Presentación del libro de Agustín Squella “¿Es usted liberal? Yo sí, pero…”

por Cristóbal Bellolio (presentado en la Universidad Adolfo Ibáñez el martes 27 de noviembre)

afiche squella

Es un verdadero honor estar con ustedes esta tarde comentando el nuevo libro del profesor Agustín Squella. Me gustaría resaltar varios aspectos en el corto tiempo que dispongo. Voy a dividir mi exposición en tres partes: biográfica, conceptual y normativa.

¿Es Usted Liberal? Yo sí, pero… es un texto que pretende hacer varias cosas a la vez. Por una parte, es una reflexión en el ámbito de la teoría política, específicamente en torno a los ideales de libertad e igualdad. Por otra parte, es un análisis del estado de lo que Squella denomina liberalsocialismo en Chile y el mundo, con frecuentes referencias a la contingencia. Finalmente es una evidente entrega biográfica donde el autor explica por qué cree lo que cree de acuerdo a sus experiencias y aprendizajes a lo largo de su trayectoria. En este último sentido, no puedo dejar de identificarme con el anhelo sincretista de don Agustín. Algunos de los presentes son testigos del intento que hicimos hace varios años por unificar la corriente liberal y la corriente jesuita en un solo movimiento. Este último grupo, de fuerte orientación socialcristiana, se resistía a la idea de pertenecer a un grupo “liberal” a secas. Producto de su formación o deformación intelectual, el liberalismo era fundamentalmente una apología del egoísmo individual. Por lo anterior decidimos que el nuevo referente sería “socioliberal”, esto es, reconocería la primacía de las libertades y los derechos personales al mismo tiempo que velaría por la construcción de sociedades más justas y menos indiferentes respecto del destino de los desafortunados. Sin embargo aquí también operó lo que Squella llama la “metástasis del binominal”: una vez llegada la adultez, los socialcristianos entraron a militar a la DC y los liberales nos quedamos huérfanos y fundamos Red Liberal. Aunque esta última también incorpora elementos libertarios, su grueso es principalmente liberal-igualitario de línea Rawlsiana. Por lo tanto nos vemos enfrentados, al igual que el profesor Squella, al cargo de estar sosteniendo un oximorón, una tensión insoluble, un precario equilibrio entre dos valores que parecen estar en continua pugna.

Como toda biografía, está también nutrida de contradicciones. En la notable tradición socialista de Orwell y Hitchens, Squella reconoce que la amenaza totalitaria puede venir de la derecha y de la izquierda, sin embargo sólo advierte textualmente que “jamás votaría por la derecha”. ¿Qué posición tomaría si se enfrentase un proyecto populista de izquierda a la venezolana –que él dice rechazar- versus una alternativa liberal y moderada de centroderecha? Queda meridianamente claro que Squella se entiende a sí mismo como un “liberal de izquierda” pero no queda igualmente claro si acaso cree posible la existencia de “liberales de derecha”. Y en caso afirmativo, por qué no establecer puentes de diálogo con ellos. Sin embargo no es justo enjuiciarlo por ello. Como hijo de su tiempo, Squella todavía cree en el espíritu de la Concertación que derrotó a Pinochet. Acá se presenta una nueva contradicción, toda vez que el autor se cuenta entre los autoflagelantes y no entre los autocomplacientes. Mi percepción es que lo poco que le quedaba de liberal a la Concertación estaba justamente en la última tribu. La figura de Ricardo Lagos, que Squella parece rescatar a lo largo del libro, es el ícono del mundo autocomplaciente. Por el contrario, los autoflagelantes que insisten en asamblea constituyente, nuevos tipos de democracia social y renacionalización los recursos naturales, aparentan estar bastante más cerca de las empresas latinoamericanas de “aspiración refundacional” que Squella desaprueba. Con todo respeto, don Agustín, no parece haber mucho espacio para nosotros los socioliberales en la casa de los autoflagelantes.

