R*AN GI**S

por Cristóbal Bellolio (publicada en la sección Calling from London de revista Capital, edición del 17 de junio del 2011)

La historia es la siguiente: un veterano futbolista del club Manchester United se acostó con una conocida de la farándula británica. Hasta acá, ninguna novedad. Los jugadores son famosos por sus líos sentimentales y la ex chica reality tiene a su haber varios otros astros del balompié. Lo que llamó la atención fue que el diario sensacionalista The Sun sólo pudo publicar el nombre de uno de los amantes: la modelo Imogen Thomas. ¿Y el futbolista? Innombrable.

Resulta que este hombre es casado y quiso evitarse una pelea matrimonial. Entonces, usando una vieja disposición del sistema inglés –conocida como la ley de privacidad- recurrió a tribunales para solicitar una orden judicial o injuction que prohíbe a los medios de comunicación divulgar su nombre. Así, la figura de los Red Devils impidió al periódico en cuestión –y a todo el resto de la prensa de Inglaterra- contar acerca de su affaire con la señorita Thomas.

Increíble pero cierto. En el país del chisme y el amarillismo desatado, los tabloides se encontraron repentinamente de manos atadas. Pero como reza la sabiduría popular, se puede engañar a todos por un tiempo, o a algunos todo el tiempo, pero nunca a todos todo el tiempo. A los pocos días Twitter destapó la olla: el jugador que había compartido el lecho de la bella Imogen era nada menos que el legendario galés Ryan Giggs. La noticia corrió como la corriente en un cauce empinado. 75 mil personas escribieron su nombre. Los abogados de Giggs partieron a la Corte para solicitarle a Twitter que revelara las identidades de los transgresores. La justicia se quedó pasmada. Un parlamentario aprovechó su inmunidad en la sala y también nombró al innombrable. Se ganó el repudio de sus colegas por burlarse de la ley. Pero el hombre estaba haciendo una pregunta sensata: ¿vamos a meter presos a los 75 mil usuarios?

Luego se vino el chaparrón. Primero fue un diario en Escocia que publicó la historia argumentando que la ley inglesa no llegaba a las tierras de William Wallace. Luego siguieron los propios periódicos ingleses, que se las ingeniaron para implicar a Giggs sin nombrarlo directamente. Salvo que haya estado viviendo en Corea del Norte o Myanmar, a esas alturas la perjudicada señora del jugador ya debió haberse enterado de la infidelidad de su marido, ajustando cuentas con él en el dormitorio conyugal.

Para el debate de fondo, los alcances del episodio Giggs son dos.

Primero, una colisión de derechos más vieja que el hilo negro que se da aquí y en la quebrada del ají. Privacidad e intimidad, por una parte. Libertad de prensa y expresión, por la otra. El sistema judicial inglés tiene en más alta estima a los primeros. La libertad de expresión no solo pierde contra la el derecho a la vida privada. Hace algunos años, cuando todos los periódicos continentales estaban publicando las caricaturas de Mahoma en solidaridad con sus pares daneses, los diarios británicos se abstuvieron, entre varias razones, por temor a ser formalizados como incitadores al odio religioso o como promotores del irrespeto a una cultura.

Segundo, y más jodido que lo anterior, es que ya no hay manera de silenciar a la opinión pública. Las redes sociales son indomables. El fiscal general del caso Giggs osó amenazar a los tuiteros y nadie lo tomó en serio. Si el estado quiere entrar a controlar lo que ocurre en un espacio inherentemente dinámico y anárquico como Internet, arriesga sustituir los procedimientos democráticos por otros más autoritarios. Ahora, por supuesto que Inglaterra no está dispuesta a seguir los pasos de Cuba o China en esta materia. Cuando el propio David Cameron reconoce que le parece “insostenible e injusto” establecer prohibiciones para la prensa escrita cuando una misma noticia está disponible abiertamente en Internet, más bien parece indicar que gracias a las redes sociales las restricciones deben caer para todos incluidos los medios tradicionales. Una ley de privacidad como la que opera actualmente en el sistema inglés ya no tiene sentido práctico.

Todavía recuerdo ese verdadero mito urbano del empresario chileno que partió de madrugada a comprar todo el tiraje de cierto periódico para evitar que se conociera una noticia que lo perjudicaba. Hoy, eso sería pura pérdida de plata. El murmullo de unos pocos se transformaría en huracán a punta de re-tuiteos.

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Una respuesta to “R*AN GI**S”

  1. mk4096 Says:

    No es tanta pérdida de plata, ya que los medios electrónicos en Chile siguen dependiendo fuertemente de lo originado en la prensa tradicional.

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