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MUERTO EL PERRO, ¿SE ACABA LA RABIA?

julio 31, 2011

por Cristóbal Bellolio (publicado en la sección Calling from London de revista Capital, edición del 29 de julio de 2011)

Después de 168 años vendiendo como pan caliente, el periódico sensacionalista “The News of the World” acaba de publicar su última edición el pasado domingo 10 de julio. El holding internacional que dirige el controvertido Rupert Murdoch decidió cerrar el tabloide luego de que arreciaran las denuncias de espionaje telefónico no sólo a las figuras del espectáculo –cuestión que ya se sabía desde hace años- sino esta vez a miembros de la realeza y familiares de víctimas de atentados terroristas y secuestros. Al bajarle la cortina, el grupo News Corp busca evitar la contaminación de sus otros medios sacrificando la manzana podrida. Está por verse si la estrategia tiene éxito. Todo indica que aunque el papel deje de imprimirse, los coletazos del escándalo sacudirán el panorama británico por un buen rato.

El pecado capital de “The News of the World” fue traspasar los límites de la ética periodística. Con el objetivo de conseguir noticias, no trepidaron en violar las leyes que protegen la privacidad de los ciudadanos. Cuando los afectados fueron estrellas de la farándula –Brad Pitt & Angelina Jolie, Hugh Grant, George Michael- el atenuante estuvo en su calidad de “personajes públicos”. Lo mismo cuando se trató de políticos –como en el caso de Gordon Brown, recientemente conocido. Esta vez sin embargo la escucha de conversaciones privadas afectó a personas comunes y corrientes que para colmo habían sido objeto de desgracias. El caso más dramático es de Milly Dowler, una niña de 13 años abducida y asesinada en 2002, cuyo teléfono celular fue interceptado por los detectives contratados por el diario mientras la policía investigaba el caso. Sus mensajes de voz fueron borrados para liberar espacio en la memoria, lo que no sólo alteró la evidencia disponible sino que desorientó a la propia familia, la que creyó que su hija seguía viva. James Murdoch, heredero del imperio mediático de su padre y presidente de News Corp en Europa, reconoció que las acusaciones, de ser ciertas, revelan un comportamiento “inhumano” de parte del personal del periódico. “El News of the World está en el negocio de pedir cuentas a otros, pero ha fallado respecto de sí mismo”, añadió.

Pero no es sólo el hambre del amarillismo por vender ejemplares con impactantes revelaciones. Hay que sumar las múltiples denuncias de coima y soborno por parte del diario a distintos funcionarios públicos. Estamos hablando de policías e integrantes del servicio real que entregaron información confidencial acerca de la propia Reina Isabel II o del príncipe William a cambio de dinero. Aunque muchos consideran que la monarquía debe atenerse al rigor de las estrellas de la música o el cine, otros argumentan que en estos casos se está comprometiendo la seguridad nacional. Escuchas telefónicas que buscan escándalos sexuales bien pueden toparse con secretos de estado.

Finalmente, se instala en Londres el debate sobre la conveniencia de la concentración de la propiedad de tantos medios de comunicación en una sola mano. Una reciente encuesta nacional arroja que dos tercios de los consultados piensan que la empresa de Murdoch no es “idónea” para poseer periódicos británicos –ya cuenta con The Times y The Sun, entre otros. Algunos anticipan que la polémica seguirá al octogenario de origen australiano hasta Estados Unidos, donde el grupo publica The New York Post y el Wall Street Journal, además de emitir el influyente canal conservador Fox. Por de pronto, el episodio frenó  –quizás para siempre-  la jugada en la que News Corp planeaba tomar el control accionario de la operadora de televisión Sky.

Las críticas a David Cameron no se han hecho esperar. Uno de sus más estrechos colaboradores –su jefe de prensa Andy Coulson- ha sido salpicado por haber ejercido como director del “The News of the World” hace pocos años. Fue el propio Murdoch quien le aseguró a Cameron que Coulson estaba a salvo de toda sospecha. Hoy, permanece bajo arresto. Laboristas y Liberal Demócratas han apuntado a la cercanía del primer ministro con el magnate de las comunicaciones. Un 73% de los británicos cree que Rupert Murdoch ejerce demasiada influencia sobre la política interna, tomando en cuenta que ni siquiera reside en el país. Hábilmente, Cameron se ha victimizado como potencial blanco de espionaje telefónico y puede salir fortalecido si se instala la percepción de que su gestión ayuda a “limpiar” el mancillado periodismo inglés.

Como el recordado Xavier Azkargorta, el clan Murdoch debe estar esperando “que una vez muerto el perro se acabe la rabia”. Mi impresión, por el contrario, es que la opinión pública quiere conocer a fondo la extensión de las prácticas inmorales, quiere que se destapen las redes de protección en todos los niveles, quiere que los responsables paguen ante la ley, y quiere que se tomen medidas concretas para evitar que esto siga sucediendo. En paralelo, la política y los medios comienzan a librar su propia batalla por el poder.

Link: http://www.capital.cl/calling-from-london/muerto-el-perro-se-acaba-la-rabia-2.html

¿NECESITA CHILE UNA NUEVA CONSTITUCIÓN?

julio 29, 2011

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 29 de julio de 2011)

Se alzan voces reclamando una nueva Constitución para Chile. Es cierto que para la izquierda política el descontento con la carta de 1980 viene desde su nacimiento, pero parece que esta vez la demanda penetró los movimientos sociales y ciudadanos que hemos visto desfilando en las calles por diversas causas.

Parte de los argumentos siguen apuntando a su ilegitimidad de origen. Redactado en el marco de un gobierno de facto y luego ratificado en un procedimiento que no ofreció garantías democráticas, nuestro marco institucional estaría viciado desde el principio. Sin embargo, esta no es una razón invencible. Ninguno de los textos fundamentales que ha tenido Chile en su historia independiente ha sido elaborado por delegados democráticamente electos ni plebiscitados con los estándares que hoy se exigen como prueba de blancura. Desde el punto de vista estrictamente formal, nuestra actual Constitución no pasa bochornos comparándose con aquella de 1925 o 1833. Más importante aún, en varias ocasiones –dos particularmente relevantes: 1989 y 2005-  han sido todos los actores políticos con representación los que han concurrido a reformarla, saneando lo que en un comienzo pudiera estar torcido. Al sacar la firma de los ministros de Pinochet y añadir la suya propia, el ex presidente Lagos estaba haciendo justamente eso.

Por lo anterior, el argumento decisivo para reemplazar el actual texto no está en su ilegitimidad de origen sino en su eventual incapacidad para dar cuenta de la transformación que ha experimentado Chile en los últimos 30 años. Puesto de otra manera, de lo bueno que sería tener un momento constitucional en nuestro país, una suerte de revival fundacional. Primero, porque nunca antes tantos chilenos habían estado tan preparados para participar de este tipo de conversación. El fenómeno de ciudadanos informándose y opinando sobre medioambiente, derechos homosexuales o educación es apenas un botón de muestra de lo que implicaría un proceso de socialización política que comprenda todas las bases del sistema. Segundo, porque su producto puede ser exhibido con orgullo como el mínimo común denominador de todas las fuerzas políticas y sociales de cierta relevancia. La Constitución chilena fue durante mucho tiempo un arma y un escudo de un sector contra otro, cuando por definición está llamada a ser punto de encuentro.

Es importante que los sectores que promueven el cambio constitucional asuman este primordial alcance. No se puede hacer campaña por un nuevo texto “sólo si contiene las disposiciones que mí me gustan”. Descartado el Parlamento para llevar a cabo la tarea – es portador de varios de los virus que tienen a la gente encabritada – lo lógico sería convocar una asamblea constituyente. ¿Qué dirían los portavoces de la izquierda si los delegados democráticamente electos para participar en dicha instancia son mayoritariamente de tendencia UDI? ¿Calificaríamos el proceso de insanablemente nulo porque no obtuvimos lo que buscábamos? En una asamblea constitucional hay que estar dispuesto a transar y buscar acuerdos; el resultado no debe ser el reflejo de una nueva dispersión contingente de equilibrios políticos. Sin embargo, aunque el boceto final quede calcado al actual, el procedimiento en sí mismo parece terapéutico, energizante y especialmente motivador para las nuevas generaciones que no sienten vinculación alguna con un modelo político heredado de tiempos con otra lógica.

