VIVIR BAJO VIGILANCIA

por Cristobal Bellolio (publicado en la seccion Calling from London de Revista Capital, edicion 292 del 30 de diciembre)

Durante la última campaña, los liberales británicos pusieron sobre la mesa un tema que desde hace un tiempo venía produciendo rechazo entre sus filas: la excesiva vigilancia que el Estado ejercía sobre sus ciudadanos a través de cámaras de seguridad. En efecto, Londres es la ciudad con más dispositivos de vigilancia de este tipo en el mundo: si a las cámaras que utiliza la policía se suman las utilizadas por el comercio privado y el transporte público, se calcula que existe una por cada 12 habitantes.

Las razones que molestan a los liberales son de doble índole. La primera es el compromiso con las libertades civiles. En la caricatura, recuerda las peores distopías orwellianas donde un Gran Hermano conoce todos nuestros movimientos (no es casualidad que el primer reality show de fama mundial haya tomado ese nombre). Nos recuerda también al panóptico ideado por Bentham y analizado por Foucault, esa prisión ideal donde todos los reos pueden ser vistos pero ellos no pueden ver nunca al gendarme. ¿Pero por qué debería molestarles a las personas cumplidoras de la ley esta permanente vigilancia? ¿Acaso no es cierto que “quien nada hace nada teme”? Puede que “nada tema”, pero es razonable que una porción de las personas no quiera sentirse observada. Para ellos, una ciudadanía que vive bajo atenta observación se asemeja bastante a un colectivo de sospechosos. Y nadie quiere sentirse sospechoso. A nivel agregado y persistente en el tiempo, genera atmósferas de paranoia, incertidumbre y desconfianza. Los promotores de las CCTV (Closed-circuit television) argumentan que el objetivo es justamente el contrario: las cámaras deberían ser garantías de seguridad y confianza para las personas decentes.

La segunda razón esgrimida por los políticos liberales es de orden práctico: son caras y su eficiencia en el control del crimen es dudosa. Según algunos estudios, su influencia ha sido prácticamente imperceptible, pero también hay evidencia en contrario. Más que en su capacidad de prevenir, las cámaras han sido ocasionalmente provechosas en la identificación de algunos sujetos involucrados en delitos. Pero hay otras cuestiones espinudas: se ha reportado la filtración de los videos de seguridad (¿cuánto no pagaría un tabloide sensacionalista por una borrachera callejera de una estrella de cine o de un miembro del parlamento?), lo que obviamente abre una discusión mucho más profunda sobre el derecho a la intimidad de los ciudadanos, incluso en lugares públicos.

En Chile estamos en la etapa en la cual aplaudimos todo lo que parezca asociado a la mano dura. Más cámaras en las esquinas del centro de Santiago significan que más malos patos irán a parar a la cárcel. En contextos en los cuales la delincuencia se eleva como la principal preocupación de la ciudadanía, cualquier discurso que vaya contra la corriente se ve seriamente penalizado por la opinión pública. Aun así, eso no impide hacerse un par de preguntas, como diría Ricardo Lagos, respecto de qué tipo de sociedad estamos construyendo.

Hoy en Londres se ven afiches que piden a las personas reportar cualquier actitud extraña que vean en la calle o en el bus. Podemos interpretarlos como expresiones de una nación que busca legítimamente protegerse a sí misma (especialmente cuando el objetivo es frustrar planes terroristas). Pero por otro lado se ubican muy cerca de una  cultura que, si bien no necesariamente incentiva la delación, sí busca pasar el peso de la prueba a lo que se vea distinto, inusual o curioso.

Los conservadores de David Cameron acusaron en su minuto a los laboristas de estar construyendo un país bajo vigilancia. En alianza con los liberales, incluso lograron echar abajo la idea de crear una cédula nacional de identidad para cada ciudadano por considerarla abusiva contra las libertades individuales. Hoy no parecen echar pié atrás con el sistema de CCTV. Pasó a ser un instrumento más del poder. El problema es que la narrativa política que impulsa el nuevo gobierno y que busca revitalizar a Gran Bretaña bajo el lema de la Big Society –en la cual son las comunidades y no el Estado las principales responsables de llevar adelante los proyectos de vida de sus miembros- se basa en gran medida en la capacidad de generar confianzas interpersonales. Es esa demanda de confianza la que suena un tanto inconsistente cuando se pide a punta de cámara escondida, estaciones de monitoreo y extendida vigilancia.

Link: http://www.capital.cl/calling-from-london/vivir-bajo-vigilancia.html

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: