EGIPTO: DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN

Conocí Egipto diez años atrás. Todavía recuerdo al guía de la Ciudadela de Saladino, quien, mientras hacía el recorrido, se ufanaba de las virtudes democráticas del régimen de Hosni Mubarak. Para entonces el derrocado gobernante ya acumulaba dos décadas al mando del país. Acabo de regresar a El Cairo para exponer -por esas ironías de la vida- sobre la experiencia chilena en la transición política. Aquí, el relato de lo que se respira en una nación que lucha por encontrar un camino a la democracia. Aunque sea en la medida de lo posible. Por Cristóbal Bellolio (publicado en revista Capital, edición del 15 de julio de 2011)


La vida sigue (casi) igual para los egipcios. Se suceden las manifestaciones como réplicas del reventón, pero en general no hay desórdenes ni violencia callejera. “Las cosas funcionan mejor que antes”, me comentó el tipo que me esperaba en el aeropuerto, con el pecho inflado. Al menos, esa es la percepción de la gente. El 82% de la población, según una encuesta publicada poco después de la caída de Mubarak, se mostraba optimista respecto del futuro. Hoy, esa cifra ha caído sustantivamente pero aún se empina sobre el 50%. Muchos pensaron que la revuelta iniciada el 25 de enero traería cambios radicales de la noche a la mañana. Por lo mismo, uno de los desafíos actuales es lidiar con esa frustración. Las transiciones –no lo sabremos nosotros– se construyen a punta de pragmatismo, concesiones y gradualidad. La incógnita es si existen actores políticos a la altura de las circunstancias.

Los militares, todavía, son los buenos de la película. Se les agradece haberle quitado el piso al ex presidente en el momento clave. Si hubieran decidido respaldarlo, el baño de sangre habría sido incalculable. Hoy son ellos los que controlan la burocracia –que permite que las reparticiones y servicios públicos continúen su labor con relativa normalidad– a través de un consejo de 19 altos jerarcas de las fuerzas armadas. Aunque originalmente estaba previsto que entregaran el poder a un parlamento elegido en el mes de julio, la lentitud del proceso ha postergado las elecciones para septiembre. No son sólo los militares; los movimientos sociales que nacieron en la plaza Tahrir piden más tiempo para organizarse. Ya conocemos la historia: las transiciones tienen metas y no plazos. El resto es incertidumbre.

El despertar

Para apaciguar los ánimos, días antes de su caída, Mubarak se dirigió a la nación con un discurso en el cual enfatizaba su relación paternal con el pueblo egipcio. En lugar de hablarles como a ciudadanos libres, continuamente se refirió a ellos como sus “hijos”. Pero sólo a los observadores occidentales les causó extrañeza. Egipto, como gran parte de medio oriente, vive todavía en un estado de infantilismo político. Es cosa de revisar su trayectoria histórica: después de haber sido dominados por persas, griegos, romanos, otomanos, franceses e ingleses, los egipcios sólo volvieron a controlar soberanamente su propio territorio en 1952 con el ascenso al poder del coronel Gamal Abdel Nasser. En 1970 le sucedió su vicepresidente, también militar, Anwar el-Sadat. Asesinado por extremistas musulmanes en 1981, el-Sadat dio paso a su propio vicepresidente –ex militar– Hosni Mubarak. En resumen, tres gobernantes designados a dedo y provenientes del mundo castrense. Hasta el último momento, Mubarak se resistió a designar vicepresidente, con la esperanza –dicen– de ungir a su propio hijo Gamal como sucesor. En estas condiciones se hace bien difícil desarrollar hábitos democráticos.

“Por primera vez en Egipto se habla de política”, me comentó un corresponsal británico experto en la región. En efecto, la revolución ha sido efectiva en su capacidad de bajar a la población temas y conversaciones inéditas. Por supuesto, Egipto no será la vieja Atenas. El bullicio y regateo de los mercados no se mezcla con las artes deliberativas. Muchos todavía creen que la pobreza dura –cerca del 40%– se combate con más autoridad y no con más democracia. En concreto, el fenómeno de socialización política se observa en la juventud concentrada en las universidades, en las organizaciones femeninas y en los distintos movimientos de la sociedad civil, potenciados por la capacidad de difusión de las redes sociales. Los intentos del gobierno de Mubarak por silenciar estos medios fueron infructuosos y ayudaron a hacerlos aún más populares. En las calles de El Cairo, junto al merchandising alusivo a la “gesta” del 25 de enero, se pueden adquirir camisetas que sólo dicen “Google”, “Facebook”, “Twitter” o “Flickr”. De ahí que algunos de los personajes más reseñados por los medios internacionales han sido, justamente, los blogueros y los activistas digitales.

