SON LAS PERCEPCIONES, PRESIDENTE

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 8 de julio de 2011)

Tuve la oportunidad de trabajar estrechamente con Sebastián Piñera antes de que fuera Presidente de la República. A su lado aprendí muchísimo y atesoro la experiencia como un gran paso en mi desarrollo profesional. Pero antes de cumplir un año en dicha función, se decidió prescindir de mis servicios. Traté de revocar la medida argumentando frente al propio Piñera que el problema no estaba en la calidad de mi trabajo sino en las percepciones en torno a mi persona y mi labor. Piñera me escuchó con respeto y me enseñó una de esas lecciones que se agradecen de por vida: las percepciones son fundamentales.

Traigo esta anécdota a colación motivado por la frase que el ahora primer mandatario Sebastián Piñera ha repetido en sucesivas entrevistas: “Yo siento que el país está bien”. El problema, estimado Presidente, es que la gente percibe lo contrario. Las percepciones, Presidente ¿se acuerda?

Nadie discute los datos duros. Chile crece a tasas altas y sostenidas como no lo hacía desde hace quince años. La CEPAL acaba de adelantar que durante el 2011 nuestro país liderará la expansión económica en Sudamérica después de una larga siesta. El desempleo también retrocede y se ubica en torno al 7,2%. Pero esto no es suficiente. El mensaje triunfalista del Gobierno contrasta con el encarecimiento de la vida y la bien fundada sospecha de que el aumento del producto se concentra finalmente en los mismos de siempre. A esto hay que sumarle que se consolida la imagen –a punta de conflictos de interés- de que este es el Gobierno de los ricos y los grandes empresarios. Nada de los que dice Hinzpeter o Matthei cuando se ponen rudos con el abuso alcanza para revertir esa percepción. Otra vez las malditas percepciones, ¿no, Presidente?

Todos tenemos clarísimo que acá se anida un problema político mayor que amenaza con dinamitar el duopolio que gobierna Chile desde hace 20 años. No hay columnista u opinólogo que no haya escrito anunciando el descalabro. El Presidente comparte el diagnóstico y dice que “estamos con luz amarilla”, para luego presentar como gran reforma la introducción del voto de los chilenos en el exterior con letra chica. El Gobierno parece creer que a cuentagotas soluciona una crisis de legitimidad de proporciones mientras el Congreso no tiene ningún incentivo para introducir más competencia e incertidumbre sobre su propia fuente laboral. La falta de alternativas creíbles es dramática: la Concertación exhibe peores cifras que el oficialismo. Sus niveles de autorreferencia y desconexión con la realidad son calamitosos. Mientras derechas e izquierdas siguen creyendo que lo hacen estupendo, las percepciones de la ciudadanía van en el sentido inverso.

Pero esto no es novedad. La pregunta es qué hacer para cambiar las caprichosas percepciones. Porque de caprichosas tienen mucho, no nos engañemos. El mes del rescate a los mineros todos los índices del Gobierno mejoraron, aunque muchos de ellos no hayan tenido nada que ver con la epopeya de San José. Pero que sean caprichosas no las invalida, al menos no en los regímenes democráticos.

Si el Gobierno quiere recuperar apoyo mayoritario debe mover piezas lo antes posible. La calle detecta a los gobiernos débiles y huele las billeteras abultadas. ¿Cambio de gabinete? Por supuesto. No bastan los retos entre cuatro paredes. Nuevamente, la ciudadanía tiene que percibir el cambio en lenguaje sencillo. ¿Cambio de estrategia? Seguro. Menos arrogancia, menos flancos abiertos, más terreno y más control de la agenda. Esto, apenas, para ganar un respiro. La política es impredecible, pero los equipos regulares que juegan con libreto conocido suelen conseguir mejores resultados que los que se construyen en base a éxitos pasajeros.

Si la Concertación quiere encarnar la suma de los anhelos opositores, debe autodestruirse primero. Es justamente su épica fundacional la que está obsoleta, aunque le duela a los nostálgicos. Es lo que el senador Zaldívar llama su “sentido político” lo que la gente rechaza. Borrón y cuenta nueva. Para la casa los viejos estandartes, aunque sean papás, padrinos o hermanos grandes. Cada minuto que sigue existiendo como estructura se va ahogando el espíritu joven que yace en alguna parte fuera o dentro de sus partidos. No basta que digan que entendieron el mensaje; la ciudadanía tiene que percibir que lo hicieron.

No se trata de hacer política mirando las encuestas. Se trata, como me enseñó el mismísimo Piñera, de darle el debido peso a las percepciones de las personas de las cuales depende nuestra evaluación.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/07/08/presidente-son-las-percepciones%E2%80%A6/

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