SE ARRIENDA VIRGINIA WATERS

por Cristobal Bellolio (publicado en El Semanal de La Tercera el domingo 7 de agosto de 2011)

Desde el centro de Londres, llegar a la localidad de Virginia Waters toma poco más de una hora, haciendo conexiones de metro y tren. Se trata de una villa de algo más de seis mil habitantes, enclavada en el corazón del condado de Surrey, fuera de los límites de la capital. No tuvieron mal ojo los que escogieron este reducto como residencia del difunto general Pinochet durante su involuntaria estadía en Inglaterra; el lugar es tan hermoso como tranquilo. La vida social se concentra en unos pocos edificios comerciales y el resto son extensas arboledas con grandes casonas a lado y lado. Una especie de British Chicureo, que a ratos se confunde con los sectores emboscados de La Reina Alta o las calzadas de Piedra Roja en los Dominicos. A simple vista se nota que no es una zona cuyos residentes tengan problemas económicos. Muy por el contrario. A pocos kilómetros se encuentra el Castillo de Windsor – residencia real que lleva el apellido de la actual monarquía- y el exclusivísimo Eton College, donde se suele educar la más rancia aristocracia británica, incluyendo 19 primeros ministros hasta el actual David Cameron.

Fuera de la estación, una adorable caseta alberga a los taxistas del lugar, los mejores testigos del entonces peregrinaje chileno a Virginia Waters. Recuerdan haber llevado innumerables compatriotas hasta las puertas del condominio de Pinochet en Wentworth, una exclusiva área ubicada a un par de kilómetros de centro. Uno de ellos todavía se ríe de la vez que partidarios y opositores tuvieron que compartir el taxi para abaratar costos, sin dirigirse la palabra en el trayecto. Reaccionaron incrédulos al enterarse que el anciano dictador ya no vivía, pero no emitieron comentarios. Destacador amarillo en mano, tuvieron la gentileza de enseñarme el trayecto desde la estación de tren hasta la entonces casa de entonces senador vitalicio. Un poco más allá, un puñado de locales comerciales alimenta el escaso movimiento de Virginia Waters. Dos tiendas de abarrotes, una farmacia, un local de depilación y varias corredoras de propiedades. Los parroquianos se reúnen en el bar y restorán The Wine Circle, cuyo propietario no olvidaba la estadía de Pinochet en sus pagos.  “¡Claro que me acuerdo! ¡Si hasta Margaret Thatcher vino a visitarlo! Una verdadera desgracia…” se lamentaba mientras apuntaba orgulloso su Tatay de Cristóbal de Viña Von Siebenthal del Valle del Aconcagua.

Pero fuera de estos casos, los rastros de su estadía son casi inexistentes. A medio camino entre la estación y Wentworth se erige una moderna iglesia liberal cuya veterana recepcionista señaló sólo recordar a un general de la Guerra Civil Española que se había mudado a Virginia Waters unas cuantas décadas atrás. Muy cerca de la residencia de Pinochet el bicentenario Hotel Wheatsheaf parecía ser el lugar perfecto para divagar sobre la invasión chilena de entonces. Pero nadie en la recepción recordó haber alojado a ninguno. Entendible: para qué quedarse en un lugar donde no pasa absolutamente nada si con un poco de esfuerzo se llega a Londres. En la tradicional corredora de propiedades Barton Wyatt –que maneja la casa ocupada por el ex presidente chileno- una agente Senior lo graficó en una lacónica, educada y sugerente sentencia: “Esta no es una atracción turística”. En efecto, no hay placas conmemorativas ni huellas de detractores furiosos. No hay merchandising, no hay postales, no hay grafitis. No resulta fácil recoger testimonios. Las calles de la villa están prácticamente desiertas. Apenas se escucha el trabajo de los constructores de piscinas. Un parque y una laguna –donde se filmaron escenas de Harry Potter: el Prisionero de Azkabán- sirven como principales atracciones especialmente para los adultos mayores radicados en Virginia Waters. No es casualidad que en el trayecto haya notado varios anuncios de casas de retiro. Para su población económicamente activa, es poco más que una aldea dormitorio. Ni los tradicionales pubs son fuente de mucha contaminación acústica. En su estado habitual, Virginia Waters es una somnolienta pero encantadora taza de leche.