Intercambié con ellos varias reflexiones. Mi impresión final es que todavía no está claro cuál es el alcance de la revolución. Lo que comenzó como una manifestación convocada para conmemorar el “día de la ira” –alimentada por los sucesos de Túnez–, tiene horizontes muy difusos. Para estos jóvenes, deshacerse de Mubarak era sólo el comienzo. Pero para el establishment egipcio, la tarea ya está concluida. Mientras los primeros quieren sentarse a dibujar el país que sueñan desde cero, el segundo está ansioso por repartirse el poder disponible. El contraste de expectativas es evidente. Por eso, algunos prefieren referirse más austeramente al “levantamiento” de Tahrir, anticipando con opaco realismo que esta será una revolución sin transformaciones estructurales. No descarto que sea esa una posibilidad. A la política le gustan los disfraces gatopardísticos, cuando todo cambia para que todo siga igual.

Sin embargo, muchas cosas no volverán a ser como antes. Una nueva generación de egipcios se formará en una atmósfera más consciente respecto de cómo funciona el poder y qué rol les corresponde jugar a ellos como ciudadanos –titulares de derechos y deberes– y no como infantes –hijos de un padre omnipotente ajeno a cualquier escrutinio o rendición de cuentas–.

El huevo o la gallina

La discusión más caliente en los medios egipcios se remite a la pregunta: ¿qué viene primero, elecciones parlamentarias y presidenciales o una nueva constitución? Los que apoyan la primera opción sostienen que es urgente llenar el vacío de poder, devolver a los militares a sus cuarteles y aprovechar la legitimidad de los nuevos representantes para tratar cualquier cambio constitucional. Los que favorecen la segunda alternativa dicen que no es posible montar un sistema político sin reglas del juego conocidas y aceptadas por todos los actores. Sostienen que los partidos mejor organizados monopolizarán la representación, sin incentivos para realizar los cambios necesarios y que hay discusiones de fondo que una asamblea constituyente puede abordar mejor que los políticos, quienes sólo piensan en asegurar sus escaños.

Lo interesante es que el consejo supremo de las fuerzas armadas organizó en marzo pasado un referéndum para modificar algunos artículos de la constitución egipcia. Votaron 18 millones de 45 potenciales electores, todo un record para los estándares internos. Antes no se hacía muy atractivo asistir a las urnas con 40 grados de calor cuando el resultado se conocía de antemano. Esta vez, la mayoría se pronunció a favor de las reformas, que entre otras cosas contemplan la limitación del periodo presidencial a cuatro años –con una sola reelección–, el establecimiento de un tribunal imparcial para velar por la transparencia de los comicios y el relajamiento de las leyes antiterroristas dictadas por el ex gobernante para combatir al radicalismo musulmán. Los que votaron en contra consideraron que las enmiendas eran insuficientes. Se quejaron, además, de que habían sido redactadas entre cuatro paredes por los militares y que la presentación del paquete los obligaba a decidir “todo o nada”. Lo innegable es que parte importante de la ciudadanía egipcia se dio por pagada con estas modificaciones.

El episodio refleja, nuevamente, que no hay consenso respecto de la amplitud y profundidad de las demandas de la plaza Tahrir. El grito que pide más democracia puede ser interpretado como un reclamo limitado por mejores índices de representatividad, competencia y transparencia a la hora de repartir el poder político –en este caso, como una crítica directa al régimen de Mubarak– o bien puede entenderse como la necesidad de garantizar el ejercicio de ciertas libertades básicas e inviolables para el individuo o, incluso, más radicalmente, como una apelación a redistribuir el poder no sólo político sino también el económico y social. Las tres lecturas se enfrentan y a ratos se superponen en el debate de estos días. Quizás lo más sensato sea lo que ha sostenido el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica y precandidato presidencial egipcio, Mohamed el-Baradei: “Egipto no necesita una constitución, Egipto necesita una carta de derechos”.

La idea, a semejanza del Bill of Rights anglosajón o del artículo 19 de la constitución chilena, tiene especial resonancia en una sociedad altamente estratificada y acostumbrada al abuso de autoridad, una cultura que parece justificar que aquellos en posiciones socialmente más altas trapeen con la dignidad de los que resultan estar más abajo en la escala. Las declaraciones líricas de igualdad –contenidas incluso en el Corán– son inservibles si no existen los mecanismos institucionales para exigir el respeto debido y si la sociedad no se permea de los valores democráticos que, supuestamente, promueven una mayor horizontalidad en las relaciones humanas.

Mahoma a la vista

Pero la discusión constitucional no es la única álgida. Uno de los principales temores del mundo liberal es el grado de respaldo político del que gozan los Hermanos Musulmanes, organización nacida a principios de siglo XX y que ha sufrido la represión desde Nasser en adelante. Cantaron codo a codo con la juventud laica en Tahrir, pero una vez pasada la euforia retomaron su agenda: evitar a toda costa la secularización de Egipto.

Mis anfitriones me comentaron que me encontraría cara a cara con ellos. Yo esperaba un grupo de sarracenos barbudos de ceño fruncido y armados de cimitarras, pero me llevé una tremenda sorpresa. La vocera de los Hermanos Musulmanes resultó ser una delicada estudiante de 17 años, cubierta con un velo blanco, con un hilo de voz casi imperceptible. Ideal para el mensaje que quieren transmitir, pensé: “no nos tengan miedo”.

Pero aunque la chica fuera encantadora (ya la tengo de amiga en Facebook), su posición no era menos solemne. La Hermandad Musulmana, advirtió, saldrá de su ostracismo político llevando una lista de candidatos parlamentarios. Debido a su buena organización y al voto duro religioso, espera obtener sobre un 30% de los escaños, lo que le bastaría para ejercer poder de veto en las batallas más emblemáticas. “El Islam es la religión del Estado” y “la ley islámica (Sharia) es la principal fuente de legislación”, establece el segundo artículo de la constitución todavía en funciones. El peso de los Hermanos Musulmanes en el próximo congreso sería capaz de neutralizar cualquier intentona liberal por alterar estos incisos. Más todavía, cuando acaban de anunciar que competirán en coalición con el histórico partido patricio Wafd, de corte conservador en lo político, pero secular en asuntos religiosos. Juntos serían lo suficientemente poderosos como para conducir el proceso de transición. Las alianzas, por lo visto, no seguirán un patrón necesariamente ideológico. En este caso, el objetivo de ambos partidos es diseñar un nuevo orden político postrevolucionario en el que los nostálgicos del antiguo régimen no tengan cabida. No muy alejado del espíritu que animó en Chile a viejos adversarios a juntarse en una plataforma común para vencer a Pinochet en 1988.

Pensando justamente en que Pinochet obtuvo casi un 44% en el plebiscito que selló su derrota y que sus simpatizantes fueron capaces en corto tiempo de articularse políticamente, se me ocurrió preguntarle a un taxista por el paradero de los partidarios de Mubarak. “¿Cuáles?”, me respondió, “¡si no los tiene!” Se equivocaba.

Mientras volaba de regreso a Londres se comenzaba a desarrollar en El Cairo una de las primeras demostraciones en favor del ex presidente, tras cinco meses fuera del poder (nótense los nombres de las organizaciones convocantes: los Hijos de Mubarak y los Niños de Mubarak). Evidentemente, no han sido tiempos fáciles para ellos: el Partido Democrático Nacional, que los cobijaba, ha sido proscrito por ley y sus sedes, incendiadas hasta los cimientos por las turbas revolucionarias. Aquellos con cargos intermedios en el gobierno sencillamente se han cambiado de bando para conservarlos, mientras otros se reinventan para competir como independientes en las parlamentarias. Desde las cenizas, otros tantos huérfanos de Mubarak se articulan en el Nuevo Partido Nacional, que alcanza un sorpresivamente alto 20% en la intención de voto, de acuerdo a la más reciente encuesta. Pero a diferencia del caso chileno, los viudos del antiguo régimen no contarán con un sistema electoral que los subsidie.

Democracia protegida

Los Hermanos Musulmanes prometieron no llevar candidato presidencial. Esa carrera la lidera hoy el secretario general de la Liga Arabe, general Amr Moussa, seguido del actual primer ministro –designado por los militares–, Essam Sharif, y del propio cabecilla del consejo supremo de las fuerzas armadas, el mariscal Mohammed Tantawi. Cuando me enteré de sus perfiles, no pude evitar el comentario: “prepárense para una larga democracia protegida”.

–¿Crees que los militares entregarán el poder en Egipto? me preguntó angustiada una joven activista, mientras aprovechábamos el coffee break en un décimo piso con vista al Nilo. Le dije que sí. Por la sencilla razón de que sin el poder formal, por lo visto, se las arreglarían para seguir ejerciendo una enorme cuota de poder informal. “Nadie entrega el control sin garantías. Por eso Pinochet se quedó a cargo del ejército cuando dejó de ser presidente”, le expliqué. “Entiendo” me dijo, “se las arregló para ser intocable por un buen tiempo”. Siguió mirando el río. No le cambió la cara. Es de aquellas que salen a las plazas y reciben la peor parte de la represión. Las fuerzas armadas, según ella, no comprenden por qué la gente sigue protestando si Mubarak ya fue derrocado.

Sin embargo, el alto mando ha reaccionado al rugido de la calle. Cuando la presión por justicia se hacía incontenible, los uniformados detuvieron al clan Mubarak en el lujoso balneario de Sharm el Sheikh, bajo cargos criminales y de corrupción. La ciudadanía festejó y la tensión aflojó.

Dirigentes sociales, tanto liberales como musulmanes, esperan que finalmente la constitución contenga la provisión expresa de subordinar el poder militar al poder civil. Por su parte los militares han señalado que esperan asumir el rol de “garantes de la institucionalidad” en la naciente democracia. No puede ser tanta la coincidencia, pensé. Pero bueno, nadie en Egipto está en condiciones de impedírselos. Recordé a Patricio Aylwin… democracia en la medida de lo posible. Pero democracia a final de cuentas.

Link: http://www.capital.cl/reportajes-y-entrevistas/egipto-post-revolucion-y-ahora-que-7.html

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