LA IGLESIA Y LA AUTONOMÍA INDIVIDUAL

por Cristóbal Bellolio (publicada en Diario30 el lunes 21 de noviembre de 2011)

Un sondeo realizado hace un par de años arrojó un dato relevante: mientras los chilenos apoyaban mayoritariamente a la Iglesia Católica en sus banderas de justicia social, la rechazaban también mayoritariamente su agenda en materia de moral sexual y en aquellas mal llamadas cuestiones valóricas. El contraste es curioso: en tiempos de Alberto Hurtado la sociedad chilena se mostraba reticente a aceptar un clero comprometido con los problemas de pobreza, marginación y desigualdad, pero el discurso extendido en la ciudadanía era igualmente condenatorio respecto del derecho de elegir proyectos de vida íntima distintos del tradicional.

Algo cambió en todos estos años. Me parece que el concepto clave para entender esta transformación de es el de autonomía individual. Si la Iglesia Católica vive sus peores momentos en términos de aceptación en la actualidad no se debe sólo a su doloroso e imperdonable registro de abusos –desde Maciel a Karadima- sino también a que la adolescencia de la ciudadanía chilena está llegando a su fin. Sociedades con mejor acceso a la información, la educación y los recursos materiales tienden a preferir estructuras menos paternalistas y más respetuosas de la libertad de las personas.

Las cuestiones relativas a la moral sexual son paradigmáticas. El peso de la tradición no es un argumento invencible para las nuevas generaciones que demandan un tribunal racional. El discurso hegemónico se ha desplazado. Si la defensa de la opción homosexual era antes una extravagancia política, hoy ningún actor serio quiere ser tachado de homofóbico. Los viejos estandartes del catolicismo prefieren guardar silencio para no ser arrollados por la opinión pública, y los nuevos adeptos entran a la institución con la expresa condición de revertir la exclusión y la intolerancia. Como ésta condición sólo en algunos círculos se satisface (ej. Jesuitas), en la práctica es mayor la sangría que el reclutamiento. En resumen, el que quiera compartir bando con la Iglesia en estos temas debe resignarse al rol de minoría, expuesta a la acusación de integrismo y nula capacidad de conexión con los nuevos tiempos.

¿Por qué pasa lo opuesto con las cruzadas sociales? Porque los grados de miseria que experimenta Chile son un obstáculo sustantivo para que millones de personas sean efectivamente autónomas. Es cierto que los pobres también gozan de libertades formales o negativas. Pero el valor de dichas libertades es de poca monta cuando no se han generado las condiciones para su ejercicio efectivo. Una sociedad menos injusta es una sociedad donde los individuos son más autónomos. Por eso los ciudadanos ven con buenos ojos la intervención de la Iglesia en este plano de la discusión pública, como aquella que propició el debate sobre la necesidad de contar con un “salario ético”. Por supuesto, los principios aludidos por el mundo religioso son diversos. La apelación a la solidaridad o a la idea de comunidad, por ejemplo, son recurrentes. Sin embargo limitar los efectos perversos de la segregación y la miseria redunda en una inversión en autonomía.

Chile sigue siendo un país conservador, dicen algunos analistas. Pero mi impresión es que va camino a dejar de serlo. Si resuelve sus problemas de necesidad material y sus ciudadanos se transforman en individuos más autónomos, el rol de instituciones como la Iglesia pierde relevancia al menos en su versión tradicional. La razón es sencilla: las grandes religiones monoteístas son esencialmente heterónomas y autoritarias. No son los fieles los que libremente pueden construir su credo. Por el contrario, los dogmas y las reglas están escritos en documentos históricos que no admiten mucha reforma. En una estructura religiosa como la que heredamos del cristianismo católico español, el que decide la interpretación es la autoridad. Los chilenos del siglo XXI, si mi lectura es correcta, ya no estarán disponibles para creer sin razonar, para tragar sin masticar, para obedecer sin cuestionar. Se trata de un escenario adverso para la Iglesia Católica, un escenario que no se revierte cortando la maleza de los curas abusadores sino que se instala como realidad cultural de una modernidad que tardó en llegar al último confín del mundo.

Link: http://diario30.com/tendencias/la-iglesia-y-la-autonomia-individual/

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