EL VOTO DE INÉS

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 11 de marzo de 2011)

Los concejales de la Concertación no se aparecieron. Se habían puesto de acuerdo, con la venia de las autoridades partidarias, para boicotear la sesión que debía elegir al sucesor de Jorge Gajardo en la alcaldía de La Florida. Hicieron lo que en jerga futbolística se denomina un W.O. Si alguna vez ha estado en una cancha esperando a un rival que no llega, entonces el lector sabe perfectamente lo que esto significa. O, si lo prefiere, es como faltar a una prueba porque no se está suficientemente preparado, lo que tampoco es bien visto entre los compañeros que le ponen el hombro y no se hacen los enfermos. “Están en su derecho de hacerlo” dijo el timonel socialista Osvaldo Andrade. Puede que tenga razón. Pero es una pobre explicación viniendo de una oposición que no pierde oportunidad de recordarle al Presidente Piñera que no basta con cumplir la ley, sino que además hay que estar éticamente a la altura de las circunstancias.

El factor tiempo, dicen en la Concertación, podría cambiar el escenario. La presión –o el matonaje- sobre la concejala Inés Gallardo podría finalmente dar resultado. Todo vale con tal de retener el poder en una de las comunas más populosas de Chile. Con tal de no “regalársela a la derecha”.

Por supuesto, Andrade y compañía sienten que políticamente La Florida les pertenece. Ellos representan a la mayoría según la contienda del 2008. Les parece injusto que cambie de manos por los problemas personales de un alcalde o la vuelta de carnero de un concejal. El discolaje, apuntan, es el origen de los males de la democracia. Para fortalecer la política, dicen, hay que partir por respetar las decisiones colectivas. En ese contexto, nada mejor que un sistema que permita a las cúpulas partidarias elegir a dedo a los reemplazantes, como ocurrió hace poco con los nuevos senadores Uriarte (UDI) y Larraín (RN). Sin embargo, por razones obvias, a los chilenos esta solución no les cae bien.

Preguntarse a quién le pertenece el voto de Inés es mucho más relevante que la pugna picante entre Carter y los Sabat o el Dicom del futuro alcalde. Significa preguntarse quién es el dueño de la representación política en Chile. Si creemos que Inés le debe su cupo al PPD, entonces es el PPD quien debiera disponer de su voto y se acabó el asunto. Si creemos, en cambio, que los floridanos la pusieron a ella en el concejo municipal y no a su partido, entonces ella goza de autonomía para votar a conciencia, especialmente después de haber renunciado a su militancia. Lo mismo pasa con el ex alcalde: ¿los electores votaron por Gajardo o por el PS para ocupar el sillón municipal? Lo que nos lleva a la clásica disyuntiva: ¿Votaron por la persona o por el partido?

Imagínese ahora, como lo creen la mayoría de los chilenos particularmente tratándose de elecciones municipales, que los floridanos votaron por la persona. En consecuencia, que ni el PPD ni el PS tienen derechos adquiridos sobre votos o sillones. Entonces no sólo resulta aceptable, sino moralmente imperativo que Inés Gallardo se incline por quien considera más apto “profesional y personalmente”, como ha dicho. Sería absurdo exigirle que lo hiciera por el más inepto. Teóricamente, da exactamente lo mismo quien resulta beneficiado. Si fuera un concejal UDI dándole el cargo a su par del PPD se aplicaría exactamente la misma lógica. Es un error gigantesco asumir que en esta batalla la UDI impone sus términos. Creo, por el contrario, que la concejala Gallardo sin saberlo le propina al gremialismo una tremenda lección: la incondicionalidad termina cuando las aberraciones son evidentes

La Concertación, por su parte, desnudó su lado más triste. Instaló un alcalde mediático que no estuvo a la altura, visibilizó el caudillismo de un diputado que lleva la friolera de 21 años sentado en la Cámara, y utilizó malas artes –aunque legales- para postergar la votación del nuevo edil y darle un nuevo gobierno comunal a La Florida.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/03/11/el-voto-de-ines/

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6 comentarios to “EL VOTO DE INÉS”

  1. Diego García Says:

    “La incondicionalidad termina cuando las aberraciones son evidentes”. Concedamos, para efectos de tu argumentación, que tienes razón en tus reproches al proceder de la Concertación. ¿Cómo entonces no decir ni una sola palabra acerca del proceder de RN que votará en bloque para que asuma como alcalde un personaje que no sólo forma parte de una coalición que no ganó esa elección, sino que además tiene un curriculum que más parece un prontuario? La concejala le dará tal lección a la UDI que con ello le regalará un alcalde. Ya veo cómo se te ha pegado el fino humor inglés. La parcialidad de esta columna es asombrosa, “la nueva forma de razonar” una vez más se supera a sí misma. Felicitaciones!

  2. vozyvoto Says:

    Bueno, ironía y odiosidad aparte, podríamos discutir si la columna es o no parcial, lo que tampoco me parece tan relevante (no es el objetivo de un columnista conseguir la neutralidad exacta, sino dar una interpretación y someterla a juicio).
    La lección a la UDI, supongo que lo entiendes, esta en la capacidad de romper la lealtad (lo que algunos llaman traición) cuando ya no se puede defender lo indefendible. No sé si en este caso llegamos a tal extremo, pero son las razones que ha dado la concejal Gallardo.
    El prontuario del futuro alcalde es harina de otro costal. Podemos añadirlo al análisis pero me parece que para efectos de aclarar un principio (llámese “el voto es personal y no le partido”) es indiferente quien sea el beneficiario. Supongo que en eso tb coincides.
    Lo que sí me parece atendible es “el voto en bloque de RN”, porque en ese caso hubo una orden superior para ordenar a los concejales, trizando su supuesta autonomía y contradiciendo el principio arriba expuesto.
    Espero te haya quedado más claro ahora,
    Saludos

  3. Diego García Says:

    En resumen, un columnista es alguien que expresa ideas originales y provocadoras (Bellolio, agosto 2010) y que no pretende neutralidad exacta (Bellolio, marzo 2011). Ello le permite, de manera provocadora y original, referirse a otros como fanáticos, calificar a sus lectores de histéricos y analfabetos funcionales (Bellolio, agosto 2010), o atribuirles odiosidad (Bellolio, marzo 2011). Los que no son columnistas, sino sólo lectores de columnistas, aparentemente tienen menos atribuciones para ejercer “la crítica de la crítica” cada vez que un columnista realiza sus provocaciones, o cuando sostiene una proposición y se niega a proporcionar el fundamento de la misma, por ejemplo al insinuar que la CASEN es el Transantiago de Bachelet y no allegar ningún elemento de juicio que lo sustente. El columnista considera que hacer uso de un titular con efectos comunicacionales constituye una premisa de un “análisis” [sic] (Bellolio, agosto 2010). Tiene derecho a decidir lo que es pertinente como elemento de juicio de una columna, pero le niega esa atribución a sus lectores críticos. Así, escribe sobre lo que le parece reprochable de una coalición política en una comuna, y no agrega ni media línea sobre un comportamiento tanto o más reprochable de la otra coalición en el mismo asunto. Concluye que es discutible que eso constituya una expresión de parcialidad, mal que mal es parte de sus atribuciones no pretender neutralidad exacta. Con todo, concede que es atendible (es decir, digno de atención) la observación que el lector de la columna considera perentoria para que el análisis -provocador y original- puede considerarse imparcial. En cualquier caso, al columnista la imparcialidad de sus columnas no le parece ser lo más relevante. El lector del columnista piensa si valdría la pena recomendarle alguna lectura relativa a la relación entre justicia e imparcialidad, pero imagina que el columnista ya habrá leído y meditado bastante sobre esto, como buen liberal que afirma ser.

