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EL BICENTENARIO SEGÚN LAGOS: VAMOS BIEN, MAÑANA MEJOR

septiembre 3, 2010

por Cristóbal Bellolio (publicada el domingo 29 de agosto en La Tercera, Cultura & Entretención)

Estamos mucho mejor que hace 100 años. Esa es la conclusión más destacada de “Cien Años de Luces y Sombras”, recopilación de ensayos convocados por la voz profunda del ex presidente Lagos. Tomando como punto de partida el Chile de 1910, las plumas seleccionadas por el editor coinciden en que el panorama bicentenario es comparativamente auspicioso. Esta idea, objetivamente autocomplaciente, es bastante bien recibida por el sentido común. ¿Qué cosas, acaso, nos gustaría reeditar de un siglo atrás? ¿Las condiciones laborales? ¿El estatus de la mujer? ¿La vocación rentista de la economía? ¿La impermeabilidad de las clases sociales? ¿Las exclusiones de la democracia? Salvo casos muy específicos, no estamos en condiciones de envidiar el Chile de nuestros antepasados, básicamente porque nos invade la convicción (o a veces la mera intuición) de que el que nos tocó vivir a nosotros es cuantitativa y cualitativamente mejor. Los autores de esta recopilación apuntan, en el agregado, en esa dirección.

El director de orquesta es indudablemente el propio Lagos, que abre los trabajos con su propio relato, en el cual esboza una panorámica de lo que viene después. En él, adquiere tres tonos diferentes y reconocibles: el historiador, el progresista, y el fundador.

Lagos historiador

No resiste la tentación de repasar pedagógicamente el siglo XX chileno, para que no se nos vaya a olvidar ninguna fecha trascendente, ninguna legislación transformadora, ningún presidente con su respectiva coalición. Claramente el texto pierde velocidad cuando se repasa por enésima vez el período de los radicales o el ascenso de Frei Montalva. En esos pasajes se asemeja más a un manual condensado de historia, como aquel de Frías Valenzuela que nos recomendaban leer en el colegio. Ricardo Lagos se viste de abuelo sabio, ese que cuando pequeños tomamos de la mano para recorrer las galerías adornadas de retratos y bustos solemnes. Quizás se haya hecho metodológicamente imposible hacerlo de otra manera. Quizás la única posibilidad de extraer lecciones en forma fluida y coherente haya sido volver al pasado. Quizás de esa forma adquiere pleno sentido el aprendizaje histórico, si es que algo como aquello existe.

En este rol, Lagos no discursea. Pasea, relata, recuerda, evoca, resume. Sin vértigo ni tensión dramática, nos conduce a lugares conocidos. Así consigue que lo que ocurrió hace 100 o 50 años lo consideremos parte de lo que somos hoy. Omite deliberadamente, eso sí, las “luces” que pudieron haber entre 1973 y 1990, donde el Lagos historiador no rescata prácticamente nada. Ni siquiera menciona a Pinochet. Tampoco, como lo hizo Alejandro Foxley en su momento frente a Hernán Büchi, reconoce las bases del modelo económico que la Concertación heredó de la dictadura y luego administró con mejoras. Lagos se vuelve aquí menos historiador y más testigo. Probablemente por esto, lo único que agradece de un período cubierto de sombras, es la llamada de atención sobre la necesidad de respetar irrestrictamente los derechos humanos.

Lagos progresista

Si estamos mejor ahora que hace 100 años es porque Chile ha progresado. No sólo en términos de crecimiento material, sino en una serie de indicadores de desarrollo humano dignos de destacar. Hemos derrotado el analfabetismo y la mortalidad infantil, extendida la cobertura educacional a todos los niños y jóvenes chilenos, el sufragio se ha hecho universal, las mujeres compiten con los hombres por los puestos de trabajo, y estamos discutiendo la procedencia del matrimonio homosexual. Lagos entrega una mirada optimista respecto de la evolución de los acontecimientos y de las perspectivas del futuro. En sus líneas se respira esa confianza en la razón de los hombres y en los procesos históricos que conducen. Porque no se puede ser progresista y pensar que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Lo llamativo es que todo el ascenso que describe va acompañado de la expansión del Estado. En efecto, su descripción del aparato público chileno hacia 1910 da la idea de un ente pequeño y atado de manos, sometido a la ortodoxia del laissez faire, a los privilegios de unos pocos y la suerte perra de la mayoría. Si hoy Chile es tanto mejor que hace un siglo, parece decir Lagos, se debe en gran parte a que hemos aprendido a utilizar la herramienta estatal. Y resulta difícil refutarlo aun para aquellos que ponemos el acento en la libertad individual como motor del bienestar. Su ejercicio de recordación histórica es persuasivo y los datos en su favor son evidentes. La ampliación de la democracia incorpora cada vez más demandas que deben ser satisfechas por el sector público, que crece progresivamente (salvo entre 1973y 1990) a lo largo del siglo XX. Aun así, Lagos evita la arenga socialista de viejo cuño que ve en el Estado la expresión de la voluntad general o la consagración organicista social. Por el contrario, señala que el verdadero objetivo del Estado es finalmente entregar las condiciones para que todos los ciudadanos puedan ejercer dosis considerables, y ojalá cada vez más amplias, de libertad. Este último pensamiento, dicho sea de paso, es también bastante progresista.

Lagos fundacional

Sin embargo, aparece entre líneas otro Ricardo Lagos, ese que nos recuerda que “estos (últimos) 20 años serán considerados los mejores desde el centenario de 1910”. Es un Lagos demasiado protagonista de la historia reciente como para exigirle distancia de los acontecimientos. Pero sería mezquino atribuírselo a una cuestión de ego político. Acá hay algo más: Lagos es un fundador. No sólo del PPD, su plataforma instrumental, sino de la propia Concertación, que tiene sus huellas digitales por todas partes. Y no es descabellado afirmar que tras la pérdida de todos los grandes consensos nacionales (aquellos de los cuales hablaba Gonzalo Vial), algo parecido a un nuevo gran consenso transversal ha surgido en estas últimas dos décadas, mérito en gran parte de la Concertación. A Lagos, por motivos obvios, le gusta subrayar que los grandes hitos se produjeron bajo su mandato (educación media garantizada, rechazo a la guerra de Irak, eliminación de los enclaves autoritarios de la Constitución, reforma de salud, entre otros), pero es incluso probable que tenga razón. Por esto es comprensible que el ciudadano Lagos se resista a que “la etapa Concertación” sea superada. Por esto se entiende que mueva los hilos para posicionar a los suyos en posiciones de poder, capaces de seguir aglutinando una coalición cansada. Porque si se acaba la Concertación, se acaba con ella su fundador. Pero esto no debiera preocupar mucho al Lagos fundador. Éste ya hizo su trabajo, con creces. Se ganó el derecho a que en 100 años más alguien escriba de él y del ánimo bicentenario, que por lo visto nos permite decir –ironías de la vida- que vamos bien, y mañana mejor.

Link: http://www.papeldigital.info/lt/2010/08/29/01/paginas/060.pdf

http://www.papeldigital.info/lt/2010/08/29/01/paginas/061.pdf

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