Tres llamados de atención son pertinentes. Las Constituciones -de eso se tratan- deben ser estables. La nuestra es relativamente nueva. Aunque todas las generaciones tienen derecho a reclamar una épica distintiva, no sería conveniente que todas exijan su derecho a una nueva Constitución. Luego, es necesario enfriar la cabeza de quienes piensan que una Carta Fundamental le cambia la cara a una nación de la noche a la mañana. No seremos un país desarrollado a partir un conjunto de artículos e incisos. Para eso se requieren transformaciones adaptativas que no se agotan – ¡algunas ni siquiera comienzan!- con una nueva ley suprema. La cultura del trabajo bien hecho, del respeto al otro o del fomento a la confianza interpersonal son tan decisivas como un set positivo de reglas del juego. Finalmente, hay que recordar  que ningún gobierno de 4 años –de derecha o izquierda- parece tener incentivos en acometer una empresa semejante. Son tantas las tareas urgentes que éstas natural y pragmáticamente tienden a desplazar a las importantes.

En síntesis, una nueva Constitución ganaría en legitimidad y adhesión social, ambas cuestiones deseables en todo sistema político. Pero su introducción no es imperativa. Las instituciones chilenas funcionan relativamente bien desde una perspectiva comparada. Para las necesidades del Chile actual, reformar la ley electoral y modificar la carga tributaria parecen cuestiones más indispensables.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/07/29/la-constitucion-de-pinochet-por-que-no-y-por-que-si/

GET OVER IT!

julio 24, 2011

por Cristóbal Bellolio (publicada en la sección Calling from London de revista Capital, edición del 15 de julio de 2011)

Escribo estas líneas con la resaca post Pride Parade, el evento más importante de la comunidad LGBT – lesbianas, gays, bisexuales y transexuales- de Londres. Llegué tempranito para no perderme el desfile. Buses convertidos en carros alegóricos, música estridente, bailes y disfraces. Cada grupo bien organizado con su estandarte transmitiendo fuerte y claro que su orientación sexual no desarraiga su identidad cultural. Vi marchar a las facciones gays de cada sindicato y agrupación política. Saludé a los equipos gay de rugby, fútbol, vóleibol y waterpolo. Divisé la estrella de David y la medialuna musulmana coloreadas con el emblema de la causa. Verifiqué que los ejemplares latinos eran por lejos los más escandalosos. Saqué fotos a las divas, a los ciborg y al pelotón de osos, esos grandes y barbudos que avanzaban al ritmo del soul. Me enternecí con las veteranas que lucían en sus camisetas “yo apoyo a mi hijo gay”. Me dio gusto ver familias completas brindando con champaña y a los policías asistiendo a todo el mundo con la cara de llena de risa. La buena vibra se desbordó en las calles hasta la madrugada.

La parada terminó en Trafalgar Square, acostumbrada a hacer las veces de Plaza Italia. Decenas de artistas –no conocía a ninguno- amenizaron la jornada mientras a mi alrededor gays y lesbianas se tomaban a pecho el asunto del orgullo homosexual. Como bien decía uno de los oradores –el primer representante parlamentario públicamente fuera del clóset-, esta batalla ya no se trata de tolerancia, sino de respeto a la diversidad. Mientras el primer concepto lleva asociada una carga negativa –sólo toleramos lo que nos molesta- el segundo exige aceptación de la dignidad intrínseca de la distintas orientaciones sexuales.

¿En qué estado se encuentra Gran Bretaña con respecto al resto del mundo?

En 2004 aprobó una ley de uniones civiles que en la práctica otorga a las parejas de igual sexo los mismos derechos que el matrimonio tradicional –herencia, seguridad social, responsabilidad por el hijo del conviviente, deberes de mantenimiento, entre otros- pero ahora la demanda es más ambiciosa. Como ya existe en en otras naciones europeas (Noruega, Suecia, Holanda, Bélgica, España y Portugal), la comunidad gay británica aspira ahora al matrimonio igualitario con todas sus letras. No les hace mucha gracia estar al mismo nivel de Francia, Italia o Grecia, países notoriamente más conservadores. Como una manera de poner el dedo en la llaga, por las pantallas gigantes de Trafalgar pasaba continuamente la noticia de que Argentina -¡Argentina!- ya permitía casamientos entre personas del mismo sexo.

Pero, inmediatamente, recordaron que la mayoría de los países africanos y de medio oriente ni siquiera permitían la relación homosexual consentida. En estos casos, la legislación imparte desde multas y prisiones menores hasta cadenas perpetuas y penas de muerte. Los diarios británicos generalmente cubren con preocupación las historias de homosexuales condenados en Camerún, Sudán, Irán o Arabia Saudita. La comunidad LGBT está consciente de que los grados de libertad y consideración que disfruta en una ciudad como Londres son inéditos, si se mira la causa desde su perspectiva histórica. La batalla por iguales derechos civiles, sienten, está ganada en el mundo desarrollado. Su eslogan alude a este espíritu triunfalista que apela a los hechos consumados: some people are gay, get over it!

Quizás por lo mismo, para el gobierno de David Cameron no existe urgencia política por avanzar más en esta área. Hoy sus esfuerzos están focalizados en desterrar la homofobia y la discriminación a través de programas educativos. Esto marca una diferencia con lo que ocurre en Chile, donde el presidente Piñera ha dicho que antes de terminar su mandato habrá promovido una institución para remediar las desigualdades civiles a las que se enfrentan las parejas del mismo sexo. Recién entonces dejaremos de compartir la categoría con Bolivia, Paraguay, Perú y Venezuela, el grupo de los países de la región sin ningún tipo de consagración legal al respecto.

La diferencia, sin embargo, es más radical. La clase política chilena, en especial a la derecha del espectro, todavía lucha internamente por aceptar la diversidad sexual. Esto no los convierte en homofóbicos, pero sí retrata el estado cultural de nuestro debate. Para que se haga una idea, la Pride Parade viene siendo auspiciada desde hace 7 años por la Alcaldía Mayor de Londres, independiente de que su ocupante temporal sea laborista o conservador. ¿Se imagina a Zalaquett portando banderas multicolores y caminando junto a las Drag Queens criollas? Más todavía, un delegado del Home Office hizo uso de la palabra y entregó a nombre del gobierno tory un mensaje de apoyo y reconocimiento a la causa. ¿Se imagina al subsecretario Ubilla o al ex fiscal Peña sacando aplausos en una marcha como la que tuvo lugar en Santiago el pasado 25 de junio? Es cierto que a la derecha le corresponde esencialmente un rol más tradicionalista, pero en el caso británico se trata de una derecha que ya se movió al centro en estas materias, adaptándose a la fuerza invencible de los nuevos tiempos.

Link: http://www.capital.cl/calling-from-london/get-over-it-2.html

CAMBIO DE GABINETE: LOS SOSPECHOSOS DE SIEMPRE

julio 22, 2011

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 22 de julio de 2011)

Durante la campaña presidencial, el comando de Sebastián Piñera entendió tarde que uno de los ejes de la discusión estaba en el ítem “renovación de la política”. Mientras en el entorno de Frei se apostaba fuerte por un rostro joven capaz de promediar la antigüedad del candidato, por el otro flanco Marco Enríquez se posicionaba a sí mismo como el portador de las demandas de una nueva generación. Por lo anterior, fueron decenas de promisorios jóvenes y no los avezados dirigentes de la Alianza los que acompañaron a Piñera en la foto de la segunda vuelta.