    El columnista, al parecer, pretende establecer como principio general que los representantes populares, pertenecientes a un partido político, pueden ejercer su cargo a su libre arbitrio y no rendir cuenta más que ante su conciencia. No deja traslucir si ese principio podría tener excepciones ni cuáles serían ellas. El lector del columnista recuerda un día lejano de 1995, siete senadores de RN votando contra una reforma constitucional, contra la decisión abrumadora del consejo general de su propio partido, y con la presencia del presidente del partido en la sala, como testigo del hecho. El columnista defiende que la concejala rompa con la lealtad sin que constituya traición. El lector del columnista consulta el diccionario y se entera que traición es precisamente romper con la lealtad debida, y se pregunta si acaso el columnista no confunde lealtad con intereses corporativos, en cuyo caso estaría de acuerdo con él, pero tal vez lo que ocurre es que no hablan el mismo idioma. ¿Aquellos senadores de RN, eran o no traidores? ¿Si el precepto “el voto es personal y no del partido” se universaliza sin excepciones, tendrá la democracia chilena partidos políticos que puedan ofrecer gobernabilidad? ¿No se trata más bien de que exista efectiva democracia interna en los partidos, al cabo de la cual la minoría sepa perder y representar luego las decisiones del partido democráticamente adoptadas? ¿Sobreviviría Red Liberal a un ethos semejante de “voto personal y no partidario”? ¿Advierte el columnista alguna diferencia entre una “objeción de conciencia” a seguir lineamientos de un partido del que, por lo demás, se forma parte sin estar obligado a ello, y el “transfuguismo” puro y duro?

    El lector del columnista se pregunta si vale la pena insistir en pedir que el columnista se atenga a criterios de razón pública al exponer sus puntos de vista, para que al menos sean debatibles y para que el propio lector del columnista pueda ser persuadido por las buenas razones del columnista, que de seguro las tiene pese a su afición a mantenerlas ocultas. Desiste de la tarea. Prefiere leer una columna del cuerpo de reportajes de ese diario rojo llamado La Tercera. Ahí se entera que en aquella comuna que dio origen a la malhadada y odiosamente incomprendida columna del columnista, hay un verdadero nido de serpientes y todos llevan vela en el entierro. RN se sienta a negociar con sus socios de coalición poniendo la ficha de DICOM del ciudadano Carter sobre la mesa, y un párrafo más adelante, el lector del columnista se desayuna con que lo que de verdad está en juego es la senatorial del 2013, donde se juega su reelección uno que, al igual que el diputado Montes, entró al Congreso el mismo día 11 de marzo de 1990, y pretende reelegirse hasta completar 32 años allí, el 10 de marzo de 2022. Nada de esto se mencionaba en la columna del columnista. Lealtad, traición, imparcialidad… El lector del columnista apostaría ante notario su propia cabeza a que la UDI nunca acusará recibo de la lección que el columnista pretende que la concejala le ha dado a ese partido, y que la intendenta que alentaba a los pobladores a desmantelar sus viviendas seguirá atornillada en su cargo contra viento y marea. El lector del columnista pensó por un momento que las prerrogativas de los columnistas y las de los lectores de los columnistas no son equivalentes, y que el reparto no es equitativo, pero sigue el precepto ignaciano de salvar la proposición del prójimo y decide darle la razón al columnista, piensa seriamente en escribirle para ofrecerle sus disculpas si es que sus comentarios anteriores le parecieron odiosos, y desea para él, en la intimidad de su conciencia y con sinceridad, que en lo sucesivo Dios le guarde la buena fe, el sentido del humor y el del ridículo, atributos que el propio lector del columnista pide para sí insistentemente.