El mismo silencio me acompañó al ingresar a pié al condominio que los taxistas me marcaron en el mapa. Sus casas se desparraman en un infinito paño verde que comprende cuatro campos de golf, donde cuenta la leyenda que se disputó la primera edición –allá por 1926- de la afamada Ryders Cup que enfrenta a los mejores de América con los sus pares de Europa. El tránsito está sin embargo vedado para los autos: aun sin guardias en la puerta, estamos pisando propiedad privada.

Al momento de reportear esta nota, la ex casa de Pinochet se encontraba deshabitada. Al momento de publicarse, ya ha sido nuevamente ocupada. Se trata de sus terceros inquilinos después de los chilenos. Su identidad fue celosamente guardada por la agencia, pero con toda probabilidad se trata de una familia numerosa. Para hacerse una idea, estamos hablando de una casona familiar de ladrillo situada en un terreno de aproximadamente cuatro mil metros cuadrados, con un amplio jardín y estacionamiento para varios autos. Por dentro cuenta con cuatro habitaciones y según cuentan en la corredora, viene saliendo de sustantivas remodelaciones. Su renta mensual alcanza las 4.500 libras esterlinas ($3.345.000 chilenos) y al menos al día de hoy se arrienda desamoblada. La variación del precio, dicen, ha sido la normal en la zona y ha estado ajena a la particularidad de sus ocupantes temporales: el factor Pinochet no ha encareció ni abarató el inmueble.

Husmeando entre los arbustos, conocí a los vecinos. Fui invitado a la terraza a degustar un heladísimo vino blanco mientras era puesto al tanto de sus impresiones. “Vivía bastante bien” me indicaron en la casa del frente, comentando el penetrante olor a Barbecue que salía frecuentemente del patio en aquellos tiempos. Respecto del personaje mismo, no lograron hacerse una opinión; sólo veían a un anciano salir a caminar por la cuadra a tranco lento apoyado de un bastón, siempre rodeado del cariño incondicional de su familia. Este último aspecto fue destacado una y otra vez: no les calzaba la imagen del sanguinario dictador que promovían algunos medios con el familiy-oriented-guy que veían compartir con sus nietos. Quizás por lo mismo las quejas del vecindario no se concentraban tanto en Pinochet como en las externalidades negativas asociadas a su estancia en el barrio. Dos, subrayaron, les arruinaron la vida de sosiego que vinieron justamente a buscar a este lugar.

La primera era la presencia policial y el despliegue logístico al ingreso del condominio. De la noche a la mañana, los residentes de Chestnut Avenue y Lindale Close –esta última la calle de Pinochet- tuvieron que habituarse a ser controlados al salir e ingresar de sus respectivos hogares, cuestión que extendida en el tiempo puede hacerse insoportable. Imagínese organizar una fiesta de cumpleaños para su hijo de 5 años en la cual los pequeños invitados –disfrazados como animales del bosque- son detenidos y registrados en un control de policía fuera de su propia casa. Hoy lo rememoran como anécdota simpática. En el momento, sin embargo, estaban indignados. Lo mismo alegaba un diplomático retirado que acostumbraba a quemar las hojas de su jardín en otoño, a quien un día se le acercó una pareja de escoltas de traje y escarapelas tricolores a impedirle el sahumerio porque opacaba la visión de las cámaras de seguridad del perímetro de Pinochet.  “Las noches eran tan luminosas como el día” comentaba una joven que en ese entonces tenía 10 años, acordándose de los gigantescos focos blancos que apuntaban a su pieza y no la dejaban dormir. Mucho más grave fue el caso de la familia que vivía exactamente frente a los chilenos y que no pudo enterarse a tiempo de la muerte del padre porque sus teléfonos fueron intervenidos por alguna agencia de inteligencia británica como parte del operativo de seguridad. Cuando se mudaron, la casa que ocupaban quedó vacía; nadie quiso arrendarla con tan compleja vecindad. La tensión terminaba por contagiar inevitablemente al entorno.