Al asumir la jefatura de Estado, el entonces Presidente Piñera cumplió su palabra y nombró a varios sub-40 en su gabinete. Ena Von Baer y Felipe Kast, los más emblemáticos. Hoy ya no están en el gobierno. Piñera decidió prescindir de ellos a cambio -indirectamente- del ingreso de dos experimentados senadores de su misma generación.

Una manera de explicar la salida de la nueva camada de la derecha es afirmando que simplemente no dieron el ancho. Les habría faltado la sabiduría política que solo dan los años. Pero es una tesis controvertible. Primero, las torpezas de este gobierno suelen venir desde arriba. No fue Von Baer la que decidió retrasar la venta de Lan, por ejemplo. Segundo, porque otras figuras jóvenes sí son reconocidas, como es el caso de Felipe Bulnes que pasa a enfrentar un desafío mayor en Educación. Tercero, porque la confirmación de Hinzpeter en Interior da luces sobre como funciona el sistema… más importante que un desempeño lúcido en el cargo es tener espaldas prontas al respaldo. Como en el caso de la efímera patrulla de Expansiva en el gobierno de Bachelet, el hilo se corta siempre por lo más delgado.

Lo anterior consolida la percepción de que el gobierno de Piñera no es el primero de un nuevo ciclo sino el último del anterior proceso. Si su generación no llegaba al poder después de cuatro intentos democráticos (1989, 1993, 2000, 2006), el 2010 se transformaría para la mayoría en jubilación anticipada. Aquello no ocurrió, y quienes durante tanto tiempo esperaron a la vereda del camino ahora tienen la oportunidad que tanto buscaron. No nos equivoquemos. Este no es el gobierno de la nueva derecha. Este es el gobierno de la misma Alianza que hizo oposición durante 20 anos y legítimamente ahora conduce los destinos del país. Por eso no es extraño que repliquen las prácticas que durante tanto tiempo criticaron de la Concertación. Al final del día, comparten la misma lógica.

No he escuchado a ningún dirigente de centroderecha pedirle disculpas a la Concertación por haberlos fustigado frecuentemente con el cuento de las sillas musicales, aún cuando es evidente que el reciente cambio de gabinete es una sinfonía de enroques. Tampoco he leído que nadie se haya hecho cargo -en la Concertación o la Alianza- de la verdadera caja de Pandora que se abrió cuando Carolina Tohá salió de la Cámara de Diputados para oficiar de vocera de Michelle Bachelet. Piñera ha perfeccionado el procedimiento y no pareciera tener asco alguno en seguir vulnerando la ya distorsionada voluntad ciudadana. La nueva forma de gobernar se parece mucho, demasiado, a la vieja forma de hacerlo. El problema no es solo que las sillas musicales o el reclutamiento en Valparaíso sean malas señales, sino que además son llevadas a cabo justamente por quienes se quejaron hasta el cansancio de estas prácticas cuando fueron oposición. El primer asunto es político, el segundo es moral.

Nadie va a echar mucho de menos a la sangre nueva del gabinete. Menos presencia juvenil -y femenina- pareciera ser un problema secundario para una administración que anda a patadas con el 30% de aprobación. Cambio de timón no hubo. Los que quieren ver en la entrada de Longueira algo similar a lo que ocurre cuando el Mago Valdivia ingresa en los segundos tiempos, tendrán que aceptar que el místico senador gremialista no entra de conductor. Seguirá siendo Rodrigo Hinzpeter -el Luis Jiménez del equipo- el encargado de esa función. Si bien es cierto que Longueira tiene el potencial para desequilibrar en cualquier posición, ni todo su entusiasmo basta para torcer la voluntad del Presidente, la que en esta pasada sacrificó sin ambigüedad a la sangre nueva.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/07/22/cambio-de-gabinete-los-sospechosos-de-siempre/

EGIPTO: DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN

julio 18, 2011

Conocí Egipto diez años atrás. Todavía recuerdo al guía de la Ciudadela de Saladino, quien, mientras hacía el recorrido, se ufanaba de las virtudes democráticas del régimen de Hosni Mubarak. Para entonces el derrocado gobernante ya acumulaba dos décadas al mando del país. Acabo de regresar a El Cairo para exponer -por esas ironías de la vida- sobre la experiencia chilena en la transición política. Aquí, el relato de lo que se respira en una nación que lucha por encontrar un camino a la democracia. Aunque sea en la medida de lo posible. Por Cristóbal Bellolio (publicado en revista Capital, edición del 15 de julio de 2011)


La vida sigue (casi) igual para los egipcios. Se suceden las manifestaciones como réplicas del reventón, pero en general no hay desórdenes ni violencia callejera. “Las cosas funcionan mejor que antes”, me comentó el tipo que me esperaba en el aeropuerto, con el pecho inflado. Al menos, esa es la percepción de la gente. El 82% de la población, según una encuesta publicada poco después de la caída de Mubarak, se mostraba optimista respecto del futuro. Hoy, esa cifra ha caído sustantivamente pero aún se empina sobre el 50%. Muchos pensaron que la revuelta iniciada el 25 de enero traería cambios radicales de la noche a la mañana. Por lo mismo, uno de los desafíos actuales es lidiar con esa frustración. Las transiciones –no lo sabremos nosotros– se construyen a punta de pragmatismo, concesiones y gradualidad. La incógnita es si existen actores políticos a la altura de las circunstancias.

Los militares, todavía, son los buenos de la película. Se les agradece haberle quitado el piso al ex presidente en el momento clave. Si hubieran decidido respaldarlo, el baño de sangre habría sido incalculable. Hoy son ellos los que controlan la burocracia –que permite que las reparticiones y servicios públicos continúen su labor con relativa normalidad– a través de un consejo de 19 altos jerarcas de las fuerzas armadas. Aunque originalmente estaba previsto que entregaran el poder a un parlamento elegido en el mes de julio, la lentitud del proceso ha postergado las elecciones para septiembre. No son sólo los militares; los movimientos sociales que nacieron en la plaza Tahrir piden más tiempo para organizarse. Ya conocemos la historia: las transiciones tienen metas y no plazos. El resto es incertidumbre.

El despertar

Para apaciguar los ánimos, días antes de su caída, Mubarak se dirigió a la nación con un discurso en el cual enfatizaba su relación paternal con el pueblo egipcio. En lugar de hablarles como a ciudadanos libres, continuamente se refirió a ellos como sus “hijos”. Pero sólo a los observadores occidentales les causó extrañeza. Egipto, como gran parte de medio oriente, vive todavía en un estado de infantilismo político. Es cosa de revisar su trayectoria histórica: después de haber sido dominados por persas, griegos, romanos, otomanos, franceses e ingleses, los egipcios sólo volvieron a controlar soberanamente su propio territorio en 1952 con el ascenso al poder del coronel Gamal Abdel Nasser. En 1970 le sucedió su vicepresidente, también militar, Anwar el-Sadat. Asesinado por extremistas musulmanes en 1981, el-Sadat dio paso a su propio vicepresidente –ex militar– Hosni Mubarak. En resumen, tres gobernantes designados a dedo y provenientes del mundo castrense. Hasta el último momento, Mubarak se resistió a designar vicepresidente, con la esperanza –dicen– de ungir a su propio hijo Gamal como sucesor. En estas condiciones se hace bien difícil desarrollar hábitos democráticos.

“Por primera vez en Egipto se habla de política”, me comentó un corresponsal británico experto en la región. En efecto, la revolución ha sido efectiva en su capacidad de bajar a la población temas y conversaciones inéditas. Por supuesto, Egipto no será la vieja Atenas. El bullicio y regateo de los mercados no se mezcla con las artes deliberativas. Muchos todavía creen que la pobreza dura –cerca del 40%– se combate con más autoridad y no con más democracia. En concreto, el fenómeno de socialización política se observa en la juventud concentrada en las universidades, en las organizaciones femeninas y en los distintos movimientos de la sociedad civil, potenciados por la capacidad de difusión de las redes sociales. Los intentos del gobierno de Mubarak por silenciar estos medios fueron infructuosos y ayudaron a hacerlos aún más populares. En las calles de El Cairo, junto al merchandising alusivo a la “gesta” del 25 de enero, se pueden adquirir camisetas que sólo dicen “Google”, “Facebook”, “Twitter” o “Flickr”. De ahí que algunos de los personajes más reseñados por los medios internacionales han sido, justamente, los blogueros y los activistas digitales.