La segunda reflexión que puedo ofrecer es conceptual. Es decir, versa sobre los conceptos mismos y lo que significan para nosotros. El autor insiste en una interesante fórmula: sólo existe libertad en condiciones de igualdad. O sea, queremos la igualdad en nombre de la libertad. Esta es la razón por la cual se resiste a bajar de categoría cualquiera de los dos valores. Ambos se necesitan. Efectivamente se trata de una proposición noble que como liberales-igualitarios nos gustaría ver realizada. Pero requiere de una breve explicación conceptual. El propio Squella cita la seminal distinción que traza sir Isaiah Berlin entre libertad negativa y positiva, siendo la primera la ausencia de interferencia de terceros y la segunda la autoposesión o autogobierno individual o colectivo. Históricamente los liberales se han acogido al primero de estos usos, el de libertad como disfrute de la independencia individual, justamente por el terror que les produce imaginar al poder político “obligándonos a ser libres” a su manera. Libertad, recordaba Berlin, es en este sentido una oportunidad, donde lo que importa es la cantidad de puertas abiertas frente a nuestros pies y no necesariamente el hecho de que podamos fácticamente cruzarlas. Ese es otro problema, por ejemplo, de recursos habría dicho Hayek. El profesor Squella no ignora esta distinción, pues varias veces alega contra la idea meramente formal de libertad, aquella garantía constitucional que está en el papel pero no puede ejercerse por falta de medios. Por lo anterior una o dos veces se refiere a la importancia de la libertad efectiva, esto es, a la capacidad de aprovechar la libertad negativa. Pero la idea de libertad efectiva supera la idea liberal de libertad como pura ausencia de interferencia. Esto lo reconoce el propio Berlin –que distingue entre libertad y condiciones de ejercicio de la libertad- así como John Rawls –quien distingue entre libertad y el valor de la libertad, que depende por cierto de nuestra posición para aprovechar la primera. También ha sido destacado por el filósofo canadiense Charles Taylor, quien sostiene que debemos superar la idea de libertad negativa por tratarse de un mero opportunity concept en circunstancias que lo que necesitamos es un exercise concept capaz de incorporar en el análisis la valoración de las acciones que buscamos realizar. Probablemente el profesor Squella se sentiría más a gusto con la moderna noción que capabilities que plantea Amartya Sen, que parece hacerse cargo tanto de la cara formal-negativa de la libertad como de su potencial realización efectiva.

¿Por qué les doy esta lata? Porque me parece esencial separar la discusión conceptual de la reflexión normativa. Uno puede pensar, junto con Berlin y Rawls, que la libertad solo consiste en la ausencia de restricciones y limitaciones del Estado. Pero esto no implica en absoluto que Berlin y Rawls hayan sido minarquistas insensibles frente a los arbitrarios resultados de la lotería de la vida. Entender la libertad como no-interferencia es una cuestión conceptual. Creer que lo único que tiene que hacer el gobierno es preservar dicha libertad es una cuestión normativa. Pero de la primera aseveración no se desprende la segunda. Hago todo este preámbulo para discrepar del profesor Squella en su tesis central. La libertad liberal no se consigue con más igualdad. Por el contrario, y en esto sigo a Nozick, la libertad altera todos los patrones igualitarios. La desigualdad es el producto casi inevitable del despliegue de la libertad. Piense en algo así como una parábola de los talentos moderna: todos los participantes de una sociedad reciben mil pesos el lunes en la mañana. Si les permitimos ser libres en sus interacciones, es muy posible que el viernes por la tarde unos tengan 10 mil, otros 5 mil y más de alguno estará pateando la perra con los bolsillos vacíos. Piense en lo que ocurre con el modelo educacional chileno: los colegios son libres de cobrar lo que quieren –incluso los particulares subvencionados vía copago- y los padres libres de matricular a sus hijos donde les alcance la plata. El resultado está a la vista: una grosera estratificación y segregación de nuestros niños. Los ricos estudian con los ricos, la clase media con la clase media, los pobres con los pobres. En ambos casos la igualdad sólo se puede conseguir coartando ciertas libertades. Si quiero terminar la semana con los mismos mil pesos que recibí al comenzarla, entonces tengo dos alternativas: prohibir los intercambios voluntarios o redistribuir fuertemente al final de la semana. Si quiero un sistema escolar más igualitario tengo que eliminar el financiamiento compartido y elevar la subvención estatal. En ambos ejemplos debo sacrificar libertades en nombre de otro principio o valor, en este caso igualdad. Ningún liberal consciente se opone a esto siempre y cuando las libertades conculcadas no sean de aquellas consideradas básicas y exista un valor normativo capaz de justificar dicha violación. Por ejemplo, yo puedo ser partidario del voto obligatorio –como lo es el profesor Squella- y aun así reconocer que la sanción o la multa atenta contra mi libertad individual de hacer lo que se me dé la gana ese domingo de elecciones. Lo que ocurre es que me parece que dicho atentado no reviste mayor gravedad en contraste, por ejemplo, con el valor republicano de la participación política. Lo mismo ocurre con la cotización previsional obligatoria. Yo puedo coincidir con Milton Friedman y sostener que se trata de una violación de la libertad personal, pero puedo discrepar respecto a la necesidad de llevar adelante este tipo de violaciones. Puedo considerar que son pequeñas concesiones que debemos aceptar de buena o mala gana para proteger otros valores o evitar indeseables consecuencias.

