Archive for 28 febrero 2011

LONDONISMO

febrero 28, 2011

por Cristóbal Bellolio (publicada en la sección Calling from London de Revista Capital, edición del 25 de febrero de 2011)

En enero de 2000, Joaquín Lavín estuvo cerca de llegar a la presidencia de Chile desde la municipalidad de Las Condes. Cuenta la leyenda que la travesía comenzó 5 años antes, cuando el entonces diputado Longueira convenció a Lavín de que era posible pasar directamente de un sillón edilicio a la primera magistratura del país, como lo acababa de demostrar Jacques Chirac saltando de la alcaldía de París a la presidencia de Francia. Ignoro si la historia es verídica, pero lo que es indiscutible es que desde entonces todos los partidos políticos chilenos han mirado el trabajo local con un poco más de respeto.

El mismo respeto se está ganando en la política británica el Mayor of London, Boris Johnson. Miembro del Partido Conservador, los analistas anticipan que será el más complicado rival que enfrentará David Cameron por el liderazgo interno en los próximos años. Sus estilos están en las antípodas: mientras el actual primer ministro es más bien opaco, rígido y formal, Johnson es carismático, deslenguado y desguañangado.

Valga la aclaración: la jurisdicción del Mayor of London, por extensión territorial, se parece más a la de nuestros intendentes regionales que a la de nuestros ediles comunales. Sus atribuciones son amplísimas y la calidad (buena o mala) de su gestión se siente en la vida de millones de londinenses. Pero el asunto de fondo no está en el particular estilo de Boris Johnson. Durante los casi tres años que ha permanecido en el cargo algo especial se ha generado en torno a la ciudad que dirige. En una de sus últimas ediciones, The Economist habla del “Londonismo”, como si se tratase de una nueva ideología.

¿De qué se trata? Londres se vende a sí misma como la primera y genuina ciudad global. No es casualidad que la campaña que le dio a Londres la sede de los Juegos Olímpicos 2012 se haya basado en esta característica y no en ser la capital del Reino Unido. No hay que ser muy observador para darse cuenta de que la etiqueta tiene fundamento. Suelo compartir el paradero con raperos negros, mujeres musulmanas completamente cubiertas -salvo los ojos-, varios prototipos del lejano oriente que no soy capaz de distinguir, el clásico inglés de elegancia superlativa y uno que otro judío ortodoxo de rizos negros. Manejando el bus viene montado un joven Sikh de turbante naranja.

La apuesta cosmopolita de Londres puede traerle problemas a Cameron (que acaba de anunciar que el multiculturalismo es un proyecto fallido) y a la derecha nacionalista inglesa, pero para Boris Johnson y su Londonismo es puro beneficio. De hecho, el Mayor of London ha enfrentado a su partido cada vez que los conservadores han intentado bajarle los decibeles a la inmigración.

Esta veta de apertura cultural se combina con fuerte impulso al negocio y al movimiento de capitales. Más mano de obra, más inversión, más crecimiento, parece ser la fórmula del Londonismo. Pero no todo queda relegado al sector privado. Johnson también exige del sector público una activo involucramiento en el mejoramiento de calidad de vida de los londinenses, particularmente en transporte e infraestructura. Por todo lo anterior es difícil saber si el Londonismo es una doctrina de derecha o de izquierda. Pro inmigración, pro mercado y pro servicios públicos suena una receta heterodoxa.

El próximo año Boris Johnson debería reelegirse. Su adversario será su antecesor en el cargo, el laborista Ken Livingstone, quien para muchos es el verdadero promotor del renacer de Londres y de su pragmática ideología. Sea cual sea el resultado, es el Londonismo el que gana.

¿Existe en Chile algo semejante? ¿Puede hablar Claudio Orrego del Peñalolenismo o Manuel José Ossandón del Puentealtismo –por citar dos jefes locales con aspiración presidencial-? Probablemente no. Si bien es cierto que individualmente han alcanzado notoriedad, los chilenos en general no sabemos qué filosofía distintiva opera detrás de sus premiadas gestiones. No se trata de saber si existe el peñalolenino o puentealtino de corazón, sino de si existe un modelo de gestión fundado en ciertas premisas ideológicas aplicables sólo en ese contexto e independientes del conductor de turno.

Por su parte, y dado el sistema político británico, si Johnson quiere conducir gobierno debe ser elegido parlamentario. No le costaría demasiado (de hecho, lo fue hasta 2007). Pero sólo sería para cumplir con el requisito. Ha sido el City Hall y no Westminster el que ha desatado su popularidad.

Link: http://www.capital.cl/calling-from-london/londonismo-2.html

POLÍTICO, NO PREDICADOR

febrero 11, 2011

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 11 de febrero de 2011)

“No soy predicador, soy político y parlamentario”, sostuvo el senador Jovino Novoa en una reciente entrevista, promoviendo una sutil pero significativa apertura del gremialismo en la llamada “agenda valórica”. Digo que es significativa porque Novoa sigue estando en el lado conservador del espectro político. Defiende la tradición y seguramente comulga en misa dominical. Pero sus argumentos no apelan a la divinidad. Por el contrario, como él mismo señala, “son todas cosas racionales”.  

No hay –ni debiera haber- ningún obstáculo para que los grupos conservadores de la sociedad chilena participen en el debate público favoreciendo las políticas que estimen convenientes. Lo que sí resulta problemático es que lo hagan a través de argumentos religiosos.

Muchos cristianos – especialmente los que entienden la política como una misión- se rebelan ante esta exigencia del estado liberal. Llevar las creencias en la casa para dejarlas en guardarropía a la entrada del Congreso o La Moneda les parece una demanda esquizofrénica. Las personas no pueden partirse en dos, alegan.

En algo tienen razón: lo que se les pide es privatizar su fe. Lo que incluye la esfera privada es discutible, pero generalmente cubre la vida familiar, la educación de los hijos, las distintas instancias asociativas e incluso el trabajo diario. Donde no pueden cargar las banderas religiosas es en los particulares rincones de la deliberación pública, aquella que tiene por objetivo generar normas obligatorias para todos los ciudadanos.

Algunos creen, equivocadamente, que esto es una típica manifestación de intolerancia secular, una maniobra de liberales que no asignan el debido respeto o no valoran la importancia de la religiosidad. La razón es precisamente la opuesta. Se les pide que abandonen el argumento religioso en el debate público justamente como una manera de ofrecer respeto en una comunidad política formada por iguales. La apelación divina sólo hace sentido para aquellos que comparten dicha fe. Los asuntos de Estado, en cambio, deben tratarse en terreno común, donde las razones esgrimidas sean entendidas por el adversario.

Piénselo de esta manera: una docena de amigos se reúne a tomar unas copas. La mayoría son latinos. Pero hay una pareja de ingleses, un alemán y un coreano entre ellos. Si los latinos comienzan a hablar en castellano, estarán automáticamente excluyendo a los que no saben hablar su lengua. Para revertir la situación, alguien propone llevar adelante la reunión en inglés, ya que todos dominan ese idioma. Los latinos acceden. Pero no lo hacen porque el inglés sea más rico en recursos lingüísticos, sino porque es una forma de mostrar respeto ante sus pares, al incluirlos en condiciones de igualdad a la conversación.

Al utilizar el argumento religioso son los creyentes quienes implementan una táctica excluyente que damnifica el diálogo democrático. Los no creyentes no pueden deliberar sobre la base de qué políticas públicas complacen o desagradan al Señor. Esto no significa –Jovino Novoa lo entiende bien- rendir las convicciones. Las razones para oponerse al aborto no se agotan en creer que la vida es “un don de Dios”. Los fundamentos para rechazar el matrimonio homosexual no se limitan a la cita bíblica  de “macho y hembra los creó”. Los grupos conservadores chilenos están en condiciones de construir argumentos racionales, consistentes e incluso persuasivos para sostener todas o parte de sus posiciones, sin recurrir a la autoridad de un ser superior o de sus vicarios en la tierra.

Para una minoría estrecha, aceptar esta exigencia es transar un buen ciudadano por un mal cristiano. Pero contribuyendo a crear las bases de un sistema político que trata a todos sus actores con igual respeto, ponen de manifiesto la caridad que debiera inspirar su actuación pública. Los partidos de raigambre cristiana (especialmente la UDI, RN y DC) deben hablar en un idioma que los demás participantes de la discusión entiendan. Como políticos, y no como predicadores.  

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/02/11/politico-no-predicador/

Familia, Adopción y Parejas Homosexuales: Testimonio en Iowa

febrero 4, 2011

Los dejamos con la intervención de Zach Wahls, un estudiante de 19 años de la Universidad de Iowa, durante una de las sesiones en que la Cámara de Representantes de dicho estado debate sobre la posibilidad de anular las uniones civiles entre personas del mismo sexo. Agradecimientos a Paz Zárate por el dato.