ENTRE LA PACIENCIA Y LA IMPOTENCIA

por Cristóbal Bellolio (publicada en la sección Calling from London de Revista Capital, edición N°289 del 19 de noviembre)*

La semana pasada Londres se llenó de estudiantes en las calles protestando contra los cortes del gasto público en educación. Aunque los carteles ridiculizando al primer ministro conservador David Cameron eran numerosos, aun más manifestantes eligieron como blanco al vice-primer ministro Nick Clegg, líder de los Liberal-Demócratas. 

No lo están pasando bien los Lib-Dems en el gobierno de coalición que comparten –como aliado minoritario- con el Partido Conservador. Han visto reducida su popularidad de un 24% a un 9% en cuestión de meses. Varios de sus parlamentarios desaprueban la forma en que se conduce el gobierno y crecen los rumores de un desembarco masivo. Si ello llegara a ocurrir, el gobierno de coalición perdería su mayoría en la Cámara de Representantes y por ende, caería.

Dos cuestiones resultan relevantes y extrapolables del caso británico. La primera responde a la generosidad o frugalidad de promesas de campaña. El partido de Clegg es acusado por parte de la ciudadanía –y por sus propios adherentes- de traicionar las banderas que enarboló en época eleccionaria. Los Lib-Dems se mostraron en su oportunidad contrarios a la reducción del gasto público en varias áreas sensibles, especialmente educación. Hoy se les pasa la cuenta porque el gobierno del cual son parte anuncia justamente cortes en el aporte estatal a las universidades. La crítica es, entonces, legítima. Probablemente los actores políticos que tienen poco que perder y mucho que ganar (es decir, los chicos) tienen más incentivos para ser generosos en promesas. Ya que hay pocas expectativas de llegar al poder, hay escasas posibilidades de rendir cuenta por ellas. Si este razonamiento es correcto, entonces los Lib-Dems no tomaron en consideración sus posibilidades reales de ejercer el poder, aunque sea en conjunto con otros actores.

Pero consideremos que los Lib-Dems siempre han sido favorables al involucramiento –al menos financiero- del Estado en una serie de ámbitos, entre los cuales está la educación, la salud y la seguridad social. Cuesta criticar una promesa cuando es sincera. El segundo problema entonces está en los mínimos programáticos sobre los cuales se basa esta coalición. Los británicos no están acostumbrados a lidiar con este asunto, dado que normalmente un solo partido logra mayoría para constituir gobierno. Hoy, sin embargo, se enfrentan al escenario de identificar ciertos acuerdos básicos que orienten la acción conjunta, restando las diferencias en la periferia. Conducir coaliciones diversas no es sencillo, menos cuando se está en el poder. Si los Conservadores no quieren poner en riesgo su oportunidad de gobernar, entonces deberán hacer notorias concesiones al mundo Lib-Dem para evitar la fuga y el posterior desbarajuste.

En Chile tenemos algo de experiencia en gobiernos de coalición. La Concertación fue sabia administrando la diferencia de sus componentes durante 20 años. Cada vez que emergían temas que erizaban sensibilidades opuestas –desde el aborto hasta Venezuela- alguien se encargaba de recordar los acuerdos básicos que los mantenían unidos (casi siempre dedicando palabras a Pinochet y a la recuperación de la democracia). Pero a diferencia del caso británico, nuestra Concertación exhibía un precario equilibrio de fuerzas entre el llamado mundo humanista-laico y el humanista-cristiano. En Gran Bretaña, en cambio, la coalición de gobierno contiene dos fuerzas políticas notablemente asimétricas. Más aun, los sondeos de opinión muestran que el partido de Cameron no pierde sino incluso sube su adhesión. 

¿Y la Coalición por el Cambio? También posee una correlación razonable de fuerzas, lo que contribuye a su estabilidad. Sería interesante examinar si, desde el punto de vista ideológico, se trata también de una coalición que aglutina liberales y conservadores. Todo parece indicar que no, en la medida que los segundos tienen el control de de los dos partidos que la sustentan. Los liberales chilenos, como en muchas partes, tienen problemas para ubicarse en el mapa político que sólo se divide en izquierda o derecha. 

El propio Nick Clegg indicó que no había futuro para los Lib-Dems a la izquierda del laborismo. Existe consciencia que en algunos temas (como inmigración o libertades individuales) pueden ser aun más radicales. Pero aun así, después de 13 años de Blair-Brown, los Lib-Dems optaron por un cambio de timón y quisieron ser parte de él. Al tomar la decisión, Clegg reconoció que siempre había mil razones para rechazar lo nuevo, pero aun así había que embarcarse en ello. Algunas de esas razones salen a flote hoy, mientras se debaten entre tener paciencia y sentir impotencia.

 *Agradezco a Javier Sajuria por sus útiles comentarios sobre la situación política británica.

Link: http://www.capital.cl/calling-from-london/entre-la-paciencia-y-la-impotencia.html

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: