Y SI LA DERECHA SE DIVIDE… ¿QUÉ?

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 13 de enero de 2012)

A Carlos Peña le gusta comparar a Piñera con Jorge Alessandri. En efecto, no son pocas las similitudes. Los dos Presidentes –ambos con destacada trayectoria empresarial- comenzaron sus respectivos mandatos con “gabinetes de gerentes” que subestimaron la importancia del componente político en la administración del poder. Ambos también debieron corregir el diseño sobre la marcha. Lo interesante es que Alessandri terminó gobernando con un sector distinto al que lo eligió –los radicales-, cuestión que resuena al leer las declaraciones del senador Jovino Novoa: “Lo que el gobierno tiene que decir es si va a querer gobernar con la Alianza o con la Concertación, más dos o tres votos”.

Pero Peña también subraya la vacilación que mostró Alessandri a la hora de optar por un modelo de derecha, en tiempos en los cuales la pugna se desplegaba entre el viejo tronco conservador, agrario y nacionalista versus la nueva burguesía liberal y urbana. La esperanza del columnista era que Piñera no cayera en la misma indecisión política. Que fundara justamente una “nueva derecha” orientada al centro, con credenciales democráticas intachables y compromiso con los DDHH, al mismo tiempo que respetuosa de la diversidad cultural e inflexible contra los atentados a la libre competencia. Que se sacudiera los lastres del autoritarismo –y de sus rostros más visibles- alejándose al mismo tiempo de la derecha confesional y temerosa de la participación ciudadana.

La polémica respecto de la agenda oficialista y la cacareada reforma al binominal vuelve a poner sobre la mesa la disyuntiva histórica que enfrenta Piñera, la que alguna vez enfrentó Alessandri, y cuya resolución aun está pendiente. Estas son, en mi opinión, las claves del proceso:

  1. El realismo político: el manual del gobernante aconseja apoyarse siempre en los propios antes de salir a buscar acuerdos en torno a grandes reformas. Piñera teme el destino de Alessandri: quedarse solo. Es posible que ésta sea la única razón por la que mantiene al ministro Hinzpeter. Es comprensible que prefiera soportar las asonadas de la UDI, hacer como que golpea la mesa, mandar al vocero a explicar intenciones y así sucesivamente, evitando siempre que la sangre llegue al río. Sabe bien el Presidente que cuenta con la lealtad del lote liberal de su partido –paradoja: se les llama díscolos a quienes están auténticamente alineados con el diagnóstico del Jefe de Estado- pero también sabe que eso no basta. Después de fallido intento por sumar figuras de la DC a su gobierno y la aspereza del clima político, es evidente que no puede construir nada sobre un eventual pacto con la Concertación. Especialmente en un tema –binominal- donde la propia oposición tiene tejado de vidrio.
  2. El fin del lavinismo: el episodio ha retrotraído al oficialismo a los años ’90. En ese entonces los líderes “liberales” de RN eran escandalosamente aserruchados por el bloque de senadores conservadores que se oponía al “desmantelamiento” de la Constitución del 1980. La hegemonía del partido que compartían Jarpa y la patrulla juvenil daba paso al lavinismo furioso, una batucada interminable que cambió el eje semántico de la política chilena e inauguró la era de “los problemas reales de la gente”. Hasta entonces ser de la UDI era complicado: era el partido ultra de la derecha, vinculando hasta el tuétano con Pinochet. Pero el fenómeno Lavín los pasó a la vanguardia. Un partido agresivo que se dio el lujo de arbitrar la política chilena –pregúntenle a Lagos- porque leyó los escenarios mejor que su aliado. Cuando el senador Coloma repite hoy exactamente lo mismo que decía Lavín hace 15 años –“a los chilenos no les interesan las reformas políticas”- revela que la fase de innovación del gremialismo tocó techo y entra en la etapa de los rendimientos decrecientes. Además de ser una aseveración falaz, regresa a su partido a la etapa de la reacción y el miedo al cambio. Que se manifiesten abiertos a la reforma tributaria y no a la modificación del binominal es sintomático: prima la defensa de las parcelas adquiridas.
  3. El tercer partido: nunca la coyuntura había sido tan propicia al separatismo aliancista. Pareciera que las diferencias entre la disidencia de RN y Carlos Larraín son mucho menos sustanciales que las que dividen a los llamados parlamentarios “liberales” del resto de su tienda. Hay divergencias en lo político, en lo económico, en lo moral e incluso en materia de medio ambiente. Son discrepancias “ideológicas absolutas” señaló Lily Pérez, la cabeza visible del descontento. Pero ¿hay agua en la piscina para una escisión organizada? Desde lo normativo, parece correcto que los liberales formen una estructura propia dentro del paraguas de la centroderecha. No sólo les permite conducirlo a gusto, sino que además borran el pecado original de la dictadura y extienden la base de apoyo hacia sectores del centro que son necesarios a la hora de construir proyectos mayoritarios. Desde lo práctico, el principal problema es el propio sistema binominal. ¿O cree usted que la UDI cederá cupos para este nuevo partido? ¿O que lo hará Carlos Larraín, quien acaba de ironizar comentando que estos congresistas prefieren ser “cabeza de ratón antes que cola de león”? Altamente improbable.
  4. ¿Qué quiere el Presidente?: Piñera fue hábil una vez más en chutear la reforma del binominal al Congreso y el ámbito de los partidos. Pero esa es una pasada de corto plazo. Se operó del problema pero no puede operarse de sus implicancias políticas. Una vez más, según el manual, a ningún mandatario le conviene que su partido se quiebre en plena administración. Sin embargo, hay bemoles. Este no sería un éxodo anti Piñera sino todo lo contrario; se trata del bloque que más sintonizaría con las convicciones del Presidente. Mientras el “tercer partido” siga siendo oficialista, podría incluso resucitar la idea de la Coalición por el Cambio que hasta entonces ha sido una gran mentira -no hay más que la vieja y conocida Alianza-. El factor sucesión es muy relevante: ¿qué escenario prefiere el presidenciable RN Andrés Allamand? Todo indica que este último ya no es el de los ’90 y ahora prefiere evitar los riesgos. Me atrevería a decir que no hay división posible sin la venia de Allamand, y que a su vez el ministro de Defensa quiere un partido ordenado que no haga olitas en su designación como candidato en 2013. Su entendimiento con Carlos Larraín –quien ocupa su plaza en el Senado- parece prevalecer sobre su simpatía hacia el sector liberal del partido.

La maldición del “paleta” Alessandri, dicen, fue el inmovilismo. Piñera tiene la oportunidad de romper el molde. Pero ello implica construir industria y no especulación bursátil. Requiere mirada de largo plazo. Está consciente de que el sistema político se encamina a un estado de inestabilidad en nombre de la propia estabilidad y que puede pasar a la historia como el Presidente que oxigenó la política chilena. Entiende que sus niveles de aprobación lo disminuyen frente a RN y la UDI pero también sabe que la única posibilidad de terminar bien su período es “a pesar” de ellos y no “gracias” a ellos. Más solo que hoy no puede estar. El resto es pura ganancia para él, su gobierno y la derecha del futuro. 

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2012/01/13/y-si-la-derecha-se-divide%e2%80%a6-%c2%bfque/

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