Una (nueva) mirada liberal a la educación

por Davor Mimica

La importancia de la educación de calidad como el principal igualador de la cancha social debiera primar por sobre la promoción de competencia entre proveedores, incluso cuando tal competencia es entendida como el principal motor de la economía. Esto se debe a que no basta con maximizar la calidad minimizando los costos, es necesario que la acción esté direccionada e intencionada, para pasar de una educación como fábrica de desigualdad, a una que sea la puerta abierta a las oportunidades para todos.

En Chile, la discusión sobre educación ha tenido siempre mucho que ver con la discusión económica, dividida entre quienes promueven más Estado, aceptando a regañadientes cierto rol del mercado y entre quienes promueven más mercado, entendiendo que algo de Estado es necesario.

Esta dicotomía es representada en forma casi perfecta por  quienes impulsan eliminar la participación privada en la provisión de educación, y  quienes impulsan un mayor rol del mercado como motor del sistema. Las banderas de cada uno de los bandos son el “derecho a la educación” y la “libertad de enseñanza”, respectivamente. Ambos principios claramente establecidos como iguales y complementarios en la Ley General de Educación.

El resultado de esta permanente discusión es que la educación chilena ha padecido las últimas décadas de lo peor de ambos mundos. Heredando desde el mundo estatal la inamovilidad práctica de los cargos (directivos y profesores), el exceso de burocracia en todos los niveles de administración y la falta de accountability de programas y actores. Y, desde el mundo pro mercado, ha heredado instituciones con casi ninguna regulación, libertad de emprendimiento que en ocasiones choca con la calidad de la educación, y actores que rehúsan entregar la información necesaria para el buen funcionamiento de cualquier mercado. El resultado, es que cuando un niño de escasos recursos entra al sistema, con casi total seguridad saldrá de él a mayor distancia -tanto real como potencial- de sus pares de mayores recursos.

Frente a lo anterior, para una mirada liberal, la educación tiene un rol mucho más importante para el futuro del país que si es o no un espacio económico para la competencia entre proveedores, o que si es o no un espacio más de control estatal. En efecto, la educación inicial y escolar de calidad son las principales herramientas con la que cuenta una sociedad para igualar la cancha entre las personas, permitiendo que las desigualdades de origen no se transformen en desigualdades de oportunidades. Esto es, a su vez, una condición imprescindible para que las posteriores diferencias socioeconómicas tengan algún grado de legitimidad, pues se basaría en condiciones iniciales razonablemente equitativas para todos. En cambio, si la cuna predice el destino de cada cual, se hace difícil invocar al trabajo, el talento o el mérito como el origen de esas diferencias.

Esto implica una educación que promueva la movilidad social más que la igualdad. Que logre potenciar las características propias de cada niño, logrando ser diferenciadora más que homogeneizadora. Pero al entregar oportunidades similares, debiera ser al mismo tiempo más abridora de mundos que entrenadora de oficios.

Ahora, como esta mirada liberal carece de los usuales traumas con el Estado o el mercado que tienden a ordenar la discusión de política pública, no  tiene una posición predeterminada respecto a qué ente debe proveer la educación, ya sea si ésta debiera ser producto de un mercado competitivo de actores privados, o si debiera ser provista por el Estado. Esto puede implicar, por ejemplo, que el Estado sea uno de los actores en competencia, si es la mejor manera de evitar distorsiones como comportamientos oligopólicos, o fallas como la falta de cobertura. Ambos esperables en un sistema con escasa integración,  profundidad y  liberado al mercado como el chileno.

La competencia es la razón de por qué bajamos de los árboles, salimos de las cavernas y llegamos a la luna. Está en nuestra naturaleza como uno de los mayores motores de nuestras acciones y tal vez como principal explicación de nuestros éxitos. Por lo mismo debiera ser parte central de nuestras relaciones como sociedad. Pero sólo con un punto de partida que sea justo para todos, es que podremos defender las diferencias producidas por esta competencia como resultado de que haya ganado “el más mejor”. La educación es el camino a esa justicia.

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