CONTRA LA OBLIGATORIEDAD DEL VOTO

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 26 de noviembre)

Los defensores del voto obligatorio se han multiplicado. Sus argumentos no son sólo razonables, sino sugerentes y a ratos persuasivos. Por lo mismo considero necesario rebatir algunos de ellos para demostrar que la voluntariedad del voto no sólo es preferible por su evidente popularidad, sino que también descansa en presupuestos intelectuales sólidos y convincentes.

Su piedra angular es el respeto a la libertad individual. Puede parecer obvio, pero algunos académicos y columnistas rechazan este punto. Según ellos, los deberes democráticos no constituyen violación de libertad alguna. Me parece que se equivocan. Si el Estado me puede forzar a concurrir al local de votación, o puede sancionarme si no lo hago (que para el caso es lo mismo), entonces hay una clara afectación en la libertad de las personas, quienes ven reducidas sus posibilidades de acción o de elección. Si el voto es una libertad política –del tipo que nos permite participar en la conducción de los asuntos públicos- entonces su ejercicio debe ser decidido en forma autónoma y no exigido coercitivamente. Si el voto es voluntario, el poder reside en el individuo. Si es obligatorio, en la autoridad.

La mayoría de los comentaristas han aceptado que la obligatoriedad acarrea problemas para la libertad individual. Pero coherentemente han sugerido que se trata de una afectación necesaria. Algunos de ellos han puesto sobre la mesa cierta evidencia empírica: en países con voto voluntario habría menos incentivos para llevar adelante políticas públicas orientadas hacia los más desfavorecidos. No discutiré dicha evidencia aquí.  Sí me parece importante destacar que en este caso se pide sacrificar libertad en nombre de otro valor, llámese equidad o justicia social. Es un camino que podemos tomar, pero que resulta incompatible con la prioridad de la libertad en un sistema de valores políticos, en el cual la restricción de la libertad personal no se hace aceptable porque es capaz de generar más bienestar social. Esta fórmula puede ser aceptada desde una lógica utilitarista o colectivista, pero no liberal.

Otros han evitado este tipo de colisión de valores argumentando que el voto obligatorio coarta la libertad pero en nombre de la propia libertad. Si éste fuera el caso, los liberales no tendrían mucha escapatoria. Piense en las normas que regulan el uso de la palabra en un debate; si bien es cierto que limitan nuestra libertad para hablar, si no fuera por ellas muchos no podrían hacer uso de la palabra ante la tendencia de algunos a monopolizarla. Es decir, la libertad debiera ser mínimamente afectada para preservar el sistema que nos permite justamente disfrutar de todas las libertades, es decir, la democracia.

No desconozco que la relación entre democracia y respeto a las libertades está a la vista, pero cosa distinta es sostener que éstas dependen de algún grado de participación electoral. Si lo que hacemos al acudir a la mesa de votación es renovar nuestras autoridades ejecutivas, legislativas y municipales, la teoría política y legal tiene fuertes argumentos para señalar que mucho más importante es contar con textos constitucionales que garanticen dichas libertades y poderes judiciales independientes capaces de hacer cumplir dichos textos. Desde el punto de vista liberal, es más importante cómo se gobierna que quién gobierna. Por lo demás, desde la perspectiva de la democracia como expresión amplia de la influencia de la opinión pública sobre la conducción del gobierno, hoy existen múltiples y documentados mecanismos –desde encuestas hasta movimientos de la sociedad civil- que complementan la pasada por las urnas. Nada de esto desmerece el valor de la democracia, pero sí cuestiona la tesis de que sin participación total de la ciudadanía en los procesos eleccionarios la tiranía está a la vuelta de la esquina. No creo que nadie sostenga, dicho sea de paso, que perdimos la democracia y las libertades en 1973 por falta de compromiso político o cívico de los chilenos.

Finalmente, me gustaría refutar la tesis que con cierto fundamento plantea que quien no vota es un free rider, es decir, alguien que se beneficia o aprovecha del trabajo del resto sin hacer la parte que le corresponde. En primer lugar porque, como vimos, no es la democracia la que posibilita la libertad individual, sino la que nos ayuda –normalmente- a garantizarla. En segundo lugar porque quien se abstiene de votar no pone ninguna carga en quien sí lo hace. Todo lo contrario, el voto de este último adquiere mayor peso relativo en un universo menor de votos. Y en tercer lugar, si quien se abstuvo acepta las reglas del juego y sus resultados –no puede sino hacerlo en un sistema de inscripción automática- entonces parece plausible aplicar el refrán “quien calla, otorga”, funcionando su abstención como una verdadera delegación –y no renuncia- de su derecho.

