JUGANDO CON FUEGO

por Cristóbal Bellolio (publicada en la sección Calling from London de Revista Capital, edición N°288 del 5 de noviembre)

En Gran Bretaña, el drama tiene nombre: cortes en el gasto público. No sutiles, sino masivos. El malo de la película es el gobierno de coalición que reúne conservadores y liberal-demócratas. Aunque algunos sectores sensibles han logrado salvarse del machetazo (particularmente salud), no son pocos los medios que hablan del “desmantelamiento del estado de bienestar británico”.

Nadie discute la existencia del hoyo fiscal. La mayoría le echa la culpa a la crisis financiera originada en el sector privado, pero no faltan interpretaciones críticas del manejo de la era Brown. Aunque haya sido fugaz, alguien tiene que pagar el revival keynesiano. Luego, nadie discute que hay que hacer algo al respecto. Hay consenso en que el futuro se viene negro – arriesgando la bancarrota- si no se toman medidas. Donde no hay acuerdo en el tercera parte de la ecuación: qué medidas tomar.

La derecha en el poder tiende a resolver estas situaciones dentro de un marco bastante claro: hay que apretarse el cinturón y parar la maquinita de hacer dinero. Aunque el gobierno británico tiene conciencia de los costos sociales que esto implica, no parece amilanado por la impopularidad de sus anuncios. Dicen estar convencidos que los tratamientos que más duelen son a la larga más beneficiosos. La crítica del laborismo opositor no se ha hecho esperar: los cortes son demasiado extensos y profundos; hay aprovechamiento ideológico para debilitar el aparato público; no está claro cuál es el plan para revitalizar la economía en tan precarias condiciones.  

Vamos por parte: a ningún gobierno le gusta ser impopular. Aunque si hubiera que elegir, es mejor tomar las decisiones difíciles al comenzar y no cuando se está ad portas de la siguiente elección. Desde ese punto de vista, Cameron parece estar haciendo lo políticamente acertado. En segundo lugar, los conservadores pueden convencer al votante de que no había otra manera de revitalizar las arcas británicas, y que puestos en situaciones igualmente adversas, ellos son mejores que los laboristas para lidiar con el problema. La agresividad, elocuencia y credibilidad comunicacional serán factores decisivos en esa batalla. En tercer lugar, el gobierno no puede transmitir sensación de prescindencia o indiferencia frente a los costos sociales de los cortes. Métodos paliativos deben entrar a la cancha en forma visible y sustantiva. Finalmente, sólo queda esperar que los resultados de tan difícil cosecha salgan a la luz antes de ser evaluados por la ciudadanía.

Este set de armamento político (oportunidad, calidad, mitigación y resultados) puede ser aplicado básicamente en cualquier escenario similar. Pensemos por un momento en la presidencia de Michelle Bachelet, que tuvo dos primeros años complejos y que posteriormente salió a flote en inéditas condiciones de popularidad. Como pocas veces, los chilenos percibieron que el manejo económico del gobierno era el adecuado (es decir, la transmisión de ese mensaje fue efectiva) y que existían los paliativos necesarios en caso de vulnerabilidad (en nuestro caso, la publicitada puesta en marcha de una red de protección social). Lo que no alcanzó a gozar la Concertación fue la curva ascendente de la economía que seguramente desplegará su potencial en el actual mandato de Sebastián Piñera.

No está dicha la última palabra para la coalición de conservadores y liberales en Gran Bretaña. Están jugando con fuego, pero todavía cuentan con el respaldo mayoritario de la población. Se vienen tiempos difíciles y el discurso político se orientará a pedir paciencia, lo que nunca es el mejor de los escenarios.

Winston Churchill condujo a los ingleses a la victoria en la segunda guerra, exigiendo de su pueblo “sangre, sudor y lágrimas”, pero una vez terminado el conflicto perdió la reelección frente al laborista Clement Attlee. Por el otro lado, el recuerdo thatcheriano aviva las esperanzas en la capacidad de asumir el descontento de importantes actores sociales y aun así proyectarse electoralmente, aunque en este caso Cameron no tiene Malvinas para echar mano.

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