Intercambié con ellos varias reflexiones. Mi impresión final es que todavía no está claro cuál es el alcance de la revolución. Lo que comenzó como una manifestación convocada para conmemorar el “día de la ira” –alimentada por los sucesos de Túnez–, tiene horizontes muy difusos. Para estos jóvenes, deshacerse de Mubarak era sólo el comienzo. Pero para el establishment egipcio, la tarea ya está concluida. Mientras los primeros quieren sentarse a dibujar el país que sueñan desde cero, el segundo está ansioso por repartirse el poder disponible. El contraste de expectativas es evidente. Por eso, algunos prefieren referirse más austeramente al “levantamiento” de Tahrir, anticipando con opaco realismo que esta será una revolución sin transformaciones estructurales. No descarto que sea esa una posibilidad. A la política le gustan los disfraces gatopardísticos, cuando todo cambia para que todo siga igual.

Sin embargo, muchas cosas no volverán a ser como antes. Una nueva generación de egipcios se formará en una atmósfera más consciente respecto de cómo funciona el poder y qué rol les corresponde jugar a ellos como ciudadanos –titulares de derechos y deberes– y no como infantes –hijos de un padre omnipotente ajeno a cualquier escrutinio o rendición de cuentas–.

El huevo o la gallina

La discusión más caliente en los medios egipcios se remite a la pregunta: ¿qué viene primero, elecciones parlamentarias y presidenciales o una nueva constitución? Los que apoyan la primera opción sostienen que es urgente llenar el vacío de poder, devolver a los militares a sus cuarteles y aprovechar la legitimidad de los nuevos representantes para tratar cualquier cambio constitucional. Los que favorecen la segunda alternativa dicen que no es posible montar un sistema político sin reglas del juego conocidas y aceptadas por todos los actores. Sostienen que los partidos mejor organizados monopolizarán la representación, sin incentivos para realizar los cambios necesarios y que hay discusiones de fondo que una asamblea constituyente puede abordar mejor que los políticos, quienes sólo piensan en asegurar sus escaños.

Lo interesante es que el consejo supremo de las fuerzas armadas organizó en marzo pasado un referéndum para modificar algunos artículos de la constitución egipcia. Votaron 18 millones de 45 potenciales electores, todo un record para los estándares internos. Antes no se hacía muy atractivo asistir a las urnas con 40 grados de calor cuando el resultado se conocía de antemano. Esta vez, la mayoría se pronunció a favor de las reformas, que entre otras cosas contemplan la limitación del periodo presidencial a cuatro años –con una sola reelección–, el establecimiento de un tribunal imparcial para velar por la transparencia de los comicios y el relajamiento de las leyes antiterroristas dictadas por el ex gobernante para combatir al radicalismo musulmán. Los que votaron en contra consideraron que las enmiendas eran insuficientes. Se quejaron, además, de que habían sido redactadas entre cuatro paredes por los militares y que la presentación del paquete los obligaba a decidir “todo o nada”. Lo innegable es que parte importante de la ciudadanía egipcia se dio por pagada con estas modificaciones.

El episodio refleja, nuevamente, que no hay consenso respecto de la amplitud y profundidad de las demandas de la plaza Tahrir. El grito que pide más democracia puede ser interpretado como un reclamo limitado por mejores índices de representatividad, competencia y transparencia a la hora de repartir el poder político –en este caso, como una crítica directa al régimen de Mubarak– o bien puede entenderse como la necesidad de garantizar el ejercicio de ciertas libertades básicas e inviolables para el individuo o, incluso, más radicalmente, como una apelación a redistribuir el poder no sólo político sino también el económico y social. Las tres lecturas se enfrentan y a ratos se superponen en el debate de estos días. Quizás lo más sensato sea lo que ha sostenido el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica y precandidato presidencial egipcio, Mohamed el-Baradei: “Egipto no necesita una constitución, Egipto necesita una carta de derechos”.

La idea, a semejanza del Bill of Rights anglosajón o del artículo 19 de la constitución chilena, tiene especial resonancia en una sociedad altamente estratificada y acostumbrada al abuso de autoridad, una cultura que parece justificar que aquellos en posiciones socialmente más altas trapeen con la dignidad de los que resultan estar más abajo en la escala. Las declaraciones líricas de igualdad –contenidas incluso en el Corán– son inservibles si no existen los mecanismos institucionales para exigir el respeto debido y si la sociedad no se permea de los valores democráticos que, supuestamente, promueven una mayor horizontalidad en las relaciones humanas.

Mahoma a la vista

Pero la discusión constitucional no es la única álgida. Uno de los principales temores del mundo liberal es el grado de respaldo político del que gozan los Hermanos Musulmanes, organización nacida a principios de siglo XX y que ha sufrido la represión desde Nasser en adelante. Cantaron codo a codo con la juventud laica en Tahrir, pero una vez pasada la euforia retomaron su agenda: evitar a toda costa la secularización de Egipto.

Mis anfitriones me comentaron que me encontraría cara a cara con ellos. Yo esperaba un grupo de sarracenos barbudos de ceño fruncido y armados de cimitarras, pero me llevé una tremenda sorpresa. La vocera de los Hermanos Musulmanes resultó ser una delicada estudiante de 17 años, cubierta con un velo blanco, con un hilo de voz casi imperceptible. Ideal para el mensaje que quieren transmitir, pensé: “no nos tengan miedo”.

Pero aunque la chica fuera encantadora (ya la tengo de amiga en Facebook), su posición no era menos solemne. La Hermandad Musulmana, advirtió, saldrá de su ostracismo político llevando una lista de candidatos parlamentarios. Debido a su buena organización y al voto duro religioso, espera obtener sobre un 30% de los escaños, lo que le bastaría para ejercer poder de veto en las batallas más emblemáticas. “El Islam es la religión del Estado” y “la ley islámica (Sharia) es la principal fuente de legislación”, establece el segundo artículo de la constitución todavía en funciones. El peso de los Hermanos Musulmanes en el próximo congreso sería capaz de neutralizar cualquier intentona liberal por alterar estos incisos. Más todavía, cuando acaban de anunciar que competirán en coalición con el histórico partido patricio Wafd, de corte conservador en lo político, pero secular en asuntos religiosos. Juntos serían lo suficientemente poderosos como para conducir el proceso de transición. Las alianzas, por lo visto, no seguirán un patrón necesariamente ideológico. En este caso, el objetivo de ambos partidos es diseñar un nuevo orden político postrevolucionario en el que los nostálgicos del antiguo régimen no tengan cabida. No muy alejado del espíritu que animó en Chile a viejos adversarios a juntarse en una plataforma común para vencer a Pinochet en 1988.

Pensando justamente en que Pinochet obtuvo casi un 44% en el plebiscito que selló su derrota y que sus simpatizantes fueron capaces en corto tiempo de articularse políticamente, se me ocurrió preguntarle a un taxista por el paradero de los partidarios de Mubarak. “¿Cuáles?”, me respondió, “¡si no los tiene!” Se equivocaba.