  4. vozyvoto Says:

    Estimado, encantado de seguir discutiendo el asunto con usted. Creo que confunde varias cosas en su primer párrafo. La columna, como alguien me enseñó alguna vez, es la infantería ligera de la opinión articulada. Por lo tanto su rango de acción es limitado. No es un paper académico y ciertamente carece de rigurosidad científica. Sí creo que entregar interpretaciones más o menos originales –aunque a veces no sea más que sentido común estilizado-, más o menos provocadoras –a los medios no les interesa algo en lo que todo están de acuerdo- y que no se atribuyen completa imparcialidad. Cuando los columnistas, por ejemplo, escriben desde una determinada trinchera política o habiendo explicitado el apoyo a un candidato, asumen su parcialidad. Los liberales tenemos claro que ni siquiera nuestra concepción de justicia es neutra desde el punto de vista sustantivo, y por eso apelamos a procedimientos que aseguren esa imparcialidad. No le pedimos a nadie que tenga “imparcialidad” respecto de sus propios valores, creencias u opiniones. La idea, por supuesto, es evitar lo que algunos llaman “partisanismo”, es decir, escribir con una intencionalidad tan evidente que tuerce incluso la más mínima objetividad. Ej. “La UDI se merece la alcaldía porque es la mejor opción para administrar el poder local en Chile” o “Si en este caso la situación fuera la inversa y fuera la derecha la perjudicada, entonces en ese caso, por A, B o C motivos, no se aplica el principio de que el voto es personal”. Habrás reparado que no es mi caso, justamente porque no escribo desde una posición partisana.

    Respecto del segundo punto, manifiesto exactamente las mismas dudas que tú, y por eso tiendo a creer que situaciones como las de La Florida deben ser la excepción y no la regla. No lo digo en la columna y según me han comentado, parece que finalmente estoy defendiendo el principio de la autonomía total de los representantes. Bueno, no voy tan lejos. Sí me parece que deben existir válvulas de escape al control partidario y que en casos como este, donde la concejal renuncia al PPD y asume los costos, esas situaciones de excepción se verifican. Otro amigo cientista político me ha hecho ver que a diferencia de la elección de alcalde, la elección de concejales se suele entender como medición partidaria, lo que nos daría a entender que en este caso más que nunca “el partido es el dueño de los votos”. Pero si coincidimos en que este caso se trata de lo que tú llamas “objeción de conciencia”, no la puedo llamar una traidora. Los argumentos de la autonomía de los representantes, en todo caso, no buscan debilitan a la democracia y llenarla de tránsfugas. A veces, como en los argumentos a favor de mayor representación femenina, se trata de dotar a los representantes de cierta versatilidad y capacidad de deliberación en el ejercicio de sus cargos, justamente para no anular esa parte del debate democrático.
    Sobre el párrafo final, no disputo que la teleserie floridana tiene bastantes más variantes. También que resulta de una inocencia superlativa pensar que la UDI acusará recibo de la “lección” de Inés. Seguramente sólo pensarán en el botín y la señora JVR lo celebrará igual. Entiendo que escribir sobre supuestos principios sin involucrar el nombre, afiliación y trayectoria (y por lo que veo, DICOM de ahora en adelante) de los personajes, y luego pretender que los comentaristas se atengan a discutir en un plano normativo y se olviden de que la política es una cuestión de piel, es abrazar un ideal casi quijotesco. Quizás, tampoco sea lo correcto. Pero me parece necesario ir separando la paja del trigo, o al menos intentar hacerlo.

    Me extraña que te manifiestes tan desilusionado por el diálogo, siendo que con respeto las discusiones son productivas. Tus ideas, siempre bien elaboradas y asertivas, pierden peso cuando van acompañadas de veneno contra el mensajero. Pero asumo que lo sabes y no crees caer en ese error. Quizás sea que yo tengo la epidermis muy sensible. Cuestión que no es cierta para los blogs en general, donde acepto que las reglas de educación y buen debate brillan por su ausencia. Por lo mismo no participo en ellos. Pero en este medio, que es como mi casa, las exijo para involucrarme gustoso en la discusión.
    Saludos,