En síntesis, sólo el voto voluntario es compatible con el respeto irrestricto a la libertad individual, siendo su sacrificio no enteramente justificado por otras consideraciones de equidad o de libertad en sí misma. No hay problema en seguir hablando del sufragio como deber cívico o incluso como deber moral. Pero no es deseable que se trate además de un deber jurídico.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2010/11/26/contra-la-obligatoriedad-del-voto/

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4 comentarios to “CONTRA LA OBLIGATORIEDAD DEL VOTO”

  1. Sabina Atalaski Says:

    Creo que los entes que componen una sociedad deben aceptar las responsabilidades a que ésta le obliga. Así como no es “conversable” si uno paga o no paga impuestos (que benefician a toda la sociedad), bajo mis parámetros tampoco es conversable si se vota o no… es una de las obligaciones que debemos tomar aquellos seres adultos que la componemos.

    Comprendo y en cierta medida comparto los puntos por tí esgrimidos en este post. Pero creo que si bien nunca será demasiada la libertad de los ciudadanos, hay temas donde no podemos transar, pues son necesarios para el debido cumplimiento de las normas que nos deben regir.

    Personalmente no comprendo que alguien reniege del poco poder que el voto te da. No entiendo que alguien no quiera ejercer su derecho de decir si está o no de acuerdo con algo, o de elegir a quien le representará. Es mi opción personal, claro está… pero no es sólo eso… es mi responsabilidad tomármelo con seriedad y hacerlo a conciencia. Y acá entramos a un terreno aún más complejo… cuántos de los que votan (por temor a la “represalia” de no hacerlo), lo hacen realmente a conciencia. Cuántos revisan el actuar de las personas por las cuales votaron. Creo que no son demasiados (en el entendido de que todos deberíamos hacerlo). Necesitamos crear conciencia cívica en nuestros niños desde pequeños, hacerles entender lo importante de los procesos democráticos, encantarlos con la política… ése es el camino. No seguir pidiendo libertades, comprometerlos con la sociedad que están recibiendo (ya mala) y que ellos quieran cambiarla. Ha sido al menos mi trabajo con mi hija desde siempre y puedo asegurarte que no es trabajo en vano.
    Quien no tiene la posibilidad de votar, pierde la capacidad de expresarse. Y eso, jamás será un tema menor.

  2. javier Says:

    Si fuese ese el argumento a favor del voto “voluntario”. ¿Por qué no lo veo tan entusiasmado publicando sobre el servicio militar “obligatorio”? y qué hay respecto al voto obligatorio con desinscripción voluntaria

  3. vozyvoto Says:

    Sabina, nada de lo que señalas contradice la columna. La posibilidad de votar no está en entredicho, sino la obligatoriedad de hacerlo. Si nos quitan la posibilidad, entonces hay una violación a la libertad política. Pero mientras no nos obliguen, la oportunidad de expresarse sigue intacta.

    Sobre la educación cívica y la votación a consciencia no puedo estar más de acuerdo. Pero nuevamente, no contradicen la columna. Uno de los propósito de la educación es justamente entregar las herramientas para ejercer la libertad. No habría mucha necesidad de educar o crear consciencia si van a estar todos igualmente obligados a realizar una conducta. Y cuidado con el voto obligatorio, que es probablemente el que más anticipa tu temor al voto “irresponsable” (ciudadanos que sólo asisten a las urnas por temor a la sanción, sin importarles el proceso o el resultado).

    El comentario de Javier sencillamente no lo entendí. ¿Cómo voy a publicar entusiasmado a favor de la conscripción obligatoria si ni siquiera creo en el voto obligatorio?

    El voto obligatorio con posibilidad de desinscripción no me seduce particularmente, pero reconozco que puede ser una salida de compromiso aceptable para -casi- todos.

  4. Luis Larrain Says:

    Estoy de acuerdo con Cristóbal Bellolio en que la primacía de una visión libertaria debiera llevarnos a rebelarnos contra la obligatoriedad del voto. No se trata de desconocer la importancia de un sistema democrático ni el valor que tiene, pero de allí no se colige automáticamente que uno deba cercenar una libertad, la de no votar, para privilegiar ese otro bien. Agrego otro argumento que es que en el razonamiento pro voto obligatorio basado en que los más pobres ejercerían menos ese derecho que los ricos si es que es obligatorio hay una suerte de desprecio al discernimiento de los más pobres que revela una visión paternalista (típica del socialcristianismo).
    ¿No será más bien que los pobres no votan por sus supuestos defensores porque no les creen y consideran que votar por ellos no hará una diferencia a su favor sino que los “votados” utilizarán el poder así obtenido en su propio provecho? Es una conclusión más compatible con una visión liberal.

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