Mientras volaba de regreso a Londres se comenzaba a desarrollar en El Cairo una de las primeras demostraciones en favor del ex presidente, tras cinco meses fuera del poder (nótense los nombres de las organizaciones convocantes: los Hijos de Mubarak y los Niños de Mubarak). Evidentemente, no han sido tiempos fáciles para ellos: el Partido Democrático Nacional, que los cobijaba, ha sido proscrito por ley y sus sedes, incendiadas hasta los cimientos por las turbas revolucionarias. Aquellos con cargos intermedios en el gobierno sencillamente se han cambiado de bando para conservarlos, mientras otros se reinventan para competir como independientes en las parlamentarias. Desde las cenizas, otros tantos huérfanos de Mubarak se articulan en el Nuevo Partido Nacional, que alcanza un sorpresivamente alto 20% en la intención de voto, de acuerdo a la más reciente encuesta. Pero a diferencia del caso chileno, los viudos del antiguo régimen no contarán con un sistema electoral que los subsidie.

Democracia protegida

Los Hermanos Musulmanes prometieron no llevar candidato presidencial. Esa carrera la lidera hoy el secretario general de la Liga Arabe, general Amr Moussa, seguido del actual primer ministro –designado por los militares–, Essam Sharif, y del propio cabecilla del consejo supremo de las fuerzas armadas, el mariscal Mohammed Tantawi. Cuando me enteré de sus perfiles, no pude evitar el comentario: “prepárense para una larga democracia protegida”.

–¿Crees que los militares entregarán el poder en Egipto? me preguntó angustiada una joven activista, mientras aprovechábamos el coffee break en un décimo piso con vista al Nilo. Le dije que sí. Por la sencilla razón de que sin el poder formal, por lo visto, se las arreglarían para seguir ejerciendo una enorme cuota de poder informal. “Nadie entrega el control sin garantías. Por eso Pinochet se quedó a cargo del ejército cuando dejó de ser presidente”, le expliqué. “Entiendo” me dijo, “se las arregló para ser intocable por un buen tiempo”. Siguió mirando el río. No le cambió la cara. Es de aquellas que salen a las plazas y reciben la peor parte de la represión. Las fuerzas armadas, según ella, no comprenden por qué la gente sigue protestando si Mubarak ya fue derrocado.

Sin embargo, el alto mando ha reaccionado al rugido de la calle. Cuando la presión por justicia se hacía incontenible, los uniformados detuvieron al clan Mubarak en el lujoso balneario de Sharm el Sheikh, bajo cargos criminales y de corrupción. La ciudadanía festejó y la tensión aflojó.

Dirigentes sociales, tanto liberales como musulmanes, esperan que finalmente la constitución contenga la provisión expresa de subordinar el poder militar al poder civil. Por su parte los militares han señalado que esperan asumir el rol de “garantes de la institucionalidad” en la naciente democracia. No puede ser tanta la coincidencia, pensé. Pero bueno, nadie en Egipto está en condiciones de impedírselos. Recordé a Patricio Aylwin… democracia en la medida de lo posible. Pero democracia a final de cuentas.

Link: http://www.capital.cl/reportajes-y-entrevistas/egipto-post-revolucion-y-ahora-que-7.html

HINZPETER O NO HINZPETER

julio 15, 2011

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 15 de julio de 2011)

Rodrigo Hinzpeter llegó a ser ministro de Interior por dos razones. La primera es su cercanía personal con Sebastián Piñera, a quien acompaña desde que éste fuera presidente de RN. La segunda es su destacado desempeño llevando adelante la campaña del 2009, ordenando la casa y profesionalizando un trabajo que en la derecha se solía hacer a lo amigo.

Sus primeros meses a la cabeza del gabinete de Piñera fueron buenos. Su vitalidad contrastaba con el paso  cansino de Edmundo Pérez Yoma, Belisario Velasco y Andrés Zaldívar, todos pasaditos los setenta. Empoderado desde el camarín, Hinzpeter tomó el control de dos agendas. Exigió a los empresarios hacer esfuerzos adicionales para colaborar en la reconstrucción post terremoto y entregó señales de mano dura contra la delincuencia, prioridad hasta entonces número uno de los chilenos. Hasta el episodio de la mina San José, que puso los focos en Laurence Golborne. En cuestión de meses, Hinzpeter pasó de posible delfín a candidato a dejar el gabinete. De estar en boca de toda la clase política por su promisoria carrera, no son pocos los que hoy lo están desahuciando. ¿Qué le pasó a Hinzpeter?

Lo primero es haber apostado al rol equivocado. Hinzpeter privilegió irrumpir en los televisores chilenos con chaqueta de la PDI jugando al sheriff del condado. Una estrategia que debería haber resultado, pero no fue. Al hacerlo, se transformó en el ministro sectorial de la seguridad ciudadana y abandonó su rol de primus inter pares. Enredado entre lacrimógenas, perdió peso específico.

Lo segundo se llama UDI. El ministro del Interior no extendió la capacidad de entendimiento del propio Presidente con el partido aliado. En el gremialismo nunca lo consideraron un puente, sino siempre el hombre de confianza de su otrora principal enemigo en la centroderecha. La carta que Kast y cía firmaron para acusar a Hinzpeter con su jefe efectivamente le hizo daño.

El tercero fue la pérdida del control de la agenda, que en parte importante responde a las habilidades del primer ministro de Palacio. El pobre manejo del gobierno frente a la aprobación del proyecto HidroAysén comienza con Hinzpeter leyendo mal el contexto y “ordenando” a los seremis encargados de discernir. En la actual crisis estudiantil su discurso se ha centrado en los desórdenes, lo que es esperable dada su estricta función, pero sin la perspicacia política que además se espera del jefe de un gabinete con visión.

Los nombres de Allamand y Longueira están en el tablero de posibilidades para reemplazar a Hinzpeter justamente por la capacidad que tienen de construir relatos políticos. Éste lo intentó, al despachar su tesis sobre la “nueva derecha” que se perfilaba en el poder. Fue su prueba de fuego. Y no la pasó. Es cierto: puso el tema y tuvo a todo el establishment chileno comentándolo. Pero naufragó ante los embates del mundo conservador –que olfateó progresismo-, del escéptico de la Alianza –que gana votos en la feria y no se traga entelequias-, del que apuesta a otro caballo –y no le hace gracia Hinzpeter de crack-, entre otros. Más todavía, no contó con el respaldo explícito del Presidente. La “nueva derecha” vivió la suerte de “la nueva forma de gobernar”: cayó en descrédito.

Emulando la indecisión de su mentor, Hinzpeter no se la jugó a fondo por su idea. Como muchos de su generación, prefirió pedir permiso antes que pedir perdón. Políticamente, se debilitó. La última medición Adimark lo ubica en su punto más bajo desde marzo del 2010, con un 54% de evaluación positiva y un 40% negativa, lo que contrasta con el 75% favorable que cosechó hace apenas ocho meses.

El Presidente Piñera ha dicho que a pesar de su estrecha relación con su ministro más importante, lo evalúa objetivamente. Si es así, Hinzpeter no debería zafar del próximo cambio de gabinete. Este es un gobierno que podría fracasar por su ineficacia política, y el jefe de gabinete en sistemas como el nuestro tiene una alta responsabilidad en eso. Aunque con Piñera nunca se sabe.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/07/15/hinzpeter-or-no-hinzpeter/

Crece el malestar…

julio 10, 2011

Los dejamos con dos columnas que interpretan y reflexionan con lucidez sobre el complejo momento político y social en Chile:

OCASO DE LA REPÚBLICA BINOMINAL (por Ernesto Águila, publicada en La Tercera el 6 de junio)

EL PROBLEMA en una sociedad no es que existan diferencias, muchas veces de fondo, sobre educación y otros temas conectados de manera profunda con distintas maneras de concebir la convivencia y el desarrollo del país, sino la imposibilidad de zanjar esas diferencias a través de los mecanismos e instituciones propias de una democracia representativa.

La decisión del gobierno de radicar en sede legislativa las propuestas sobre el futuro de la educación superior y secundaria no sólo deja al descubierto la dificultad del Ejecutivo para dialogar y  concordar aspectos mínimos con los actores del sistema educativo, sino que encierra un movimiento táctico que ya se ha hecho visible para la ciudadanía y que se encuentra, por lo mismo, desgastado: intentar contener los cambios a través de un proceso legislativo estructuralmente empatado y que, en las principales áreas estratégicas, exige ciertos quórum -la mágica fracción de 4/7- que resultan completamente inalcanzables.

El juego político en esta  República Binominal sigue así un guión y un desenlace conocidos: se debe concordar lo mínimo so pena de no lograr nada. Subvención preferencial, pero sin afectar el financiamiento compartido; pensión básica solidaria, pero sin AFP estatal; superintendencia para el sistema escolar, pero sin limitar el lucro;  protección garantizada para ciertas enfermedades Auge, pero sin legislar sobre las discriminaciones por edad y sexo en las isapres. En síntesis, reformas parciales dentro de una institucionalidad política concebida más para contener y recortar la voluntad de la mayoría que para darle cauce y expresión.

¿Por qué si este modo de gobernar funcionó por años hoy parece haber perdido eficacia y legitimidad? Las explicaciones pueden ser varias: la total disolución de la racionalidad, particularmente en las nuevas generaciones, de las lógicas gradualistas y consensuales de la transición; el agotamiento de un ciclo de reformas sin intervenir variables estructurales; una ciudadanía más informada y demandante.

¿Es posible que este ocaso de la República Binominal se haya acelerado al llegar la derecha al gobierno? Tal vez. Quizás desde la penumbra parlamentaria opositora era menos obvio el rol vigilante y garante de las esencias del modelo que ésta desarrollaba, transfiriendo buena parte de las responsabilidades políticas por la lentitud y parcialidad de los cambios a la centroizquierda gobernante. Sin duda, los términos de esta ecuación han cambiado de forma significativa con la derecha en La Moneda y la consiguiente dificultad para comprometer a la oposición en políticas que ésta había avalado parcialmente más por razones de gobernabilidad que por convicción.

Cada vez es menos sostenible una sociedad movilizada tras demandas que están institucionalmente bloqueadas, o que legítimas diferencias requieran de quórum inalcanzables y no puedan dirimirse según el principio democrático de la mayoría. La emblemática  fecha del bicentenario del Congreso encuentra a esa institución más que debatiendo soluciones a los problemas del país, transformada en el epicentro mismo de la crisis de representación y del debilitamiento de la legitimidad institucional que hoy vive nuestra democracia y su política.

Link: http://latercera.com/noticia/opinion/ideas-y-debates/2011/07/895-377591-9-ocaso-de-la-republica-binominal.shtml

LA TIRANÍA DE LOS PROMEDIOS (por Claudio Orrego, publicada en La Segunda el 5 de julio)

La semana pasada hablé ante mil dirigentes secundarios en un seminario organizado por ChileSiempre. Se me pidió que los motivara para el servicio público y la lucha contra la pobreza, cosa que traté de hacer con pasión y vehemencia. Antes de mí, habló un funcionario del Gobierno responsable de promover el emprendimiento. También lo hizo con pasión, tratando de entusiasmar a la audiencia con los logros de grandes innovadores, como Bill Gates y Steve Jobs. Con absoluta convicción y buena intención, dijo cosas que me impactaron: “El mercado es cruel y es bueno que así sea; todos debiéramos aspirar a ser millonarios como estos emprendedores”.

Las multitudinarias marchas en pro de una mayor calidad y equidad de la educación parecen decirnos algo muy distinto a lo que escuché en esa conferencia. No se trata de negar la importancia del esfuerzo personal y el atractivo de emprender, y ni siquiera de desconocer la legítima aspiración de toda persona a ganar más por su trabajo. Lo que sí me parece obvio es que existe un grito fuerte e indignado en contra de una sociedad donde el lucro y la rentabilidad han sido endiosados, donde el más fuerte le gana siempre al más débil, y donde los caídos en el camino de esta selección natural de los “más capaces y emprendedores” son considerados como simple daño colateral del modelo.

Ante esta indignación, son muchos los que se apresuran en sacar su set de estadísticas. Mal que mal, la macroeconomía está bien. Chile creció en mayo al 7,3%. La economía ha creado más de 400 mil nuevos empleos. El ingreso per cápita ya es de US$ 15.000, y un conjunto de rankings nos muestran entre los países más aventajados de la región y del mundo en desarrollo. ¿Qué pasa entonces? ¿Por qué persiste el enojo?

Mi hipótesis es que estamos frente a una tiranía silenciosa y destructiva, ante la cual la gente se está rebelando: la tiranía de los promedios. Algo pasa que, cuando le tiramos a la gente estas cifras grandilocuentes, más que sentirse tranquilos, se sienten irritados. Esa rabia no viene de lo que las cifras dicen, sino más bien de aquello que NO dicen.

Veamos. Si la pobreza en Chile bajó del 40% al 15% es sin duda una buena noticia. El problema es que en el Alto Biobío (donde existe la represa más moderna de Chile) sigue siendo de 49% y en Providencia de 0%. Se nos dice que la mortalidad infantil es bajísima (7,2 por 1.000 habitantes); el problema es que en Sierra Gorda es de 58,3 y en Talagante, de 2. Que Santiago avanza en estándares de calidad de vida (OMS) con un promedio de 5 m2 de área verde por habitante. El problema es que mientras Cerro Navia tiene 1,2 m2, Vitacura tiene 18 m2. Finalmente, los ingresos: detrás de ese expectante promedio de 15.000 dólares per cápita, se esconde una fría realidad. Mientras el 10% de los chilenos más ricos tiene ingresos superiores a la media de Noruega, el 10% más pobre tiene ingresos más bajos que Costa de Marfil.

Cuando las tiranías tienen rostro y nombre, es más fácil identificarlas y combatirlas. Pero cuando son invisibles, sutiles y silenciosas, es posible que durante mucho tiempo no se sepa cuál es la verdadera causa del malestar. En lo personal, me resulta obvio que la desigualdad brutal de nuestra sociedad está en el corazón de los fenómenos de descontento. La ciudadanía se cansó de consumir promedios. Hoy, al tener más acceso a nuevas formas de comunicación (redes sociales e internet), la gente sabe que detrás de esas maravillosas cifras agregadas se esconden realidades que claman al cielo por justicia.

También existe la percepción de que quienes más defienden esta manera de medir la realidad, en promedios, son precisamente los que están en la parte de arriba de la pirámide. El discurso exitista de nuestras autoridades (empresariales y políticas), que proclama el pleno desarrollo a la vuelta de cada esquina, termina generando violencia en quienes están en los extremos desposeídos de la curva.

Si queremos construir un proyecto de desarrollo inclusivo, humano y con cohesión social, debemos rebelarnos primero contra esta tiranía de indicadores agregados e importantes, pero a la vez tan incompletos y sesgados. Debemos aprender a medir el bienestar social incorporando la dimensión de mayor igualdad y menor abuso.

Esta tiranía no mata, tortura o exilia. Pero hace algo peor: nos hace renunciar a esa infinita capacidad del ser humano de desafiar lo que hoy se considera como frontera de lo posible. Sólo con la creatividad que surge de esa urgencia provocada por los ciudadanos movilizados podremos empezar a buscar nuevas formas para medir en serio nuestra realidad, abandonando promedios y haciéndonos cargo de las particularidades. 

Link: http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2011/07/05/la-tirania-de-los-promedios.asp

SON LAS PERCEPCIONES, PRESIDENTE

julio 8, 2011

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 8 de julio de 2011)

Tuve la oportunidad de trabajar estrechamente con Sebastián Piñera antes de que fuera Presidente de la República. A su lado aprendí muchísimo y atesoro la experiencia como un gran paso en mi desarrollo profesional. Pero antes de cumplir un año en dicha función, se decidió prescindir de mis servicios. Traté de revocar la medida argumentando frente al propio Piñera que el problema no estaba en la calidad de mi trabajo sino en las percepciones en torno a mi persona y mi labor. Piñera me escuchó con respeto y me enseñó una de esas lecciones que se agradecen de por vida: las percepciones son fundamentales.