  5. Diego García Says:

    Hola Cristóbal

    Tu última respuesta me parece muy superior a tu artículo que dio origen a esta discusión, y te la agradezco. Mantengo contigo un desacuerdo respecto de la cuestión de la imparcialidad. Por cierto, yo no soy neutral entre una democracia y una dictadura, o entre la igualdad de ciudadanía y un régimen de castas, pero precisamente prefiero la democracia y la igualdad de ciudadanía por razones imparciales, vale decir, que no apelan a mi interés personal –o al de mi grupo, cualquiera que este sea- como motivación determinante, y que procuran ser razones que puedan ser aceptadas por cualquier interlocutor, o, como dice Scanlon, que no puedan ser rechazadas razonablemente por ningún interlocutor. Lo que pido para mí, se lo debo a otros. Y como dice el aforismo jurídico, donde hay igual razón, entonces debe haber igual disposición. Si no, se hace evidente que el columnista ve la paja en el ojo ajeno y no la viga –a veces una barraca completa- en el propio. Ayer mismo se publican dos columnas, la de Carlos Peña y la de Jorge Navarrete, que disienten seriamente respecto de la posibilidad de clemencia a favor de violadores de derechos humanos. Sin embargo, ambas columnas razonan imparcialmente, o es notorio que lo intentan. En mi opinión, la imparcialidad así entendida es algo que yo te debo en una conversación, de un modo ineludible incluso, si de lo que se trata es de los asuntos públicos que nos conciernen a todos. Mi preferencia por la democracia no es estética, procura ser razonable, defendible argumentativamente. Y si no tengo razones para respaldarla, malamente podría escribir a favor suyo pretendiendo que es preferible a otro régimen. Algo que saca de quicio, y en lo que desgraciadamente tus columnas incurren con frecuencia, es la ausencia de respaldo a todo tipo de afirmaciones. En mi opinión, eso no depende ni del espacio ni del género literario. Se puede ser imparcial incluso en 140 caracteres, con o sin excesos retóricos, apelando o no a la ironía, etc. No hace falta ganarse un Fondecyt para ejercer la imparcialidad. Conocidos míos repiten a coro que el gobierno de Piñera lo ha hecho bien en materia económica teniendo en cuenta la cifra del crecimiento del producto. Les he preguntado a cada uno cuál es la o las medidas de política económica adoptadas por este gobierno, que explican el mayor crecimiento del producto respecto de períodos anteriores, y no me han sabido decir ninguna, ¡ni una sola! Tal vez, porque en asuntos económicos yo lo ignoro todo, sea cierto que le debemos a Piñera y su gobierno ese mayor crecimiento, pero adherir a él sin saber por qué, con todo respeto, es más propio del pensamiento mágico, o lo que es peor, suscita la sospecha que esa adhesión se debe a que “es de los nuestros”. Es la lamentable explicación que ofrece Allamand para haber votado SI en el plebiscito de 1988, y que se la proporcionó Sergio Diez: “En política se gana y se pierde con los de uno” (La Travesía en el desierto, p. 153). De ahí mi insistencia con la CASEN, o el sonrojo que produce la desfachatez con la que se habla de creación record de empleos omitiendo los cambios metodológicos en las mediciones, etc. Es triste la posibilidad de estar en lo cierto y no tener, empero, razones. Y por eso mi irritación con tu artículo que ve acciones reprochables en unos y omite lo que es palmario respecto de los otros en la misma circunstancia. La primera impresión es que un planteamiento hecho de ese modo defiende un punto de vista sesgado, que opina a favor de los intereses y no de las buenas razones de un grupo nada más que por ser del propio grupo (hay tantos ejemplos de esta manera asimétrica de argumentar, por eso en la izquierda hay gente que no está dispuesta a defender los derechos de las personas en Cuba que sí defendió –y con razón- en Chile. La dictadura chilena defendía al sindicato Solidaridad de Polonia y reprimía a los trabajadores en Chile, etcétera).

    El fondo y la forma de tu última respuesta permiten construir en el disenso cultura democrática y amistad cívica. Está llena de dudas y de consideraciones casi aporéticas, y me parece que es lo más valioso que contiene, entre otras cosas porque yo mismo tengo poca seguridad en los temas que abordas. No veo por qué debería restringirse a una comunicación privada entre dos personas –aunque expuesta en un medio público- y no ser en cambio el tono general de tus columnas. De nuevo gracias y suerte!

  6. Javier Sajuria Says:

    uf! el poder de síntesis está subvalorado al parecer.

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