Un discurso de Benedicto XVI

por Agustín Squella (publicada en El Mercurio el viernes 23 de diciembre de 2011)

En su visita de este año a Alemania, Benedicto XVI pronunció un discurso en el que aludió al positivismo de Kelsen, criticándolo en nombre de un derecho que provendría no de la voluntad de los hombres expresada a través de determinadas fuentes sociales, sino de la naturaleza y de la razón. Pero ya sabemos que “naturaleza”, junto con ser una palabra de gran equivocidad (en el diccionario tiene registrados 18 significados), suele ser la marca de prestigio que algunos otorgan a sus creencias morales y jurídicas para conferirles mayor autoridad y sustraerlas de ese modo al debate con concepciones que se les opongan o para adjudicarles anticipadamente la victoria cuando han entrado ya en la batalla de las ideas. Algo similar ocurre con el término “razón”, puesto que afirmar que se profesa un ideal trazado desde la razón suele constituir un recurso que se utiliza para conferir a ese ideal una superioridad sobre los que puedan hallarse en conflicto con él. Así, por ejemplo, cuando en nuestras superadas discusiones sobre el divorcio se decía por algunos que era de la naturaleza del matrimonio ser indisoluble o, como se afirma ahora, que es de razón natural que pueda celebrarse sólo entre personas de distinto sexo, lo que se perseguía entonces y se quiere hoy es ganar la discusión por secretaría, o sea, sin jugar el partido, como si éste tuviera un resultado preestablecido (por la naturaleza, por la razón, o por ambas), o entrando a disputarlo con un par de goles de ventaja.

Del Vecchio, el filósofo italiano del derecho, consideraba que es posible en uso de la razón trazar un ideal de justicia dotado de validez universal que desplazaría a todos los demás como erróneos. Kelsen, en cambio, sostuvo que no resulta posible optar en uso de la pura razón entre ideales de justicia antagónicos, puesto que todos ellos representan preferencias e incluso simples intereses de quienes los hacen suyos, señalando que la democracia encontraría su fundamento en esa misma circunstancia: como existen múltiples, diferentes y hasta contradictorios ideales de justicia (piénsese, por ejemplo, en los que este año se enfrentaron con motivo del debate por una educación inclusiva y de calidad), no queda más alternativa que permitir que todos los ideales concurran y compitan libremente en el espacio público y que sea la mayoría la que decida acerca de cuál prevalecerá. Pero como la democracia es gobierno y no tiranía de la mayoría, los que ganan el poder tienen que buscar acuerdos con la minoría, renunciando a imponer sus propios puntos de vista en todos los asuntos, así no más sea porque carecen de votos suficientes para aprobar sin mayor dilación lo que a ellos parezca mejor.

“¿Cómo se reconoce lo que es justo?”, pregunta Benedicto XVI, y después de sortear la fantasiosa idea de un criterio suministrado directamente por Dios, se remite a la naturaleza y a la razón, aunque en el entendido de que una y otra respaldan -o se cree o dice que respaldan- la concepción de la justicia que él tiene. Valiéndose de una elocuente imagen, Benedicto sostiene que la mentalidad positivista moderna se parece a los edificios de concreto armado sin ventanas, en los que logramos la luz y la temperatura adecuadas por nosotros mismos, es decir, artificialmente, sin querer ya recibir ambas del “gran mundo de Dios”.

Pero como el mundo de Dios es desconocido para muchos, mientras que lo que hacen no pocos creyentes es proyectar en ese mundo sus personales y profanas preferencias, lo cierto es que continuaremos produciendo el derecho del mismo modo que construimos edificios ciegos a la luz y a la temperatura ambientes, es decir, postizamente, aunque responsabilizándonos por una obra que no endosamos a Dios, ni a la naturaleza, ni a la razón.

En sociedades libres, plurales y democráticas, lo justo no se “reconoce”, se acuerda.

Link: http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2011/12/23/un-discurso-de-benedicto-xvi.asp

Una respuesta to “Un discurso de Benedicto XVI”

  1. Matías Fuentealba Says:

    No era que Kant, hacía 200 años atrás, había expuesto toda alusión al modo de argumentar “conforme a la naturaleza” como la falacia naturalista?
    Tratando de ser lo más comprensible y abierto de mente con los que siguen la escuela del derecho natural católico, me cuesta entender como un grupo de personas se pueden arrogar la capacidad de “entender” la razón de una deidad suprasensible totalmente ausente (o por lo menos desde hace 2000 años) y el derecho de imponernos sus reglas.

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