Traigo esta anécdota a colación motivado por la frase que el ahora primer mandatario Sebastián Piñera ha repetido en sucesivas entrevistas: “Yo siento que el país está bien”. El problema, estimado Presidente, es que la gente percibe lo contrario. Las percepciones, Presidente ¿se acuerda?

Nadie discute los datos duros. Chile crece a tasas altas y sostenidas como no lo hacía desde hace quince años. La CEPAL acaba de adelantar que durante el 2011 nuestro país liderará la expansión económica en Sudamérica después de una larga siesta. El desempleo también retrocede y se ubica en torno al 7,2%. Pero esto no es suficiente. El mensaje triunfalista del Gobierno contrasta con el encarecimiento de la vida y la bien fundada sospecha de que el aumento del producto se concentra finalmente en los mismos de siempre. A esto hay que sumarle que se consolida la imagen –a punta de conflictos de interés- de que este es el Gobierno de los ricos y los grandes empresarios. Nada de los que dice Hinzpeter o Matthei cuando se ponen rudos con el abuso alcanza para revertir esa percepción. Otra vez las malditas percepciones, ¿no, Presidente?

Todos tenemos clarísimo que acá se anida un problema político mayor que amenaza con dinamitar el duopolio que gobierna Chile desde hace 20 años. No hay columnista u opinólogo que no haya escrito anunciando el descalabro. El Presidente comparte el diagnóstico y dice que “estamos con luz amarilla”, para luego presentar como gran reforma la introducción del voto de los chilenos en el exterior con letra chica. El Gobierno parece creer que a cuentagotas soluciona una crisis de legitimidad de proporciones mientras el Congreso no tiene ningún incentivo para introducir más competencia e incertidumbre sobre su propia fuente laboral. La falta de alternativas creíbles es dramática: la Concertación exhibe peores cifras que el oficialismo. Sus niveles de autorreferencia y desconexión con la realidad son calamitosos. Mientras derechas e izquierdas siguen creyendo que lo hacen estupendo, las percepciones de la ciudadanía van en el sentido inverso.

Pero esto no es novedad. La pregunta es qué hacer para cambiar las caprichosas percepciones. Porque de caprichosas tienen mucho, no nos engañemos. El mes del rescate a los mineros todos los índices del Gobierno mejoraron, aunque muchos de ellos no hayan tenido nada que ver con la epopeya de San José. Pero que sean caprichosas no las invalida, al menos no en los regímenes democráticos.

Si el Gobierno quiere recuperar apoyo mayoritario debe mover piezas lo antes posible. La calle detecta a los gobiernos débiles y huele las billeteras abultadas. ¿Cambio de gabinete? Por supuesto. No bastan los retos entre cuatro paredes. Nuevamente, la ciudadanía tiene que percibir el cambio en lenguaje sencillo. ¿Cambio de estrategia? Seguro. Menos arrogancia, menos flancos abiertos, más terreno y más control de la agenda. Esto, apenas, para ganar un respiro. La política es impredecible, pero los equipos regulares que juegan con libreto conocido suelen conseguir mejores resultados que los que se construyen en base a éxitos pasajeros.

Si la Concertación quiere encarnar la suma de los anhelos opositores, debe autodestruirse primero. Es justamente su épica fundacional la que está obsoleta, aunque le duela a los nostálgicos. Es lo que el senador Zaldívar llama su “sentido político” lo que la gente rechaza. Borrón y cuenta nueva. Para la casa los viejos estandartes, aunque sean papás, padrinos o hermanos grandes. Cada minuto que sigue existiendo como estructura se va ahogando el espíritu joven que yace en alguna parte fuera o dentro de sus partidos. No basta que digan que entendieron el mensaje; la ciudadanía tiene que percibir que lo hicieron.

No se trata de hacer política mirando las encuestas. Se trata, como me enseñó el mismísimo Piñera, de darle el debido peso a las percepciones de las personas de las cuales depende nuestra evaluación.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/07/08/presidente-son-las-percepciones%E2%80%A6/

NO ES PAÍS PARA JOTES

julio 5, 2011

por Cristóbal Bellolio (publicada en sección Calling from London de Revista Capital, edición del 1° de julio de 2011)

Aun en primavera, Londres no es la ciudad del amor. Si busca romanticismo y sensualidad, acá no las va a encontrar. Personalmente, no conozco a nadie que sueñe con una luna de miel en el Támesis. La escenografía londinense exuda formalidad, realeza y vanguardia, conceptos que se alejan de los cánones estéticos tradicionalmente asociados a las ciudades parejeras como Roma o París.

Pero el problema –si es que se le puede llamar problema- no está en la urbe, sino en sus habitantes. Los londinenses y en general los británicos no hacen del espacio público un territorio de conquista. Hombres y mujeres por igual adolecen de un serio déficit de coquetería. La torpeza compuesta con la cual se relacionan los sexos opuestos no tiene nada que ver con la proverbial habilidad latina para flirtear. Lachos y engrupidores tienen la pista pesada; parafraseando a McCarthy, este no es país para jotes.

Dos señales pueden llevar a engaño. Después de medianoche, la juventud británica abandona su corrección política y desciende a las cavernas de sus antepasados celtas. El alcohol, como siempre, se encarga de desinhibir las trancas sociales. Según cuenta la leyenda, su uso –y abuso- habría sido incentivado como política pública justamente para aumentar las tasas de reproducción entre la población. La segunda aparente contradicción se observa todos los fines de semana en los diminutos atuendos que lucen las adolescentes para salir de fiesta. En Chile serían considerados una abierta y escandalosa provocación a la lujuria. Acá son moneda común, aunque el termómetro marque menos de cero grados. Es verdad que la combinación entre mujeres ebrias y semidesnudas puede resultar atómica para la imaginación de los varones inescrupulosos, pero sigue siendo una fachada. A la mañana siguiente, con la claridad que arroja la luz del día, los londinenses recuperan la compostura y la distancia. Sobre todo, la distancia.

Hace unos pocos meses el Financial Times publicó una columna extraordinariamente titulada “Don’t touch me, I’m British”. En ella, el columnista argumentaba que mientras los franceses no evitaban sexualizar sus encuentros sociales –besándose en el saludo, mirando a los ojos, sonriendo a desconocidos- y los estadounidenses no esquivaban la posibilidad de una  conversación aleatoria -en la fila del supermercado o entre las mesas de un restorán- los británicos evadían ambos comportamientos. Para éstos, el toqueteo y el palabreo abierto serían invasiones inaceptables a la intimidad. Por lo mismo, el autor recomienda abstenerse de las presentaciones espontáneas del tipo “hola, mi nombre es Cristóbal y vengo de Chile” en el pub, reducto de la socialibilidad británica por excelencia. Sabiendo lo anterior, en más de una ocasión he perturbado a mis compañeros de curso con sendos abrazos de cariño que son apenas correspondidos con unas palmaditas en la espalda.

Debo confesar que la educada frialdad del inglés promedio tiene sus ventajas. La diversidad de estereotipos culturales encaja a la perfección en un país donde nadie se presta demasiada atención. La chilenísima costumbre de la familia Miranda, usualmente acompañada de pelambre, no se lleva en estos lares. Aun en las pintas más estrafalarias, es raro que te apunten con el dedo –probablemente por lo mismo son tan devotos a las fiestas de disfraces sin motivo especial alguno. Me he encontrado caminando en plena madrugada rodeado de superhéroes, conejos rosados y viejos pascueros fuera de temporada.

¿Significa todo lo anterior que los solteros con espíritu de conquista deben darse por vencidos? Para nada. Parte importante de la población de Londres son extranjeros. Descontando a los árabes y a los orientales – quienes por diversas razones tampoco tienen una inclinación especial a la sensualidad- todavía quedan los griegos, los españoles, los italianos, los portugueses, los nórdicos, los europeos del Este, los africanos y por supuesto, la gran familia latina, insuperable para estos efectos. Aunque en una ciudad acostumbrada a verlo todo la gracia de ser latino tiende a diluirse, todavía hay instancias en las cuales un par de palabras en castellano bastan para el hechizo.

