir por el mejor argumento de mi interlocutor, pero se trata de una pedagogía política más exigente y sutil que el uso de frases sueltas y efectistas. Por esta vía de emplear cuñas, se le está entregando buena parte del gobierno de los asuntos públicos a los publicistas, y mucho me temo que eso es un pésimo camino si queremos forjar entre todos una cultura democrática y pluralista. Es la anulación del debate, el adormecimiento y atrofia de nuestras capacidades reflexivas y comunicativas. Nosotros no estamos discutiendo afirmaciones (“aumentó la pobreza”), sino explicaciones (¿Por qué aumentó la pobreza?). Si se trata de política, las cosas no “ocurren” sencillamente, y la política es un esfuerzo racional y conciente de introducir comportamientos (o inhibirlos) para lograr ciertos fines. Lo que está en juego, al enjuiciar a un gobierno, es si su explicación de cómo ocurren las cosas (y las políticas que adopta en consecuencia) son adecuadas para lograr ciertos objetivos dadas las circunstancias. Un hecho suelto es un hecho mudo. Tomando con mucha libertad lo dicho por Wittgenstein, una proposición acerca de estados de cosas no dice nada acerca de su sentido (ver Tractatus Logico-Philosophicus, 6.42). Si tú me dices que “Durante el gobierno de MB aumentó la pobreza”, yo te contesto: “¿¿¿Y…???”, ¿Cuál es el significado de esa afirmación? Citando una perogrullada de Hegel, “una afirmación escueta vale tanto como cualquier otra”. En fin…
    g. Finalmente, a propósito del dudoso gremio de los “analistas políticos”. Por cierto no te corresponde responsabilizarte de los desaciertos de tus ocasionales colegas –ni de los míos, ni de nadie-. También es cierto que tienes derecho a proponer puntos de vista con afán provocador e imaginativo. ¡OK, no puedo estar más de acuerdo! Como diría Ortega, “la imaginación es la loca de la casa” y mucho, sino todo, le debe la ciencia a ella. ¿Es eso incompatible con pedir sustento a tus afirmaciones que no dicen relación con provocar o imaginar, sino con dar cuenta de hechos? Humildemente, yo creo que no. Antes de saber si las políticas sociales fueron un fracaso o un éxito, ¿qué quieres provocar diciendo que son el Transantiago de MB? Si después de una averiguación honrada, se diera el caso que fueron adecuadas y exitosas dadas las circunstancias, ¿con qué fin haber afirmado o insinuado anticipadamente lo contrario, en beneficio de qué, de quién? Por eso digo que sin hacer ese examen, afirmar o insinuar atarantadamente que muestran un defecto o un fracaso de la política pública es una afirmación puramente ideológica (pre-científica). Y si por el contrario, carente de sustento llegara a coincidir con la verdad, sería un caso de opinología que deviene en “achuntología”. Si te parece despectivo, lo lamento, pero pido ser juzgado del mismo modo, no pido privilegios en este sentido para mí. Al César lo que es del César, y a las opiniones chapuceras –las mías o las de cualquiera- todo el desdén que se merecen. Con todo el respeto que me merece la libertad de expresión y dejándola a salvo, ¿para qué queremos opiniones así, frases sueltas dichas al voleo, avaladas además por un encomiable currículo académico que deja constancia de tus aprestos en ciencias políticas (¡si yo hubiera sido Julio Martínez, habría enfatizado “Cien-cias-po-lí-ti-cas”!), entre muchas otras virtudes? Si se trata de provocar imaginativamente, no hace falta firmar tus columnas poniendo antecedentes académicos que son inatingentes al caso, como constan en tu perfil en La Tercera. Eso es un ejemplo de falacia ad verecundiam, invocando de un modo algo desdoroso tu propia autoridad. En tal caso, si sólo se trata de provocar y decir sin rigor ni método intuiciones e ideas que pueden oscilar entre la genialidad y la trivialidad, basta con poner tu nombre y dejar a salvo a la academia que invocas, cuyos métodos y discursos tienen otras exigencias, y cuyo prestigio como institución social creo que tenemos obligación de cuidar. Pertenezco a una familia de nueve hermanos/as, seis cuñados/as y quince sobrinos/as, y no te puedes imaginar qué calibre de opiniones de sobremesa se producen en nuestras reuniones. No hay ninguna necesidad de revestirlas de pedantería académica cuando no la tienen, ni ponerles empingorotadas firmas invocando títulos que no vienen al caso.

    Una vez más agradezco tu respuesta, no disipa mis dudas pero mantiene en pie el diálogo. Eso se agradece,

    Diego García
    Vizcaya, 5 de agosto de 2010

  4. Diego Garcia Says:

    http://www.elmostrador.cl/opinion/2010/08/10/aumento-de-la-pobreza-y-la-desigualdad-la-paradoja-de-la-abundancia/

    cordialmente,

    Diego Garcia

  5. Diego Garcia Says:

    http://www.latercera.com/noticia/opinion/ideas-y-debates/2010/08/895-283960-9-la-casen-revisitada.shtml

    cordialmente

    Diego Garcia

  6. Diego Garcia Says:

    http://www.elmostrador.cl/opinion/2010/08/15/la-casen-en-las-comunas-y-el-espejismo-de-los-promedios/

    etcetera,

    saludos cordiales

    Diego Garcia

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