EL OPIO DE LOS PUEBLOS

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 13 de septiembre de 2012)

Un fantasma recorre Chile: el espectro de la asamblea constituyente. Al comienzo fue demanda de grupos políticamente marginales. Se sumaron luego los llamados movimientos sociales. Hace pocos días lograron que un grupo de importantes parlamentarios -Gómez, Quintana, Girardi- ingresaran un proyecto para consultar a la ciudadanía si acaso quiere desechar la actual Constitución y redactar una enteramente nueva. El presidente del Senado Camilo Escalona replicó sin ambigüedades: “no fumemos opio; no hay crisis institucional; una Asamblea Constituyente no se va a constituir nunca”.

Así habló Escalona, guardián de las instituciones, paladín antinarcóticos de la democracia, añadiendo que esta discusión desvía la atención de las reformas verdaderamente factibles, en especial del cambio de sistema electoral. Puro realismo: las posibilidades de montar este experimento son todavía bajas y existen deudas políticas más urgentes. Por lo demás resulta inverosímil imaginar a la derecha –que controla la mitad del Congreso- accediendo a este debate. Apenas el timonel DC Ignacio Walker se abrió a la posibilidad de conversar el asunto, dirigentes de la UDI y RN le cayeron encima sin piedad acusándolo de “rendirse a la lógica chavista” de sus nuevos socios comunistas.

Sin embargo Escalona tiene razón y los otros no: los problemas de la asamblea constituyente son prácticos y no de principios. Desde la vereda de la teoría política no existe un mecanismo más apto para justificar un orden político que la participación consciente de la ciudadanía. Si lo que buscamos es legitimidad para el sistema, ningún sucedáneo le gana al procedimiento de elección y deliberación que garantiza una asamblea constituyente. En otras palabras, es lo más parecido al acto fundacional del Estado: los individuos suscribiendo el contrato social originario. Que en los últimos años hayan sido gobiernos latinoamericanos de inclinación socialista los que hayan promovido procesos de esta naturaleza es sólo una correlación y en ningún caso una causalidad.

Como vía intermedia se ha propuesto diseñar un nuevo texto constitucional a través del Congreso. La falencia de esta alternativa es evidente: no existe en Chile institución más desprestigiada. Sus integrantes, por lo demás, son escogidos mediante un sistema injusto de empates arreglados. Otros recuerdan que la Constitución en vigor contempla protocolos para su reforma. Olvidan eso sí que se trata de cerrojos arbitrarios establecidos por la mismísima Carta que se quiere remplazar. En rigor, la denominada Constitución de Pinochet ha sufrido más modificaciones que ninguna en sus 32 años de existencia, algunas bastante sustantivas. Aun así, los fumadores de opio consideran que no basta con reformar: para sacudirse la herencia autoritaria sólo sirve exorcizar. El opiáceo llegó hasta Caleu, donde ex presidente Lagos se mortificó por haber querido sanearla con su firma.

Es razonable manifestar aprensiones ante tamaño big bang jurídico: ¿Cómo se escogerán los delegados? ¿Qué limitaciones recaen sobre el poder constituyente? ¿Podrán disponer de libertades individuales en nombre del colectivo? ¿Se contentará la izquierda si la derecha obtiene mayoría e impone sus términos? ¿Vale más el procedimiento o el contenido? ¿Será posible exigirle a un Presidente que dedique su cortísimo período a una tarea distinta de la que anunció en su programa? No es necesario ser muy escéptico para advertir las dificultades de esta empresa. Pero la invitación a volarse con este opio sigue siendo tentadora: participar de un auténtico momento constitucional marca el tránsito político de cualquier generación.

Link: http://www.capital.cl/opinion/el-opio-de-los-pueblos/

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