Pero tampoco podemos exigir demasiado. Chile no es Colombia ni Puerto Rico. Nuestras ciudades son más bien grises y nuestro temperamento más bien opaco. Nos decimos latinos cuando nos conviene –como sinónimo de calor  y pasión- y lo negamos tres veces cuando nos perjudica –como equivalente de bananero y subdesarrollado. En Santiago no se baila lambada y la atmósfera del metro no es precisamente erótica. Pasear por la Alameda nunca ha arrancado suspiros. Pero es cierto, nos ponemos más floridos en primavera, cuando el jote criollo disfruta de mejores expectativas.

Link: http://www.capital.cl/calling-from-london/no-es-pais-para-jotes.html

Educación en la Mira

julio 3, 2011

Los dejamos a continuación con dos de las mejores reflexiones que han salido en los medios de comunicación esta semana que termina respecto de las demandas estudiantiles:

CAMILIA Y NATIVIDAD (por Gregory Elacqua, publicada en La Segunda el jueves 30 de junio de 2011)

“Este año han surgido dos notables jóvenes líderes en Chile: Camila Vallejo y Natividad Llanquileo. Camila, presidenta de la FECH, ha demostrado capacidad para articular propuestas, movilizar estudiantes y presionar a los  actores políticos para reaccionar a sus demandas. Natividad, la vocera de los mapuches en huelga de hambre, sorprendió al Gobierno por sus habilidades para negociar, comunicar las demandas de los huelguistas a la ciudadanía y poner el tema indígena en el centro del debate nacional. Aun cuando ambas son producto de las universidades chilenas y aportes importantes para el país, el sistema actual de financiamiento de la educación superior favorece más a estudiantes como Camila que a alumnos como Natividad.

Camila, que estudia Geografía en la Universidad de Chile, es bastante representativa de un alumno promedio de una universidad competitiva del Consejo de Rectores (CRUCH). Proviene de una familia de clase media, estudió en un colegio particular subvencionado con financiamiento compartido (fines de lucro) y de nivel socioeconómico alto (la mayoría de los padres tienen educación superior completa) y que, por ende, arroja buenos resultados. Su colegio sacó 305 en el SIMCE (55 sobre la media nacional), casi 600 en la PSU (100 sobre el promedio nacional) y 41% de los alumnos lograron la certificación de inglés (comparado con 11% promedio en el país).

Natividad estudia Derecho en la Universidad Boliviariana, y también es bastante representativa de un alumno promedio de una institución privada de baja selectividad. Proviene de una familia de bajos ingresos; creció en Tirúa, en la VIII Región, y es hija de un campesino y una artesana mapuche. Es la primera persona en su familia que estudia en la educación superior. Asistía a un liceo municipal de nivel socioeconómico bajo y de bajo rendimiento; casi dos tercios de los apoderados no han terminado la básica, lo cual ayuda a explicar sus lapidarios resultados. Su liceo sacó 225 en el SIMCE (80 menos que el colegio de Camila), 450 en la PSU (150 menos que el colegio de Camila) y sólo 1% de los alumnos lograron la certificación de inglés.

Estudiantes como Camila, que provienen de sectores medios y altos, asisten a colegios de buen rendimiento y logran entrar en universidades competitivas del CRUCH, tienen acceso a más becas y a mejores créditos (con tasas de interés bajas) que alumnos como Natividad, que, por sus desventajas de origen y educación escolar, no alcanzan a entrar en una universidad del CRUCH y sólo pueden elegir una institución privada de baja selectividad. Por ello, tienen acceso a pocas becas y los únicos créditos que pueden conseguir tienen altas tasas de interés.

Estudiantes como Camila no sólo se benefician del mayor acceso a financiamiento estudiantil, sino que también las universidades del CRUCH —que representan menos de un tercio de la matrícula nacional— reciben más de dos tercios del financiamiento público que es entregado directamente a las instituciones de educación superior.

Los rectores y los estudiantes en protesta sostienen que las universidades del CRUCH merecen un mayor financiamiento público porque proveen bienes públicos fundamentales para el país (carreras no rentables e investigación). Sin embargo, cabe hacerse la pregunta de si educar alumnos como Natividad también debiera ser considerado un bien público, por el aporte que hacen al país. Si es así, hay que reformar el sistema desigual de financiamiento de educación superior, para que brinde las mismas oportunidades a las futuras Camilas y Natividades.”

Link: http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2011/06/30/camila-y-natividad.asp

PÓQUER DE PINGÜINOS (por Oscar Landerretche, publicada en La Tercera el viernes 1 de julio de 2011)

“A ver, a ver, vamos por partes.

1. El sistema educativo es central para transitar hacia una estructura productiva más desarrollada, una democracia más inclusiva y una sociedad más igualitaria, pero no se está desempeñando en forma satisfactoria en estas dimensiones, ni al nivel escolar ni al nivel superior.

2. En ambos niveles educativos hay instituciones privadas y públicas que dan orgullo y otras que dan pena.

3. El rigor estadístico muestra que, en promedio, a igual condición socio-cultural de los estudiantes, instituciones públicas y privadas rinden igual.

4. Salvo una manotada de casos, el fracaso de la municipalización es total. Pero la recentralización no solamente es ineficiente, sino que opuesta a lo que demanda nuestra sociedad, economía y democracia.

5. El Estado debe garantizar que todas sus universidades sean de excelencia y recuperar su rol en la educación técnica, profesional y de trabajadores. Ello implica más recursos, claro, pero sólo es posible con una profunda reforma de gobiernos corporativos en la educación superior pública.

6. El sistema de crédito para educación superior se encuentra en bancarrota económica y política.

7. En el sistema privado hay captura institucional de un grupo de interés, los sostenedores, que parecen más centrados en el lucro que en cumplir el rol para el cual están siendo subsidiados o eximidos de impuestos.

8. En el sistema público hay captura institucional de otro grupo de interés, los profesores, que, en general, dejan mucho que desear en su desempeño.

9. No hay diseño de incentivos que pueda suplantar la inyección de más recursos públicos a la educación; no hay inyección de recursos que pueda suplantar una reforma completa de los incentivos en el sistema.

10. Si nos queremos tomar en serio esto de la educación como parte de nuestra estrategia de desarrollo, el salario de un profesor público debiera llegar a ser similar al de un gerente de empresas.

11. A la habitual aversión del gran empresariado a los impuestos se suma, aquí, escepticismo frente a la educación pública de calidad como mecanismo de desarrollo (vs. un sistema de selección de talentos).

¿Qué resulta de ese entramado de intereses, prejuicios y objetivos? La inmovilidad que observamos, pues. Todos los jugadores del póquer de la educación quietos, caras cínicas y cartas ocultas. Como sabe cualquiera que haya jugado póquer, da lo mismo lo que digan los jugadores mientras no se muestren las cartas; y las cartas no se muestran hasta que están las fichas sobre la mesa.

Hay que generar, entonces, una situación que los obligue a poner sus fichas arriba de la mesa. Cada uno tiene fichas diferentes que poner: los empresarios y su gobierno, uno a dos puntos del PIB de tributos adicionales; los sostenedores, su renuncia al lucro o a los subsidios; los profesores, su renuncia al estatuto, y así los demás jugadores.

¿Cómo forzar al esclerótico sistema político chileno a poner las fichas en la mesa de la educación? La esperanza es que las movilizaciones estudiantiles adquieran dimensiones épicas, que sacudan conciencias, rompan esquemas e intimiden poderes, hasta que los jugadores se vean forzados a apostar. Es por eso que hay que apoyarlas.

Link: http://latercera.com/noticia/opinion/ideas-y-debates/2011/07/895-376576-9-poquer-de-pinguinos.shtml