ESA POLICÍA AZUL

por Cristóbal Bellolio (solicitada pero NO publicada en la sección Calling from London de Revista Capital, edición del 26 de agosto de 2011)

¿Cómo se imagina el cielo un europeo? Que cocinen los franceses, que los autos sean fabricados por los alemanes, que los amantes sean italianos, la policía sea inglesa y todo coordinado por los suizos. ¿Cómo sería entonces el infierno? Con chefs ingleses, mecánicos franceses, amantes suizos, policías alemanes y gobernado por italianos.

Me he acordado mucho de este chiste a partir de los confusos y violentos eventos que vivieron varias ciudades de Inglaterra hace un par de semanas. El debate desde entonces se ha centrado en el rol que jugaron las fuerzas de orden que batallaron contras las turbas furiosas en calle abierta. La crítica generalizada –deslizada desde Downing Street 10 y compartida por la mayoría de la ciudadanía- es que la policía actuó en forma tímida y permisiva.

Como lo revela el relato introductorio, la policía británica ha sido parodiada por su escaso poder intimidatorio. Los característicos bobbies han protagonizado varias series de televisión donde no destacan precisamente por su agudeza intelectual, su destreza física o su coraje ante la adversidad. ¿Se imagina usted un canal chileno emitiendo una telenovela donde una pareja de carabineros sea frecuentemente ridiculizada? Difícil.

Por el contrario, las fuerzas de orden en Chile no sólo son acreedoras del curioso cumplido de ser “las únicas no corruptas de Latinoamérica” –lo que se ve refrendado cada vez que puntean la categoría de la institución más confiable del país- sino además están revestidas de un aura de autoridad que genera temor reverencial, a diferencia de lo que ocurre en otros países donde no provocan especial respeto.

Estoy consciente que en muchos lugares a lo largo de nuestra tierra los Carabineros son parte de la vida cotidiana de la comunidad y en más de algún caso se habrán creado hasta lazos de compadrazgo entre civiles y uniformados. En lo personal, soy de aquellos que prefiere tener el menor trato posible con ellos. Si no fuera tan sospechoso, cambiaría de vereda para no encontrármelos cara a cara. No creo que sea necesario haber sido víctima de la represión en dictadura – en manos de “esa policía verde” de la que cantan las barras bravas en el estadio – para desarrollar una actitud de distancia y formalidad en el trato con las policías chilenas. Igualmente “atesoro” episodios de pequeños abusos y sutiles persecuciones que me indispusieron desde adolescente con los representantes de la ley. Por lo demás, la concentración de tanto poder en una sola persona –de carne y hueso, igual a nosotros- sumado al excepcional pero nada descartable error de criterio en la evaluación de los hechos delictuales, configuran un escenario de posibilidades coercitivas temibles para cualquier amante de la libertad. En síntesis, aun celebrando que nuestros Carabineros son comúnmente los buenos de la película, por diversas razones nunca he podido tragarme el eslogan de “un amigo, siempre”.

Más allá de las enormes diferencias de fondo entre las movilizaciones por la educación en Chile y los disturbios, saqueos e incendios de Londres, cabe entonces añadir una nueva diferenciación de orden policial. Mientras en Santiago no faltan voces que acusan que Carabineros provoca los incidentes y luego viola los derechos humanos, en suelo británico la pregunta es: ¿Dónde estuvo la policía mientras el lumpen ultrajaba nuestras calles? Los analistas anticipan el fin de la era del “policing by consent (que podría traducirse como el actuar policial restringido a la aceptación de la opinión pública) y el surgimiento de una nueva estrategia menos obsesionada con los derechos del ciudadano y más efectiva en el control del orden local.

Para que se haga una idea, en Gran Bretaña no se usa carro lanza-aguas ni bomba lacrimógena. Después del vendaval, un 90% de los encuestados se manifiesta a favor del uso del primero y un 78% respalda la utilización de las segundas. Nuestro ministro Hinzpeter se querría ese panorama. Y aunque en Chile hemos recibido con sensata incredulidad la propuesta de cierto alcalde de sacar a las FFAA a las calles, nada menos que un 77% de los consultados en la misma medición señaló que quería ver a los militares haciendo frente a los vándalos. Avalado por esta atmósfera de mano dura, David Cameron ha solicitado el consejo de expertos norteamericanos para lidiar con este tipo de amenazas, hiriendo los sentimientos del cuerpo policial británico.

Mientras en Chile el General de la zona metropolitana se limita a comentar que sus hombres “están cansados” por todo el trajín causado por los estudiantes, el Inglaterra el jefe de la policía fue más allá y señaló no estar de acuerdo con la utilización de “eslóganes vacíos” refiriéndose directamente a la promesa de tolerancia cero del primer ministro. La confrontación de la semana en los medios no es entre oficialismo y oposición, sino entre el gobierno y el alto mando policial. Estos últimos no quieren ser el chivo expiatorio: más dureza implica mayores riesgos para todos. Un balín de goma perdido que se va directo al ojo de una niña de 15 años puede implicar una condena insufrible para cualquier uniformado. Por lo demás, la dinámica de los recientes eventos anticipa una nueva forma de desorden callejero que demanda estrategias distintas a las convencionales. El guanaco y la lacrimógena dispersan los bloques compactos, pero son inútiles contra guerrillas urbanas que se esconden, se reagrupan y atacan simultáneamente distintos puntos de la ciudad. Blackberry en mano, los antisociales del siglo XXI se coordinan mucho mejor que antes. Todo indica que el único debate productivo, más allá de la definición central sobre el rol de la policía como agente contenedor o represor, estará en las aulas de las academias de ciencias policiales. Pero tendría que pasar mucha agua bajo el puente para el chiste del comienzo pierda su conexión con la realidad y el policía inglés inspire el mismo temor que el alemán.

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