La libertad es intrínsecamente subversiva y desestabilizadora. No juega en ese sentido a favor de la igualdad salvo en situaciones casuales. Pero esto no implica que la igualdad no importe. Isaiah Berlin decía “Cada cosa es lo que es: la libertad es libertad, y no igualdad, equidad, justicia, cultura, felicidad humana o una conciencia tranquila”, sin embargo esto no lo hacía derechista, libertario o neoliberal (de hecho su amigo G.A. Cohen lo consideraba un perfecto socialdemócrata enamorado del New Deal norteamericano). En el mismo sentido creo, como liberal-igualitarios, que tenemos la obligación política y moral de conjugar ambos valores, pero entendiendo que se trata de cuestiones fundamentalmente distintas entre las cuales deberemos realizar permanentes concesiones. En esto no tenemos desacuerdo alguno con Squella, sobre todo en la urgencia que otorga a la cobertura de las necesidades básicas de nuestros compatriotas. El autor señala que si no podemos ser iguales en todo –dijéramos todos comiendo pan y nadie comiendo torta, para usar su mismo ejemplo- debemos ser iguales en algo –todos comiendo a lo menos pan sin perjuicio de que algunos puedan comer torta. Esto lo aleja del igualitarismo radical y lo acerca a las teorías suficientarista (que privilegian la distribución que permite que todos tengan lo suficiente para vivir una vida digna sin importar cuánto tenga el resto), al mismo tiempo que lo enmarca en la tradición liberal que tolera las desigualdades socioeconómicas siempre y cuando sean resultado de un procedimiento justo. A mayor abundamiento, su adscripción a la gran familia liberal resulta indiscutible al constatar su rechazo explícito al paternalismo social y moral de nuestro tiempo, así como a la pretensión autoritaria de construir un hombre nuevo, modelo de virtudes. En definitiva, Squella también está con nosotros en la batalla de reconocer al individuo autónomo como soberano material y espiritual de su propia existencia.

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Una respuesta to “Presentación del libro de Agustín Squella “¿Es usted liberal? Yo sí, pero…””

  1. pedro antonio Says:

    Los enemigos de la libertad, inspirados por el fuego sagrado de la igualdad, como terreno firme para que germine la justicia y la verdadera libertad consecuencial, han resuelto el problema sin mayor respingo: el o los inspirados, que coinciden normalmente con el Comité que se ha hecho del poder, tienen resuelto el problema. Se administrará ese poder para obtener primero la igualdad. Algún día eso deberá redundar en libertad.
    Nosotros, no tenemos una propuesta ni aún en ciernes.Bellolio.
    Y sin embargo, con entusiasmo y excitación, nos arrimamos a los enterradores.

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