El segundo problema lo tenían con los manifestantes ubicados a las afueras del cordón policial. Del relajante sonido de los pájaros, esa zona de Virginia Waters pasó a confundirse con el ruido de los tambores, los gritos y los cánticos contra el dictador. El verde del paisaje adquirió muchos más colores con cientos de manifestantes instalados de punto fijo exhibiendo ante el mundo las imágenes de los detenidos desaparecidos del Chile 73-90. Por supuesto, no hay en el tono de los vecinos ningún reproche a las motivaciones de los detractores de Pinochet. Conocen trazos de la historia y no se pierden en la película completa. Son capaces de entender el dolor y la sed de justicia de las víctimas. Simplemente se les hizo una pesadilla doméstica tenerlos día y noche en el oído. No es difícil creerles: se sentían viviendo bajo una interminable “funa”. En el lenguaje anglosajón se utiliza la sigla NIMBY (Not in my Back Yard) para referirse a los proyectos típicamente resistidos por los habitantes de un lugar, como prisiones, vertederos, centrales energéticas, líneas de alta tensión, antenas de telefonía móvil, etc. Para los residentes de Wentworth, la horda de inagotables activistas se transformó en un caso sui generis de NIMBY. Por el contrario, a los partidarios que entonces visitaron a Pinochet no los recuerdan. Asumen que eran esos personajes bien vestidos que traspasaban el cerco de seguridad y eran conducidos protocolarmente hasta la reja. Éstos, por razones obvias, no metían bulla.

Lo peor de todo, concluyen casi al unísono, es que no hubo de parte del gobierno británico ninguna explicación ni menos compensación al respecto. Sienten que les injertaron un problema en el seno de su comunidad sin siquiera entregar ayuda para sobrellevarlo. Por el contrario, alegan, fue Pinochet el indemnizado por el hecho de estar bajo arresto domiciliario en territorio inglés. Mientras tanto, los vecinos debieron seguir pagando las contribuciones regulares y las mejoras necesarias en el sector, incluso las asociadas a la estancia de tan singular figura. Además, en una cultura acostumbrada a pedir perdón hasta por el mal tiempo, les extrañó que de parte de los Pinochet no recibieran ni una modesta disculpa vistos los inconvenientes. 

Dieciséis meses fueron en total los que habitó Augusto Pinochet en Virginia Waters. Durante ese tiempo no cultivó relaciones humanas fuera de su entorno familiar, con la excepción del médico que acaba de retirarse dejando la consulta, a la usanza de pueblo chico, en manos de su hijo. El nombre de Pinochet se lo empieza a llevar el viento mientras sobrevive apenas borroso en la memoria de algunos. Seguramente las historias seguirán corriendo cada vez que un chileno llegue al reducto de los taxistas o pida un vino del valle central en algún restorán tradicional. Los nuevos arrendatarios de la casa, cuentan en la corredora, no tienen idea de que su nueva morada refugió al personaje más influyente del siglo XX chileno en condiciones de absoluta derrota política. “¿Por qué debería importarles?” añade la corredora. Probablemente tenga razón. No somos tan relevantes. Hace un buen tiempo que los niños pueden entrar libremente a los cumpleaños y el viejo diplomático, que dice haber tenido en común un bypass con Pinochet, podrá seguir quemando sus hojas sin que ningún hombre de lentes oscuros esta vez pueda impedírselo. La estancia del difunto dictador fue apenas un paréntesis que juega con el olvido en la apacible vida de Virginia Waters.

Link: http://papeldigital.info/elsemanal/2011/08/07/01/paginas/018.pdf

http://papeldigital.info/elsemanal/2011/08/07/01/paginas/019.pdf

http://papeldigital.info/elsemanal/2011/08/07/01/paginas/020.pdf

http://diario.latercera.com/2011/08/07/01/contenido/la-tercera-el-semanal/34-79236-9-se-arrienda-virginia-water.shtml

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: